Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 10
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ESPINA CLAVADA EN EL CUERPO

Abby, en silencio, se hizo a un lado y dejó a Mary entrar a la cabaña sin hacerle pregunta alguna (si bien no era difícil adivinar el motivo de su visita; con o sin el don de la luz de los Treddaway), pero sabía que las habría tarde o temprano, y estaría preparada.

Abby cerró la puerta. A Mary no le sorprendió encontrar a Grace Startclyde allí, impávida, mirándola mientras ingresaba a la salita de estar de la cabaña, aunque tenía que reconocer que no esperaba que hubiera nadie excepto Andrew. Y tal vez Abby.

Mary tomó aire.

—Bien, Mary —inquirió Abby. Se percibía cierto cansancio en su voz. Cruzaba los brazos—. ¿A qué has venido?

«Como si no fuera evidente». Mary no se abstuvo de tener ese pensamiento. Abby sin duda lo escuchó.

—Vengo a ver a Andrew —dijo.

—No puedes.

—¿Por qué?

Abby tenía una expresión inflexible; con todo, echó un vistazo hacia Grace, como requiriendo su intervención.

—No quiere verte —soltó la joven Startclyde.

«Eso ya lo sé —pensó Mary, tirante—. Lo que no sé es por qué.

Y he venido a averiguarlo». Respiró profundo.

En parte para contener las lágrimas que pugnaban por salir, en parte porque sentía que le faltaba el aliento.

Abby, de brazos cruzados, la miraba absorta. Sin duda había escuchado eso también.

—¿Por qué no? —preguntó Mary. Y pensaba: «Lo que le ha pasado es por mi culpa. ¿Verdad? Ojalá hubiera podido hacer algo para impedir que fuera a Collin’s Meadow. Pero ya es muy tarde. Lo hizo por mí, para salvar a Sam. Ahora yo debo salvarlo a él».

—¿Salvarlo? —Abby, confusa, relajó su expresión; su voz, un poco exaltada al principio, bajó algunos tonos. Tenía profundos círculos purpúreos bajo los ojos, se fijó Mary, como si llevara varios días... tres, quizá... sin haber dormido más que unas pocas horas.

—Sí. —Mary habló con decisión. Creía de verdad que de alguna forma podía salvar a Andrew.

Aunque no sabía cómo. Quizá debió pensar en algo mientras atravesaba el jardín Katterblack a paso veloz hacia la cabaña de los Treddaway, pero entonces su mente había estado inundada de recuerdos de la noche que recorrió aquel mismo jardín junto a Andrew («Mil veces más»), que a duras penas pudo encontrar el camino que se adentraba en el bosque en la propiedad de Katterblack.

Volvió a suspirar. Miró de nuevo a Abby a los ojos.

—¿Él te dijo eso? —preguntó Abby, con tono contrito.

Mary sabía a qué se refería.

—Sí. Fue la noche que partió.

Abby, a ojos vistas afectada, apartó la mirada, descruzó los brazos y se giró, dándole la espalda.

Luego soltó una exhalación y se sentó de golpe en uno de los sofás de la estancia.

Grace, mirándose las uñas con aparente indiferencia, estaba reclinada contra una de las paredes del umbral que conectaba la salita con las habitaciones.

Mary habría podido caminar hasta ella y, sin más, entrar en la alcoba de Andrew (la cual encontraría fácilmente), sin anunciarse, como un par de veces hizo el muchacho con la suya.

—Yo sabía que lo haría —empezó Abby con la cabeza entre las manos—.

Yo le vi partir esa noche. Mi hermano es obstinado como nadie.

Pude haber impedido que se fuera. Tal vez dejándolo inconsciente cuando me diera la espalda, o al menos haber insistido en acompañarlo.

Pero no lo hice. Él quería hacerlo solo.

—Miró a Mary—. Pese a conocer los riesgos.

—No —intervino Grace, ceñuda—. No ha sido tu culpa.

Ni de Mary. Ni siquiera de Andrew. Fueron ellos.

—Darkling y Mahlon West. No hacía falta que mencionara sus nombres.

Sus ojos se habían oscurecido. Respiró hondo.

Era evidente que estaba perdiendo los estribos, e intentaba impedirlo.

Continuó—: Y lo que ese monstruo le hizo. .. lo que le hizo...

Vaciló, y acabó interrumpiéndose. Echó un vistazo a Mary; luego a Abby, que tenía el cuello erguido, una expresión absorta en el rostro y la línea de sus hombros, tensa. De nuevo no hacía falta tener el don de los Treddaway para saber qué estaban ocultando algo terrible, pensó Mary.

—¿Qué es? —insistió Mary. Tenía que saberlo. Fuera lo que fuese. De otra forma no podría salvarlo. Cruzó la estancia de una zancada y se plantó frente a Abby—. ¿Qué le hizo Mahlon West? Dime, Abigail. Quiero saberlo.

Abby la miraba desde abajo, fijamente; parecía, más bien, encogida ante el inminente aluvión de palabras de Mary. Grace balbuceó algo. Mary apenas la escuchó sin entender lo que decía.

—No puedo —dijo Abby, en voz baja.

—¿Qué le hizo? —titubeó Mary. Estaba a punto de echarse a llorar.

Hacía un enorme esfuerzo por contenerse, y era consciente de ello.

Entonces lo vio. Claramente. Abby se lo estaba mostrando, a través del dolor que se reflejaba en sus ojos.

La imagen de Andrew, que yacía en la oscuridad, atormentado por el nigromante.

Aquella imagen se empañó, a causa de la densidad que anegaba los ojos de la joven.

Mary sintió como si un puñal al rojo se le clavara en las entrañas, las piernas le flaquearon.

Se habría caído si Abby no la hubiese sujetado a tiempo por los antebrazos.

«Mil veces más», recordó de nuevo, esta vez acompañado por la sensación del puñal en las entrañas.

«Andrew».

Abby suspiró. «Debes salvarlo», decía su mirada. «Solo tú puedes hacerlo, Mary. Por favor».

Mary asintió. Y de súbito, como si se interrumpiera una conexión telepática entre ellas, Abby desvió la vista exaltada más allá del hombro de Mary.

Una brisa fría, tétrica, colmó la estancia.

Mary giró sobre sus talones. Allí estaba Andrew.

Los brazos le colgaban caídos a los costados del cuerpo y su mirada parecía perdida, sombría.

Del joven de la capa verde que la salvó en el camino del bosque hace algunas semanas, solo quedaba su sombra.

Grace, de pie junto a Andrew en el umbral, parecía que estuviera viendo a un fantasma.

Y no podían culparla. Salvo por sus ojos —que aún conservaban un amago del azul índigo de los Treddaway—, era todo blanco, gris y negro.

Tenía bolsas oscuras bajo los ojos tal como su hermana, y labios fibrosos que parecían a punto de pulverizarse con un leve soplo de viento.

Mahlon West lo había torturado (si bien era evidente que sus peores heridas no eran las que saltaban a la vista); Mary vio algunas de sus lesiones durante el camino de vuelta a River Town; aquellas heridas no suponían un ningún desafío para un ser hadúno y su hada-sanación , de la cual, así pues, Hiralm había hecho uso con notable maestría.

No obstante, Mary había leído en Hechizos Sanadores que había otras heridas que no eran tan fáciles de sanar, ni siquiera con magia.

Heridas del alma, del corazón, de la memoria: comunes y mágicos tendían a padecerlas por igual, pero, en un seguidor de la luz, estas heridas causaban profundos estragos.

—Abby —dijo Andrew. Miró a su hermana con los ojos entrecerrados como rendijas. Su voz sonaba más mellada de lo que Mary apenas recordaba—. ¿Qué sucede?

Abigail meneó la cabeza para despabilarse; había permanecido así, absorta, como Mary y Grace, ante la inesperada aparición de Andrew.

—Nada —contestó Abby—. Vuelve a tu habitación. Mary ya se iba...

—Andrew —se adelantó Mary. Andrew, por otro lado, separó un poco los párpados al oír su nombre. Como si le hubiera cruzado la cara con una bofetada.

—¿Qué haces aquí? —dijo él, secamente—. Mi hermana ha sido bastante clara cuando te dijo que no quería verte. Y así es.

—Yo... —empezó Mary, pero las palabras se le amontonaron en la garganta.

Sentía que estaba a punto de desfallecer, allí mismo, quizá en los brazos de Andrew.

Como un par de veces lo hizo. Pero Andrew estaba muy lejos de ella, mucho más de lo que parecía a simple vista (y en todos los sentidos), y no llegaría a tiempo para atraparla.

—No quiero verte, Mary. —No había expresión alguna su rostro—. Necesito tiempo.

Otra vez, Mary sintió el puñal en sus entrañas. Quiso suplicarle que la escuchara, pero las palabras salieron en tropel de su boca y solo consiguió balbucir «Andrew... debo...», una y otra vez, antes de que Abigail interviniera.

—Será mejor que te vayas, Mary —dijo amablemente—. Yo te acompañaré a la salida.

—¡No! —estalló Mary. Miró a Andrew, vehemente—. Si de verdad quieres que me marche, lo haré...

—Eso quiero —dijo Andrew, antes de que pudiera acabar la frase (cualquiera que se propusiera a decir Mary, la cual no recordaría pasados unos segundos).

—Volveré mañana —prometió Mary—. Y al día siguiente.

Todos los días. No te perderé, Andrew Treddaway; no dejaré que te marches otra vez.

—Su voz se quebró un instante. Y añadió—: Vendré cada día.

Vendré hasta que te hartes y decidas hablar.

Tú me has salvado la vida, y la vida de mi hermano, aunque no lo quieras creer. Ahora es mi turno.

Sin decir más, giró sobre sus talones y salió de la cabaña.

Avanzaba por el sendero que cruzaba el jardín de los Katterblack hacia la mansión cuando una ráfaga helada hendió contra ella; algunos mechones de cabello escaparon de su tocado y los vuelos de su falta hondearon hacia atrás.

Se detuvo. Lágrimas se acopiaron en sus ojos y nublaron su visión.

Se las enjugó con el dorso de la mano en cuanto comenzaron a rodar por sus mejillas.

No quería que nadie —en especial Sam— la viera así.

En aquel momento se encontraba a escasos pasos de la fuente de la trucha, donde vio por primera (y única) vez el fantasma de su madre.

No recordaba cómo llegó allí ni cómo logró atravesar el bosque hasta el inicio del sendero.

Ciertamente no recordaba mucho de lo sucedido los últimos cinco minutos tras abandonar la cabaña de los Treddaway.

Se sentó en el bordillo de la fuente. Esperaba que el sonido del agua sosegara sus sentimientos.