13
PRUEBA DE QUE VIVIMOS
«Katterblack», pensó Lloyd. La última reunión del Gremio que había contado con la presencia de Richard Katterblack fue aquella en la que Kenneth corrió la cortina sobre la maldición de la familia Hornwood; por entonces tenía un aspecto deplorable.
El resto de los miembros estaba presente ese día.
Unos conversaban entre ellos, otros guardaban silencio, y había quien estaba perdiendo la paciencia: Stephen Reedstter, ninguna sorpresa.
Por otro lado, estaba Piotr Morozov, que presidía el círculo de hombres que esperaban bajo la tenue luz que cruzaba los amplios ventanales del costado.
Gustav Wolfgang, junto al delegado, miraba hacia arriba con evidente interés en la arquitectura del techo del salón de los Viejos Conjuros.
Todos estaban allí. Todos. Salvo Katterblack.
Lloyd tenía la leve sospecha de que se estaba olvidando de alguien más.
—Ya hemos esperado suficiente —dijo, impaciente, Stephen Reedstter. A su lado estaba Ian, su hijo, tan callado y taciturno como una sombra—. Salta a la vista que Richard Katterblack no se presentará en esta reunión. Ni siquiera por tratarse de una tan importante. Así que, propongo comencemos ahora.
—Deberíamos empezar, sí —convino Eudoxio Belwolf—. La noche pronto se cernirá sobre el pueblo.
—La noche es lo que menos me preocupa, Belwolf —apuntó Reedstter.
Ian, se fijó Lloyd, parecía nervioso; la frente le brillaba y, desde su llegada, se había mantenido cabizbajo en un aparente intento por rehuir de la vista de los miembros del Gremio, Lloyd incluido.
Como si estuviera ocultando algo. Y como si ese algo estuviera a punto de ser revelado.
Algo realmente terrible. Aquel muchacho a la sombra de su padre era muy diferente al joven Reedstter —pretencioso, engreído, orgulloso, taimado— que Lloyd conocía de toda su vida.
El padre, bien mirado, también parecía nervioso.
Lloyd no recordaba haber visto a Stephen actuando de ese modo.
Impaciente, seguro. Nervioso, aunque sea una pizca, nunca.
Puede que esta insólita actitud estuviera directamente relacionada con el motivo de la presencia de su muchacho ese día en el salón de los Viejos Conjuros.
Ambos parecían incómodos en sus propios cuerpos.
Pero, al mismo tiempo, intranquilos por terminar de una vez con lo que habían venido a hacer.
—Stephen tiene razón —dijo Oscar Witheford—. Richard no hará acto de presencia. Así que mejor comencemos.
Un barullo de voces se expresó en acuerdo.
—¿Y el joven Holbrooke? —dijo Arnold Greystar—. Él tampoco está presente.
«Philip», pensó Lloyd. Sabía que había pasado a alguien por alto.
Este hecho resultaba tanto o más insólito que la actitud de los Reedstter.
Días atrás Phil parecía entusiasmado con la idea de formar parte del Gremio (excepto por la vez en la que lo vio afectado por la historia de Kenneth sobre la maldición familiar), en absoluto parecía propenso a ausentarse sin razón.
Mucho menos, como dijo Reedstter, tratándose de una reunión tan importante como aquella.
¿Era posible que algo malo hubiera pasado a Phil? De pronto tuvo un mal presentimiento.
—Entonces comencemos —habló Gustav Wolfgang, aclarándose la voz—.
Y, ya en éstas, sugiero que lo hagamos oyendo la declaración de Ian Reedstter.
El muchacho nos expondrá el motivo de la visita que realizó junto a su hermana a la taberna Hornwood, previo a los hechos en la mansión Katterblack. Adelante, Ian.
—Has vuelto.
Mary supo, por su tono, que no era una pregunta. Con todo, respondió:
—Hice una promesa.
—Sí. —Andrew, de brazos cruzados, asintió.
Estaba sentado en un enorme baúl junto a la ventana, mirando el bosque.
Con aquella exigua iluminación que entraba a la habitación solo era visible el oscuro contorno del muchacho, allí sentado de espalda.
El rubio de su cabello apenas sobresaltaba de entre las sombras que lo envolvían—.
Una promesa, sí, que nadie te pidió que hicieras —añadió.
—Tienes razón. —Mary suspiró—. Y, aun así, aquí estoy.
Cumpliéndola. —Avanzó un paso hacia el interior de la habitación; había permanecido junto a la puerta desde su llegada como si esperase una invitación para entrar—.
Sé que no quieres verme, y también sé por qué. —Adelantó otro paso—. Porque me culpas.
Los hombros de Andrew se tensaron notablemente al oírla; Mary se fijó en ello desde su posición.
—¿Por...? —El muchacho no acabó la frase. Se volvió.
—Ya sé lo que ocurrió en las ruinas de la fábrica Cartwright.
.. lo que te obligó a hacer Mahlon West..
. —Las palabras salían a borbotones. No podía evitarlo.
Tampoco quería hacerlo. Los ojos le escocían por el esfuerzo de contener las lágrimas—.
No tengo palabras... Yo... —Y con un trémulo suspiro añadió—: Lo siento. Lo siento mucho, Andrew.
Mary no sabría decir si Andrew estaba mirándola a pesar de que se había vuelto hacia ella. Las sombras poblaban su rostro. Sin embargo, Mary lograba distar el febril destello de sus ojos, allá en la oscuridad.
—¿Que... lo sientes? —preguntó Andrew. Y, de pronto, se echó a reír.
A Mary se le heló la sangre en las venas al oírlo.
Nunca lo había escuchado desternillarse de ese modo.
Como perturbado. Como si hubiese oído la broma más cruel de su vida.
Entonces se preguntó si acaso había cometido un error al hacer aquella promesa, si lo mejor habría sido mantenerse alejada por más tiempo o para siempre.
Andrew no iba a permitir que nadie le ayudase a salir del abismo en el que permanecía desde que puso un pie en la fábrica en ruinas.
Menos aun tratándose de quien había provocado su infortunio, tanto daba si era Mary o Mahlon West quien le tendía la mano.
Mary ya estaba considerando girar sobre sus talones y salir corriendo de la habitación cuando lo escuchó hablar de nuevo, lo hizo en voz muy baja. Ella no lo escuchó.
—¿Qué?
—Que no fue tu culpa, Mary —repitió Andrew; la ternura en su voz la llevó de vuelta a aquella noche en el jardín Katterblack—.
No te culpo. En absoluto. La culpa ha sido toda mía.
Yo me arriesgué en aquella empresa, solo, sabiendo que mi vida correría peligro, y, Dios, habría pagado con mi vida el precio de mi error si de verdad hubiera tenido elección.
Pensaba que lo hacía para salvar a tu hermano y al padre de Lloyd, y puede que realmente así fuera hasta un punto, pero sobre todo lo hice por mí.
Fui egoísta e ingenuo. Blackfell murió por mi culpa, yo caí en una trampa y. .. y...
No acabó la frase. Su voz se quebró como un trozo de cristal al caer al suelo.
Mary quiso acercarse a él, abrazarlo, estrecharlo contra su pecho, acariciar su espalda, murmurarle al oído que todo estaría bien (aunque no tuviera certeza alguna), pero una fuerza intangible la mantuvo inmóvil donde estaba.
Quizá era su conciencia diciéndolo que, por ahora, eso era lo mejor.
—Abby... —empezó ella, recuperando el habla.
—Presumo que ha sido mi hermana quien te lo ha dicho —dijo Andrew—.
Ella juró que no volvería a meterse en mi cabeza salvo que fuera necesario.
Así fue como Abby se enteró. —Sonrió con sorna—.
Al parecer eres la única que cumple sus prometas.
Abby no sabe más de lo que yo permití que supiera.
Casi nada, tan solo una idea en general, pero suficiente para que no intentara hacerlo de nuevo.
—A lo mejor pensó que era necesario... —Titubeó antes de añadir—: Quiero decir, meterse en tu cabeza.
Ha sido realmente difícil para ella verte cargar con esta sombra; se nota en su rostro.
Yo en su lugar habría hecho lo mismo: meterme en tu cabeza —aclaró con torpeza—.
Es tu melliza y debe compartir tu sufrimiento.
Andrew suspiró.
—No —dijo, los hombros tensos. Mary retrocedió un paso sin darse cuenta. Su corazón latía con fuerza—. Ella no lo sabe todo —continuó—. No permití que ella supiera lo que en realidad pasó, no con detalles. No quería hacerla sufrir con mis recuerdos.
—Quizá debas contárselo. Eso podría ayudarte a sanar.
—Tal vez no quiero ser sanado.
—Eso dices ahora.
—Sí.
—No lo dices en serio —insistió Mary—. Solo hablas desde la sombra que Mahlon West aun proyecta sobre ti.
Andrew se echó a reír. Esta vez una risa más sincera. Una que incluso ayudó a reducir la tensión en sus hombros.
—Si estuvieras en mi lugar —preguntó Andrew—, ¿harías lo mismo por tu hermano? ¿No harías lo posible por evitarle su sufrimiento?
Mary lo pensó un instante.
—Por un tiempo —respondió al cabo—. Pero ¿quién dice que no sufren de igual forma con nuestro silencio? Pero si quieres evitar el sufrimiento a Abby contándole los detalles de tu tortura, entonces cuéntamelos a mí.
Por un largo instante la estancia pareció congelarse.
El silencio era abismal. Las sombras pululaban en la habitación.
El frío, que empezaba a aumentar a medida que la noche caía como un telón de terciopelo negro sobre el paisaje del bosque que proveía la ventana, calaba con rigor hasta los huesos.
Andrew siguió inmóvil, sentado, sin decir palabra.
Al cabo terminó dándole la espalda. Un segundo después se levantó y avanzó hacia el librero.
Mary vio su espalda mientras se ensanchaba al prender la lámpara de aceite que estaba sobre una de las repisas superiores. La luz titiló, una, dos...
Andrew se volvió.
—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó a Mary. Caminó lentamente hacia ella, el ceño fruncido. Se detuvo—. ¿Por qué tú aceptarías compartir esto conmigo?
Mary abrió y cerró la boca. Andrew dio otro paso hacia ella.
—Porque te lo debo —dijo Mary—. Por salvar a mí hermano.
—No me debes nada. Yo no lo salvé. Fueron Abby, Lloyd, Grace, Ulises y tú.
Mary balbució algo ininteligible.