Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 11 #2
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—Por supuesto que sí —masculló para sí Lloyd, y fijó de nuevo su atención en el delegado—.

Cierto es, señor, que los Reedstter también están pasando por una terrible pérdida —dijo mientras enfilaban la sala de té, seguidos por su madre y Peter—.

La hija mayor, Caroline Reedstter, fue hallada muerta hace tres días en las celdas encantadas.

—¿Y tu padre, muchacho? —preguntó el delegado, al mismo tiempo que ocupaba uno de los muebles de la estancia.

La criada que se había encargado del capote y el gorro felpado hace un instante, apareció de nuevo con una taza de té humeante dispuesto en un fino juego de porcelana—.

Según los últimos reportes, el señor Blackfell fue secuestrado por la.

.. eh... maligna criatura que surgió de la maldición de. .. eh...

—Hornwood, señor —indicó Lloyd, sentándose también.

Luego se negó al ofrecimiento del té que le hizo la criada con un gesto.

Advirtió, con el rabillo, que tanto Peter como su madre no estaban en la estancia.

Lloyd volvió a sentir aquella sensación vacua en la boca del estómago al caer en la cuenta de que era el nuevo señor de la casa en ausencia de su padre—.

Mi padre también fue encontrado hace tres días en Collin’s Meadow, el pueblo más aledaño a River Town.

—Collin’s Meadow, sí —murmuró Morozov, bebiendo a sorbos de su taza, que humeaba; su marcado acento natal endurecía hasta las frases más cortas, lo mismo que hacía su cejo robustecido con las facciones de su rostro anodino.

Bajó la taza—. Estuvimos allí, sí, de paso, mi adjunto y yo. Es un lugar... eh... ¿mísero?

—Mísero, sí, es correcto. —Lloyd asintió, con una sonrisa sutil—. Disculpe, señor, pero ¿dónde está el joven Wolfgang? Ciertamente no ha venido con usted.

Morozov se detuvo a medio camino de coger otra vez la taza y mostró un atisbo de algo que podía pasarse por una sonrisa.

—Con Reedstter —afirmó, y dio otro sorbo al té—. Es muy insistente, ese hombre.

—Sí —dijo Lloyd, y se contuvo de añadir: «Como una comezón en el culo». Pensó que su padre no habría aprobado aquel comentario, aunque se tratara de Reedstter. O tal vez sí.

Por otro lado, la muerte de su primogénita no parecía haber reblandecido ni un poco a Stephen Reedstter.

«Sigue siendo el mismo —reflexionó Lloyd.

Y en palabras de su padre—: Lo lleva en la sangre desde antes de que naciera.

No cambian su naturaleza ante la pérdida.

Todo lo contrario. Los Reedstter nunca han sido de fiar.

Y, en mi opinión, nunca lo serán». Lloyd se preguntó si el joven Wolfgang, que según Reedstter era su pariente lejano, era tan inicuo como sus supuestos familiares.

Morozov se inclinó hacia adelante y dejó la taza sobre el platico en la mesa de centro

—Ahora cuéntame —dijo Morozov—, ¿acaso fue aquella maligna criatura de la maldición que mencionaron en el último reporte la que terminó con la vida de tu padre?

Lloyd inhaló hondo, y exhaló; se inclinó y sirvió otra taza de té al delegado.

—No, señor —respondió—. Fue Mahlon West.

La cena transcurría con normalidad. Philip daba gracias por ello mientras veía a sus hermanos zamparse el estofado como un par de salvajes en un festín.

Horace, más moderado, también comía, y era evidente su satisfacción en cada cucharada que se llevaba a la boca.

Phil tenía que hacer un auténtico esfuerzo para no fijarse demasiado en su tío con el fin de no levantar ninguna sospecha sobre la naturaleza de aquel banquete.

Al principio había sido casi imposible. Pensó que, si su extraña fijación no lo delataba, lo haría la notoria tensión en sus hombros.

Gracias a que sus hermanos lo distrajeron con una de sus riñas, eso no ocurrió.

Todo marchaba bien entonces. Más que bien, los platos estaban casi vacíos, los estómagos llenos (aunque aguardando la promesa del postre en la cocina: pastel de manzana).

En el comedor se sentía un aire tranquilo, de normalidad, como pocos días.

Philip realmente lamentaba que todo fuera una farsa.

Y que sus hermanos hicieran parte de ella.

Jason acabó primero; se recostó contra el respaldo de la silla, palmeándose el estómago, y exhaló hondo, con los ojos entrecerrados.

Lucas, aunque seguía devorando la última rebanada de pan frito, tenía una expresión adormecida en su juvenil rostro.

Philip no habría querido implicar a sus hermanos, pero deshacerse de ellos por esa noche para cenar a solas con Horace habría sido demasiado sospechoso, de modo que no tuvo otra opción.

La otra opción (que no era tal cosa, opinaba Philip) los habría convertido en estorbo u obstáculo para lo que se proponía hacer.

Jason era un conflictivo, y Lucas era, por así decirlo, el pupilo de Horace, a quien admiraba y por quien sentía una lealtad equiparable a la que uno sentiría por un padre o un hermano.

Philip no podría prever su reacción —la de ninguno— en cuanto su plan se consumara.

Jason bostezó portentosamente, extendiendo los brazos, antes de golpear la cabeza contra el respaldo de la silla y quedar inconsciente; Lucas, en cambio, se precipitó sobre el tazón de estofado, que saltó por los aires, antes de caer al piso y redoblar por lo que parecieron horas o una eternidad.

Philip, estoico, ladeó la cabeza hacia Horace, que miraba con gesto difuso su plato aún lleno.

De pronto sus párpados oscilaban descontroladamente.

Por un breve instante, antes que quedar inconsciente, pareció mirar a Philip con cierta lucidez.

—Phil... —murmuró, y su mejilla embistió la mesa.

Y así todo terminó. O, más bien, comenzaba.

Philip se levantó. El comedor estaba hecho un desastre, pero de eso se encargaría más tarde si tenía ocasión.

La poción había funcionado mejor de lo esperado, y eso era todo cuanto importaba en ese momento.

Eso, y la siguiente parte del plan, por supuesto.

«Al final, habrá valido la pena —pensó Phil, evocando la mirada que le echó su tío antes que quedar inconsciente—.

Sólo necesito un poco de tu sangre». Rodeó la mesa, se acercó a Horace, desmadejado entre la mesa y la silla, y sacó de su bolsillo un pequeño escalpelo y un pequeño frasco de cristal.

Recordó, mientras cortaba las yemas de los dedos de su tío para verter un poco de su sangre en el frasco, lo interesado que se había mostrado Horace ante la llegada del delegado enviado por los Altos Seguidores al pueblo para investigar sobre Darkling.

Philip, para mantener las apariencias, había respondido cuanto sabía sobre del asunto: Piotr Morozov había llegado esa tarde al pueblo acompañado por un adjunto que los Altos pusieron a su cargo: ni más ni menos que Gustav Wolfgang, vástago de la actual cabeza de los Altos Seguidores.

Horace, probando su estofado, había preguntado si habría alguna reunión del Gremio de River Town pronto (era de esperarse que su tío temiera que, con ayuda del delegado, saliera a la luz su secreto, y Phil compartía el mismo temor).

Philip respondió a la pregunta con un lacónico: «Mañana por la tarde» y un encogimiento de hombros.

Empero, esto no le quitó el apetito a Horace, y Phil agradecía que así fuera, porque de lo contrario su plan se habría ido al traste en un instante.

Así pues, pensó en las cosas que prefirió omitir sobre la investigación de Morozov y Wolfgang.

Primero: no aludió que Morozov sería huésped de los Blackfell, y Gustav, de los Reedstter.

Esto, porque temía que sucediera un encuentro entre Horace y Darkling y su tío revelara esta información, suponiendo una amenaza para los recién llegados.

Phil tampoco se engañaba: seguramente Darkling tenía otros informantes en el pueblo que le darían buena cuenta de esto (pero al menos no sería su tío, pensó, y eso le daba un poco de paz).

Segundo: que las pesquisas comenzarían en la celda encantada, donde habían confinado a Ken Hornwood tras los sucesos en la mansión Katterblack, y en donde a la postre fue encontrado muerto junto a Caroline Reedstter.

Y tercero —y por mucho lo más inquietante—: que eventualmente habría una exploración en cada una de las casas del pueblo donde habitasen familias de seguidores de la luz e hijos del bosque. Eso incluía, por supuesto, la casa Holbrooke.

Philip se irguió, ya terminada su tarea: la sangre obtenida de la yema de los dedos de su tío colmaba la mitad del frasco. Suspiró y echó una última mirada a sus hermanos. Como ángeles traviesos, parecían a ojos de Philip, dormidos (a pesar de las circunstancias).

Salió del comedor. Reinaba un silencio absoluto en la casa.

Philip sintió un escalofrío de arriba abajo mientras subía las escaleras, y luego otro, cuando se halló en el pasillo de las habitaciones.

Hacía un frío terrible. Con el frasquito con la sangre en una mano y el escalpelo en la otra, caminó hacia el final del pasillo donde la puerta del ático se interponía en su verdadero camino.

«¿Qué le había dicho Val? ¡Ah, sí! Que los hechizos de sangre son peligrosos: mitigan la magia, y con la magia, la vida, debilitando al practicante. Si fallaba, moriría. O algo así». Y otro estremecimiento sacudió su cuerpo al pensar en aquellas palabras.

«Pero saldrá bien». Philip era bueno para los hechizos, eso le habían dicho.

Y cómo no. Más que combatientes, los Holbrooke también eran reconocidos en la Comunidad Mágica por crear —conjugar, se decía en realidad— varios de los hechizos y encantamientos más poderosos de su historia.

Con los que habían salvado cientos... no, miles.

.. de vidas. Y en una ocasión, durante la Guerra del Eclipse Rojo, el mundo entero.

Era un Holbrooke, sí, y podía hacer aquello con los ojos cerrados.

¿Verdad?