Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 13 #4
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Philip abrió los ojos una rendija. Le pulsaban las sienes, tenía la vista borrosa, y empezaba a sentir dolorosos espasmos en todo el cuerpo.

Ladeó la cabeza. Estaba confundido y asustado.

Se preguntó dónde estaba. Se preguntó cuánto tiempo llevaba inconsciente.

De pronto comenzó a oír un pitido estridente en su oído derecho. Contrajo la cara.

Pasado unos minutos, mejoró su campo visual.

Algunos más, y el dolor en sus sienes se redujo, y empezó a tener noción del espacio que le rodeaba y de cómo perdió la consciencia.

Estaba en la casa Holbrooke, en la salita de estar.

Había dos siluetas sentadas en el sofá rojo, y una más en el banco del piano.

El enorme recuadro cortinado en el lado frontal de la salita —la ventana—reveló a Phil que había caído la noche, lo que figuraba que estuvo sin sentido desde antes del mediodía de ese día.

Hacía un frío invernal en el ambiente, lo que lo confirmaba.

Y seguía sin oír nada salvo aquel pitido continuo, tortuoso, en su oído derecho.

Tomó aire.

Por un momento, cerró los ojos, arrugó el ceño.

Hizo memoria. Recordaba una oscuridad súbita.

Gruñidos. El rostro de un hombre parecido a su padre.

La mesa de la cocina ascendiendo de golpe a su cabeza.

De nuevo, oscuridad. Un ardor lacerante quemaba sus muñecas.

Abrió los ojos, descubrió la razón: alguien lo había atado con cuerda de cáñamo e hilo de plata, que, si mal no recordaba de sus lecciones con Val, servía para anular la magia de seguidores de la luz y de los seres hadunos.

El corazón de Philip empezó a latir con fuerza. ¿Quién...?

Pero antes de acabar de preguntárselo, lo supo.

De nuevo, ladeó la cabeza hacia aquella silueta difusa, sentada en el piano. Lo divisó claramente, encorvado, mirándolo como si su mera visión supusiera una tortura. Horace. Maldito sea. Horace lo había atado física y mágicamente. Y, de repente, todo cobró claridad.

Por supuesto, pensó Philip. ¿Qué más se podía esperar de su tío?

Lo había amenazado esa mañana con revelar al Gremio la macabra gestión que estaba llevando a cabo en el ático y, asimismo, el paradero de Darkling.

Y lo habría hecho, sin duda, si Horace no le hubiese propinado un cachazo en la cabeza.

Hizo conato de moverse, pero resultó doloroso.

Horace se había tomado las molestias de atarle los tobillos también.

Giró la cabeza, lanzó una mirada fulminante a su tío. «Maldito infeliz».

—Lo lamento mucho, Philip —dijo Horace, a ojos vistas pesaroso—. No quise que esto pasara. Pero es necesario.

—Philip.

La voz era débil, familiar. Philip, la visión del todo despejada, giró la cabeza y descubrió con horror que las otras siluetas que vio antes en el sofá eran sus hermanos.

Ellos no estaban atados. Lucas, sobremanera pálido, parecía más espectro que humano: tenía enormes surcos bajo los ojos, el pelo revuelto, y rastros de suciedad en las mejillas (¿había estado llorado?).

Jason, en cambio, estaba tumbado a su lado, con la boca abierta, roncando.

—Jason es un conflictivo, como bien sabes, y por eso tuve que hacerlo callar —dijo Horace.

Su tono no demitía remordimiento alguno, quizá sí un poco de pesar, pero vaya forma de demostrarlo.

Estaba tan pálido como sus sobrinos; tenía los labios resecos, y sombras pronunciadas bajos las cuencas de sus ojos.

Sonrió levemente—. Lucas accedió a comportarse por su propio bien y el tuyo. ¿No es así, jovencito?

Lucas, con doce años, odiaba que lo llamaran jovencito o pequeño . Con todo, dio una cabezada.

—Buen chico —asintió Horace. Volvió a mirar a Phil antes de continuar—. Naturalmente, Philip, no entiendes por qué estoy haciendo esto. Sabes que no soy malvado y que los amo a los tres, como los hijos que nunca tuve y ya nunca tendré. Lo que hago es, en parte, para protegerlos.

—Entonces ¿por qué...? —replicó Philip; le ardía la garganta, la voz le salió carrasposa. No acabó la frase.

No hizo falta, Horace entendió.

—A veces yo mismo me hago esa pregunta: «¿Por qué, Horace?

». Y también si todo esto al final valdrá la pena.

—Ladeó la cabeza, fijó su mirada en las teclas del piano.

Suspiró—. Como dije, ustedes, lo único que me queda de mi hermano, son parte de la razón.

Lucas fue un gran hombre, más que un héroe.

A veces los héroes no son lo que aparentan.

Pero tu padre sí era un verdadero héroe.

Yo, en cambio... —Otra vez suspiró. Hizo (al menos fue la breve impresión que tuvo Philip) ademán de tocar una de las teclas del piano, pero se detuvo en el último segundo como si le causara profundo terror hacerlo—.

Yo nunca seré ni la mitad de bueno que él —siguió, con cierto tono de resignación—.

Tampoco deseo serlo. Tengo una tarea que cumplir, y como intuirás, no es precisamente una proeza heroica ni mucho menos.

Quizá muera cuando acabe mi cometido, así como murió mi hermano al cumplir el suyo.

Tu madre murió tras cumplir el cometido más importante de su vida, ¿sabías?

» Ustedes fueron su cometido. El más importante.

Ella misma me lo dijo la primera y última vez que nos vimos.

Fue el día antes de su muerte. Tú estabas aquí mismo, Philip, en esta estancia, ¿recuerdas?

Confieso que la carta de tu madre anunciándome su muerte no fue lo único que me trajo a este pueblo.

Meses antes conocí a la criatura en Boston.

Y me hizo una propuesta que no pude rechazar.

Al parecer estaba al tanto de quién era yo y de la clase de trabajos a los que me dedicaba en Boston.

Me dijo: “Es obra del destino que nos hayamos conocido, Horace”.

En aquel entonces habitaba el cuerpo de Henry, pues su antecesor, Weston Hornwood, llevaba cinco años muerto.

—Darkling... —dijo Phil; la voz débil, carrasposa. Otra vez le pulsaban las sienes.

Horace repuso:

—Darkling quería un cuerpo propio. Esto ya lo sabes.

Me dijo que nunca obtendría su cometido, la razón por la que había sido creado, en tanto siguiera habitando en los de Hornwood.

Me advirtió que en absoluto sería tarea fácil.

El cuerpo debía quedar como un traje hecho a la medida y, para conseguirlo, debía hacer muchas pruebas.

Y vaya que he hecho muchas a lo largo de todos estos años.

Philip quiso decirle que se reservara su historia, que no quería escucharla, que mejor le dijera qué planeaba hacer a continuación. Pero no tuvo tiempo: sonaron golpes en la puerta.

—Parece que nuestro primer invitado ha llegado por fin —repuso Horace, levantándose; había adquirido el color de la leche cortada. ¿Estaba nervioso? Phil lo vio cruzar la estancia con cierta vacilación.

Miró a Lucas. Su hermano tenía una mueca de auténtico espanto en la cara.

¿Quién era aquel invitado ? ¿Por qué se había referido a este como el primero?

¿Cuántos más habría? ¿Quiénes? ¿Y por qué el aire se había vuelto tan denso?

Entonces cayó en la cuenta del aroma fétido que impregnaba la salita de estar. Hollín.

Horace volvió a la estancia; dio la impresión de que, durante su ausencia, se había encogido como un gnomo.

A la zaga entró el invitado. El primero, se recordó Philip.

Este nunca antes lo había visto en persona.

Sin embargo, había escuchado historias sobre él —las más terribles— a lo largo de los años.

Había matado un centenar de seguidores de la luz durante un ataque a River Town.

Entre ellos, una Treddaway. Tenía un parche en un ojo que lo hacía fácilmente reconocible, y una cicatriz que cruzaba aquella cara tan pálida como la de un muerto.

«Oh, no», pensó Philip.

—Vaya, vaya —dijo, campante, Mahlon West—. Qué sorpresa. No imaginé que me estaría esperando toda la familia Holbrooke. Bien me habría puesto mis mejores galas.