Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 13 #3
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—El delegado no sospecha de Katterblack —tradujo Gustav—.

Katterblack fue la última persona que vieron entrar en la celda de Kenneth, sí, pero esto fue varias horas antes de que el guarda que sobornó Caroline lo viera con vida por última vez.

Cuando Katterblack salió de la celda, Hornwood seguía vivo.

De hecho, este encuentro... de apenas minutos, según el guarda.

.. se llevó a cabo al poco tiempo de que el muchacho volviera a su encierro tras narrar la historia de la maldición de su familia.

—¿Quiere decir que Richard está fuera de sospechas? —preguntó Belwolf. Como si la explicación de Wolfgang no lo hubiese dejado bastante claro.

—Sí —dijo Morozov, en inglés.

—Entonces —siguió Belwolf—, ¿Darkling está muerto? ¿La maldición desapareció la noche en que Richard le clavó la daga?

Morozov dudó por un momento.

—Nunca... eh... había escuchado sobre una maldición de esas proporciones —respondió—. No hay... eh... forma de saberlo.

—¿Qué hay de Mahlon West? —habló Lloyd—. ¿Por qué sigue rondando el pueblo? Si Darkling ha desaparecido, no hay razones...

—¡Razones! —lo cortó, indignado, Frederick Startclyde—.

Mahlon West no necesita razones para aterrorizar, matar y.

.. —Sin duda se estaba absteniendo de referir lo que había sucedido con Andrew, de lo que todos los miembros del Gremio estaban al tanto—.

Mahlon quiere acabar lo que empezó Darkling, ¿qué te parece esa razón? Y hasta entonces, no descansará.

Mary regresó a la mansión tras su encuentro con Andrew.

Había anochecido. El cielo parecía haber adquirido más opacidad en apenas minutos desde que salió de la habitación de Andrew, y la brisa que soplaba era tan fría como las manos de un muerto (o eso diría su padre).

Sintió escalofríos. Ya en la mansión, pensó que ojalá no fuera demasiado tarde para entregar la carta al Gremio.

Así pues, estaba por ponerse un abrigo y guantes cuando Olee, jadeante, como si hubiese subido a toda prisa las escaleras del recibidor y cruzado asimismo el corredor de las habitaciones hasta la de Mary (lo que sin duda alguna hizo), entró repentinamente en su dormitorio.

Olee, rubicunda, aspiró una honda bocanada de aire antes de hablar.

—El señor ha salido de su habitación —dijo, todavía exaltada—. Quiere reunirse en el comedor con su familia, con sus hijas y sus sobrinos, pidió. Habrá una cena. La señorita Céline quiere que le ayude a prepararse, señorita Mary. Un vestido elegante y...

Mary apenas oyó el resto de las palabras de Olee.

Se quedó ensimismada tras oír las palabras «ha salido de su habitación».

Y pensó: «Finalmente». No estaba segura de que fuera algo bueno o un plan de Darkling para reunirlos a todos en un mismo lugar y.

.. y lo que sea que se propusiera hacer entonces.

Quizá estaba exagerando (¿o no?). Además, que Katterblack hubiera salido de su dormitorio podía significar que por fin podría hacerle las preguntas que llevaba días pensando.

Probablemente Céline bullía de alegría por la aparición de su padre, pensó.

Tal vez ella misma había confirmado que, en efecto, no se trataba de Darkling.

¿O por qué otro motivo estaría participando en una cena que podría terminar mal, en la que alguien podría morir?

El corazón le martilleaba el pecho. Nervios.

Mary sabía que de eso se trataba. ¿Tenía nervios por lo que pudiera ocurrir en aquella cena, o por encontrarse de nuevo con el señor Katterblack y este no tuviera las respuestas que buscaba?

—¿Dónde está Sam? —preguntó a Olee mientras esta le ayudaba a quitarse el corsé. Antes de la cena tomaría un baño.

—Está bien, señorita —contestó Olee, animada, mientras desataba un nudo tras otro—. Tara se está haciendo cargo de preparar al señorito para la velada. Adler está feliz por la buena disposición del señor, y aseguró a viva voz que hará un banquete digno de reyes.

Comida. Mary no podía (quería) pensar en comida o nada parecido; tenía un nudo prieto en la boca del estómago.

Sentía que en ocasiones le faltaba la respiración.

De pronto tenía la impresión de que su habitación se había vuelto chica desde que Olee entró con el anuncio.

Olvidó por un segundo lo que se disponía a hacer antes: entregar la carta de Darkling a los miembros del Gremio.

Mientras Olee preparaba diligentemente la tina, Mary se sentó en la cama y cogió el fajo de cartas de su padre del compartimiento de la mesita de noche donde las guardaba, y las apretó contra su pecho. Cerró los ojos.

Y, de pronto, recordó que ella no poseía la carta de Darkling.

Qué tonta. ¿Cómo había podido olvidarlo?

Le había entregado la carta con las iniciales «MW» a Philip, hace tres días, para que la hiciera llegar al Gremio.

Quizá Philip ya lo había hecho. La reunión de este día era la ocasión perfecta.

En cualquier instante, en tal caso, podía presentarse el Gremio en la mansión Katterblack para llevarse al señor.

Con suerte, tal vez lo hicieran antes de que ocurriera una desgracia durante la cena.

Al menos, eso esperaba.

Más tarde, lúcida y vestida, salió de sus aposentos como si fuera a otra realidad.

Estaba tensa. Sus crecientes nervios causaban estragos en ella.

Sin embargo, al mismo tiempo, no podía estar más entera de lo que estaba.

Disimulaba el temblor de sus manos cogiéndose los lados de la falda con suma naturalidad.

El trayecto al comedor se le hizo eterno.

Elise y Sam, vestido con un trajecito que sus primas encargaron a la señora Tawney, ya habían tomado sus lugares en la mesa.

Sam se levantó, educadamente (como le había enseñado su padre; «siempre que una dama se levante en el comedor, tú debes hacer lo propio», habían sido sus palabras).

Mary sintió ternura y tristeza, y besó a su hermano en el cabello al acercársele.

Elise le dedicó una sonrisa cuando sus miradas se cruzaron.

Sin embargo, había algo extraño en su mirada, advirtió Mary mientras tomaba asiento junto a Sam.

Se preguntó si tal vez su prima habría visto a su padre antes de la cena.

Por supuesto, Elise estaba nerviosa de lo que pudiera pasar, de que su padre pudiera ser usurpado por aquella oscura criatura a mitad de la cena o incluso después de que esta terminara.

Llevaba el cabello recogido y lucía un precioso vestido color verde pastel con encaje blanco, que resaltaba su palidez.

Mary no pudo más y, en voz baja, le preguntó a Elise si en efecto lo había visto, a su padre.

—No —contestó ella, vacilante—. Pero Céline sí.

Ella ordenó que se preparase esta cena y me dio cuenta en persona de la noticia.

No aludió el estado de nuestro padre en ningún momento.

Si era realmente él . —Intentó sonreír, pero el gesto le salió sin fuerza, exiguo; tal parece que no sentía mucha alegría de volver a ver a su padre.

Y con razón—. Estarán aquí pronto, los dos. Céline estaba muy emocionada...

Escucharon pasos. Quizá Céline y su padre, pensó Mary, llegando juntos, tomados del brazo. Al cabo de unos largos segundos las puertas batientes se abrieron.

—¡Ya están aquí! —exclamó Céline. Su sonrisa no podría ser más amplia; su alegría, más evidente.

Como su hermana, también tenía el cabello recogido en un vistoso tocado que constaba de una fina trenza alrededor de su cabeza como una tiara.

Llevaba puesto un elegante vestido rosa vivo con encaje negro y un hermoso acabado de perlas en el escote del pecho—.

Pensaba que antes nos reuniríamos todos en el recibidor.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó Mary, sin preámbulos.

Céline, que estaba por sentarse junto a su hermana —en el puesto que solía corresponder a su madre—, le echó una mirada aviesa.

—Se reunirá pronto con nosotros, por favor, les pido un poco de calma. —Sonrió.

¿Calma? ¿Acaso no parecían calmados? Desde luego que no.

Céline frunció el ceño, la sonrisa aún que aleteaba en sus rosáceos labios. Observó a Elise y Mary, alternadamente.

—Sé lo que están pensando —dijo—. Padre está bien, lo prometo. Yo misma lo he visto. Parece el mismo de siempre. Y no tiene nada que ver con... —Echó un vistazo a Sam, que estaba distraído con los brillantes cubiertos de plata sobre la mesa (o eso aparentaba)—. Bueno, de ya saben quién...

—¿De quién, querida?

La voz vino desde el acceso al comedor. Mary reconoció la voz al instante.

Como habría reconocido la de su propio padre si lo oyera llamar su nombre en medio de una multitud.

Todos guardaron silencio. Richard Katterblack había entrado sin que nadie lo advirtiera; acto continuo, sonriente, se acercó a la mesa y ocupó su lugar de costumbre, a la cabeza.

El parecido en la sonrisa de Céline con su padre era innegable.

A simple vista, Richard parecía muy lúcido, vibrante, lozano, como si hubiese rejuvenecido diez años o más.

Vestía un elegante suit color ceniza hecho a la medida por la señora Tawney, y llevaba el cabello bien peinado, escaso de canas.

Su sonrisa, nunca más abierta, iluminaba su rostro. Céline estaba en parte en lo cierto, pensó Mary, su padre parecía el mismo de siempre. O incluso mejor.

—Y bien —preguntó el señor Katterblack—. ¿De quién estaban hablando?

—Darkling, padre —dijo Céline, con llaneza—. Pero eso ha quedado en el pasado, ¿no?

Se lo estaba preguntando a Mary, pues su mirada estaba puesta en ella. Mary asintió mecánicamente.

Richard Katterblack sonrió.

—En ese caso —dijo—, ¿qué les parece si empezamos?