Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 9
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ACERCA DE LA SALVACIÓN

—No puede ser...

Mary no estaba segura de haber dicho o pensado aquello.

No importaba. Tampoco importaban la mueca bobalicona en su rostro ni la pronunciada «o» en sus labios que tal vez en otras circunstancias habría procurado disimular.

Desvió la vista hacia Céline. Esta, radiante como siempre, la miraba con igual entusiasmo —aunque a la sazón debía haber estado en este lugar cientos de veces antes, o quizá no tantas—, y asentía, indicándole que podía acercarse a las repisas.

Mary, vacilante, se apartó las manos en la boca (que hasta entonces no sabía que se había cubierto) y, de nuevo, miró la estancia maravillada.

La biblioteca de los Katterblack. Fácilmente podía equipararse a una de las estancias de la Biblioteca Pública de Boston, que tiempo atrás solía visitar a menudo con sus padres.

Se preguntó, entonces, cuán grande sería la de los Blackfell.

En una ocasión, Céline aseguró (con tanta modestia le fue posible) que los Katterblack tenían la segunda más grande de River Town, por detrás de los Blackfell.

Y, viendo la de Katterblack, aquel parecía un mérito bastante difícil de superar.

El espacio era amplio —quizá el segundo de mayor tamaño de la mansión Katterblack, después de la sala común—, alto y tenía forma circular.

Cubiertas las paredes con libros, que daban la impresión de perderse en el borde superior de las paredes.

Había escaleras aquí y allá que se rodaban para alcanzar los volúmenes en las repisas más altas.

Casi parecía que habían dotado de libros la torre de algún castillo, en vez de en uno de los salones de una mansión.

Era insólito, pensó Mary (aunque a ese punto tal vez nada debería parecerlo), mientras rozaba con un dedo los lomos de los libros de una de las repisas inferiores; una estructura como esa debería divisarse, incluso a la distancia, fuera de la mansión Katterblack.

Magia, seguramente.

Al frente, tal como en el estudio del señor Katterblack, había una imponente ventana con forma de arco, cercada por una pesada cortina de color champán, que en ese momento estaba abierta.

Desde ella, se podía ver más del regio jardín de la mansión desde otro ángulo.

Mary suspiró, fascinada. La luz, blanca y diáfana, penetraban a raudales a la estancia, hartando cada rincón, revelando las motas de polvo que flotaban en el aire.

—¿Qué te parece? —preguntó Céline.

Mary la miró.

—Maravillosa —dijo, sonriendo. Su prima seguía de pie cerca de la entrada con las manos tomadas delante de la falda del vestido, y una sonrisa que solo podría describirse como recatada—. De verdad maravillosa, Céline. Como un sueño. Y todos estos libros... ¿tratan sobre la magia?

—Algunos —respondió Céline.

Para Mary, la idea de aprender más sobre el Mundo Mágico, del que había estado apartada la mayor parte de su vida, le inquietaba y le emocionaba en partes iguales.

Pensó en algo que dijo su padre en una ocasión: «Nadie puede ni podrá tener todo el conocimiento del mundo, pero siempre habrá quien lo intente.

.. e intentarlo es, de hecho, la mejor parte».

Sabía que le tomaría años aprender lo suficiente de conocimiento mágico para defenderse por su cuenta.

Y la perspectiva de este recorrido le resultaba emocionante.

Su padre tenía razón. Ella amaba aprender cada vez más sobre lo que por muchos años había estado cubierto por un fino velo, si bien, este hecho no la desalentaba en lo absoluto.

«Mi padre —pensó—; fue él quien puso ese velo en primer lugar».

Lo había hecho para resguardar a su familia de criaturas como Mahlon West y.

.. Darkling. Se estremecía cada vez que pensaba en aquel nombre.

Darkling seguía vivo: habitando el cuerpo de alguien más o, meramente, en el aire.

Aquella posibilidad bien valdría otro estremecimiento.

—¿Qué sucede, Mary?

Céline la estaba mirando, el ceño fruncido. Mary cayó en la cuenta de que se había quedado ensimismada.

—Nada —dijo, intentando encubrir aquellos ominosos pensamientos con una sonrisa—. Estoy bien.

—¿De verdad? —Céline no sonaba convencida. Enarcó una ceja.

—Sí. Solo estaba pensando... —Mary desvió los ojos y repitió—: Estoy bien.

Era verdad, en parte. También estaba más feliz de lo que había estado en mucho tiempo.

Sam estaba de vuelta junto a ella. Los días que siguieron a la misión de rescate a Collin’s Meadow y al retorno de su hermano habían sido los más tranquilos y felices que había tenido en mucho tiempo (en años, parecía).

Como solo podrían serlos en un pueblo en apariencias corriente en medio de la nada.

El río por fin parecía volver a su cauce. Pero nada podía ser tan bueno, ¿verdad?

Por supuesto que no. Por un lado, estaba el insigne peligro que suponían Mahlon West y Darkling para la gente —común y mágica— de River Town.

Por otro, Andrew. Desde su rescate había estado comportándose extraño: jamás salía de su habitación y evitaba encontrarse con cualquier persona que no fuera su hermana.

Sin mencionar que había dejado de asistir a las lecciones de combate con Lance Greystar, y ya nunca se le veía trajinando ni haciendo sus rondas en el jardín Katterblack.

El Gremio, gracias a una declaración que hizo días atrás Abby sobre los hechos en Collin’s Meadow, estaban al tanto de lo que sucedió realmente a Andrew, pero ninguno (ni siquiera Philip) decía una sola palabra al respecto.

—No creo que estés bien —dijo Céline. Sonaba preocupada—. Sé que estás pensando en él.

—¿Él?

—Andrew.

Era verdad. Mary no se atrevería a negarlo, aunque pesara sobre ella una amenaza.

Su temor por lo que fueran a hacer a continuación Darkling o Mahlon West solo era superado por su inquietud sobre lo que pudo haberle pasado a Andrew durante su cautiverio en las ruinas de la fábrica Cartwright.

La culpa la minaba inevitablemente. «Pero esto no se trata de mí—se dijo—.

Sino de Andrew». Alguien debía salvarlo.

—¿Qué sabes de él? —preguntó a Céline.

Su prima arrugó el ceño.

—¿Qué podría saber yo, Mary?

—Olee visita con regularidad la cabaña de los Treddaway. Tú padre es miembro del Gremio, que sabe lo que sucedió con Andrew. Tu padre pudo habértelo contado como te contó en su momento quién era mi verdadero padre.

Céline, por un breve instante, dio la impresión de haber recibido una bofetada; suspiró hondo y se pasó una mano por el cabello, la parte liza del frente, pues atrás lo tenía recogido en un prieto moño que estilizaba sus afinadas facciones y su nariz respingona; de pronto, advirtió Mary, tenía el semblante brillante.

—Te equivocas, Mary —aseguró Céline—. No sé más de lo que tú y el resto saben.

Olee entrega sábanas y ropa limpia a los Treddaway en su cabaña; nada más; desde que comenzó a visitarlos tras su regreso, no ha visto rastro de Andrew; Olee solo me contó que permanece en su habitación, al menos cuando ella va, y una que otra vez lo oye llamar a Abigail. Esto ya te lo he dicho.

Parecía sincera, pensó Mary, aunque con su prima nunca se sabía.

Céline sentía particular desprecio hacia los Treddaway; los observaba como un par de garrapatas invasoras cada vez que se los encontraba (si bien puede que en el fondo no fuera para tanto).

En especial, su desprecio caía sobre Abby, que últimamente daba la impresión de sobrellevarla mejor.

—¿Y qué hay de tu padre? —soltó Mary. No tuvo tiempo de pensar en sus palabras, bien sabía que Richard Katterblack pasaba la mayor parte del día en su habitación o en su estudio, y procuraba que nadie lo viera en los pasillos o cualquiera de las otras estancias de la mansión.

Céline no hablaba sobre el proceder de su padre. Como si hacerlo supusiera un acto de traición inconcebible.

—Tengo buenas noticias —comunicó Céline. De nuevo ampliaba la sonrisa. Sus ojos, una extraña mezcolanza entre castaño y azul, parecían absorber toda la luz de la estancia—. Mi madre regresará en tres días, y Leonard vendrá con ella.

Mary no había visto a la tía Alice desde hacía una semana, y, a decir verdad, había esperado no volver a verla por un tiempo más largo dado el motivo de su partida, y lo precipitada que había sido. Mary había querido que la llevara con ella en su momento.

—Vaya que sí son buenas noticias —repuso Mary—. Sam se pondrá feliz. Por fin podrá conocerla.

—Eso mismo he pensado. —Céline asintió—. Madre estará igual. De hecho, creo que solo ha decidido venir tras enterarse que el pequeño Sam está ahora con nosotros. —Luego frunció el ceño y preguntó—: Por cierto, ¿dónde está Sam en este momento?

—Mmm...

Y de pronto, como una estela mágica e invisible, una música de piano entró aleteando a la biblioteca.

Eran Elise y Philip, reanudando sus lecciones.

Céline abrió mucho los ojos. Mary se preguntó qué estaría pasando por la cabeza de su prima en ese momento.

Esperaba que no fuera importunar otra vez a su hermana.

—Pues bien —anunció Céline—. Me retiro. Si quieres tomar alguno de los volúmenes, siéntete libre. —E hizo un ademán para señalar la vasta colección con un gesto con la mano—. Podrías leerlos en tu habitación, o en aquellos muebles de allá.

Como si hubiesen aparecido por arte de magia, Mary se fijó en el conjunto de muebles de estilo inglés que había a un lado de la imponente ventana.

—Allí la luz favorece —abundó Céline—. Al menos durante el día.

—¿Todos tratan sobre la magia? Los libros, quiero decir —preguntó Mary, distraída.

Mary oyó una risa. Volvió la mirada a su prima.

—¿Qué sucede? —preguntó, frunciendo el entrecejo.

—Es que ya me hiciste esa pregunta.

—Ah, ¿sí? —Volcó de nuevo su atención al estante más cercano a ella; allí, se fijó Mary, había volúmenes tan gruesos que parecían reunir siete biblias en su interior. Contuvo un suspiro.