12
LO QUE ESTÁ OCULTO
La taza despedía una nubecilla de humo.
Horace entró a la cocina, masajeándose la cabeza con mueca de adolorido.
Había tenido una noche terrible (estaría pensando, se dijo Phil mientras bebía tranquilamente su té y observaba), el cuerpo debía sentirlo algo entumecido; sobre todo la cara.
Philip recordó cómo se sacudió la mesa del comedor ante la inminente embestida de la mejilla del hombre.
—Philip —dijo Horace cayendo en la cuenta de su presencia—. Estás aquí. ¿Qué sucedió anoche? Siento como si me hubiese embestido una marejada. En la cara. —De nuevo contrajo el rostro de dolor—. Maldita sea, me duele la cabeza. Solo recuerdo el estofado.
Y sonrió, a su pesar.
—¿Estuvo bueno? —preguntó Philip.
—Bueno, sí, muy bueno... —contestó Horace, la mirada distante. Después fue como si una llamarada se encendiera frente a sus ojos. Miró a Phil de hito a hito—. ¿Qué has hecho?
Philip bajó la taza.
—Nada —dijo apaciblemente—. Una poción para dormir, tal vez. No pude resistirme.
Horace parecía helado.
—¿Por qué?
—Por qué ahora, querrás decir. —Phil se irguió—.
Verás, tío, llevo tiempo planeando la forma de entrar a ese maldito ático.
En vista de que estamos por meternos en graves problemas con el Gremio, puede incluso que, con los Altos Seguidores, me pareció que era el mejor momento para hacerlo.
No fue fácil, claro está, pero lo logré.
—¿Graves problemas? —repitió Horace. Como si estuviera digiriendo tardíamente las palabras de su sobrino—. ¿A qué te refieres?
Phil le contó sobre la reunión del Gremio que habría aquella misma tarde, detalle que omitió contar adrede la noche anterior, en la que ultimarían los arreglos para la exploración que haría el delegado de los Altos Seguidores en cada una de las casas de familias mágicas del pueblo.
Horace pareció desconcertado al principio, como si no entendiera las palabras de Phil a medida que este las decía. Tardío, lo hizo.
—Pero tú...
—Sí, no te lo conté. —Phil encogió los hombros—.
A decir verdad, tío, no te he contado muchas cosas, así como tú has guardado tus secretos allá arriba, en el ático.
—Y agregó con una sonrisa—: Por cierto, el encanto que arrojaste para ocultar la Habitación de los Conjuros ha sido todo un detalle que tiene mi admiración.
—¿Cómo...? —Horace estaba pálido.
Philip describió, punto por punto, cómo consiguió pasar a través del encantamiento de protección (sin mencionar la pequeña y no presencial participación de Vallery Atwood).
Mientras hablaba, Horace se levantó y fue a servirse un poco de té.
Al cabo volvió a la mesa y siguió escuchando.
Phil no paró de hablar sin hacer sus observaciones mentales: Horace se mantenía disperso, confuso (o incrédulo) ante lo que oía, pero aquello bien podía ser un engaño de su tío.
Horace, el rostro fruncido, alzó su taza y bebió.
Estaba calmado. De haber estado en mejores condiciones habría estallado en cólera de seguro.
Mejor no tentar a la suerte. Horace, a consideración de Philip, sabía que no saldría ganando si se enfrentaba a su sobrino en aquel momento (y después tampoco, ya que su destino pendía de los dedos de Phil).
—Cuando acabé mi misión en el ático, usé mi don para llevarlos a cada uno a su habitación —dijo Philip; estaba finalizando—. A ti, al ático.
Con aquello, Horace arqueó las cejas por encima del borde de la taza. Ya estaba vacía cuando la dejó en la mesa.
—Y eso fue todo —alegó Philip, con aparente sosiego.
Por dentro, sentía un cosquilleo en el centro del pecho, a causa de la inquietante calma que simulaba su tío.
«Es un maldito farsante —pensó, de pronto, inundado por la ira—, por eso lo hace tan bien»—.
Debería preparar el desayuno, Lucas y Jason no tardarán. ..
No acabó la frase. Estaba poniéndose en pie cuando la mano de Horace se cerró en su muñeca. No con fuerza, ni siquiera con tensión. Más bien como si le suplicara que permaneciera en su lugar. «Maldita sea, ¿de dónde saca toda esa calma?» Phil lo miró desde arriba un instante. Luego se sentó.
—Así que ya lo sabes —dijo Horace. Se irguió hacia atrás y cruzó los brazos ante el pecho—. Veamos, Philip, tu relato ha estado entretenido, ¡vaya que sí! —Sonrió; luego, paró—. Lo viste con tus propios ojos: el cuerpo de Darkling, me refiero. Hallaste la Habitación de los Conjuros.
—Sí. ¿Qué sucede?
Philip no quería pensar en eso. Probablemente tendría pensadillas con ello varias noches seguidas cuando lograra conciliar el sueño.
De momento quería mantener la calma, y discurrir un plan para salir ilesos de la exploración del Gremio.
Su tío encogió los hombros y arqueó la comisura de los labios con fingida sencillez.
—Nada. Excepto que has callado un detalle importante de tu aventura de anoche. —Sus ojos y sus facciones adquirieron un cariz sombrío que Philip no le había visto antes—. Para llegar a la Habitación de los Conjuros, antes tienes que pasar a través del espejo.
Cierto. Philip había callado adrede ese detalle. Horace lo había pillado.
—Ahora cuéntame, Philip —dijo. E irguiéndose hacia atrás, la luz de la mañana iluminó de nuevo su rostro—, ¿te reuniste con el oráculo?
Philip asintió.
El oráculo del pasado resplandeció hasta sosegar todas las sombras del mundo.
Cuando cesó la luz, Philip, todavía consciente para su sorpresa, bajó el brazo con el que se protegía los ojos.
El ambiente era cálido. Entonces lo vio en el espejo.
Era un joven, advirtió Philip. Como él. Sonrió: sus dientes eran tan blancos y brillantes como la luz que lo había precedido.
Su cabello era azul, y sus ojos, azabaches.
Se cubría con una especie de túnica color pergamino ajustada en la cintura con una cuerda de cáñamo (algo muy parecido a Loreen, observó Phil); tenía mangas sueltas, y los pies, desnudos, sobresalían pálidos por debajo.
—¿Philip Holbrooke? —preguntó el joven en el espejo. O más bien hacía una declaración (después de todo aquél era el oráculo del pasado, y, por ende, debía saber perfectamente de quién se trataba); de igual forma Phil asintió, atónito.
—Sí.
El oráculo sonrió.
—He conocido a varios Philip Holbrooke a lo largo de los siglos —dijo—.
Ben Holbrooke, de quien supongo has escuchado hablar, tenía un hermano llamado Philip.
Philip murió en la Guerra del Eclipse Rojo, de la cual no se llevó ningún mérito por su contribución, y su hermano se lo llevó todo, incluso a la joven Treddaway, de la que ambos estaban enamorados.
—Hizo un ademán con la mano y sonrió—. Pero aquella es otra historia.
.. Ben nombró a su primogénito Philip, en honor a su hermano fallecido.
Pero tú no eres descendiente de este Philip, sino de Alfred, su hermano.
»Alfred solo tuvo un descendiente: William.
Este, en cambio, tuvo dos: Lucas, tu padre, y Horace, tu tío.
Aún recuerdo los días en que ambos eran unos críos; correteaban por este ático con sus juegos.
Horace me descubrió por error, recuerdo.
William no habría querido que ninguno supiera de mi presencia en esta casa dado el peligro que este conocimiento supondría si llegaba a saberse.
Ambos, con los años (y como el resto de los Holbrooke desde Ben), guardaron el secreto.
»Yo, estimado Philip, soy el secreto mejor guardado de River Town.
Philip había mantenido con la boca abierta, apenas una rendija, durante las palabras del oráculo. La cerró en el silencio que las siguió. Qué imagen debía presentar ante un ser tan poderoso como el oráculo del pasado, pensó avergonzado.
El oráculo sonrió.
—Podría mostrarte el recuerdo de tu padre y Horace, en su juventud —afirmó—. Más tarde.
—¿Más tarde? —Philip frunció el ceño. Deseaba volver a ver a su padre con un anhelo tan inmensurable que casi se quedaba sin aliento—. ¿Por qué?
—Porque, mi estimado Philip —dijo el oráculo, extendiendo los brazos—, sé que has venido aquí con otro cometido.
—La imagen del joven en el espejo se desvaneció; en su lugar, en el cristal, apareció una sucesión de imágenes recientes de Philip: en el comedor, con sus hermanos y su tío inconscientes en la mesa; frente a la puerta del ático, pintando el pentagrama con la sangre; subiendo las escaleras del ático, buscando.
.. El oráculo reapareció—. Como ves, aquellos actos ya son parte de tu pasado. De mi conocimiento.
—Supongo que sabes quién es Darkling, ¿no? —preguntó Philip.
—Sí. Un ser despreciable.
—¿Dónde está ahora?
—En la mansión Katterblack. —Enarcó una ceja—. Pero eso ya lo sabes, ¿no?
Philip, hasta ese momento, solo había tenido conjeturas.
—Horace —preguntó después—. ¿Dónde escondió el cuerpo que ha estado confeccionando para Darkling?
—En la Habitación de los Conjuros —respondió el oráculo—. Aquí.
Una vez más, el oráculo desapareció en el cristal. Philip vio su propio reflejo.
— «Tienes que atravesar el espejo, Philip» —la voz rebotó contra las paredes del subconsciente de Phil, tomándolo por sorpresa—. «Horace ha ocultado la Habitación de los Conjuros. Con magia».
Debía atravesar el espejo, pensó Phil, ¡qué locura!
Su mayor temor era lo que iba a encontrarse al otro lado.
— «Vamos, Philip» —apremió la voz del oráculo en su mente—. «Sólo tenemos hasta el amanecer».
Philip respiró hondo. Avanzó un paso, luego otro. De pronto, estaba dentro. En la Habitación de los Conjuros.
—Y eso fue todo —concluyó Philip, ante la atenta mirada de Horace.
Guardaron silencio.
—Todo, ¿de verdad? —dijo por fin Horace. Descruzando los brazos le clavó una mirada punzante, y se levantó.