7 #3
Mary no recordaba cuándo fue la última vez que comió.
Puede que no hubiera probado bocado desde antes de haber encontrado la carta de Darkling.
Así pues, se sentó en uno de los sofás y cogió una galleta; luego otra, y otra.
.. Y, cuando reparó que era la única que las disfrutaba, se contuvo de tomar la siguiente a regañadientes.
Al final, de igual forma, la tomó.
—Hallamos esto en la cabaña de los Treddaway —dijo Céline, y le tendió la carta de Darkling.
Mary, absorta, bajó la galleta. Sabía qué era con apenas mirarla. De pronto el estómago se le contrajo. «Entrégate, Mary —decía la voz de Darkling en su cabeza—, y sé su salvación y la mía». Contuvo el aliento un instante. Lo soltó. Céline aún le tendía la carta de Darkling.
Mary la tomó.
—¿Qué crees que quiera de ti? —le preguntó Céline.
—No... lo sé —vaciló Mary. La carta oscilaba como una hoja de otoño que se negaba a caer.
—¿Dónde están Abigail y Andrew? —quiso saber Elise.
Mary dejó la carta en su regazo y levantó la vista. Philip tenía el ceño levemente fruncido; sus ojos, de un marrón profundo, no se apartaron de la carta ni un segundo. Céline y Elisa, asimismo, la miraban con evidente expectación.
—Están bien, los dos —dijo Mary. Les contó con lujo de detalles (al menos los que ella sabía) los sucesos de ese día en la taberna donde repentinamente encontraron a su hermano y, luego, sobre el rescate en las ruinas de la fábrica Cartwright, el recobro de Andrew y el señor Blackfell, que había muerto—.
Apenas conseguimos escapar. Ellos, los subordinados, eran casi un centenar.
Y venían tras nosotros... —Tenía la misma impresión que después de sufrir una pesadilla.
Parecía irreal. Un sueño sombrío y lejano.
Cuando acabó, no sabría decir cuál de las hermanas Katterblack parecía más absorta u horrorizada por la historia.
Por otro lado, Philip, que mantenía un semblante impasible, apenas se había movido del asiento.
Había muchas cosas que quería contarle a parte, pensó Mary, cosas que descubrió poco antes de los sucesos de ese día; sobre su tío Horace y lo que éste estaba haciendo en el ático de la casa Holbrooke. Se preguntó si él ya lo sabría.
—Debemos entregar la carta al Gremio —apuntó Céline; miraba recelosa la epístola en cuestión en el regazo de Mary.
—¿Qué piensa tu padre? —preguntó Phil.
—Mi padre no lo sabe. —Céline viró sus ojos.
De pronto, pareció nerviosa. Mary podría jurar que todos se dieron cuenta de ello—.
Como ya sabes, Phil, mi padre no ha salido de su alcoba.
Apenas asistió a la declaración de Kenneth el día anterior y estuvo aquí, más temprano, para recibir al sheriff Sawyer.
Céline y Philip cruzaron una mirada fugaz, extraña, que, con seguridad, solo Mary alcanzó a percibir.
¿Qué pasaba por las cabezas de aquellos dos?
Mary jamás se habría imaginado una complicidad entre ellos.
Sin embargo, ahora que mencionaban a Richard Katterblack, recordó la profunda ojeriza que sentía hacia él de un tiempo para acá.
—Yo puedo entregar la carta al Gremio —se ofreció Phil. Y tendió su mano hacia Mary—. Estoy seguro de que ayudará a esclarecer la muerte de Kenneth y Caroline y, tal vez, nos dé una pista sobre el paradero de Darkling.
—¿Murieron juntos? —preguntó Mary. Se refería a Kenneth y Caroline. Por supuesto, el señor Startclyde no había dado más detalles cuando mencionó que había hallados sus cuerpos.
Phil bajó la mano, sin la carta.
—Sí —suspiró—. Al parecer tenían un amorío. El señor Reedstter, desde luego, se empeña en negarlo.
—Y con justa razón —dijo Céline. Sonaba indignada—.
Conocí a Caroline. Ella nunca se enredaría con alguien como Kenneth.
Nunca. —Hizo una pausa. Como dudando. Suspiró—.
Pobre Ian; era muy cercano a su hermana.
Debe estar destrozado por su muerte. Lo mismo que Stephen y Barbara, sus padres.
Oh, y el pequeño Nathaniel. Son una familia muy unida.
Mary, por alguna razón —había conocido bastante poco a los Reedstter—, no tenía duda de ello.
—En efecto —corroboró Philip. Echó una breve mirada a Elise y añadió—: Stephen lucía bastante desolado en el cenáculo de hoy; no paraba de acusar a Wallace de la muerte de su hija ni de discutir con cualquiera de los miembros del Gremio que osara aludir una posible relación entre su hija y Kenneth.
—¿Wallace? —dijeron las hermanas Katterblack al unísono; luego se miraron entre ellas.
—¿Quién es Wallace? —preguntó Mary.
—El sepulturero —dijo Elise—. Wallace Flint se encarga de cuidar el cementerio de River Town. —Se volvió hacia Philip—. ¿Qué tiene que ver en todo esto?
Phil pareció encogerse con la pregunta. Así y todo, contestó sucintamente.
También mencionó lo de la historia detrás de la maldición de Hornwood y lo que planeaba hacer a continuación Darkling.
Mientras oía esto, Mary cayó en la cuenta de que había perdido a un medio hermano antes siquiera de haberlo conocido.
Pero, hasta donde sabía, aún tenía otros dos que a mansalva debían ignorar su existencia.
¿Acaso, el propio señor Hornwood estuvo al tanto todo este tiempo de que era su padre?
, preguntó para sus adentros. Le dolía pensar en posibles respuestas.
Además, el nombre de Henry Hornwood era ajeno a sus sentimientos.
—Ya debo irme —anunció Philip—. Mis hermanos... no debería dejarlos solos mucho tiempo. No si Darkling está libre. —Sonrió con nerviosismo.
Hubo otra mirada extraña con Céline.
—No te olvides de esto —dijo Mary. Y le tendió la carta, que hasta entonces había olvidado que tenía en el regazo.
Cuando se libró de ella fue como si el alma le volviera al cuerpo: había sentido también que una sombra caía sobre ella todo el tiempo que la sostuvo. Darkling seguía vivo—. Adiós, Philip.
—Adiós —se despidió él.
Elise acompañó a Philip la puerta. Mary se disponía a buscar a su hermano.
Este y Tara retornaron de la cocina justo a tiempo.
Sam lucía más rozagante que antes y, al mismo tiempo, también más cansado.
Para dar prueba de ello, bostezó abiertamente.
Céline se mostró más jovial que escandalizada ante aquella falta de cortesía.
Sam se dio cuenta de ello; enrojeció y ofreció disculpas a sus primas.
Las hermanas Katterblack se desternillaron.
A Mary le hubiese gustado que estuviese allí la tía Alice, tal vez ella encontraría en Sam un poco del reflejo de su hermano fallecido más del que pudo en Mary, quien, sabían ahora, no era sangre de su sangre.
Tara se adelantó hacia Mary, solemne como una mariposa en una tormenta.
—¿Segura de que no quiere comer, señorita? —le preguntó con timidez.
—No. —Mary sentía muchas cosas, pero hambre no era una de ellas—. Me gustaría tomar un baño y dormir, por favor —dijo—. Es todo lo que quiero.