Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 11 #3
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Sin embargo, los mantuvo bien abiertos mientras se cortada la yema de sus propios dedos y mezclaba su sangre con la de su tío dentro del frasquito de cristal.

—Maldita sea, ¿qué estoy haciendo?

Ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Su familia yacía inconsciente en el comedor, y la sangre había sido vertida.

Demasiado tarde. Hundió su dedo anular —el único que se preservó ileso— en la abertura del frasco y movió la sangre en círculos para que se aunara aún más.

Hecho esto, se irguió, respiró profundo, y empezó a dibujar el pentagrama en la puerta.

Siete minutos. Le tomó siete malditos minutos completarlo.

Tenía la frente brillante de sudor, y una sensación de extrema fatiga invadía su pecho, como si hubiera estado trabajando todo el día en el campo bajo el regio sol.

«Espero estar vivo para cuando el hechizo por fin se complete».

Vallery le había advertido que iba a necesitar todas sus energías, puede que un poco más, para romper el poderoso encantamiento de protección que había impuesto Horace en el acceso al ático.

Sí, poderoso. Como solo podía serlo uno capaz de repeler tanto la magia oscura como la blanca.

Una de sus descargas podía neutralizar indefinidamente a un visitante inesperado.

Y funcionaba de la misma forma en que lo hacían los encantamientos de protección habituales que protegían la casa de los nigromantes, salvo que, en vez de expulsarte a fuera, te quitaba el conocimiento de golpe.

Si Phil cometía un error, por más pequeño que fuera —como descuidar un detalle en el bosquejo del pentagrama, por ejemplo, o decir erróneamente las palabras del hechizo en la lengua de los Primeros Seguidores—, podría morir.

O mucho peor: podría despertar a la mañana siguiente sintiendo una terrible desazón, con Horace y sus hermanos mirándolo desde arriba, de brazos cruzados. ¿Qué has hecho, Phil?

Respiró profundo. Había llegado el momento. Irguió la espalda y se inclinó hacia adelante, colocando sus manos a los lados del pentagrama dibujado con la sangre Holbrooke. Pensó en la sonrisa de su madre: lo único que siempre lo mantenía cuerdo, tranquilo.

Murmuró el hechizo. Al principio, no sintió nada (y ciertamente tampoco vio nada, pues había cerrado los ojos mientras lo hacía).

Después, percibió que le faltaba el aire y que la atmósfera se había vuelto más densa.

Bajo la piel, sentía que sus venas ardían, y sus músculos se tensaban dolorosamente.

Abrió los ojos. El pentagrama despedía primero un halo de luz rojo mortecino. Luego, blanco.

Lo cegó.

Philip retrocedió algunos pasos mientras se cubría los ojos con el antebrazo.

El resplandor blanquecino se disipó de golpe.

La oscuridad se desplomó sobre sus hombros tan pesada como un techo.

Sus piernas no aguantaron el peso, y acto continuo Philip embistió el frío piso de madera sin apenas darse cuenta.

«Un error... —fue lo último que pensó—. Lo he hecho todo mal.

..», y el mundo se fundió a negro ante sus ojos.

Mary regresó a su habitación tras la cena.

Primero acompañó a su hermano a su propia alcoba que más parecía un salón; lo acostó en su cama y lo cobijó con la sábana.

Cuando hubo cerrado los ojos, Mary dio por acabada su labor; salió en silencio de la habitación y fue a la suya.

De camino se encontró a Sutr, que le llevaba la cena al señor Katterblack.

Mary habría querido escabullirse detrás del mayordomo, e ingresar de súbito a la habitación del señor. Encararlo.

«No —pensó—. Todavía no». Confiaba en que el momento propicio llegaría cuando tuviese que hacerlo.

Ya en su alcoba, Mary se desvistió en la oscuridad mientras contemplaba el brillo que proyectaba la luna a través de la ventana al otro lado de la habitación. Quizá, con un poco de suerte —¿o acaso hacía falta más que eso?—, aquella noche podría ver el fantasma de su madre.

Tras ponerse el camisón, se acercó a la ventana.

Miró hacia la fuente de la trucha. Contempló todo el paisaje del jardín Katterblack que le proveía la ventana.

Nada. No había nada fantasmal. Debería abandonar aquellas esperanzas ya.

Era una señorita, o pronto lo sería. Tenía que dejar de pensar como una niña.

Sam necesitaba una madre, más que a una hermana; ella estaba dispuesta a hacer ambas.

Pensó en Andrew. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él, en el umbral, como una sombra más del montón.

La sombra del joven que fue. «Y lo hizo, ¡lo hizo!

, por la vida de tu hermano». Más que por Sam, lo había hecho por ella.

«Mil veces más».

Dios, pensó, debió pasar por la biblioteca y recuperar el ejemplar de Don Quijote . Con eso, tal vez, habría podido despejar su mente antes de dormir.

Se metió en su lecho, esperanzando que el sueño la atrapase en sus brazos. Mañana empezaría a cumplir su promesa, la que le había hecho a Andrew. Ella no prometía en vano (aunque nunca había prometido nada parecido). Se lo debía, por lo que había hecho por su hermano, el sacrificio...

Andrew... Andrew... Andrew. Pensar en él estremecía su pecho, y no de la forma en que lo había hecho semanas antes.

No. Sentía su parte de culpa. Pero también sentía un enojo reverberante por quienes le hicieron daño de un modo u otro: Mahlon West, principalmente, y Loreen.

Maldita sea, Loreen. Lágrimas empezaron a agolparse en sus ojos, y al cabo se desbordaron por sus mejillas.

Sollozó. Hundió su cara en una almohada para ahogar su llanto.

Qué terrible se sentía. Su mundo, por momentos sombríos, se tambaleaba. ¿Tendría alguna vez estabilidad?

Escuchó que la puerta que se abría. Ella apartó la almohada de inmediato. «Andrew», pensó al erguirse. No sería la primera vez que el joven se infiltraba a su habitación entrada la noche. Vio un rostro pálido asomarse por la puerta. No era Andrew.

—¿Mary? ¿Estás despierta?

—Sí —contestó Mary. Se enjugó los ojos con el dorso de las manos y sonrió—. ¿Qué ocurre, Sam?

—No puedo dormir —dijo él; su voz estaba carrasposa.

—¿Y quieres dormir conmigo?

«No, Mary —pensó ella que diría—. Ya no soy un niño».

—Sí, por favor —dijo. Y entró.

Mary, con una sonrisa, reparó en lo que su hermano llevaba bajo el brazo. Sam, satisfecho, pegó un salto hacia la cama y se metió como un gusano entre las sábanas. Se reía como un bendito cuando emergió a la superficie mientras Mary le hacía cosquillas.

Al terminar, Sam le mostró a Mary el objeto que había llevado bajo el brazo. Se trataba del pesado volumen El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha . Lo había recuperado para Mary de la biblioteca de los Katterblack. Ella le acarició el inicio del pelo a Sam, agradecida. Después, se abrigaron.

—¿Quieres que empiece desde el principio? —preguntó Mary. Esa tarde había adelantado los primeros capítulos en la biblioteca, pero podía leerlos otra vez.

—No —dijo Sam—. Eché un vistazo. Has dejado la lectura en una de mis partes favoritas.

—No sabía que tenías partes favoritas. ¿Cuántas veces padre te lo leyó?

—Tres, creo.

Mary suspiró con una sonrisa.

—Bien pues. —Abrió el libro—. Aquí vamos…

—Lo extraño —musitó Sam. Se refería a su padre.

—Yo también.

Guardaron silencio un instante. Al cabo, Mary empezó a leer.

Despertó a la deriva, llevándose ambas manos a la cabeza, como si temiera se le fuese a caer.

Tenía una sensación de vértigo. Estaba confundido.

Atontado. Contrajo la cara. Le pulsaban las sienes mientras se preguntaba cuánto tiempo había pasado desde que perdió el conocimiento; ¿seguían dormidos Horace y sus hermanos?

¿El hechizo había funcionado? ¿Cuánto faltaba para el amanecer? De algo sí estaba seguro: estaba vivo.

En tanto que sosegaba su respiración —el dolor en las sienes disminuía—, empezó a cobrar consciencia de lo que había ocurrido.

De alguna forma supo, sin divisar por una ventana o consultar un reloj, que habían transcurrido a lo mucho cinco minutos desde que perdió el conocimiento.

Estaba sentado frente a la puerta del ático.

Tenía salpicaduras rojas en las manos y los dedos.

El pentagrama que esbozó con su sangre y la sangre de su tío se había tornado negro como la brea.

Había mucho silencio. Su familia dormía apaciblemente en el comedor, junto a los restos de su cena.

La poción había surtido efecto, mucho mejor de lo esperado.

¿Habría tenido el mismo éxito con el hechizo de sangre?

Se levantó. Tenía la cabeza embotada. Sus energías habían sido trasferidas al pentagrama en la puerta como se suponía debía ocurrir, a decir de Vallery, por eso había perdido el conocimiento.

Por fin, pensó. Había llegado el momento.

Acercó una mano a la perilla de la puerta y abrió.

Dentro, como había visto en incontables ocasiones —cuando llevaba comida o ropa limpia a Horace— la entrada parecía la boca de un lobo: estaba oscura, sin nada más que el tramo de escaleras que subía hacia el ático.

Solo tenía que cruzar el umbral para comprobar si el hechizo había actuado.

Si no..., bueno, de todas formas, no estaría vivo para sufrir las consecuencias de su fracaso.

Avanzó un paso. Luego otro. Y continuó.

«Ha funcionado —pensó, sobremanera emocionado, y empezó a subir—, sí, ¡ha funcionado!» Pero a medida que se acercaba a la cima aquella emoción inicial se iba trasformando en temor y nerviosismo. ¿Qué esperaba encontrar arriba?

No se había hecho esa pregunta hasta ese momento.

Esperaba encontrar nada. Nada, salvo muebles viejos, adornos antiguos, entre otros trastes acumulados durante varias generaciones de Holbrooke.

Pero Philip no se engañaba. Probablemente encontraría una camilla plana en la que estaría tumbado algo parecido a un muñeco de trapo gris cosido con hilo de nailon al que quizá le faltaría la cabeza, un brazo, una mejilla, o la nariz.

Esperaba, asimismo, encontrar mesas con macabros instrumentos quirúrgicos manchados con sangre seca.

Tal vez también un estante rebosante de libros y artefactos alucinantes y tenebrosos.

Y sin mencionar el polvo y las telarañas que revestirían todo.

Al llegar arriba, nada. No había nada. Philip paró en la cima de la escalera.

Observó, atónito, que el ático estaba completamente vacío.

Pensó que debía tratarse de una trampa, sí, un encantamiento para esconder su oscuro secreto.

Pero ¿cómo habría sabido Horace de su plan?

No había forma de que hubiera podido anticipar lo que su sobrino se proponía hacer, y esa noche, ¿verdad? Sin embargo, algo no cuadraba...

¿Dónde estaba la Habitación de los Conjuros?

En el pasado, antes de que Horace se hiciera con el control del ático, Philip estuvo en la Habitación de los Conjuros de los Holbrooke en dos ocasiones.

Una vez con su padre, poco después de que naciera Lucas, la siguiente con su madre semanas antes de que esta muriera.

No recordaba exactamente cómo entrar a ella, pero sabía que no podía verse a simple vista.

Como dijo una vez su padre, aquel lugar guardaba reliquias tanto importantes como peligrosas, que podrían causar estragos en las manos equivocadas, por esa razón debía mantenerse oculta.

Oculta. Sí. Pero ¿dónde? Las horas pasaban, no había tiempo de especular.

Se puso manos a la obra, y comenzó a registrar cada rincón del ático.

Había mobiliarios (no tantos como había esperado encontrar) cubiertos con sábanas blancas que daba la apariencia de fantasmas a su alrededor.

Uno de aquellos fantasmas atrajo su atención.

Estaba bajo la ventana circular, en la parte inclinada del techo, tapado con una sábana.

Se acercó con cautela, y lo descubrió. Philip ahogó un sobresalto.

Al ver su reflejo en el cristal, pensó que se trataba de una trampa de Horace. Pero no.

Era un espejo.

—Espejo —murmuró Philip, absorto—. ¿Sería posible?

La historia de cómo su antepasado, Ben Holbrooke, logró encerrar al Gran Amo Cletus II Mormont en el Limbo de los Tres Espejos, durante la Guerra del Eclipse Rojo, era ampliamente conocida en la Comunidad Mágica.

Se decía que Ben, tras la hazaña, había devuelto el espejo del futuro a los Wolfgang, sus dueños originales.

En cambio, nunca reveló a dónde llevó los espejos del pasado y el del presente a fin de evitar que los servidores a Mormont intentasen hacerse con ellos para liberar a Cletus de su encierro (algo que de todos modos no ocurriría con el ascenso de su hijo Helio al poder).

Había quien decía que Ben los había entregado a la Hermandad del Sol, en París.

—No es posible —musitó Philip. Y sin embargo...

«Esta casa guarda muchos secretos», le había dicho Horace cuando Philip le preguntó cómo se había enterado de la confesión de Kenneth Hornwood, y su muerte. La única explicación de que Horace tuviera tales conocimientos era porque el espejo del pasado se los había revelado. El oráculo...

Enfocó la mirada en su propio reflejo. Lucía sobremanera demacrado, quizá por efecto de la transferencia de energías a través del hechizo de sangre.

Si ese no era el oráculo del pasado, pensó, entonces no perdía nada con rozar su límpida superficie con los dedos manchados de sangre, ¿verdad? Respiró profundo. Extendió su mano.

El pulso empezó a temblarle justo antes de, por fin, tocar el espejo.

Una onda de calor trascendió por la habitación.

Después, un destello. Blanco. Fulminante.

El mundo se transformó en una enorme pantalla blanquecina ante sus ojos durante un instante que se le antojó una eternidad.

Philip sintió en aquellos momentos que se quedaba sin respiración.

Cubrió sus ojos con el dorso del brazo mientras el resplandor cesaba, y el aire entraba de vuelta en sus pulmones como un torrente.

Inhaló profundo. Pensó en lo mucho que esto se asemejaba a su experiencia con el pentagrama hace un rato.

Salvo que esta vez permaneció despierto.