Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 9 #2
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—Sí, lo hiciste —respondía Céline—. Te respondí que algunas.

Una cuarta parte de esta biblioteca concierne a literatura relacionada con la magia y su erudición.

El resto, a literatura de la gente común, que, según mi padre, es mucho mejor que la mágica.

.., quizá con la excepción de los poetas hadunos.

—Ya. —Mary asintió sin apenas darse cuenta; tomó uno de los volúmenes que llamó su atención.

Se trataba de la novela favorita de su padre.

Este llegó a leérselas en un par de ocasiones, cuando por entonces Sam tenía cinco años, y ella, once.

Les leía un capítulo cada noche antes de dormir.

Hubo momentos, ella recordaba, en que deseó que no acabara nunca.

Pero acabó. Con sus dedos rozó despacio la cubierta de cuero, y las letras, que aparecían en la parte frontal de la cubierta y el lomo bordadas con hilo dorado. Y rezaban:

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Por

Miguel de Cervantes .

Debajo del título, Mary reparó en otro detalle.

Año: 1605. «Vaya —dijo para sus adentros, asombrada—.

Es primera edición». Aunque la cubierta parecía casi como nueva.

Probablemente había sido encuadernada hace medio siglo o menos.

Con una gran sonrisa, como si hubiese descubierto un tesoro secreto en la biblioteca de los Katterblack, se volvió hacia su prima. Pero Céline ya no estaba cerca.

La música del piano seguía flotando, sin interrupciones, en el aire rebosante de aquel extraordinario salón.

Mary suspiró.

Acto continuo, avanzó hacia el conjunto de muebles, apretando el volumen contra su pecho, y se sentó junto a la ventana. Abrió la cubierta, pensando: «Tiene razón, aquí la luz favorece», y empezó a leer.

Philip se levantó.

—Lo has hecho maravilloso, Elise —afirmó.

Quería decir algo más, llenarla de elogios por su notable progreso en las lecciones de piano, y por su belleza.

Ese día, Elise vestía de azul aguamarina y encaje negro, colores que realzaba la claridad de su piel y el contraste que tenía con su oscura melena y sus ojos azules—.

Verdaderamente maravilloso. No fui capaz de interrumpirte para hacer las debidas correcciones.

.. La forma en la que tomaste libertad rítmica en el penúltimo compás me ha dejado sin palabras.

Elise estaba sonrojada, aunque intentó ocultarlo ladeando la mirada hacia las teclas del piano.

«Y tú eres verdaderamente preciosa», habría querido añadir Philip.

Pero era demasiado cobarde para hacerlo.

Aunque no había parado de pensar en ello durante toda la lección de ese día, ni siquiera cuando le sorprendió con sus habilidades recién adquiridas en el piano (era casi indudable que había estado practicando sin descanso para sorprenderlo).

Dios, suspiró, si no estuviera tan preocupado por el asunto con Horace quizá le habría confesado su amor en ese momento.

—Tuve tropiezos, Philip —repuso Elise con timidez—. Varios.

—No tantos como crees. Además, no esperaba que te volvieras una experta durante mi ausencia. —«Yo no querría eso. O se acabarían las lecciones». Como si hubiese escuchado este pensamiento, cuando enfocó la mirada, se fijó que Elise lo estaba viendo fijamente.

—Sí. Casi todos fueron adrede.

—¿Adrede? —repitió él, boquiabierto—. ¿Por qué?

—Estabas distraído. Quería saber cuánto.

«¿Ah, sí?»

—¿Y bien?

Elise sonrió, aunque confusa, tal vez preguntándose qué quería decir Philip con eso; éste lo advirtió en sus preciosos ojos.

—Pues —dijo Elise— me ha parecido que tienes mejores cosas en que pensar.

—Lo siento. —Phil suspiró y se dejó caer de nuevo en el banco junto a Elise. Sus hombros se rozaban—. No he podido dejar de pensar en lo que me has contado hace un rato. Sobre... ya sabes quién. —Pronunciar el nombre «Darkling» siempre le daba escalofríos.

—Pero ya lo sabías, ¿no es cierto? Sobre... —empezó Elise.

Por lo visto, Philip no era el único que no podía decir aquel nombre.

—Quiero decir —prosiguió ella—, ahora eres miembro del Gremio, y, por tanto, sabes lo que ocurrió en Collin’s Meadow hace tres días.

—Cierto. Lo sé. —«Qué estúpido; no puedo ni siquiera mentir.

Y no quiero mentirle a Elise por culpa de Horace y su trama oscura.

Más vale que no me hagas lamentarlo». Ya sabía de antemano, gracias a su tío, que Darkling no había muerto por la mano de Katterblack la noche del asalto en la mansión, para cuando se celebró el cenáculo hace unos días, tras los sucesos en Collin’s Meadow.

—Tranquilo, Philip, todo se resolverá —murmuró Elise.

Philip, de pronto, sintió una mano en su hombro.

Giró la cabeza hacia ella. Tragó saliva.

El rostro de Elise estaba muy cerca del suyo.

Tanto como para un beso. Nunca habían estado tan cerca uno del otro.

Al menos no que ambos estuvieran conscientes de aquella cercanía.

Los ojos de la joven Katterblack eran los más enormes, profundos y bellos pozos azules que Phil hubiera visto jamás.

Quiso besarla. Cuánto lo quiso. Tragó salivo —otra vez— y se preguntó si Elise sentía el mismo impulso.

Después de todo, a decir de Mary, la joven correspondía a sus sentimientos.

«Pero no quiero parecer atrevido. Además, alguien puede entrar, sorprendernos y comunicárselo al señor Katterblack, lo que pondría fin a las lecciones de piano».

No podía permitirse perder aquellos momentos tan preciados con ella.

Claro que no. Philip se irguió de golpe hacia atrás, poniendo distancia. Fue como si el aire abandonase la estancia por un segundo. Respiró hondo.

Maldijo a Horace mientras se ponía en pie y reunía los textos musicales en un solo conjunto.

—¿Es cierto que vendrá un perito de los Altos Seguidores al pueblo?

La pregunta de Elise lo pilló desprevenido.

Phil estaba metiendo los textos en su maletín de cuero gastado cuando ella habló; se detuvo y levantó un poco los hombros, mientras reflexionaba si sería correcto o no hablar sobre el tema con la joven Katterblack, el cual estaba prohibido divulgar fuera del salón de los Viejos Conjuros.

—Es cierto. —Y, terminando de guardar los textos, añadió—: Arribará hoy a River Town y se hospedará en la mansión de los Blackfell.

Y no viene solo, según se nos informó; lo acompaña Gustav Wolfgang.

Vienen a indagar sobre la naturaleza de la maldición de los Hornwood y a determinar si esta ha desaparecido por completo.

—¿Y cómo lo harán? —preguntó Elise—. Quiero decir, determinar si ha desaparecido.

Cierto. Kenneth Hornwood había sido asesinado en su celda hacía más de tres días, y, dado los eventos recientes, el Gremio de Seguidores presumía que el asesinato (incluido el de Caroline Reedstter) había sido perpetrado por Darkling reencarnado.

—No lo sé, Elise —contestó Phil, turbado—. A su tiempo todos lo sabremos. Al fin y al cabo, ellos son los expertos.

Elise lo acompañó hasta el recibidor. Philip, a punto de cruzar la puerta y macharse, se volvió.

—Por cierto, Elise —dijo—, ¿cómo está tu padre?

—¿Mary?

La voz conocida vino desde la puerta. Mary cerró el libro y volvió la mirada hacia el acceso a la biblioteca a tiempo para ver entrar a su pequeño hermano (que no eran del todo tan pequeño como le gustaba creer). Sam avanzó por la estancia, observando alrededor con admiración.

—Este lugar es enorme —suspiró Sam—. Madre decía que era un castillo. Ya empiezo a creerlo.

—Sí. —Mary sonrió—. Llevo más tiempo aquí, y apenas hoy lo he conocido. Así que puede que tengas razón. —Esto le hizo preguntarse qué otros salones aún le quedaban por conocer.

Sam la miró, el ceño fruncido.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó, mientras se inclinaba hacia adelante para averiguarlo él mismo. Sus ojos color jade adquirieron una profundidad significativa ante la luz que atravesaba el ventanal. Despacio leyó—: El ingenioso hidalgo Don ... —Clavó sus ojos en Mary—. Padre...

—Lo recuerdo —asintió Mary, con una leve sonrisa.

Sam meneó la cabeza, luego bajó la mirada: era lo que tendía a hacer cada vez que mencionaban a sus padres muertos.

Mary aún recordaba (a mansalva nunca olvidaría) cómo fueron los días que siguieron a sus muertes.

Al inicio todo había sido llanto, sonrisas y nostalgia; después, los momentos silenciosos como ese.

Mary preguntó:

—Por cierto, Sam, ¿dónde has estado?

Sam encogió los hombros y asomó a sus labios una sonrisa picaresca. Luego se sentó en un mueble contiguo al de Mary, donde empezó a juguetear con los dedos sobre los apoyos como un niño de tres años.

—¿Cómo no lo sabes? —inquirió Mary, riendo—. Acaso ¿fuiste cautivo de los elfos voladores?

—No.

—Entonces ¿dónde estuviste?

—Sutr me llevó con el señor Katterblack —contestó Sam—. Dijo que quería conocerme.

Mary arrugó el ceño. Le enfureció tanto como sorprendió escuchar aquello.

Apenas se dio cuenta de cómo sus dedos se clavaban con fuerza en los apoyos del mueble.

Nadie, salvo el mayordomo, había visto al señor Katterblack en los últimos días.

Ni siquiera Céline, que creía ser la mano derecha de su padre, había logrado entrar a su dormitorio.

Mary y sus primas tenían una siniestra sospecha de cuál podía ser el motivo del aislamiento de Richard Katterblack, aunque ninguna se atrevía a decir nada al respecto.

—¿Qué ocurre?

La voz de Sam la arrancó de sus pensamientos.

Parpadeó y, sin planearlo, se irguió hacia adelante.

La novela de Cervantes (primera edición; de casi trescientos años de antigüedad) estuvo a punto de caer con estrépito al piso.

Mary lo cogió a tiempo con manos temblorosas, el corazón latiendo con premura.

—Lo siento —farfulló. Cuando alzó la mirada, reparó en que Sam la estaba observando como si ella se hubiese vuelto loca en un visto y no visto. Y estuvo a punto de echarse a reír.