12 #3
—¿Por qué no, Stephen? —preguntó Gustav Wolfgang.
Estaba apartado del resto observando por la ventana del costado, las manos tomadas a la espalda.
Lloyd había escuchado mucho sobre el linaje de los Wolfgang, la familia de seguidores de la luz más poderosa del norte de Europa—.
Si mal no recuerdo, los Hornwood son una de las familias más prosperas del pueblo: poseen una taberna, un hostal y una funeraria, la única en River Town.
Sin aludir que es descendiente de Frank Hornwood, conocido ampliamente en la Comunidad Mágica.
—No lo entienden —insistió Stephen Reedstter—. Y nunca lo entenderán porque no la conocían. Kenneth era apenas un muchacho, como mi Ian, y tenía la comprensión de mi Nathaniel, de nueve años. Caroline jamás se fijaría en alguien como él...
—Puede que fuese un muchacho, sí, pero hasta donde tengo entendido el joven Hornwood empezó a llevar el manejo de los negocios familiares tras la trágica muerte de su padre, hace cinco meses —argumentó Gustav.
Suspiró. Después se volvió y caminó hacia el escritorio, en torno al cual el resto estaba reunido, mientras Reedstter lo fulminaba con la mirada—.
Tal vez la familia Hornwood no goce del mismo estatus que los Reedstter, o quizá su huella en la historia o en nuestra comunidad no es tan profunda, pero nada de eso importa cuando se trata de amor.
—¿Amor? —repitió Stephen, incrédulo—. ¿Tratas de decir que mi Caroline estaba enamorada de Hornwood?
Gustav asintió.
El señor Reedstter bajó la vista, como si estuviera sopesando esa posibilidad para sus adentros.
Los demás guardaron silencio. Lloyd observó a Gustav, que acababa de sentarse en uno de los elegantes sillones frente al escritorio, junto al delegado Morozov.
Le figuró a Wolfgang unos veinticinco años; su piel tenía un tenue color rosáceo, y su cabello, bien peinado, era rubio rojizo.
Su copiosa barba era más rubia que su cabellera, y le opacaba los labios.
Era envidiable, pensó Lloyd, cuya única vellosidad (si podía llamársele así) era la que le cubría las patillas.
Gustav, además, tenía ojos muy extraños: azul hierro con vetas amarillas.
—No es posible... —divagaba para sí Reedstter.
—Otra vez te pregunto, ¿por qué no? —Gustav se irguió hacia atrás y entrelazó los dedos ante sí—. Eran jóvenes, Kenneth y Caroline.
—Gustav tiene razón —intervino Morozov—.
Estuvimos... eh... investigando un poco antes de venir aquí.
—Era cierto; Lloyd los había acompañado: primero a la taberna de Hornwood, luego al ayuntamiento, que presidía Christian Sawyer—.
Y tal parece que hay quienes afirman... y me refiero a clientes de la taberna de Hornwood.
.. haber visto un par de veces a tu querida. .. eh... hija... en ese lugar.
El señor Reedstter alzó la vista con apatía; era evidente que ya estaba al tanto de aquello. Gustav intervino:
—Uno de los guardas de la celda de Kenneth Hornwood nos aseguró haber sido sobornado por tu hija, un dispendio para estar un momento a solas con el cautivo...
Reedstter golpeó la mesa con los puños.
Lloyd deseó una vez más estar en otro lugar; con sus amigos, por ejemplo.
La silla donde había permanecido sentado desde su llegada ya comenzaba a punzarle en las posaderas.
El té que había servido la criada de Reedstter al principio de la conversación se había terminado; se sentía estúpido por llevar todo el rato con la taza vacía en la mano.
—¡Malditas mentiras! —increpó Stephen; sus ojos estaban inyectados en sangre—. Mi Caroline jamás se rebajaría...
«Cierto. —Lloyd bien sabía por qué Reedstter seguía contrapuesto a aceptar un posible romance entre Ken y su hija ante las pruebas que lo confirmaban; también tenía razón al decir que el delegado y Gustav no conocieron a Caroline.
Lloyd, sí—. Y ella, como dice su padre, jamás se enredaría con el pobre Ken, salvo que necesitara algo de él.
..» Era sabido en el pueblo de los favores que se hacían a la heredera Reedstter para obtener su atención o la de su padre.
«Quizá deba mencionárselo al delegado —reflexionó—. Lo de los favores. Más tarde». Decidió hacerlo cuando salieran de la mansión Reedstter. Ahora no tenía estómago para manchar todavía más la memoria de Caroline frente a su padre.
—Como sea —repuso Morozov, manteniendo un tono diplomático—, el más joven de los Hornwood... eh... no recuerdo cuál es su nombre... —Miró a Lloyd.
—Clayton —dijo Lloyd.
—Sí... eh... el joven Clayton aseguró haber visto a tu hija una que otra vez por la taberna. Y también a tu hijo.
—¿Ian? —Stephen arrugó el ceño.
—Sí. Ian. —Morozov se irguió—. Ambos visitaron la taberna juntos, una vez, luego estuvo.
.. eh... solo tu hija. Si lo que hubo… eh…
entre la joven y ese Hornwood... eh... no fue un romance, entonces tu.
.. eh... muchacho debe saber qué fue en realidad.
Así que se presentará en la reunión del Gremio.
.. esta tarde... para... eh... ¿atestiguar?
—Correcto —dijo Gustav, sonriente.
—Eso. Atestiguar —ratificó el delegado.
—Pero... —empezó el señor Reedstter, confundido a ojos vistas.
Sin decir más, Morozov se puso en pie, dando por terminada la reunión. Lloyd también se levantó y dejó la estúpida taza vacía sobre el escritorio de Reedstter.
Cuando la lección concluyó, Vallery pidió que llevaran ante ella al joven Sam.
Mary vio a su hermano entrar a la sala con una expresión que oscilaba entre el desconcierto y el entusiasmo.
Por supuesto, ella había mencionado a Sam que ese día empezarían sus lecciones con la señorita Atwood, quien prefería la llamasen simplemente «Val».
—¿Val? —había dicho él, con el entrecejo fruncido.
—Así debes llamarla. —Encogió los hombros para tener que ahorrarse de contar la historia, que no sabía, de por qué la señorita Atwood prefería que la llamasen de esa forma. En cambio, había dicho—: Es una mujer hadúna, como nuestra madre.
—Y como Claudine —añadió Sam, recordando a la mujer que lo tuvo a su cuidado (más bien cautivo) días atrás.
En aquel momento, Mary también había estado a punto de aludir a Loreen, la Líder del Bosque, hermana de su madre.
Pero prefirió callar. Todavía seguía considerando si contarle a su hermano que tenía una tía que siempre supo su paradero y, aun así, no hizo nada para salvarlo de las garras del nigromante.
Loreen no era tan buena como se lo había parecido al principio, pensó Mary. Su lado oscuro prevalecía.
Como cabía esperar, Val se complació de por fin conocer a Sam, según dijo.
Acto seguido, Mary, Céline y Elise, que abandonaron la sala común, dejándolos solos para la lección, decidieron tomar un poco de aire fresco.
—Madre volverá en dos días, y nuestro padre aún no sale de su maldita habitación —decía Céline. Estaban tomando un refrigerio (que constaba de galletas, bizcochos con miel, frutos secos, y zumo de naranja) en el jardín—. Y se niega a recibirme. ¡A MÍ!
—Quizá no eres tan imprescindible para padre como creías —repuso Elise. Lo dijo sin pensarlo, y sin mala intención. Se llevó un bizcocho a la boca ante la mirada asesina de su indignada hermana.
Mary apartó la galleta que estaba por morder y suspiró.
—No lo sé. Creo que algo terrible le sucede a su padre.
Y no se trata del abandono de la tía Alice.
Él ha cambiado desde la noche que Darkling irrumpió en la mansión.
—Echó un vistazo a Céline, la única testigo (además de Mary) de lo que ocurrió en el estudio esa noche—. No sé cómo decirlo, pero creo...
Bajó la vista. No era capaz de mirar a sus primas y decirles que su padre, tal vez, había sido poseído por el ente oscuro de Darkling. Respiró profundo. De nuevo alzó los ojos y se fijó en que las hermanas se estaban observando una a la otra con notable aprensión.
«Lo saben», pensó Mary.
—Lo sabemos —confirmó Elise. Al instante, Céline comenzó a sollozar—. Bueno, lo sospechamos.
—Deberíamos decirle al Gremio... —empezó a decir Mary.
—¡NO! —exclamó Céline; se enjugó las lágrimas y se irguió hacia adelante. Siguió en voz baja—: Si ellos lo descubren, lo encerrarán. Debemos hallar la forma de liberarlo de la maldición sin que... sin...
—¿Cómo? —repuso Elise—. No quiero ser pesimista, hermana, pero ¿cómo lo conseguiremos nosotras cuando ni siquiera los Hornwood, por décadas, pudieron? Mary tiene razón: deberíamos terminar con todo esto de una vez y hablar con el...
—¡Elise, ¿te has vuelto loca?! —interrumpió Céline. Parecía histérica—. Es nuestro padre.
—Lo sé —dijo Elise con una disposición que Mary no le había visto antes.
Y por lo visto, Céline tampoco—. Pero hay un asesino habitando su cuerpo, un monstruo, ¿cuánto tiempo más vamos a esperar hasta que emerge del ser de nuestro padre, ataque de nuevo y asesina a alguien más?
—Tenía los ojos anegados al mirar directamente a los de su hermana y preguntar—: ¿Es lo que padre realmente habría querido?
Céline parpadeó.
—No —contestó—. Él habría querido buscar una solución a la maldición de Hornwood antes de tomar medidas tan drásticas. No conoces a padre como yo, Elise.
—¡Pero no es nuestro padre! —profirió Elise, agitando las manos. Mary casi temía que saltara sobre la mase para estrangular a su hermana. Céline estaba siendo un poco insensata. La devoción hacia su padre le hacía actuar así.
—Quizá Val podría ayudarnos —se empecinó Céline—.
Ella es muy vieja y conoce muchos hechizos.
Como hoy, con el encanto de medianoche. Y conoce a un tal Wyllas, ¿recuerdas, Elise?
Su queridísimo amigo Wyllas es el jefe de bibliotecarios de la Gran Biblioteca de Azur, donde hay un sinfín de libros; tal vez pueda ayudarnos. .. ¡El libro Blanco, por ejemplo!
—Basta, Céline, ¡te has vuelto loca!
Mary quiso mostrarse de acuerdo. Pero prefirió mantener distancia de la discusión entre las hermanas.
Elise continuó diciendo: