Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 12 #2
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—Sí. Todo —aseguró Phil, airado; se humedeció los labios; estaba harto de la trama oscura de su tío que temprano o tarde traería serias consecuencias a la familia—.

¿Qué más quieres que te diga? ¿Que hallé todos aquellos frascos con no sé qué flotando en su interior, aquellos miembros.

..? ¡Y el cuerpo! ¡El maldito cuerpo en la mesa. ..!

Se puso en pie.

—¡Esto debe terminar ahora! Mis hermanos…

—Ellos estarán bien, Philip, te lo aseguro.

Horace habló con parsimonia; le daba la espalda.

—Qué bien sabes mentir —increpó Philip—.

Ya no creo en tus promesas. Ahora entiendo por qué mi padre, tu propio hermano, no confiaba en ti.

Estás haciendo un cuerpo para el monstruo que ha asesinado a gente inocente en el pueblo.

Westwick, Blackfell, invitados del baile del solsticio; todo es culpa de Darkling.

Quiere llevarse a Mary con algún propósito. ..

—Philip —dijo Horace.

Philip, demasiado furioso para oírlo —o notar que se había girado hacia él—, no le prestó atención.

En aquel momento, Philip estaba en pie y caminaba de un lado a otro despotricando todo lo que podría hacer Darkling cuando tuviera su propio cuerpo.

O cuando el Gremio supiera que ellos, los Holbrooke, estaban involucrados.

.. ¡Qué tonto fue por no haberlo visto venir! Entonces se detuvo.

—Richard Katterblack —dijo, absorto—. Él es Darkling... Debo...

No terminó la frase. Cuando volvió la vista hacia Horace, solo alcanzó a ver sus nudillos apretados dirigiéndose a su cara, demasiado rápido para evitarlo. Lo último que Philip oyó, y sintió, fue el impacto de su cabeza contra la mesa de la cocina.

Elise, con el ceño fruncido, la mirada distante, parecía tanto preocupada como confundida.

—Extraño —decía Céline. Arqueaba una ceja—. Que recuerde, Philip jamás ha faltado a ninguna de sus lecciones de piano desde que comenzaron hace más de un año.

—Quizá uno de sus hermanos ha enfermado —sugirió Mary.

Pero se fijó en el rostro de Elise que la preocupación empezaba a ganar a la confusión.

Como si presintiera que algo malo le había pasado.

Tal vez no concebía una buena razón para la ausencia de su joven maestro, o tuviera una idea próxima a la verdad sobre el motivo de la misma.

Extraño, debía admitir—. O quizá ha sido su tío quien enfermó.

Elise, más pálida de lo habitual, apenas dio muestra de haberlas escuchado.

Tenía la mirada perdida en su regazo, donde se cogía las manos.

Había esperado a Philip durante horas. A la hora del almuerzo, Tara, su mucama, tuvo que acudir a donde esperaba junto a la puerta para darle aviso de que la comida estaba servida, y Mary y Céline aguardaban por ella en el jardín.

—Descuida, Elise —dijo Mary, y puso una mano en el hombro de su prima. Esta no pareció notarlo—. Philip seguro que está bien. —Intentó decirlo con convicción, pero no estuvo seguro de haberlo conseguido.

Tras el almuerzo, se presentaron a sus lecciones con Val, quien, como Elise, tenía una mirada dispersa, y sonreía apenas un amago. Mary pensó que quizá sabía algo sobre Phil, y la causa de su ausencia, que era casi tan extraña como aquella expresión en su rostro.

—Val, ¿estás bien? —preguntó Céline.

Vallery parpadeó.

—Sí, sí, cariño —dijo, recuperando gradualmente su sonrisa habitual—.

He estado pensado en lo que decían, jovencitas, sobre Philip.

Conozco a Phil desde que era un chiquillo.

Yo lo instruí, como a ustedes ahora, en cuatro de las cinco disciplinas mágicas hasta que su madre murió.

—Suspiró antes de añadir—: Philip es excepcional, la forma en la que se ha hecho cargo de su familia desde muy joven. ..

—¿Conoció a la madre de Philip? —preguntó Mary.

Su padre había mencionado a Regina Holbrooke, la madre de Philip, en una de sus cartas.

Sugería que la madre de Mary y la señora Holbrooke se conocían.

Más que eso: eran cercanas. Pero, por alguna razón, ellas habían jurado no volver a verse.

A Mary no se le ocurría una idea de cuál podía ser el motivo (o más bien, prefería no pensar en eso).

«Por supuesto que se conocían —había pensado—.

Al fin y al cabo, ambas habían sido seres hadunos y vivieron en River Town en la misma época.

Puede incluso que vinieran del mismo reino de los nueve del Reino de Escarcha».

Val sonrió. Esta vez parecía más auténtico su gesto.

—Regina —dijo, exultante—. La conocí, desde luego. Yo atendí sus partos. De hecho, estuve involucrada en mucho de los nacimientos de hijos de seguidores de la luz en el pueblo en aquella época. Entre ellos el de mí querida Céline.

Céline se sonrojó.

—Y en el de Elise —agregó Val.

—¿Y Leonard? —preguntó Elise.

—No estuve... —Habló más bajo—. Tu hermano nació en una temporada de nacimientos bastante ajetreada.

Cuando el joven Leonard estaba por nacer, yo me encontraba en la mansión Greystar atendiendo el parto de la esposa de Arnold.

La pobre señora llevaba sufriendo tres días de terribles contracciones.

Hasta que por fin nació Lance. Pero su madre. ..

No acabó la frase. Tampoco hacía falta. La mujer pareció realmente afligida por el recuerdo.

—Entonces ¿quién atendió el nacimiento de Leonard? —inquirió Elise.

Val esbozó una sonrisa al mirarla.

—Aida —dijo.

—¿Aida? —repitió Céline—. Jamás había oído ese nombre.

Val abrió la boca y la volvió a cerrar. Una sombra pasó fugaz ante sus ojos.

Mary se preguntó si fue la única en notarlo.

Saltaba a la vista que había considerado mejor callar lo que sabía sobre aquella Aida de la que sus primas no habían escuchado antes.

Extraño. El día se volvía más y más extraño. Y también las personas.

—Estaba diciendo algo de Philip... —Val se daba golpecitos en la pequeña barbilla, pensativa.

—Que Philip es excepcional —dijo Elise.

Ella, más que nadie, debía estar de acuerdo con esa afirmación, pensó Mary; lo notó en el brillo de los ojos de su prima, y el tenue rubor de sus mejillas, cuando recordó las últimas palabras de Atwood antes de la interrupción por el asunto de los partos.

—Y caballeroso —siguió Vallery—. Gentil. Cortez. Tiene gran habilidad en las cinco disciplinas, como todos sus ancestros antes que él —añadió, alzando una ceja y haciendo énfasis en la última frase—. Sabe cocinar, y cuida bien de sus hermanos...

—Ya lo sabemos —intervino Céline—. Philip es muy bueno para ser verdad. Quizá demasiado. Casi perfecto. —Hizo una pausa y alzó una ceja—. Val, ¿en qué punto esto se convirtió en una prueba para «enumerar las virtudes de Philip Holbrooke»? En ese caso, no justo que mi hermana tenga preeminencia.

Elise le echó una mirada asesina.

Val sonrió e hizo un ademán.

—Oh, querida. No es así. Lo que realmente quiero decir es que Philip habría enviado a un mensajero (o un mensaje mágico, en todo caso) para avisar de su ausencia en la lección de piano con Elise.

—Mientras hablaba, la sombría mirada inicial volvía a tener lugar sus ojos color jade—.

Lo conozco bien, y sé que no podría con su consciencia si dejara a la pobre Elise esperando en aquel recibidor.

Elise abrió mucho los ojos, ruborizada; Céline y Mary rieron por lo bajo.

Vallery estaba haciendo una declaración por debajo de cuerda de que estaba al tanto de los sentimientos que había entre ambos jóvenes; estaba describiendo exactamente lo que había pasado aquel día.

Y era de esperarse que lo supiera, Elise, salvo para Philip, a duras penas sabía guardar las apariencias.

La señorita Atwood se irguió, parpadeando.

—Queridas, basta de parloteo —dijo. Volvió a sonreír, aunque insegura—. Para mitigar nuestra preocupación por Philip, prometo que al terminar esta lección daré una visita a la casa Holbrooke para asegurarme de su bienestar, y el de sus hermanos...

—Vallery —preguntó Céline de pronto—, ¿también estuviste en el parto de Sylvia, la madre de Mary?

La pregunta tomó por sorpresa a Val. A Mary también. No se le había ocurrido preguntar.

Val echó un vistazo a Mary, enigmática, sin dejar de sonreír.

—No estuve presente, me temo —dijo—. Fue Aida.

Aida, pensó Mary. Por alguna razón no fue capaz de preguntarle quién era esa mujer, y dónde estaba en ese momento, si aún estaba viva.

—Pues bien —dijo Vallery—. Aclaradas todas sus dudas.

.. o casi todas..., es mejor empezar con nuestras lecciones de hoy.

Elise, cariño, acércame esa valija. —Lanzó una mirada al objeto en cuestión: se trataba de un vejestorio de cuero gastado, cuadrado, y con detalles en bronce oxidado, y que al parecer pesaba tanto que Elise apenas pudo arrastrarla hasta los pies de Val—. Gracias.

Céline arrugó la frente.

—¿De qué se trata la lección de hoy? —preguntó.

Val levantó la valija. Lo hizo con una facilidad impresionante. Como si no pesara más que una pluma.

—Hoy, mis queridas, les enseñaré cómo hacer un encanto de medianoche.

—Cometen un error —decía Stephen Reedstter—. Mi hija jamás se enredaría con el muchacho de Hornwood.

Lloyd torció los ojos mientras deseaba estar en cualquier lugar menos allí: el estudio del señor Reedstter. El delegado Morozov había creído necesario encontrarse con Reedstter antes de su reunión con el Gremio de River Town, estipulada para esa tarde.

—No conocieron Caroline —aseveró Reedstter—. Ella nunca pondría sus ojos en alguien como Kenneth Hornwood. Solo son rumores. Viles falsedades. No la conocieron como yo.

—No, en efecto —dijo Morozov educadamente—. Ya nunca tendremos ese placer, por desgracia.

Aquellas palabras habrían sonado más gentiles sin el marcado acento que las salpicaban.