Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 12 #4
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—Esta misma tarde se llevará a cabo una importante reunión del Gremio.

Con motivo de la llegada del delegado de los Altos Seguidores, que arribó a ayer River Town.

El delegado determinará si la maldición de Hornwood ha desaparecido y con ella, Darkling.

Será ese el momento indicado para contar al Gremio la verdad.

.. Decirles que Darkling está vivo, y habita el cuerpo de nuestro padre.

—Elise tiene razón —convino Mary—. No hay tiempo que perder, Céline.

Yo misma llevaré la carta; he estado en el salón de los Viejos Conjuros antes y los miembros del Gremio sin duda me recordarán.

—Ella sí que los recordaba: el anciano Arnold Greystar y su hijo Lance; el severo Frederick Startclyde; el piadoso Eudoxio Belwolf; el execrable Stephen Reedstter; el sheriff del pueblo, Christian Sawyer; el alcalde Felix Oakwater; el frugal Oscar Witheford; y, por supuesto, Richard Katterblack.

Otros estuvieron ausentes en aquella ocasión: Elio Blackfell y Joseph Westwick, que habían sido raptados por Darkling en el baile del solsticio—.

Además —añadió—, por así decirlo, soy el objeto de deseo de Darkling.

Sus primas guardaron silencio ante sus palabras, advirtió Mary. A duras penas se limitaron a probar bocado de la merienda.

De pronto, oyeron un sonido cantarían, armonioso: las hojas de los árboles, agitadas por el fuerte viento.

Hacía un precioso día a finales de aquel verano.

Las mucamas habían dispuesto una especie de toldo de lona sobre la mesa del jardín en caso de lluvia.

En esa ocasión, sin embargo, impidió que cayera sobre ellas un aluvión de hojas sueltas.

Más allá estaba la fuente de la trucha, el agua en constante caída.

Mary se la quedó mirando un instante, pensativa, y al final suspiró. Había llegado la hora.

Se levantó.

—¿Adónde vas? —preguntó Céline.

Mary no respondió. Echó un vistazo a Elise, que sabía a dónde, y asintieron al mismo tiempo.

Mary se encaminó hacia el sendero de piedra y, desde ahí, hacia el bosque. Había hecho una promesa. E iba a cumplirla.

Estaba oscuro. Mucho más de lo que le habría gustado a Richard Katterblack.

Sin embargo, por primera vez en días, se acercó a la ventana sin temor alguno.

Descorrió un poco la pesada cortina con sus dedos y la luz del día lo cegó por unos instantes.

Gimió. Maldijo. Pasados varios segundos volvió a abrir los ojos.

Céline y Elise estaban allí, bajo la sombra de una tienda, hablando entre ellas.

Mary estuvo también hasta hace un momento.

Richard la vio levantarse y, por alguna razón, dirigirse al bosque como si persiguiera a una mariposa o algo por el estilo.

Pobre muchacha. No sabía qué le aguardaba.

—¡Céline!

Aquel grito llevó de nuevo su atención hacia sus hijas.

Céline caminaba con ímpetu hacia la mansión; había dejado a Elise sola.

¿Qué tontería iba a cometer ahora?

Conocía bien a su hija, más de lo que le habría gustado admitir.

Estaba al tanto de sus encuentros clandestinos con Roland Falahee desde hacía tiempo.

El único motivo por el que había permitido que estos continuaran era que en las últimas semanas su estrecha relación de negocios con Stephen Reedstter había comenzado a tambalearse.

Roland Falahee era el heredero de la mayor fortuna amasada por una familia de negros, y la primera de este tipo desde el fin de la guerra de Secesión.

Richard podría valerse de los vínculos de su hija con aquel negrata millonario para sacar provecho en caso de que su propio patrimonio se viera afectado por un motivo u otro.

No permitiría que todo su esfuerzo invertido en décadas de trabajo se desvaneciera sin más por culpa de malas inversiones con Reedstter.

Oh, no. Aunque eso signifique involucrarse con un clan de negros asquerosos.

Por supuesto, Richard había pensado en otras opciones antes de recurrir a la más desesperada.

Por ejemplo, Blackfell... antes de los eventos del baile del solsticio.

Después, el señor Belwolf, pero tras haber indagado furtivamente en sus finanzas y descubrir que estaba hundido en deudas, aquella idea quedó en el olvido.

Al final se rindió ante la peor solución.

Falahee. «¿Quién lo habría pensado? —Leonard se había casado con una pobretona sureña contra los designios de Richard, y seguramente Elise acabaría haciendo lo mismo con Philip Holbrooke (aunque el joven le agradaba, seguía siendo pobre), cuyo linaje mágico apenas suponía un poco de alivio para Richard en esta cuestión—.

Pero será Céline quien obre por nosotros en nuestro peor momento. ..»

Alguien tocó la puerta. ¿Cuánto tiempo llevaba junto a la ventana?

Se apartó y cerró la cortina: de vuelta a la oscuridad. Tocaron de nuevo.

No era Sutr. El viejo mayordomo tenía llaves de la habitación y solo tocaba una vez por las noches, cuando hacía más frío y entraban las sombras. Debía ser alguien más.

Dio un par de pasos hacia la puerta. Tocaron otra vez. Richard aproximó el costado de su rostro a la superficie.

—¿Quién? —preguntó. La voz le salió como un graznido.

—Papá. Soy yo...

«Por supuesto —pensó Richard—. Céline». Hace un instante la había visto dirigirse a la mansión.

—¿Qué sucede?

—Necesito hablar contigo. Es importante.

Richard guardó silencio.

—Papá. ¿Estás ahí?

—Sí. —Ella probablemente esperaba que le abriese la puerta. Sin embargo, Richard no estaba dispuesto a que su hija lo viera tan demacrado como estaba. No, ni siquiera tratándose de ella—. Habla de una vez, muchacha.

—¿Puedo entrar?

—No.

Sobrevino un largo silencio. Richard pensó que a lo mejor Céline se había ido.

—Se trata de Mary —dijo Céline. Y, a continuación, procedió a explicarle lo que su prima se proponía hacer esa tarde cuando el Gremio y el delegado de los Altos Seguidores se reunieran en el salón de los Viejos Conjuros.

—¿Eso es todo? —preguntó bruscamente Richard.

Céline balbuceó.

—Sí. Ahora...

—¡... márchate!

Hubo un silencio. A esto le continuó una sucesión de pasos que se alejaban con premura acompañados por unos sollozos espasmódicos. No había sido intensión de Richard ser tan severo con su pequeña, su hija favorita, pero no podía actuar de otra forma mientras aquel monstruo habitara en su interior.

«Bien hecho, Richard», dijo la voz de Darkling en su cabeza. «Le has enseñado bien. Luego te lo agradecerá».

Richard no estaba seguro.

—Ya sabes lo que Mary va a hacer —dijo—. ¿Qué vas a hacer tú para evitarlo?

Darkling, más que contárselo, iluminó su mente con la idea.

—¿Esta noche? —preguntó Richard, horrorizado.

«Pronto serás libre, Richard», musitó Darkling. «Y yo habré cumplido mi parte del trato».

El trato consistía en que Darkling no se mostraría ante su familia ni mataría a nadie mientras habitara en su cuerpo.

Lo convinieron después de que Darkling —con la venia de Richard— asesinó a Caroline Reedstter y a Kenneth Hornwood en la celda encantada donde estaba encerrado el muchacho.

Richard no tenía intención de que la criatura hiriese al hijo de Henry, pero tampoco había tenido otra opción: Kenneth Hornwood había intentado atacarlo por la espalda mientras estrangulaba a la puta Reedstter y, además, sabía quién era el nuevo anfitrión de la maldición.

Lo hecho, hecho estaba. Algunos tendrían que morir para que Darkling por fin obtuviera su cometido.

Otros vivirían: Richard y su familia. Estos términos no incluían a la joven Mary, que no tendría un destino prometedor cuando acabara en las manos de Darkling.

Tampoco el sodomita de Horace Holbrooke.

«Bien, Richard», repuso Darkling. «Ya te he mostrado lo que debes hacer para conseguir tu liberación. Y la mía. Tan solo haz de llevarlo a cabo. Yo iré guiando tus pasos».

Richard cayó de rodillas; sus piernas no aguantaban el peso del cuerpo que ya no era suyo.

—Lo haré —prometió—. Te juro que lo haré. Seremos libres.