14
CENA EN FAMILIA
La cena marchaba con normalidad. Bueno, toda la normalidad que era posible en aquellas circunstancias; había una inquietud palpable en el ambiente y, por tanto, a momentos reinaban largos silencios en los que a duras penas se escuchaba el tañido de los utensilios chapados en oro contra los elegantes platos de fina porcelana con bordes dorados.
Mary, nerviosa, era incapaz de mirar la pieza de ternera servida ante ella.
Tenía un nudo lo bastante prieto en la boca del estómago que difícilmente le permitía respirar, ni se diga comer.
«Cálmate —se decía. Aquello no parecía surtir efecto, pero ¿qué más podía hacer?
—. Respira profundo. Ya llegará el momento».
Sin embargo, la espera se hacía demasiado larga y desesperante.
Y aún no sabía cuál de las tantas preguntas que bullían en su cabeza le haría primero a Richard Katterblack.
En el fondo —aunque no quería engañarse—, esperaba que fuese el señor Katterblack quien iniciara conversación como una especie de interludio entre la sucesión de platillos.
Una conversación reveladora, eso sí. Sacando a la luz que era el nuevo anfitrión de Darkling y, por supuesto, respondiendo a todas las preguntas de Mary.
No obstante, Katterblack se mantenía más reservado de lo habitual (a veces sonreía al resto de los presentes con una llaneza propia del hombre que ella conoció hace unas semanas, y un grácil brillo en los ojos que no levantaba sospecha alguna); pidió a Olee que le diera el parabién a Adler, el cocinero, tras acabarse el platillo principal —la ternera—, y desde entonces no había vuelto a decir palabra.
Mary sentía que se asfixiaba. Nunca había experimentado esta sensación de ahogamiento con tanta intensidad; siempre había dicho lo que quería, cuando quería, incluso cuando vivía en Boston.
Ciertamente, sus padres procuraban que tuviera en cuenta dónde y con quién, así como el tono de sus palabras, antes de hablar.
«Debo esperar —se dijo, apretando los labios—.
Un poco más. Katterblack no dejará esta mesa, este comedor, sin responder a mis preguntas».
Céline, como su padre, no había dejado de sonreír ni un solo momento desde que inició la insólita velada, y, todavía más extraño, tampoco había hablado.
Mary esperó valerse de la elocuencia banal de su prima para torcer sin mucha sutileza la conversación hacia sus intereses.
Con Elise no tenía expectativas de que esto pasara (ninguna).
Y Sam... Ojalá pidiera marcharse después de comer su postre.
Por supuesto, Mary no confiaba en sí misma para iniciar una conversación con el señor Katterblack. Si hablaba, no sería capaz contenerse de decir (tal vez gritar) lo que sentía hacia el señor de la casa.
Las mucamas (Olee y Tara) reaparecieron en el comedor llevando escudillas de latón relucientes.
El postre constaba de tarta de fresas y crema de azúcar glas para untar, con tope de pelusa de Azur.
El nudo se estrechó un poco más en la boca del estómago de Mary.
¿Cuánto más podría soportar aquel silencio?
Se tensó al oír la voz del señor Katterblack.
—Adler se ha lucido de verdad con este banquete —dijo, mientras Olee se inclinaba a su lado para dejar el plato con el postre—. Díselo, Olee.
—Lo haré, señor. —La criada se sonrojó.
Tara y Olee se retiraron, de momento, tras la repartición del postre.
—Estimado Samuel —repuso Katterblack, dirigiendo una mirada luminosa al jovencito que estaba sentado a un par de asientos del suyo—, espero que tu estadía en este cálido hogar esté resultado de tu agrado. Sin duda tu llegada nos ha hecho bien a todos.
—Sí, señor —contestó Sam, solemne, respetuoso, y volvió la vista al postre, probablemente intrigado por aquella pelusa rosada que adornaba la tarta de fresa. Algo distraído, añadió—: Y, cómo no, mi habitación tiene el tamaño de nuestra casa en Boston, ¿no crees, Mary?
Mary parpadeó.
—Sí —dijo ella, vagamente.
Hubo silencio. Otra vez.
—Me parece que Mary no está con nosotros en esta velada —indicó el señor Katterblack con sorna—. Quizá sólo esté pensando en Andrew. En éstas, ¿cómo está?
—Bien, padre —dijo Céline, animada—. Bueno.
.. al menos no corrió con la misma suerte que Blackfell.
—Pero su silencio dejó entrever lo que pensaba: «Sigue vivo, aunque no sé qué clase de vida tendrá después de la violación».
Mary odió a su prima en ese instante, tanto o igual que a su padre—.
Mary ha prometido visitarlo todos los días.
Y, por lo visto, hoy le ha ido de maravilla. Luce radiante.
El tono de su comentario era sugerente; a Mary le hirvió más la sangre.
—Bueno es saberlo —asintió Richard Katterblack—.
Andrew ha tenido una vida un tanto difícil desde su nacimiento, y no ha estado falto de épocas oscuras también.
Es un buen muchacho. Y estoy seguro de que las visitas de nuestra querida Mary le harán mucho bien.
—Mary quiso preguntarle qué quería decir con que estaba seguro .
Pero Katterblack volcó su atención en ella, haciéndola tragarse sus palabras—.
Por cierto, Mary, ¿has acabado de leer las cartas de tu padre?
Era el momento, pensó Mary.
—Sí, hace varios días —dijo con naturalidad—. Desde entonces he querido hacerle algunas preguntas.
—Por supuesto —sonrió Richard—. Y yo estaré encantado de responderte.
—Pero antes, el postre. —Céline tenía una expresión tensa en el rostro—. No es educado traer este tipo de discusiones a la mesa, padre, Mary; mucho menos frente a Sam. Después, podrán reunirse en el estudio y parlamentar. Ahora no.
Mary resopló ruidosamente. No pudo evitarlo.
Salió sin más. Elise dejó caer su tenedor, que repicó contra el plato.
Céline abrió la boca, pero no dijo nada.
Sam continuó impasible, el ceño fruncido, tal vez preguntándose (sin mirar a los presentes) qué estaba sucediendo.
Quizá Céline tenía razón, meditó Mary. Quizá no debería discutir aquellos asuntos con su hermano en la misma estancia.
Entonces recordó: «En River Town no hay lugar para los secretos».
Sam iba a saberlo, tarde o temprano. Y era mejor que lo hiciera en aquel momento.
—Michael Cartwright no era mi padre —dijo ella.
No hacían falta introitos. El tiempo para ellos había pasado hace mucho.
Echó un vistazo a su hermano y a sus primas con el rabillo del ojo.
Estaban absortos—. Sino Henry Hornwood. Lo sabía desde siempre.
Y sabe que este fue el verdadero motivo de la partida de la tía Alice. .. quiero decir, la señora Katterblack.
—Entonces, ¿qué deseas saber? —preguntó Richard.
A Mary tomó por sorpresa la sencillez con la que hizo su pregunta.
—Henry Hornwood fue su amigo —dijo—. ¿Él sabía que era mi verdadero padre?
—Sí —respondió—. También Michael. Fue esta la razón por la que decidió marcharse de este pueblo.
No quería que supieras la verdad, Mary. O que la sombra maligna que habitaba en el interior de Henry intentara hacerte daño.
En vano se propuso guardar este secreto.
Michael siempre supo que acabarías sabiendo la verdad aun en contra de sus deseos, porque por tus venas corre sangre de seguidores de la luz.
“¿Qué voy a decirle cuando sus dones empiecen a manifestarse?”, me dijo en nuestro último encuentro.
Dones que un ser mitad humano y mitad hada no debería tener.
»Le dije que podía ocultarlos, si era lo que quería (¡y vaya que sí lo quería!), cegar tu parte seguidora de la luz.
El joven Kenneth nació dos años antes que tú, Mary, por tanto, heredó el don de la luz de los Hornwood, y le dije a tu padre que no tendría que preocuparse al menos por eso.
Él hizo oídos sordos. Escogió el camino más difícil.
¿O el más fácil? Y huyó contigo y con Sylvia.
»Vivieron en Collin’s Meadow por un tiempo.
Al cabo Michael vislumbró que aquella no era distancia suficiente para mantenerte alejada de tu verdad.
Fue en la época en la que empezaban a mostrarse los primeros indicios de lo que más tarde sería la peste que acabó con más de la mitad de las personas de aquel pueblo.
.. Y así, más o menos, terminaron en Boston, tú y tus padres, y no mucho después, el joven Sam.
—Mi padre... —dijo Mary. La voz le salió débil. El corazón volvía a latirle al ritmo habitual, pero dolía. Carraspeó para recobrar la voz y continuar—: Mi padre... Michael... él te escribió este mismo año, hace apenas unos meses. Habían pactado una reunión. Después de diez años. ¿Por qué?
Richard suspiró.
—Bueno. —Encogió los hombros—. Para mí fue una sorpresa que Michael accediera a este encuentro.
Por supuesto, yo fui quien propuso llevar a cabo esta pequeña reunión familiar.
Alice y yo seríamos los únicos en aparecernos en su casa.
En parte esto se motivó a que debía ocuparme de algunos negocios en Boston, y era probable que me cruzara con Michael durante mi estadía de una semana, lo cual habría enfurecido a tu padre.
En parte, también, porque Alice echaba de menos a su hermano y quería darle una sorpresa.
La reunión se consumaría cinco días antes de tu inesperado arribo a River Town.
Me pilló enterarme de su muerte, de verdad.
Alice estuvo inconsolable durante los días que tuviste inconsciente, Mary.
Cuando despertaste, casi pareció ser la misma de antes: quería ser fuerte para ti, estar cuando más la necesitases.
«¿Y por qué no está aquí ahora?», no pudo evitar preguntarse Mary. Apretó los labios.
El señor Katterblack se encorvó en tanto profería una honda exhalación; la miraba fijamente, con una luz difusa en sus ojos, como si estuviera intentando escudriñar su mente. Mary percibió algo más en sus ojos: nostalgia, dolor, desesperanza..., confusión.
—Lo siento..., Mary —musitó Richard. El ambiente se heló por un instante.
De pronto, y con un furor escalofriante, tomó un tenedor e intentó clavárselo en el cuello.
Se detuvo. Céline gritó. La luz del candelabro arrancó un destello metálico del utensilio.
La mano de Katterblack temblaba, tensa, como si un ente invisible le impidiera inmolarse.
La expresión en su rostro era de intensa sorpresa. Y horror.
El tenedor cayó de su mano. Todos lo vieron repiquetear contra el plato. Un segundo después, apartaron sus miradas.
Cuando la volvieron, Richard Katterblack había desaparecido.
—Estuvo cerca —sonrió Darkling—. No he acabado mi tarta. Habría sido una pena no hacerlo.
Céline empezó a gritar histérica. Sam, a ojos vistas espantado, se echó hacia atrás en la silla y se levantó.
Mary estaba demasiado absorta para moverse.
Sin embargo, el hechizo que la mantenía inmóvil pareció romperse en cuanto Darkling puso sus negros ojos en ella.
Mary contuvo un grito y se puso en pie. Se acercó tan pronto pudo a su hermano y lo tomó del brazo.
Darkling permaneció allí sentado, mirándola, llevando el traje color ceniza de Richard Katterblack.
Su calva parecía absorber la luz de la estancia.
«Es él —pensó Mary, aferrando fuertemente a su hermano—. Siempre ha sido él».
—Maldito seas, Katterblack —siguió Darkling.
Cogió el tenedor que estuvo a punto de clavarse Richard en el cuello, rebanó un pequeño trozo de tarta y se la llevó a la boca.
Continuó mientras masticaba—: Era muy pronto, estúpido.
Tenías que esperar un poco más, ni siquiera es cerca de medianoche.
El trato... Bueno, olvídalo. Tú has roto tu parte, yo haré lo propio.
Ladeó los ojos.
Elise se levantó e, impetuosa, avanzó hacia Darkling con una mano arriba.
Tenía un cuchillo. Mary solamente llegó a ver un destello.
Hacía frío. Darkling se movió a una velocidad sorprendente.
Todo sucedía demasiado rápido. Oyó un gemido.
Céline chilló el nombre de su hermana con las manos en el rostro.
Elise cayó al suelo con el tenedor de postres de Darkling clavado el pecho.
Céline calló de pronto. Mary no supo qué lo causó (aunque temía lo peor); ella y Sam salieron huyendo del comedor después de la acometida de Elise.
Emergieron del comedor y avanzaron a toda prisa hacia el recibidor mientras las risotadas de Darkling parecían pisarle los talones allá donde fueran.
Estaba detrás de ellos, frente a ellos, sobre ellos.
.., estaba en todas partes como aquella noche en la que irrumpió por segunda vez en la mansión Katterblack.
Sam y ella se detuvieron en el recibidor. ¿A dónde irían ahora?
«No hay salida», pensó Mary. Y acto seguido, junto a Sam, empezó a subir la escalera hacia la planta superior.
Cometían un grave error.