15 #4
—Miren quién ha decidido volver con nosotros —dijo Mahlon.
Aunque no era capaz de ver más que su sombra, Philip reconoció su voz.
También oía la melodía en tritono que acompañaba sus palabras: ♩♪♩♪♩♪♩♪♩ —.
A tiempo, Phil, el espectáculo está a punto de empezar y nuestro anfitrión ya viene en camino. Y no viene solo.
Con mejor visión, Philip pudo reconocer el entorno.
Ya no se encontraban en la sala de estar de la casa Holbrooke —la cual no habían dejado—, sino en la cuarto de inventos de Horace, otrora la Habitación de los Conjuros de los Holbrooke.
Philip había estado en ese mismo lugar la noche anterior.
Ladeó la cabeza, y por fin miró a Mahlon West (sin su capa, parecía más alto y enjuto) reclinado contra el marco de una puerta.
Se había vuelto a colocar el parche. Menos mal.
—¿Dónde...? —empezó Philip, pero tenía la garganta rasposa. Tosió—. ¿Mis hermanos?
—Te tengo terribles noticias, joven Phil —repuso Mahlon—. Están vivos.
¿Podía creerle al nigromante? Philip no se fiaba.
Todas las familias antiguas de seguidores de la luz tenían una Habitación de los Conjuros en casa.
La de los Holbrooke había sido renovada por Horace.
No parecía solo un cuarto de inventos propio de un científico o un fabricador (puede también el de un médico cirujano), sino la versión tenebrosa de uno.
Al menos estaba limpio cuando Phil estuvo allí la última vez.
Y, bien mirado, así continuaba. Había una mesa con enseres quirúrgicos, otra con objetos del carácter mágico (pociones, hierbas, mejunjes, libros, etc.), y una camilla, en la que estaba tendido el cuerpo de Darkling.
No era difícil distinguir que había sido hecho a partir de restos humanos, los miembros cosidos con hilo de oro.
La cabeza, en cambio —apreció Philip con detenimiento la noche anterior—, estaba unida al resto del cuerpo con gruesos tornillos de hierro.
Tenía los ojos cerrados y daba la impresión de estar sumido en un profundo sueño, aunque el hecho de que no respiraba era tanto evidente como estremecedor.
Philip no pudo evitar preguntarse a la sazón a quién perteneció esta pierna o aquella, y ese brazo, o el torso.
Sabía que no debía pensar en ello —ni antes ni ahora—, pero era simplemente inevitable.
—¿Horace...? —intentó decir, con la voz áspera.
—Aquí.
Su tío emergió de las sombras. Lucía severamente demacrado: las mejillas hundidas, los labios pálidos, profundas ojeras.
Tenía los ojos inyectados en sangre como si hubiera estado llorando, y suciedad en las mejillas, vestigio de las lágrimas.
Caminó hacia el centro de la habitación, sin mirar a Philip, que seguía inmóvil, sentado en el suelo, junto a un viejo estante lleno de libros de carácter mágico.
No podía moverse. Lo había intentado. Aun sin las ataduras —el hilo de plata que anulaba su donum lucis —, no podía.
Entonces recordó. El nigromante había ordenado a Horace que se encargara de Philip después de la breve pelea con sus hermanos.
Horace había acatado: se acercó a Philip, lo tomó por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás.
Philip intentó protestar, y Horace se valió de esta oportunidad para meter entre sus labios un frasquito con una poción. Una poción paralizante, podías apostar.
Pero funcionaba deferente, reflexionó Philip.
La poción paralizante detenía paulatinamente la movilidad de quien la bebía.
A Phil, sin embargo, lo había dejado sin sentido casi al instante.
Quizá tenía que ver en esto el hecho de que Horace vertió toda la poción de golpe por su garganta.
Además, la pérdida del habla era otro de los síntomas, y Philip podía hablar, aunque con ciertas dificultades.
Quizá Horace, un conjurador muy talentoso (de esto no había duda), había hecho algunas alteraciones significativas a la poción original.
A lo mejor para mantenerlo a salvo de algún modo, o quizá con otras intenciones.
¿Quién sabía? El hombre ermitaño y, con todo, amable que Philip creyó conocer hace unos días había desaparecido por completo.
Aquel que estaba en la habitación era un desconocido.
Mahlon se acercó a la mesa en la que yacía el cuerpo exánime y puso entre aquellos pálidos pies una roca. No era una simple roca. Era una gema negra. Una de las joyas de la corona Isidora. La luz de las velas arrancaba destellos de su lustrosa superficie.
—¿Qué... es...? —barbotó Philip, aunque ya lo sabía.
—Esto, Philip —repuso Mahlon, con una virulenta sonrisa, en tanto miraba la piedra preciosa—, es uno de los tres instrumentos que harán realidad que Darkling obtenga por fin su cuerpo.
«Tres», pensó Philip sin entender. El cuerpo y la Gema. ¿Cuál era el tercero? Recordó lo que dijo el nigromante hace apenas un instante. «A tiempo, Phil, el espectáculo está a punto de empezar y nuestro anfitrión ya viene en camino», fueron sus palabras. «Y no viene solo».
Sin duda el anfitrión era Darkling. Pero entonces...
«¿Quién...? —pensó a medias. Y, de pronto, comprendió—.
Oh, no, Mary». Darkling había acometido el ataque en el baile del solsticio para llevársela; tomó cautivos a los señores Blackfell y Westwick para cambiarlos por la chica, y también intentó llevársela consigo aquella noche en la mansión Katterblack.
Nadie conocía la verdadera razón —ni siquiera los Hornwood—; incluso Phil, en aquel momento de revelación, no sabría decirlo a ciencia cierta, pero estaba seguro de que el tercer instrumento para la ceremonia que estaba por llevarse a cabo no era otro sino Mary Cartwright.
Abrió mucho los ojos.
Mahlon West se echó a reír al verlo.
—Sé lo que piensas, Phil —dijo, en tono jocoso—.
La preciosa Mary. ¿O no? —Philip no replicó.
Tampoco era necesario. Mahlon continuó—: Horace no se equivocó contigo, eres mucho más inteligente de lo que habíamos previsto al tomar en consideración el innegable parecido con tu padre, el inmolado Lucas Holbrooke.
—Sonrió—. Por eso descubriste parte de la verdad antes que nadie (me refiero a los inútiles miembros del Gremio de River Town), y te filtraste aquí la otra noche.
Te subestimamos, Phil. Nuestro error. Nuestro grandísimo error.
Se acercó a Philip, postrado en el suelo, inmóvil; le acarició el contorno del rostro con suma delicadeza mientras este se retorcía como un gusano ante su tacto frío de muerte.
Philip no había olvidado los rumores sobre lo que West había hecho a Andrew Treddaway cuando lo mantuvo cautivo en las ruinas de la fábrica Cartwright.
Mahlon West era una criatura perversa que gozaba de causar daño físico y emocional a quienes se encontraban en las situaciones más vulnerables, indefensas.
Quien sea. Acto continuo, deslizó su mano por el cuello de Philip; la metió dentro su camisa y recorrió el pecho con sus dedos. Esa vez, Horace no intervino.
Philip ni siquiera miró hacia su tío. Sabía que estaba allí, en alguna parte, viéndolo todo (tal vez asqueado, tal vez disfrutándolo), sin hacer nada para detener al nigromante.
Se resignó. Apretó los párpados y los labios, tratando de escapar mentalmente de este espacio y tiempo.
Pensó en Elise, en las lecciones de piano. En sus hermanos...
—Hay cosas que no sabes, Philip —le dijo Mahlon al oído, en voz muy baja. Le mordisqueó el lóbulo de la oreja antes de continuar—. Cosas que no sabes sobre la preciosa Mary, cosas que no sabes sobre tu madre. ¿Sabías que tuvo una hermana?
Philip no respondió; no abrió la boca ni separó los párpados.
Por supuesto que sabía (más bien una sospecha) que su madre tenía una hermana: Loreen.
Aunque nunca había declarado estar al tanto de ello ante la Líder del Bosque.
Loreen tenía mucho en común con su madre, empezando por su sonrisa.
Esa sonrisa había bastado para que uniera los hilos hace varios años.
—Por supuesto que lo sabes —continuó West. Se había apartado de su oído. Ahora hablaba en voz alta—. Pero no, no me refiero solo a Loreen. Tu madre, Regina Holbrooke, tuvo otra hermana, que, como ella, no se encuentra al presente en el mundo de los vivos.
Philip separó los párpados de golpe. Alzó la mirada. El rostro de West lucía vibrante antes sus ojos.
—Sylvia Cartwright —dijo—. ¿Reconoces el nombre?
Sylvia Cartwright, sí, sabía quién era. La madre de Mary.
—Sí, Phil —repuso Mahlon, girando sobre sus talones, mientras soltaba una horrenda carcajada—. Puede que esta noche hayas perdido a un hermano, pero al menos has ganado un par de primos.
Philip estuvo a punto de preguntar de qué estaba hablando, pero un tritono empezó a sonar escabrosamente en su cabeza.
Se oía incesante: ♩♪♩♪♩♪♩♪♩♪♩♪♩ . Como cristales rotos hundiéndose en su cráneo: ♩♪♩♪♩♪♩♪♩♪♩ .
Como si clavaran tornillos al rojo en sus oídos: ♩♪♩♪♩♪♩♪♩♪ .
Como si el diablo de verdad estuviera en la habitación.
♩♪♩♪♩ ...
La noche continuaba —faltaba menos de una hora para la medianoche— y el frío redoblaba a medida que pasaban los minutos en la mansión Katterblack.
Céline rodeó los hombros de su hermana con un brazo, y Elise posó la cabeza en el hueco de su hombro, en tanto profería un trémulo suspiro.
Ambas tiritaban. Seguían un poco conmocionadas por lo que acababa de ocurrir en el comedor.
Y cómo no. En un abrir y cerrar de ojos su padre se había transformado en un monstruo y había apuñalado a sangre fría a una de sus hijas antes de lanzarse a por sus sobrinos.
Claro, no era en realidad su padre, deliberó Céline; tan solo la oscura manifestación de una maldición, lo que no quería decir que justificara el hecho de que mantuviera guardado el secreto todo este tiempo. Y ella también.