11
HECHIZO DE SANGRE
La casa estaba en silencio. Philip entró y, despacio, cerró la puerta.
Suspiró hondo para sus adentros y colgó su sombrero en la percha.
Pensó que no pudo haber llegado en un mejor momento.
No había nadie más en casa, excepto Horace, que se encontraba en el ático.
Jason y Lucas estaban en las lecciones de combate con Lance Greystar; pero estaba anocheciendo, y no tardarían en llegar.
Debía darse prisa. Se quitó los zapatos. Caminó hacia la cocina, intentando que sus pisadas no sonaran contra el piso. No quería que Horace estuviera al tanto de su arribo.
Aquella había sido una tarde larga, productiva. Después de las lecciones de piano en la mansión Katterblack, Philip se ocupó de algunas tareas afines a la empresa que estaba por perpetrar esa noche.
—Oh, Philip, ¡cariño! —había exclamado Vallery Atwood.
Fue la primera visita que hizo Philip aquella tarde.
La casa de Atwood estaba en el centro del pueblo, lo que resultó en un viaje largo desde la mansión Katterblack.
Alegre, Val tendió sus brazos hacia él y lo estrechó en un caluroso abrazo—.
¡Qué maravillosa sorpresa! ¡De verdad maravillosa!
Con esta luz te pareces mucho a tu padre.
—Vallery tenía muchos más años de los que aparentaba por tratarse de un ser hadúno; ella había sido oradora mágica de Lucas Holbrooke cuando este era aún más joven que Philip en ese momento—.
Hace años que no visitabas a esta pobre mujer.
Era verdad; Philip asintió, avergonzado, mientras Vallery lo conducía hacia la salita de estar por primera vez en exactamente seis años.
La estancia, como cabría esperar del resto de la morada, estaba tal y como la recordaba Philip de aquellos días: exhibía abundancia de colores pasteles, encajes florales, figuras de porcelana, y libros.
Especialmente libros. Los había donde quiera que miraras: muebles, repisas, ventanas, setos florales, en la mesa de centro, en varias pilas en el suelo alfombrado, y, por supuesto, estanterías de madera que a simple vista parecían bastante viejas.
Los libros tenían un gran valor sentimental para Val.
Val, afirmando estar apenada por el desorden, retiró una pequeña pila de libros de uno de los sillones.
Philip se sentó. Val dejó la salita a continuación, prometiendo que regresaría en un instante y, en efecto, regresó al cabo de un minuto llevando tazas de chocolate caliente.
Philip aceptó la suya, mientras Val ocupaba un sillón contiguo, taza en mano.
Ella sonrió.
—Bien, Phil —dijo dulcemente—. Cuéntame, ¿qué te ha traído aquí?
Philip dio un sorbo al chocolate; estaba caliente, y la lengua se le entumeció.
Aquello le causó gracia a la mujer hadúna.
Como Val había dicho, llevaba años sin visitar su morada.
Antes de la muerte de su madre, Philip recibía lecciones de conocimiento, dominación, conjugación e idioma de la señorita Atwood.
Cuando la señora Holbrooke murió, Phil dejó de asistir para ocuparse de sus hermanos.
Vallery, por así decirlo, le conocía de toda la vida. Al pie de la letra. Había asistido en la mayoría de los nacimientos mágicos entre las décadas del sesenta y ochenta del presente siglo, el de Philip y Jason incluidos, antes de dedicarse a instruir en las disciplinas mágicas.
Philip bajó la taza, el pulso le temblaba un poco. Vallery debió percibirlo, su sonrisa menguó gradualmente. Al cabo también terminó bajando su taza y lo miró con más atención, esos enormes ojos jade que tanto recordaban a Phil a su madre.
—Daré una cena esta noche —dijo él—, una cena muy especial. Y necesito tu ayuda.
Val lo observó sin entender, la sonrisa casi inexistente.
—Por supuesto —repuso, e hizo ademán de coger de nuevo su taza—. Has venido al lugar indicado. Tengo en algún lugar varios libros de cocina de la gente común que podrán servirte. Aunque tendrás que darme más detalles, cariño...
—Pero hay algo más.
Philip hizo un movimiento con la mano, la taza se deslizó fuera del alcance de Val. Derramó algunas gotitas de chocolate. Val, extrañamente más divertida que confundida, se enderezó.
—¿Qué sucede, Philip? —preguntó.
—No se trata de una simple cena.
Y empezó a contarle los detalles. Cuando acabó, Val se levantó del sillón y, prometiendo esta vez que volvería en unos minutos, salió de la salita de estar.
El chocolate de Val estaba frío para cuando volvió.
Fueron los quince minutos más largos de su vida, pensó Phil, si era que realmente fueron quince minutos, y no una hora, como era su impresión.
Sin embargo, la espera valió. Lo supo en cuanto vio aparecer a Val con un pesado volumen de cuero marrón oscuro bajo el brazo.
Suspiró hondo antes de sentarse y dejar el volumen en la mesita de centro.
—Aquí hallarás lo que buscas, Phil —dijo Val, sin un amago de sonrisa en sus labios—.
Pero, para lograr que el hechizo funcione, tendrás que practicar, bajo supervisión, en un lugar seguro.
—Hizo una pausa. Con la vista recorrió la sala un segundo antes de añadir—: Los hechizos de sangre son peligrosos: mitigan la magia, y con la magia, la vida, debilitando al practicante.
Si fallas, el precio que deberás pagar es tu vida.
Philip asintió.
Así pues, eso hizo la mayor parte del día: practicar. Vallery Atwood volvió a ser su oradora por algunas horas después de tantos años.
El estofado estaba casi a punto, la cocina se hallaba colmada por su aroma. Horace amaba aquel estofado.
La siguiente visita que realizó Philip ese día —faltando a sus lecciones de combate con Greystar, por entonces— fue a la botica de Baal. Allí se hizo con los ingredientes de carácter mágico para la cena que planeaba preparar esa noche.
Después, volvió a casa. Y allí estaba: ultimando la cena que tanto tiempo llevaba fraguando.
Lucas y Jason llegaron y, como era de esperar, fueron de inmediato a la cocina conducidos por el aroma.
Philip les pidió a tomarse una ducha antes de cenar; tenían el brillo pegajoso del sudor en la piel y tierra en las mejillas.
—Philip.
Era Horace; lo reconoció por la voz. Aunque eso no evitó que Philip tuviera un leve sobresalto ante su inesperada irrupción en la cocina.
—¿Sí? —preguntó, volviéndose tras apagar el fogón; el estofado estaba a punto.
—Nada —dijo Horace. Y divagó con las palabras—: Quiero decir... Huele... Ese aroma... Delicioso... —Olisqueó el aire en tanto una amplia sonrisa se abría paso en sus labios—. ¡Me encanta ese estofado!
Piotr Morozov —experto en maldiciones, anomalías mágicas y artes arcanas, enviado desde Rusia por los Altos Seguidores— arribó ese día a River Town.
Era alto y de piel blanca y brillante. Tenía mejillas rubicundas, labios rollizos como un par de larvas bien alimentadas y un ceño tanto severo como grueso.
Cuando se quitó su sombrero con orejeras (de piel de mapache, se fijó Lloyd), descubrió una mata de cabello color cenizo bien cortado.
Llevaba puesto un pesado capote que entregó en la puerta a la criada de los Blackfell. Hacía un día cálido, y era de esperar que sufriera los rigores de este clima bajo aquellas prendas que bien podía haber usado en un día normal en su país natal.
Morozov se aclaró la garganta.
—Tú debes ser el primogénito, ¿cierto? —preguntó a Lloyd con un marcado acento. Sus ojos tenían un brillo sombrío.
—Así es, señor. —Lloyd hizo una breve inclinación—. Lloyd Blackfell, para servirle.
Morozov resopló.
—Ya veremos. Y tú debes ser...
—Peter, señor. Peter Blackfell. —El hermano menor de Lloyd imitó su inclinación—. Para servirle.
Morozov arqueó una ceja, altivo, y ladeó la cabeza mientras entregaba su sombrero a la criada que ya se había encargado del pesado capote.
En cuanto la criada se marchó, entró la señora —viuda más bien— Blackfell, que había estado afanada todo el día con los preparativos para hospedar cómodamente al experto en maldiciones delegado por los Altos Seguidores; tanto así que ni siquiera había reparado en los mechones de cabello que se le escapaban del gorro.
—Lamento su pérdida, mi señora —repuso Morozov, en tono solemne, pero sin un ápice de lamentación—.
Me enteré de la muerte del señor Blackfell hace apenas unos días; espero.
.. eh... ¿cuál es la palabra? ¿Oscurecer?
—murmuró algo en ruso (una grosería, Lloyd podría apostado).
Acabó diciendo—: Espero no... eh... ensombrecer más su duelo.
—En absoluto, señor —se adelantó a decir Lloyd—, para nosotros es un gran honor servirle como anfitriones.
—En realidad no habían tenido elección. Con la muerte de su padre, Lloyd se había convertido en el nuevo señor Blackfell, y pasó a formar parte del Gremio, quien dispuso a través de una votación que el delegado se hospedara en la mansión Blackfell.
Morozov lo escrutó un instante. Con aquellos ojos tenebrosos, a Lloyd no le habría pillado por sorpresa de que tuviera el mismo donum lucis que Abby.
En ese caso estaría avergonzado de los pensamientos que habían discurrido recientemente por su cabeza sobre el delegado y el hecho de que pasarían los próximos días bajo el mismo techo.
—Reedstter se ha mostrado... eh... —habló Morozov— se mostró bastante insistente en que yo y mi adjunto nos hospedásemos en su hogar.
El sheriff Sawyer, el alcalde Oakwater y Stephen Reedstter habían recibido al delegado y su adjunto en el pueblo y, a continuación, los condujeron a la casa de los Blackfell. El señor Reedstter, por lo visto, no había perdido su oportunidad.