Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 15 #3
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No lo sabía. Eso quería decir. Pero no quería admitirlo en voz alta porque agrandaría su miedo, miedo a hacer lo que sea que se disponía a continuación.

Titubeó. Luego giró sobre sus talones y salió velozmente de la estancia.

Lo hizo tras pedirle a Adler que no permitiera a su hermana dejar el comedor hasta que ella regresara.

El cocinero asintió. Elise se mantuvo callada, los ojos abiertos como platos.

Céline cruzaba el recibidor, enfilando la escalera, cuando los divisó arriba.

Mary y Darkling. Céline, boquiabierta, paró en el acto.

Sintió su corazón dar un vuelco en su pecho con tal violencia que por poco se quedó sin respiración.

No daba crédito a lo que estaba mirando.

Su prima y el hombre que antes fue su padre bajaban la amplia escalera, lado a lado, con una sencillez imposible.

Darkling sonreía, exponiendo aquellos dientes amarillos, los ojos tan oscuros como la noche.

Parecía exultante. Mary, en cambio, lucía extrañamente calmada (o tal vez resignada).

Quizá se había entregado por su propia voluntad, pensó Céline.

—Mary... —murmuró esta.

Mary apenas la miró, distante, sin responder.

—Mary ha escogido —dijo Darkling— por el bien de todos.

—No. —Céline veía su imagen borrosa; tenía los ojos anegados de lágrimas.

«Lo ha hecho por Sam». Eso explicaba que el pequeño no estuviera a su lado, o pisándole los talones.

Céline hizo ademán de aproximarse a su prima, pero fue esta —para su sorpresa— quien la detuvo antes de que siquiera la rozara. Levantó una mano.

—Iré con Darkling —dijo lacónica. Sin verla, añadió—: Cuida a Sam.

—Bien pues —abundó Darkling—. Ya es hora de partir, avecilla.

La medianoche se acerca galopante, y no debemos llegar tarde a nuestra propia velada.

—Lanzó una oscura mirada a Céline antes de enfilar la puerta—.

Querida, asegúrate de cerrar bien la puerta cuando nos hayamos ido.

No querrás que las sombras se cuelen dentro. —Sonrió.

Avanzaron hacia la salida, chica y espectro. Y Céline se quedó allí sola.

El carruaje de los Blackfell traqueteaba sobre un trecho de camino pedregoso.

Lloyd cerró el postigo de la ventana —el frío empezaba a colarse con ímpetu al interior— y observó al delegado Morozov, que no parecía importunado por las constantes sacudidas, algunas con tanto impulso que tocaban el techo con sus cabezas al dar un bote.

Quizá el delegado estaba buscando las palabras adecuadas con que abordar el informe que entregaría a los Altos Seguidores sobre el extraño sucedo en River Town, pensó Lloyd; o quizá sólo pensaba en las revelaciones que se habían hecho aquel día, en su reunión con el Gremio.

El propio Lloyd también tendría tiempo para darles vuelta en su cabeza más tarde.

—¿Cuándo? —preguntó Lloyd.

—En dos días... eh... debo enviar el informe... preliminar —había dicho el delegado, con su marcado acento, en tanto salían de la Iglesia Saint Peter hace más o menos un cuarto de hora—. Más pronto de lo que... eh... tenía previsto. Mejor, ¿no crees?

—Sí —asintió Lloyd—. Mejor. —Había decidido que el delegado Morozov le caía mejor de lo que había pensado al principio; quizá simplemente echaba de menos a su padre (una parte de él reconocía este como el motivo principal), aunque apenas podía encontrar una que otra semejanza entre ellos. Quizá no se necesitaba mucho más.

El carruaje dio otro fuerte bote. Lloyd se aferró con una mano al costado de la puerta.

—Es un lastima —oyó decir en voz baja a Morozov.

Lloyd arrugó el ceño.

—¿El qué, señor?

—El muchacho... el hijo de Reedstter.

Ian Reedstter había sido sentenciado por el Gremio a pasar un año en las celdas encantadas del pueblo.

Como era de esperarse, el señor Reedstter rechazó este dictamen mientras soltaba agravios contra sus pares seguidores de la luz (ensañándose sobre todo con Lloyd, aunque este ignoró hasta la última de sus crueles palabras), arguyendo que, hubiera o no participado en los planes para asesinar a Katterblack (como si la confesión de boca del propio Ian no fuera prueba más que suficiente), Richard no había presentado ninguna acusación.

Estaba ausente. Y, por tanto, su muchacho no merecía ser tratado como un vil criminal hasta que el señor Katterblack comunicara su decisión.

Sin embargo, los miembros del Gremio que sí se hallaban a la sazón en el salón de los Viejos Conjuro no opinaban lo mismo.

Hubo discordia. Frederick y Stephen, otrora aliados frecuentes, cruzaron duras palabras.

Felix Oakwater y Oscar Witheford tantearon bajar los ánimos, pero el último sulfuró al recibir una retahíla de agravios de parte de Reedstter.

Hasta el compasivo Eudoxio Belwolf aludió por debajo de cuerda (aunque no tan sutil) el extraño suceso en torno a la fábrica Cartwright en el que se creía estuvo involucrado un Reedstter.

Stephen estalló en cólera. Lance Greystar se interpuso entre el señor Reedstter y Belwolf, que se había arrojado hacia atrás como un animal asustadizo tras su burda acusación.

De haber habido agua en la estancia, a pie enjuto Stephen habría usado su donum lucis para hacer que Eudoxio se ahogara con sus palabras.

En medio del barullo, Piotr Morozov, un hombre de presencia imponente, se mantenía a raya de la acalorada querella con una expresión y talante regios.

Sin embargo, cuando se levantó de la silla de alto cabezal mientras profería un suspiro cansino, las voces tronantes cesaron gradualmente sin que este dijera una sola palabra para acallarlas.

No hacía falta. Morozov imponía en silencio.

Se limitó a mirar a Reedstter con desdén y advertirle, con voz sosegada en su marcado acento, que debía acatar el fallo del Gremio, o de lo contrario terminaría por compartir la misma que celda que su hijo, y sería despojado de su donum lucis por tiempo indefinido.

—¿Eso quieres? —preguntó el delegado.

Stephen Reedstter, con rostro crispado, y los brazos cruzados ante el pecho, no respondió.

—Bien —dijo Morozov.

Y, con eso, el adusto extranjero terminó por agradarle del todo a Lloyd.

Por lo visto, el señor Reedstter anteponía su estatus antes que a su familia.

Los Altos Seguidores solo bloqueaban el donum lucis a aquellos seguidores de la luz acusados de traicionar a sus pares o faltar a las leyes de la Comunidad Mágica.

Este castigo a veces suponía un exilio de la sociedad mágica, otras veces una mancha imborrable sobre el nombre de la familia.

Si bien la lealtad de los Reedstter hacia los seguidores de la luz era puesta en tela de juicio desde hace siglos, hasta ahora no se habían encontrado pruebas que manifestaran su felonía.

Stephen, claro está, no quería ser recordado como el que por fin proyecto esa oscura sombra sobre los suyos.

Así pues, Reedstter aceptó a regañadientes el fallo, pero decidió no volver participar en próximas reuniones del Gremio en tanto su muchacho estuviera encerrado. Y, tras esto, se marchó.

La reunión continuó. Al final concluyeron que Darkling había desaparecido para siempre y, con él, la maldición, aquella noche en la mansión Katterblack.

En cuanto a las muertes de Kenneth y Caroline, se expusieron dos teorías: que o bien había sido una represalia de Mahlon West por la muerte de su cómplice en los últimos sucesos en el pueblo (que de alguna forma el nigromante logró colarse en las celdas encantadas para asesinar a los dos jóvenes, quizá a través de un subordinado o la posesión de uno de los guardas que custodiaban la celda de Ken), o que los asesinatos habían sido obra de la última persona que estuvo con Kenneth: Richard Katterblack.

Para salir de dudas, se acordó convocar al señor Katterblack a dar sus declaraciones sobre aquel día, antes de someterse a una prueba mágica para probar que no era el nuevo anfitrión de Darkling.

Lloyd se decantaba por la segunda teoría dado el extraño comportamiento de Katterblack tras los sucesos de la otra noche.

El carruaje dio otro bote. Y, de pronto, se detuvo.

Lloyd parpadeó. Tuvo un mal presentimiento.

Lo mismo que el delegado, por lo visto en su expresión de confusión, cuando ambos cruzaron una mirada en silencio.

Lloyd abrió una vez más el postigo de la ventana y miró afuera.

No estaban en la mansión Blackfell ni mucho menos cerca.

La noche tocaba su cúspide. El viento se levantaba.

Temeroso, abrió la puerta y salió del coche.

Morozov no hizo conato de seguirlo, se quedó inmóvil con el ceño fruncido.

Fuera, el sheriff Sawyer, Lance Greystar y Oscar Witheford, habían interpuesto sus monturas para detener el paso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lloyd, acercándose a ellos.

—Otro ataque —contestó Lance—. En la mansión Katterblack.

—Se trata de Darkling —añadió Witheford.

—¿Darkling? —repitió Lloyd, estupefacto—. ¿Cómo...?

—Un mensaje mágico —indicó Sawyer—. Lo ha enviado Elise Katterblack.

Y, sin decir más, hizo girar su montura y se alejó de prisa, con Lance y Oscar a la saya.

Lloyd retornó al carruaje y le comunicó brevemente al delegado del imprevisto suceso.

Acto seguido, se hizo con uno de los dos pares de caballos que acarreaban el coche e indicó al cochero que prosiguiera hacia la mansión Blackfell.

Lloyd, en cambio, tomó el camino hacia la morada de Katterblack.

Casi era la medianoche.

Una melodía insufrible — ♩♪♩ — penetró en los oídos de Philip, trayéndolo de vuelta a una incierta realidad.

Resolló. Entreabrió los ojos. Solo una rendija.

Luz y sombras salpicaban su campo visual a partes iguales.

Le dolía la cabeza. Sabía que el motivo de aquel terrible achaque era el retumbo martirizante que provenía del piano de su madre.

Seguía y seguía: ♩♪♩♪♩♪♩♪♩♪♩ . El Diablo en la Música.