15
DIABOLUS IN MUSIC
—¿Qué has hecho? —murmuró Philip.
Mahlon West se echó a reír.
—Horace —dijo el nigromante—, ¿acaso no advertiste al muchacho de mi llegada? No parece muy feliz.
Philip había estado tan absorto con la inesperada aparición del nigromante, que tardíamente cayó en la cuenta de que en algún momento mientras ocurría, Jason había despertado.
Erguido, con una pronunciada arruga en el entrecejo, veía la escena con extrañeza, confusión, como si se preguntara dónde diablos estaba y cómo había llegado allí.
—¿Qué está sucediendo, Phil? —Sus ojos se abrieron como platos cuando observó las ataduras de su hermano, tumbado de costado en el suelo.
Luego miró a Mahlon West y a Horace, uno y otro, hasta que trabó los ojos en su tío, y una mueca de crispación se abrió paso en su pálido rostro—. Maldita sea, ¿qué has hecho?
—El conflictivo Jason Holbrooke —dijo Mahlon con una amplia sonrisa—.
Así te ha llamado tu tío. Y también: complicado, belicoso, egoísta, vanidoso, e inmaduro.
—Hablaba mientras se paseaba por la sala recorriendo el lugar con su único ojo.
Vestía de negro de la cabeza a los pies y llevaba calzado de piel de cocodrilo; su parche, de cuero negro, cubría la cuenca vacía atravesada por una horrible cicatriz que le dejó su encuentro con una Treddaway—.
Ahora están todos los Holbrooke reunidos, y conscientes, en un mismo lugar.
—Dio unos aplausos—. La legendaria familia Holbrooke, ¿quién lo diría?
Phil advirtió cómo la cólera empezaba a despertar en el interior de Jason.
Lo vio en el brillo de sus ojos, en la manera en la que miraba al nigromante, y en cómo apretaba la mandíbula.
Esperaba que su hermano tuviera suficiente sentido común para no cometer una locura —con Philip atado era evidente que estaban en franca desventaja contra la bien conocida destreza de Mahlon West—, pero ¿a quién quería engañar?
Se trataba de Jason. ¡Por los Primeros Seguidores!
No hacía falta más que conocerle un poco para adivinar que perpetraría una locura más temprano que tarde.
Mahlon, sonriente, se aproximó campante a Jason y Lucas, en el largo sofá.
Jason se irguió como una lanza. Lucas, en cambio, se encogió al costado de su hermano.
Horace se interpuso entre el nigromante y sus sobrinos antes de que el primero acortara la distancia de treinta centímetros que los separara.
«Ya era hora», pensó Philip. No aliviado, ni mucho menos.
Horace tal vez no representara ninguna amenaza para nadie en aquella estancia, pero sin duda no estaba actuando en defensa de los tres chicos; ¿por qué iba a hacerlo ahora tras haber dejado entrar a la oscuridad a la casa ancestral de su familia? No parecía arrepentido.
—Prometiste que no les harías daño —dijo Horace; tenía los labios tensos y apretaba las manos a los lados—. Son mis sobrinos. Además, recuerda que puedo revocar tu invitación en cualquier momento. No hace falta tu presencia aquí para la ceremonia que se llevará a cabo esta noche.
Mahlon plegó el semblante; luego, trazó una línea en sus labios entre burlón e indignado.
—Hieres mis sentimientos, Horace. —Se llevó una mano al pecho con aire dramático—.
Me has dicho que soy prescindible —dijo—.
En parte tienes razón, sí. Tampoco entiendo por qué Darkling requería mi presencia.
¿Quizá para controlar a tus sobrinos? ¿Quizá para distraer al Gremio en caso de que se apareciera de improvisto a mitad de la ceremonia?
¿Quién sabe? Darkling actúa de formas misteriosas.
—Miró a Jason y a Lucas: el primero se había recostado de nuevo contra el respaldo del sofá, el segundo se aferraba a brazo de su hermano con un miedo tan intenso que Phil (atado física y mágicamente y en el suelo) no le había visto antes a su hermano—.
Te equivocas en algo, Horace: yo jamás prometí que no los dañaría; a lo mejor Darkling dijo algunas palabras para apaciguar tu temor, pero yo tan solo soy su compañero de fechorías.
.. su camarada, si así lo prefieres..., no su sirviente. Mahlon West no sirve.
—No es lo que dicen —soltó Philip.
—¡Hablas! —exclamó West, riendo.
—Sí. Hablo. También los miembros del Gremio. Creen que eres el lamebotas de Darkling. Aunque intentes negarlo, sabes que así es. —Entonces pensó que tal vez debería considerar, a partir de ese instante, mantener la boca cerrada. No lo hizo—. Sí, sabes que así es.
Enarcó una ceja.
Mahlon compuso una expresión de interesado.
Se acercó a Philip, despacio, ante la atenta mirada de Horace.
No era que se sintiera a salvo ante la cercanía de su tío ni mucho menos, pero debía reconocer que le generaba cierto alivio que se interpusiera entre el nigromante y sus hermanos hace un momento.
West se detuvo a escasos centímetros de Phil, y se inclinó.
El aroma a hollín que desprendía propinó a este una bofetada.
—Eres un Holbrooke—murmuró el nigromante, y lo tomó con la firmeza por la barbilla a pesar de los rebotes de Philip; luego se acercó tanto a su rostro que el chico pensó que lo iba a besar.
Pero solo inhaló una profunda bocanada de aire—.
De eso no hay duda. Hueles como uno. Estás lleno de vida, Phil.
También tus hermanos. Pobres. No querrás que sufran por abrir tu bonita boca, ¿verdad?
Me da igual lo que pueda hacer Darkling cuando se reúna con nosotros. Y te lo puedo probar.
«Vendrá», pensó Philip. El horror que sintió al oír aquello debió reflejársele en la cara. Mahlon se echó a reír y se enderezó de nuevo. Philip inspiró hondo. El hedor de la oscuridad empezaba a asfixiarlo. La negra gabardina de West hondeó hacia atrás cuando se giró.
—Sé lo que piensas, Philip —prosiguió el nigromante, de pie junto al piano, dándole la espalda—.
Y esa es otra cuestión que por lo visto no aludió tu tío antes de mi llegada.
Esta noche se llevará a cabo la ceremonia que le proveerá su propio cuerpo a Darkling.
Horace ha consumado su trabajo, y Darkling.
.. o Richard Katterblack, como prefieras.
.. por fin logró hacerse con la gema que ocultaban los Hornwood en sus bodegas.
—¿Gema? —repitió Philip, sin entender.
—Así es. —El nigromante tocó una nota en el piano, luego otra—.
La gema. Imagino que habrás leído sobre la corona de Isidora y las Gemas del Destino.
Los Hornwood guardaban una de aquellas gemas: la de la Muerte.
—Mientras hablaba tocaba con naturalidad un tritono entre las notas Fa/Si, que producía una disonancia azarosa.
Philip la reconoció casi en seguida. Diabolus in musica , se llamaba, «El Diablo en la Música»—.
Supongo que ya conoces la historia de cómo llegó aquella gema a las manos de los Hornwood.
Gracias a Kenneth, Darkling supo dónde debía buscar cuando visitó la taberna de los Hornwood luciendo como el señor Katterblack.
—¿Para qué quieres la gema de la muerte? —preguntó Philip.
—Yo no, Phil. —Mahlon dejó de tocar y se sentó en el banco que antes había ocupado Horace—. Darkling.
—La gema sirve para traer de la muerte a los no vivos —repuso Horace.
Tenía un aspecto aún más macilento que hace un rato (¡y no era para menos, pensó Philip; Horace había abierto las puertas de su casa a un nigromante y estaba exponiendo a sus sobrinos al peligro!)—.
Necesito darle vida al cuerpo que he creado antes de que la esencia de Darkling haga el cambio.
—Será a medianoche —añadió Mahlon, trazando una perversa sonrisa—. Dicen que a medianoche el poder de la gema es muchísimo más fuerte. Cierto o no, pronto lo sabremos.
—O tal vez no.
Aquella voz pareció congelar la estancia por un instante.
Era Jason, de pie. A ojos vistas envalentonado.
Philip abrió muchos los ojos, intentó protestar, advertirle que no cometiera una locura.
Su hermano, ¡su cabezota hermano!, jamás escuchaba.
Se lanzó sobre el nigromante... No, avanzó hacia Philip (era el único que podía enfrentar a Mahlon West con su donum lucis ; hasta Jason lo sabía), pero el nigromante se movió demasiado rápido.
Lo cogió por el cuello y, después, le rodeó la garganta con un brazo.
El muchacho gimió cuando el oscuro ejerció presión.
Su cara se tornó morada. Bastaba un solo movimiento —un poco más de presión— para quebrarle el cuello.
— ¡Lucas! —oyó gritar a Horace.
Y, en un visto y no visto, el chico apareció sobre la espalda del nigromante, tirando del pelo de este hacia atrás.
Philip experimentó un miedo terrible por lo que Mahlon pudiera hacer en consecuencia, que pudiera romper el cuello a Jason indeliberadamente.
Empero, gracias a Lucas, el oscuro liberó a Jason.
Este cayó en el suelo, con las manos en la garganta y la cara azulada, tosiendo.
En tanto, Lucas era sacudido como una bandera por un fuerte viento con las violentas meneadas de Mahlon para sacárselo de encima.
Entonces resonó un fuerte golpazo. Phil, que había estado pugnando en vano con sus ataduras —¡tenía que hacer algo pronto!
—, se quedó inmóvil y ladeó la vista. Escuchó un segundo golpe, esta vez más ahogado, contra el suelo.
Su corazón se detuvo a la par que la sala quedaba en completo silencio. No, no, no.
Mahlon se había liberado de Lucas. Lucas estaba en el suelo: tenía los ojos vueltos hacia atrás —en blanco—, los miembros desmadejados, y comenzaba a sufrir convulsiones.
Jason, aun tosiendo, se arrastraba hacia Phil para remover el hilo de plata de sus ataduras, pero el nigromante lo vio antes.
Philip gritó a todo pulmón «¡Cuidado!», pero ya era demasiado tarde: se inclinó sobre Jason y le asestó un golpe con el pie en la cabeza, que lo dejó sin sentido en el acto. Sobrevino otro espantoso silencio.