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MIENTRAS TANTO: EN EL ÁTICO
Horace, de pie frente al espejo, sintió cómo el frío abandonaba el ático de la casa Holbrooke tras un breve destello blanquecino. Despacio, reculó un paso después de haber rozado con sus dedos la superficie diáfana que le devolvía su reflejo.
—Has tardado —dijo el muchacho en el espejo.
Tenía el cabello azul bien cortado y una piel tan blanca como la leche.
Aparentaba unos dieciséis años, pero nada más lejos de la realidad.
El oráculo del pasado era el secreto mejor guardado de River Town—.
Por un instante pensé que habías... —No acabó la frase.
Horace interrumpió.
—No te librarás de mí tan fácil, Tarrik —dijo. Sonrió—. Han sido solo días difíciles. Pero eso ya lo sabes, ¿no? Es parte del pasado ahora.
—Te equivocas. — Tarrik asintió impasible y sosegado—. Días más difíciles están por venir. No hace falta que dé una ojeada al futuro para saberlo.
Horace arrugó el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Tarrik suspiró. Era una de esas pocas veces en las que Horace lo veía hacerlo. Casi parecía humano.
—Philip —dijo por fin el oráculo—. Lo sabe. Y, tarde o temprano, deberás hacerle frente con la verdad.
Horace quiso preguntarle a cuál de todas las verdades se refería. Pero se abstuvo. En el fondo ya sabía la respuesta.