13 #2
—Dame otra razón —preguntó, y dio un paso más—. ¿Por qué debería compartir esta sombra contigo?
Oyó otro paso. De pronto, Mary sintió el frío aliento del joven en su frente.
Si bien seguía teniendo sombras en su rostro, entre ellas había un amago de luz recién encendida le mostraba sus labios —sus perfectos labios— formando una fina curva (¿de sonrisa o crispación?).
Ella volvió a sentir la necesidad de abrazarlo, fuerte, a pesar del temor al rechazo.
Y de besarlo, aunque sus labios albergaran una promesa vacía.
Pero ahora más que nada necesitaba escucharlo, porque de otra forma jamás sabría qué tan profunda era la herida que había en su alma.
—Las palabras son la prueba de que vivimos —dijo Mary. ¿Lo habría leído en alguna parte?—. Las palabras sanan heridas que el tiempo no puede.
Andrew guardó silencio. La miraba directamente a los ojos.
—Necesito devolverte esto —siguió Mary. Lágrimas rodaban cuesta abajo por sus mejillas—.
Necesito saber que estás ahí, en alguna parte, y tú también.
La prueba de que vives, que no te he perdido para siempre, Andrew.
Llevaría esta sombra contigo. Lo haría por ti, de la misma forma en que tú lo harías por mí. .. mil veces más.
El silencio se prolongó. El aire parecía oscilar tenuemente a su alrededor.
Mary se enjuagó los ojos con el dorso de la mano y lo miró de vuelta.
Andrew no daba la impresión de haberse conmovido con su respuesta; seguía pétreo, con la vista puesta a mucha distancia de ella.
Por fin —pasados unos minutos o una eternidad—, habló.
—Por hoy has cumplido tu promesa, Mary —dijo, la voz baja—. Ahora, márchate.
Mary permaneció inmóvil ante la frialdad de sus palabras, un largo instante.
Al cabo, giró sobre sus talones y salió de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas.
Lo hacía sabiendo una cosa. Mañana regresaría.
Y al día siguiente, y el que seguía... Para ella la puerta no estaba realmente cerrada. Andrew la estaría esperando.
Lloyd, como los demás miembros del Gremio, escuchó atónito la inesperada confesión de Ian Reedstter.
El silencio que reinaba en el ambiente era absoluto.
Todos los que estaban reunidos atendían con interés, asombro e indignación, los detalles del plan que concibieron los hermanos Reedstter para asesinar a Richard Katterblack, o más bien para que otro hiciera el trabajo sucio por ellos. Y no cualquiera.
—¿Darkling? —preguntó Lance, alzando ambas cejas.
Lloyd no había visto a su orador de combate tan asombrado por nada desde que lo conocía.
—No Darkling—explicó Ian—. Kenneth.
—¿Quieres decir que amenazaron a Kenneth con revelar la verdad para que asesinara a Richard? —Eudoxio Belwolf era el único, al parecer, que no había entendido ya este punto.
Lloyd miró a Ian.
—Sí —respondió éste. Estaba de pie en el centro del círculo que formaban los miembros del Gremio, presidido en esa ocasión por Gustav Wolfgang y el delegado Morozov, que, ceñudo, ocupaba el asiento de alto que cabezal que parecía un trono de ébano en las sombras—.
Descubrí el secreto de Kenneth, la noche del baile del solsticio, durante los enfrentamientos en la sala común.
Más bien hacía el final de estos. Después del último apagón vi a esa criatura escabullirse de la mansión y transformarse en Kenneth antes de perderse en la noche.
Al día siguiente se lo conté a Caroline, y ella tuvo la idea de valernos de este conocimiento para acabar con Richard Katterblack.
Por eso visitamos la taberna de Hornwood.
«Buena jugada —pensó Lloyd—. Echarle la culpa a su hermana muerta. Típico de los Reedstter».
—¿Por qué Richard ? —preguntó el alcalde Oakwater. Tenía una mirada tan punzante como un puñal. Sin embargo, no fue aquella certera contemplación la que hizo que Ian Reedstter desviara los ojos hacia su padre.
Allí estaba otra cuestión que ninguno de los presentes había planteado en voz alta, reflexionó Lloyd: ¿Conocía Stephen Reedstter los planes de sus hijos?
¿Acaso lo había orquestado todo a través de Caroline?
¿Estaba al corriente del secreto de Kenneth antes de que este fuera revelado tras el segundo ataque de Darkling en la mansión de los Katterblack?
¿Los había estado engañando todo ese tiempo?
—Lo siento, padre —musitó Ian.
Stephen —al principio impasible, luego atónico— formó una mueca de profundo espanto.
—No sé de qué estás hablando —dijo. Miró a los miembros del Gremio—. No sé de qué está hablando. Lo juro. Ni siquiera reconozco a mi muchacho. —Se volvió hacia Ian—. ¿Quién eres? ¿Y qué has hecho con mi hijo?
—Ella lo hizo por ti, padre —replicó Ian a su vez; tenía los ojos inyectados en sangre y las mejillas, húmedas por las lágrimas que había derramado apenas empezó a hablar—. Caroline lo hizo por ti, para deshacerse de ese cabrón de Katterblack como querías...
—¡Basta! —rugió Stephen. El eco de su voz rebotó contra las columnas y el techo elevado, y creó remolinos de polvo en el aire.
Los miembros del Gremio echaban miradas escépticas al señor Reedstter.
Saltaba a la vista que no creían del todo en su inocencia.
Desde hace mucho que los Reedstter gozaban de una reputación algo oscura, su lealtad hacia los seguidores de la luz a veces se ponía en duda, y en ocasiones demostraban poseer una oscuridad propia de nigromantes; como, por ejemplo, el incidente de la fábrica de los Cartwright.
Los viejos pecados proyectan largas sombras, decía un proverbio.
También Lloyd ponía en tela de juicio el desconocimiento de Stephen sobre los planes de sus hijos (si bien en el fondo tenía la impresión de que la reacción de Reedstter era auténtica), después de todo era el que más se beneficiaría con la muerte de su socio.
—Stephen —inquirió el sheriff Sawyer—, ¿qué tienes que decir?
—Es evidente que tu progenie no pudo haber maquinado esta atrocidad sin tu aprobación —señaló Startclyde, con el entrecejo tan fruncido que oscurecía su semblante—. Ellos no habrían...
Stephen desvió la vista dolida de su hijo a Startclyde.
—No —lo interrumpió—. Yo no tuve nada que ver, ya se los he dicho... Yo... tal vez dije algunas cosas, pero jamás pedí que asesinaran Richard. Ian y Caroline... Ellos...
Su voz se quebró. Se llevó una mano cerrada a la boca para contener un sollozo.
—Aún no hemos escuchado el resto de la historia —intervino Belwolf—, ¿no es cierto?
En efecto. Ian siguió con la última visita de su hermana a la taberna de Hornwood.
Con la que cerró el trato. Al decirlo, en voz baja como si se tratase de un secreto que todos los presentes bien pudieron oír, insinuó que Caroline llegó a acostarse con Ken para convencerlo.
Al parecer, Kenneth se había negado hasta el último instante a pesar de la amenaza de los jóvenes Reedstter con revelar su secreto.
Y, por fin, llegó la noche en la que se llevaría a cabo el plan de los hermanos.
Kenneth se presentó en la morada de los Katterblack, según el plan, pero todo empezó a desmoronarse cuando Céline abrió la puerta (habían contemplado dos muertes esa noche, la del señor Katterblack y la de uno de sus sirvientes, el que abriera la puerta), entonces Darkling ocupó el lugar de Kenneth y entró a cumplir en su lugar el cometido por el que había ido el muchacho.
—Apuesto —comentó Felix Oakwater— que Darkling no quiso perder la oportunidad de deshacerse de Katterblack con sus propias manos cuando esta se le presentó. Y, quién sabe, también quedarse con su sobrina de una vez por todas.
—Es posible —asintió Oscar Witheford, pensativo—. Pero, ¿qué hay de las muertes de Kenneth y Caroline? ¿De verdad ha sido obra de Darkling?
—Según el informe que nos ha proveído el sheriff de la escena del asesinato, no hay un solo indicio que confirme este supuesto —indicó Gustav Wolfgang; eran sus primeras palabras desde que empezó la reunión; hasta ese momento se había mantenido callado, de brazos cruzados, junto al delegado Morozov.
Lloyd a duras penas podía quitarle los ojos de encima cada vez que recordaba su presencia en la estancia; se preguntaba sobre el verdadero motivo por el que estaba en el pueblo, acompañando al delegado de los Altos Seguidores, que presidía su padre—.
El delegado ha hecho las debidas exploraciones en la celda donde ocurrió el asesinato, valiéndose de hechizos para ayudarle a esclarecer lo sucedido, pero no encontró ningún asomo de magia involucrada.
Solo obtuvimos el testimonio del guarda que Caroline Reedstter sobornó para entrar en la celda del joven Kenneth, nada más.
—Miró fugazmente a Stephen, que no había dejado de observar dolido a su hijo—.
Pero sin duda hubo magia implicada en el hecho.
No hay forma de que nadie en el ayuntamiento no hubiera visto entrar a otro hombre, mujer o criatura a la celda de Kenneth Hornwood.
.. A nadie salvo, quizá, Richard Katterblack.
—¿Katterblack? —corearon todas las voces del Gremio.
Si Katterblack había estado con Ken previo a su muerte, Lloyd reflexionó, era probable que hubiera cometido el asesinato.
Y tendría razón para hacerlo si de algún modo se enteró de la trama de los hermanos Reedstter.
Tal vez el señor Katterblack visitó aquella noche las celdas encantadas buscando venganza.
Así y todo, Lloyd no entendía por qué también asesinó a Kenneth, que era hijo de uno de sus amigos más cercanos.
El delegado Morozov vociferó algo en ruso que apaciguó el barullo que se había formado entre los miembros del Gremio tras la revelación de Wolfgang. Las voces se fueron acallando paulatinamente.
Morozov tomó de nuevo la palabra en su idioma natal.