Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 10 #2
25%

10 #2

Sopló una brisa fresca. Mary respiró profundo.

Estaba atardeciendo. El cielo empezaba a adquirir tonos profusos de rosa, púrpura y naranja, y las nubes se desvanecían mientras el sol comenzaba su descenso.

Mary reflexionó sobre sus palabras —las que dijo en la cabaña— y se preguntó si era posible salvar a una persona que no quería ser salvada. Y, en tal caso, cómo.

—Mary.

La voz la pilló por sorpresa.

Mary, sobresaltada, ladeó la cabeza y divisó a Abby caminando hacia ella; las ráfagas de viento agitaban su rubia cabellera, los volantes de su blusa, y también sus pantalones de hombre. Se sentó en la fuente, junto a Mary, profiriendo una honda exhalación.

—Lo lamento —la oyó decir al cabo de unos segundos—. Por lo que ocurrió hace un momento.

—No entiendo —dijo Mary—. ¿Por qué no quiere verme? ¿Y qué le hizo Mahlon West?

Sobrevino un silencio.

Mary sesgó la mirada; Abby tenía la vista al frente, con un brillo inexorable en sus ojos.

No la veía a ella, y era evidente que tampoco miraba los setos bien cortados que estaban a escasos pasos de ambas, sino a la quimera de Mahlon.

Había odio inconmensurable, tristeza, y cansancio en su mirada, pero el odio prevalecía y parecía devorar todo lo demás.

—Mahlon West quebrantó el alma de mi hermano —afirmó Abby. A ojos vistas luchaba por sacar las palabras. Sus labios estaban tirantes, ya sea por odio, ya sea por pesar; Mary no sabría decirlo—. Lo mantuvo encerrado en una celda oscura, noche y día, sin apenas comer.

Y en ese momento, por fin, su mirada encontró la de Mary. Mary puso una mano sobre una de Abby, que se aferraba con fuerzas al borde de la fuente. Continuó:

—Los subordinados llevaron a Andrew a una estancia amplia de la fábrica, donde Mahlon West le reveló el paradero de tu hermano. Andrew había visto a Sam en la posada de Claudine, como Newt .

Claudine le hizo creer a Andrew que se trataba de uno de los huérfanos de Collin’s Meadow.

Se valió de un hechizo de memoria para que no reconociera en él al chico que raptó Mahlon West en el camino del bosque semanas atrás; de lo contrario, su misión habría terminado al enfrentarse a la propietaria de la taberna y, sin duda, a Brutos y Moray, sus hijos, sin necesidad de dirigirse a la guarida del nigromante en las ruinas de la fábrica Cartwright.

Mahlon hizo una propuesta a Andrew, que, de no aceptarla, acabaría asesinando a Sam.

Para que no quedara duda de que Sam estaba a su alcance, hizo que uno de sus subordinados lo llevara, dormido, ante ellos. ..

«Oh, no», pensó Mary, que hasta ese momento había estado escuchando todo boquiabierta y una sensación helada en el corazón. Seguía sin entender una cosa.

—¿Qué propuesta? —preguntó.

De nuevo, Abby volvió la mirada; sus ojos se volvieron a anegar de lágrimas.

—Oh, Mary —musitó, y le tomó las manos; las tenía frías—. Mahlon West... le pidió que se entregara a él..., que se entregara en cuerpo y alma. Y lo hizo, ¡lo hizo!, por la vida de tu hermano. Por ti.

Mary retornó a la mansión mientras escuchaba sin parar el eco de la voz de Abby en su cabeza.

Decía: «Y lo hizo, ¡lo hizo!, por la vida de tu hermano».

Mary, incapaz de decir nada, ni siquiera de moverse, pensó que en el fondo siempre lo había sabido.

Y, de nuevo, la sensación del puñal en sus entrañas acometió con más ímpetu que antes.

Así pues, recordó la historia que contó Lloyd de camino a Collin’s Meadow.

Sobre las oscuras pretensiones y perversidades de Mahlon West. Mahlon no había atacado el pueblo tiempo atrás porque quería sacar alguna retribución mágica como intentaron hacer otros nigromantes antes que él, reflexionó Mary, lo hizo para vengarse de Margot Treddaway, que lo había rechazado por Frederick Startclyde, que era su marido.

No quedaba duda de la naturaleza cruel de Mahlon West. Ni de sus métodos para obtener lo que quería.

Y en Andrew encontró lo que tiempo atrás se le había negado: una forma de vengarse de los Treddaway.

Mary sacudió la cabeza para apartar de momento aquellos pensamientos, tristes, dolorosos.

Adler, el sonriente cocinero de los Katterblack, estaba en la cocina trajinando cuando Mary avanzó por la estancia hacia el corredor.

La saludó y ella le devolvió el saludo vagamente.

La cena estaba casi lista, notó Mary, pero ella no tenía hambre. Se sentía exhausta, turbada, desolada.

Necesitaba compañía, que alguien la oyera (y la consolara), y la única persona en la que pensó fue su prima Elise.

—¿Mary? ¿Estás bien?

Elise la miraba con el ceño arrugado. Mary parpadeó.

—Sí —mintió indeliberadamente.

Entró al dormitorio de su prima cuando esta le permitió hacerlo. La puerta se cerró a sus espaldas y, al cabo, ambas se reunieron en la cama, donde se sentaron una frente a la otra con las piernas cruzadas. Mary rehuyó de los ojos de Elise como un animalito asustado.

—No parece que estés bien —observó Elise—. ¿Tiene que ver con Andrew? Sam me dijo que fuiste a la cabaña de los Treddaway. ¿Has podido verlo?

—Sí. —Y respiró hondo. Como si se armara de valor para lo que venía a continuación.

—¿Está bien? Y, por favor, no mientas esta vez.

Mary no lo hizo. Le contó lo que ocurrió en la cabaña de los Treddaway.

Desde que llegó hasta que se marchó. Dudó que fuera correcto contarle lo que le dijo Abby junto a la fuente de la trucha, de manera que omitió aquella parte.

Elise le había tomado las manos a mitad del relato, con un fervor casi delicado. La miró directamente.

—Descuida, Mary —le dijo—. Conozco a Andrew de toda la vida. Sé que podrá superarlo. Dale tiempo. Él estará bien. —Había tanta convicción en su voz que nadie se habría atrevido a decir lo contrario. Mary quiso preguntarle cómo estaba tan segura.

En cambio, preguntó:

—¿Cómo estuvo tu lección de hoy? Philip...

Elise sonrió, tímida.

—Estuvo maravillosa.

Nunca habían hablado tanto en una lección, aseguró Elise; es decir, no más que las típicas formalidades de un instructor y su aprendiz.

Elise había sido capaz de formar palabras frente a él sin que la voz le fluctuara como sucedía a menudo.

Mary podía sentir la felicidad de su prima.

Y por un instante ella se sintió feliz también. Por Elise.

Tocaron la puerta. Un segundo después, se abrió.

— ¡Sam! —exclamó Mary. El único consuelo que tenía en aquellos tiempos de desdicha: su hermano—. ¿Qué ocurre?

Sam entró a la alcoba, sin timidez alguna, sus enormes ojos recorriendo la amplia habitación mientras se acercaba.

—Estuve buscándote —dijo Sam—. Adler me dijo que habías regresado.

—Sí. —Mary alargó su mano y puso en el hombro de su hermano.

Su medio hermano, sí. Uno de ellos. Porque tenía otros hermanos, pensó, aunque ellos tal vez ni siquiera sabían que ella existía, o del vínculo que los unía.

Habían sido tres, pero Kenneth Hornwood fue asesinado hace cuatro noches en su celda.

Entonces quedaban dos, que esperaba conocer algún día, un chico y una niña de la edad de Sam.

—Adler también me ha dicho que la cena estaba lista —continuó Sam, con notable entusiasmado—. Yo le ayudé un poco. Y me he ofrecido a pregúntales si querían cenar abajo, o comerán en sus habitaciones. He tocado la puerta de Céline, pero no responde.

—La cena se llevará a cabo en el comedor —dijo Elise de pronto. Amplió la sonrisa. Miró a Mary—. ¿Vamos? —preguntó, mientras se levantaba de la cama dando un bote.

Mary volvió la vista hacia su hermano; no tenía hambre, sólo desánimo, pero lo haría por Sam.

—Vamos —asintió.