15 #2
Philip alzó la vista, los ojos anegados de lágrimas. En aquel momento cayó en la cuenta de que Mahlon había perdido el parche en su forcejeo con Lucas. Aquella cuenca vacía, profunda oscuridad, parecía devolverle la mirada.
—Malditos Holbrooke —increpó el nigromante, tapándose el ojo vacío con una mano—. ¡Cuándo aprenderán! —El parche estaba en la mano de Lucas, que había dejado de moverse. Lo tomó. Y, en tanto se lo colocaba, se volvió en un revuelo oscuro hacia Horace—. Tú, escoria humana, encárgate de él.
Señaló a Philip.
—Yo me ocuparé de estos dos —añadió Mahlon West—. Vamos. Rápido. Se acerca la medianoche.
Los golpes resonaban con fuerza contra la puerta.
Uno tras otro. Sin abrirse. Mary y Sam habían atrancado la entrada, interponiendo tras ella la peinadora, antes de agacharse detrás de la cama.
Mary sabía que la criatura había venido a por ella una vez más, y en esta ocasión no la dejaría escapar tan fácilmente.
Haría falta más que una peinadora para impedir que Darkling no lograse por fin su cometido —Mary—, y eso incluía ocultarse detrás de una cama. Nada de esto serviría.
Pero suponía una breve distracción en tanto rumiaba una idea para escapar.
Mary había descartado casi desde el comienzo salir a través de las ventanas: aparte de encontrarse a buen trecho del suelo, el cristal no podía abrirse desde ninguno de sus lados; antes tendría que romperlo, y aun así estaría la cuestión de la altura.
El tiempo apremiaba y, por tanto, no había tiempo para entrelazar una liana de sábanas y poder bajar.
Ya lo había pensado. Debía idear algo más. Magia, tal vez.
Resonó otro golpe. Y otro.
Con cada arremetida, Sam, entre sus brazos, se estremecía como si de un animalito asustadizo. Mary no estaba dispuesta a perder otra vez a su hermano. No, mientras ella aún respirase. Tenía que ser fuerte por Sam. Pero, se preguntó, ¿quién sería fuerte para ella?
Otro golpe, si cabe más fuerte que los anteriores, sobresaltó a ambos.
De pronto, sobrevino un largo silencio.
El silencio se extendió por casi medio minuto, quizá menos, pero a Mary se le antojó una eternidad.
El ambiente en el dormitorio era tan denso que podía cortarse con un cubierto para mantequilla.
Hacía mucho frío. O tal vez eran los nervios y la zozobra que aquel extraño silencio provocaba.
Entonces, Mary pensó que, o bien la presencia que aguardaba al otro lado de la puerta se había disipado como por arte de magia, o bien estaba invocando un conjuro para abrirse paso a la habitación.
Creció su miedo al concebir que pudiera tratarse de lo segundo.
El silencio se rompió.
—No debemos prolongar más esto, Mary —dijo Darkling.
Su voz en calma, como un tapiz de terciopelo deslizándose por los surcos de la puerta, era tanto o más aterradora a como se había escuchado hace minutos en el comedor—.
Verás, avecilla, nadie vendrá a por ti y por tu hermano.
.. Supongo que es tu hermano lo que te preocupa, ¿no?
Te doy mi palabra de que el joven Sam estará bien.
Prometérselo no le serviría de nada. «Debo pensar en algo. —Sam le echó una mirada enigmática; sus ojos eran enormes y de un color jade tan profuso que solo podía distarse desde la cercanía. Una característica de la herencia hadúna de su madre—. Hadas...» Y entonces se le ocurrió.
—Lo prometes, ¿de verdad? —preguntó Mary.
La voz le salió débil. Bien. Porque quería sonar asustada (es decir, más de lo que ya estaba por dentro).
Mientras se apartaba despacio del lado de su temeroso hermano, se ponía en pie y rodeaba la cama hacia la mesita de noche, continuó—: ¿Por qué debería confiar en ti?
Tú asesinaste a mis padres, a Joseph Westwick, Elio Blackfell, y muchos otros, incluida Elise. ..
—Te equivocas, Mary —repuso Darkling—. Elise no ha muerto.
Yo mismo lo he comprobado antes de venir tras tus pasos.
En estos momentos alguna de sus mucamas seguramente está usando hada-sanación para cerrar su pequeña herida en tanto mantenemos esta amena conversación.
—Suspiró—. En cuanto a las muertes que refieres, incluida la de tus padres, eran necesarias para traernos hasta preciso este instante. A esta noche.
—¿Qué pasará esta noche? —Mary tomó uno de los volúmenes que estaban sobre su mesita de noche.
—Lo sabrás a su tiempo —dijo Darkling—. O, más bien, a la medianoche.
Tras pasar revista a las páginas del libro que tenía en sus manos, Mary echó una mirada a su hermano, que tenía una expresión tensa en su rostro y movía la cabeza con negación.
Ella se llevó un dedo a los labios —«shhh»— mientras le indicaba con un gesto de la mano que se ocultara. Respiró profundo.
—Está bien —dijo Mary, por fin—. Iré contigo. A dónde quieras. No pondré resistencia, lo prometo. Pero debes darme tu palabra de que mantendrás a mi hermano lejos de esto.
—Te doy mi palabra —contestó Darkling al instante—. Nada le ocurrirá al joven Sam. Él no vendrá con nosotros. Nunca fue parte del plan que lo hiciera. Tu hermano no sirve a mis planes —añadió—, no ha nacido con el privilegio . Como tú.
—¿A qué te refieres? —inquirió ella. Solo para ganar tiempo.
—Te lo diré en su momento. —Lo oyó sonreír—. Ahora, ven conmigo.
—¿Por qué?
Mary no esperaba que aquella criatura respondiera.
Pero lo hizo, mientras ella echaba otro vistazo hacia la cama para comprobar que Sam había acatado a su tácita orden (en efecto acató), ponía su atención en una página en concreto del libro Pociones y encantamiento , y murmurar para sí las palabras ahí escritas.
—Te lo dije una vez, pequeña, en la carta. Te haré una reina de las sombras, como debió de ser tu madre —decía Darkling—. A cambio, tú me harás libre.
Tuvo un sueño. ¿O más bien una pesadilla? Estaba reunida en el comedor con su hermana, Mary, Sam y su padre, que por fin había salido de su habitación. Adler había preparado un magnífico banquete. Olee y Tara entraban y salían de la estancia llevando platillos. Reinaba la calma.
Su padre estaba feliz. De hecho, reía. Céline, por ende, también estaba feliz y riendo.
Entonces todo se volteó. Lo último que recordaba era a su hermana, Elise, desplomándose en el suelo mientras sus primos huían del comedor en tanto la criatura que había ocupado el puesto de su padre reía con una voz tétrica, malvada.
Céline, que no había parado de gritar histérica, acabó perdiendo el conocimiento en algún punto mientras contemplaba la aterradora escena; la luz se desvaneció ante sus ojos.
Fue aquella misma luz la que la trajo de vuelta.
La golpeó en los ojos como el estallido de un relámpago en un cielo tan negro como la brea.
El mundo daba vueltas a su alrededor mientras se recobraba.
Masajeó la parte posterior de la cabeza, allí donde el suelo había ascendido hasta ella, al mismo tiempo que se enderezaba.
Entrecerró los párpados. Aún los hería aquel destello intenso, blanquecino.
— ¡Elise! —chilló.
Había sangre. La cabeza de su hermana estaba posada en el regazo de Olee; tenía los ojos entreabiertos y esbozaba una mueca de dolor, vislumbró Céline; y no era para menos: que había tres líneas de sangre bajándole desde el pecho, donde los dientes del tenedor habían penetrado la piel. Pero estaba viva.
Tara estaba inclinada sobre Elise; sus manos, extendidas sobre la herida de la joven, emitían un blanco —cálido— resplandor.
Hada-sanación . Elise gimió. Céline tomó su mano con fervor.
Sus miradas se cruzaron. Elise, su pequeña hermana, sonrió agradecida.
Luego suavizó la expresión y cerró los párpados.
La herida empezó a disiparse gradualmente.
Al cabo, desapareció del todo. Elise abrió los ojos otra vez, se enderezó con asistencia de Adler, y las mucamas se apartaron para darles espacio a las hermanas, que acto seguido se fundieron en un abrazo.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. La servidumbre de los Katterblack, con excepción de Sutr, las miró con temor y alegría, notó Céline cuando abrió los ojos por encima del hombro de Elise.
Temor y alegría, sí, eran seres hadunos, todos ellos.
La alegría estaba asegurada, pero el temor era como un presagio de que la pesadilla aún no había terminado.
No, claro que no. Las hermanas se apartaron una de la otra diciendo a la vez, diciendo « ¡Mary! », con un sobresalto. Se miraron con alarma. Tara empezó a llorar; Olee, también con lágrimas en los ojos, le puso una mano en el hombro. Céline temió lo peor.
—¿Qué sucede? —preguntó—. ¿Dónde están Mary y Sam? ¿Dónde...?
No acabó la frase. Se contuvo de preguntar por su padre. Sabía la respuesta a esa pregunta.
Olee y Tara estaban demasiado alteradas para responder; Adler tomó la palabra.
—Arriba, señoritas —dijo—. Aquel hombre ha ido a por sus primos. Tara dice que es el mismo hombre que los atacó hace más de una semana. Debemos buscar a su padre; el señor sabrá qué hacer.
Céline y Elise cruzaron otra mirada. El cocinero no estaba al tanto de los detalles de lo que acababa de acontecer.
El señor Katterblack se había convertido en un monstruo un instante atrás, y había intentado asesinar a una de sus hijas (aunque no era su padre realmente).
Los únicos que presenciaron esta espantosa escena fueron Mary, Sam, Elise y Céline.
Seguramente Tara y Olee tan debieron ver pasar a Darkling por el recibidor de regreso de la cocina.
Céline se volvió hacia Elise.
—Debemos avisar al Gremio —dijo—. Pronto.
—Sí.
—¿Recuerdas cómo expedir el mensaje mágico? —Elise asintió—. Deberás hacerlo. Tú sola.
Céline hizo amago de dejar la estancia. Su hermana la detuvo, aferrando su muñeca.
—¿Adónde vas?
—Yo...