9 #3
«¿Por qué ahora? —Su hermano había llegado a la mansión hace tres días; el señor Katterblack no había estado presente en su arribo como sí estuvieron sus hijas y la servidumbre.
Intuía que había algo más siniestro detrás—.
¿Qué intenta probar?» Ella y sus primas no tenían pruebas de que Darkling hubiese retornado en el cuerpo del señor Katterblack, más que la carta que el propio Darkling dejó oculta en la habitación de Mary y cuya procedencia parecía indicarlo.
—¿Qué te dijo? —preguntó Mary.
Poco, según Sam. El señor Katterblack parecía enfermo, tendido en su cama cubierto por un montón de sábanas, las cortinas cerradas.
Por fin lo conocía, había dicho el señor Katterblack; que su padre le había hablado mucho de él.
Tocía y respiraba trabajosamente. El aire en la habitación era denso y apestaba a incienso.
—¿Qué más? —instó Mary.
—Mencionó a... —Frunció el ceño—. ¿Andrew?
—¿Andrew? —repitió ella—. ¿Qué dijo sobre Andrew?
Sam caviló un instante, apretando el ceño que había heredado de su padre. «Al menos —pensó Mary— él sí es verdadero hijo de Michael Cartwright». Aún no le había dicho a Sam que eran medios hermanos.
—Preguntó por Andrew —dijo Sam. Este no supo qué decir en aquel momento.
Y con razón. Ni siquiera Mary sabía en qué condiciones estaba el joven Treddaway, ¿por qué iba a saberlo Sam?
El chico, aun así, respondió que bien. Katterblack, sin embargo, continuó hablado de Andrew como si no hubiese prestado atención a la afirmación de Sam—.
Decía: «¡Sálvalo!» —citó la palabra de Katterblack con el mismo tono de urgencia que al parecer traslució en la voz del señor—.
Pero no me lo estaba diciendo a mí. Tú, Mary, decía que tú debías salvar a Andrew, que tú eras la única que podías hacerlo.
No paraba de repetirlo. ¡Sálvalo, sálvalo! —exclamó.
—¿Yo? —inquirió ella, vagamente, para sí.
Lo salvaría, sin duda. Mil veces más.
Si bien, en primer lugar, no sabía exactamente de qué tenía que salvarlo. Andrew se negaba a verla.
No podía salvarlo, se dijo, si permanecía ahí sentada. ¿Verdad?
Se levantó.
De pronto, mientras cruzaba la estancia oyendo los pasos de su hermano tras los suyos, supo la respuesta.
Mahlon West había quebrado el espíritu de Andrew, de algún modo, sin ninguna duda.
Ella debía salvarlo... de sí mismo. Y por supuesto que estaba dispuesta a intentarlo miles veces si era necesario.
Pero ¿qué sabía ella acerca de la salvación?
Abby caminaba de un extremo a otro de la sala. Grace empezaba a impacientarse.
—¡Podrías... parar! —exclamó.
Abby, confundida, se detuvo y la miró fijamente, apretando el ceño.
Tenía rastros, bastante notorios, de falta de sueño.
Su hermano apenas dormía por las noches; sufría terribles de episodios de calambres y pesadillas.
Abby acudía siempre que lo escuchaba gritar desde su habitación —al menos así fue los primeros dos días tras el rescate; la noche anterior, por ejemplo, había pernoctado en una rustica silla junto a la cama de Andrew— y permanecía allí toda la noche.
Pobre, pensó Grace (a veces olvidaba que podía escucharla pensar, se dijo Abby).
Ahora podía entender por lo que pasaron su padre y Eloise después de que fue herida por un argón la noche del baile del solsticio.
Ella había creído que exageraban: que era imposible que pudieran estar así de preocupados.
En aquel momento, empero, podía verlo en Abigail: la imagen personificada de la preocupación.
Grace sentía compasión por ella. Y por Andrew.
—Lo siento —se disculpó Grace—. De verdad. No quise... pero, como tú, ya estoy bastante nerviosa. Andrew... —Se acercó a Abby y la rodeó con sus brazos, aunque la joven se mantuvo en un rictus impasible—. Él estará bien, solo debe...
No supo cómo acabar la frase. Calló.
—¿Qué? —repuso Abby, cuidando no alzar la voz por obvias razones—.
¿Esperar que pase el tiempo? ¿Y si, aun así, nada cambia, Grace?
Dudo que pueda olvidar lo que ha pasado en las ruinas de la fábrica Cartwright en algún momento próximo.
Si es que logra superarlo. Lo siento no es de mucha ayuda ahora.
—La voz se le quebró, pero ni así se entregó a los brazos de Grace—.
Tienes que ver su mirada. Es como si hubiese muerto algo dentro de él.
Nunca lo había vista de esa manera. —Una lágrima rodaba por su mejilla.
Andrew, que se encontraba despierto a esa hora de la tarde, estaba sentado junto a la ventana de su habitación, observando sin más, en silencio, el bosque que rodeaba la cabaña dentro de los predios de Katterblack. Abby se lo había contado a Grace cuando esta le preguntó a su llegada.
—Tienes razón —dijo Grace. Se contuvo en el último segundo de decir otra vez «lo siento»; Abby le escuchó pensarlo. Nadie, ni siquiera Grace, podría imaginar lo que sentía y estaba sobrellevando Andrew en ese momento. Grace preguntó si ambos ya habían comido.
—Sí —respondió—. Olee, la mucama de Céline, trae ropa y sábanas limpias y también comida de la mansión. No sobras, como de costumbre. Y no figures: las sobras de los Katterblack son suficientes para alimentar a todos los niños huérfanos de Collin’s Meadow. Y aun así sobraría.
Su propio comentario le arrancó una leve sonrisa.
—Muy amable de parte de Céline —dijo Grace—. Y un tanto extraño.
—Sí —asintió Abby.
—¿Crees que esté al tanto lo que sucedió a Andrew? ¿O Mary? —preguntó Grace. Abby alzó de pronto la mirada al oír aquel nombre—. La pobre estaba destrozada, tenías que ver su rostro, Abby; supongo que ella tampoco lo sabe.
—No. —Abby meneó levemente la cabeza. Y añadió, pensativa—: Eso creo.
Los miembros del Gremio —aparte de Abby y Grace— eran los únicos que conocían la horrible naturaleza de los daños que sufrió Andrew en su breve estadía en las ruinas de la fábrica Cartwright a manos de Mahlon West. El padre de Grace, miembro del Gremio, se enteró de ello a través de Hiralm, el médico hadúno que atendió las heridas de Andrew, y lo dio a conocer al Gremio en una de sus recientes reuniones.
Grace estuvo presente en ella; Lloyd y Ulises, sus compañeros en la incursión a Collin’s Meadow, también estuvieron, y declararon ante el Gremio su parte de lo sucedido.
Ninguno de los participantes —por mutuo acuerdo entre ellos— mencionó que Darkling seguía vivo y que lo sabían gracias a la carta que éste le dejó a Mary en su habitación.
La razón, según Abby, era proteger a Mary temporalmente de los miembros del Gremio que apoyaban cederla a Darkling a cambio de una paz poco prometedora para River Town.
«Temporalmente», porque antes debían esclarecer sus sospechas de quién podría ser el nuevo cuerpo que servía de refugio a la oscura sombra de Darkling.
No obstante, aunque la supervivencia de la maligna criatura nacida de la maldición de los Hornwood no había sido propiamente confirmada, parecía no haber duda de que había sido ella —Darkling— quien cometió el brutal asesinato de Kenneth Hornwood y Caroline Reedstter en las celdas encantadas del pueblo.
El Gremio, en una sesión, había sondeado la teoría de que podría tratarse de otro ataque de Mahlon West, pero el nigromante fue descartado después de conocerse los hechos en Collin’s Meadow.
Por otra parte, habían encerrado a Wallace Flint, encargado del cementerio, por actuar en contra de los seguidores de la luz, y se estableció una pequeña comisión para descubrir quién era el misterioso hombre que estaba haciendo un cuerpo para Darkling con partes de cadáveres.
Grace se enteró de esto tras oía a hurtadillas una conversación entre su padre, el señor Belwolf y el señor Witheford el mismo día que regresó de la incursión en el pueblo abandonado.
Y, por supuesto, dio cuenta de ello a Abby.
Los funerales de Kenneth, Caroline y el señor Blackfell se llevaron a cabo hace un día.
Grace estuvo allí; el cementerio estaba repleto por una multitud de asistentes: familiares, amigos y, cuándo no, chismosos.
Ken fue enterrado junto a su padre y su tío Weston, ambos malditos con la sombra de Darkling.
El señor Blackfell fue sepultado en la cámara fúnebre donde estaban los restos de todos sus antepasados desde Simon Blackfell, apodado el Tres-dedos, el primer Blackfell en pisar River Town hace casi ochenta años.
—¿Por qué los habría asesinado? —comentó Grace, un tanto abstraída. Estaba en la cocina, preparando té. Abby se hallada cerca de la ventana, mirado nostálgica fuera, y no respondió. Grace pensó (y por tanto Abby escuchó) que quizá no la había oído; Abby suspiró, volviendo la cabeza, y preguntó:
—¿De quién estás hablando?
—Kenneth y Caroline.
—A decir verdad, dudo que Darkling se valga de verdaderos motivos para matar a nadie.
Tampoco Mahlon West. Es parte de la naturaleza de ambos.
Quizá Darkling asesinó a Ken por haber declarado ante el Gremio, y Caroline solo estaba en el momento y lugar equivocado.
—Volvió la vista a la ventana. Frunció el ceño y, de improviso, una sombra pareció pasar delante de sus ojos.
El agua para el té estaba hirviendo; Grace apenas se daba cuenta: su atención estaba puesta en Abby, que, acto seguido, se apartó de la ventana y se acercó a la puerta con una expresión irresoluta en el rostro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Grace.
Abby, en apariencias, se quedó inmóvil mirando por la puerta abierta. Un segundo después, apareció Mary.