7 #2
—Y no es lo peor —añadió Grace—. Darkling está vivo.
Si aquella revelación sorprendió al señor Startclyde, este no dio muestra de ello.
—Ya lo sé —afirmó—. El Gremio lo sabe. Ustedes también lo sabrían si no hubiesen estado todo el día en quién sabe dónde.
Sabrían sobre las muertes. —Ojeó subrepticiamente el recinto de espera y, una vez se aseguró de que nadie estuviera mirando o escuchado, continuó en voz baja—.
Esta mañana hallaron los cuerpos de Kenneth Hornwood y Caroline Reedstter.
Hasta entonces no teníamos la certeza de que se trataba de Darkling.
.. —Guardó silencio. Arqueó una ceja—. ¿Cómo están tan seguros de que se trata de Darkling?
Los cinco jóvenes cruzaron una mirada.
—Una carta, señor —apuntó Abigail—. Del propio Darkling. Pero me temo que no la traemos con nosotros.
Oyeron unas puertas. Unos segundos después, Hiralm estaba con ellos.
—Tú hermano ha despertado —anunció con una sonrisa—. No quiere que le reconozca. Salvo que tú estés presente, Abigail. —Miró a Mary—. Y... Supongo que tú eres Mary, ¿verdad?
—Sí —fluctuó ella—. ¿Quiere que yo...? —«¿... también esté presente?», estaba a punto de decir.
—Oh, no —la interrumpió el sonriente médico—. Andrew ha sido bastante insistente con que no te deje acerca a él bajo ningún motivo. Dado su estado, me temo que tu presencia podría alterarlo. Creo que lo mejor es que se mantenga alejada, señorita. Lo siento.
Dicho esto, Hiralm, sonriente, giró sobre sus talones y se alejó, no sin antes hacerle un gesto a Abigail para que lo siguiera.
La joven tenía una expresión absorta, y murmuró un «Lo siento, Mary» antes de alejarse en pos del médico hadúno.
Y hasta que no se perdieron de vista, al doblar otro corredor, Mary no cayó en la cuenta de lo terrible que había sido para ella escuchar aquellas palabras.
«No quiere verme. ¿Por qué?» Se llevó una mano al pecho y bajó la mirada. Sentía como si la hubiesen abofeteado... Así había sido, de cierta forma.
—Mary... —oyó decir a Grace.
Pero Mary ya estaba enfilando la salida.
A toda prisa. Cuanto más pronto estuviese fuera, mejor.
Sentía que le faltaba el aire. Al cruzar la puerta tragó una profunda bocanada.
Apenas sintió alivio. Fuera estaban Lloyd Blackfell y Ulises Witheford, que había emergido del hospital tras dejar a Andrew a buen recaudo para dar agua a las monturas.
En una de las carretas, estaba Sam, que había permanecido fuera todo ese tiempo, y por propia voluntad, quizá para contemplar su nuevo hogar (que nada tenía que ver con Collin’s Meadow).
Mary, antes de encaminarse hacia ellos, volvió a respirar profundo, se alisó la falda con las manos y esbozó su mejor sonrisa. O lo intentó.
La brisa sopló, brisa nocturna. Y olía a llovía.
—¿Cómo está Andrew? —preguntó Ulises; sus palabras salieron acompañadas por un vaho blanco.
—Está bien. —Mary fluctuó; el frío tenía una mano gélida que le apretaba la garganta.
Frotó sus manos y se las llevó a la boca como le enseñó su padre.
O, más bien, el hombre que creía era su padre—.
A decir verdad, no sé cuál es realmente su estado.
No he podido verle. Abby está con él en este momento. Tal vez ella pueda decirles.
—Así que, ya despertó —dijo Lloyd. Sonrió—. ¿Ha roto algunas narices allá dentro?
La nariz de Hiralm, al menos, estaba intacta cuando Mary lo vio por última vez hace un instante.
—No. —Echó un vistazo a la carreta donde estaba Sam.
Ahora dormitaba como un bendito, con la espalda erguida y apoyado a uno de los costados del coche, envuelto por una de las mantas que tomaron prestadas de La Última Morada—.
Es cuestión de tiempo. No ha dejado que el médico se le acerque a menos que Abby esté presente. No quiere a nadie más cerca...
Se interrumpió de golpe.
—¿Qué sucede, Mary? —preguntó Lloyd, con el ceño fruncido.
—Nada —mintió ella. «No quiere verme», pensó—. Es hora de ir a casa.
Media hora después de hacerle llegar el mensaje mágico, Philip se presentó en la mansión Katterblack.
Parecía intranquilo aun cuando en el mensaje no se había descrito la naturaleza de la «urgencia» que exponía.
Quizá, pensó Céline, le preocupaba que Darkling hubiera intentado hacerse de nuevo con Mary.
A pie enjuto estaba al tanto de los últimos acontecimientos en el pueblo.
Por otro lado, estaba Elise...
—Philip —decía—, lamentamos hacerte venir aquí con tanto apuro. Pero han ocurrido un par de hechos inquietantes, y creemos que eres el único que puede ayudarnos a saber la verdad.
—¿Cómo podría? —peguntó Philip; miró alternadamente a las hermanas con ojos medrosos, como si temiera lo que ellas pudieran decir a continuación.
Céline nunca había visto tan intranquilo al joven instructor de piano.
Ni siquiera durante los hechos en el baile del solsticio o el ataque de los oscuros la otra noche.
Algo terrible debía estar pasando por su cabeza.
A Céline le hubiera gustado saber qué. O tal vez no—. ¿Dónde está Mary?
—Ese es uno de los hechos inquietantes —apuntó Céline—. Ha desaparecido.
Philip arrugó el entrecejo.
—¿Desapareció?
—Sí. —Céline se apartó un mechón de cabello de la cara—. También los Treddaway. Verás...
Le contaron sobre la visita a la cabaña de los Treddaway; el motivo por el que fueron a ese lugar y lo que encontraron allí.
Al finalizar, Céline entregó a Philip la carta de Darkling.
Cuando la dejó en sus manos no reveló de quién era la misiva.
Una vez este lo descubrió, levantó la vista con una expresión de profundo espanto en la cara.
La misma que Céline y Elise en su momento.
—Aún no sabemos lo que sucedió ayer en la reunión del Gremio —siguió Céline—.
A primera hora recibimos al sheriff Sawyer, que nos comunicó de la muerte de Ken y Caroline, pero debe haber un error.
Sawyer no quiso darnos muchos detalles. ¿Cómo es posible que Darkling siga vivo si Kenneth está muerto?
—Es posible —asintió Phil, serio.
—¿Cómo, Philip? —preguntó Elise con voz aguda y temblorosa. El temor era tan visible en su rostro como en el de Céline.
Hubo una pausa. Philip suspiró hondo y empezó:
—En efecto, Kenneth es Darkling... Lo era al menos la noche que irrumpió aquí.
—Refirió a grandes rasgos la declaración de Ken en la reunión con el Gremio, el día anterior: sobre la maldición, la transferencia de esta y el origen del mal—.
El Gremio cree que la maldición que trae a Darkling a la vida ya no forma parte del linaje de Hornwood.
—¿Qué...? —empezó Elise, como una niña asustadiza, sin acabar la frase.
—Sí. —Philip miraba fijamente a las hermanas—. Darkling cambió de cuerpo, la maldición fue transferida aquella noche. —Con un vistazo, barrió el gran espacio que abarcaba la sala común de la mansión Katterblack—. Por cierto, ¿dónde está el señor Katterblack?
—En su habitación —indicó Elise—. No se ha sentido muy bien en los últimos días. Estuvo aquí cuando vino Sawyer, luego volvió a su alcoba y desde entonces no ha salido. Padre ha estado bastante afligido tras la partida de nuestra madre, ¿verdad, Céline?
«Cambió de cuerpo». Céline aún estaba absorta por la revelación de Philip.
Reaccionó tardía. Advirtió que Phil la miraba con una extraña e intensa fijeza.
Como si intentara adivinar lo que estaba pensando.
Ella misma quería rehuir de esos oscuros pensamientos, de modo que esperaba que el joven maestro de piano no hubiera tenido éxito.
«Mi padre —pensó con horror—. Quiere decir que Darkling está en mi padre».
Y quizá tuviera razón; después de todo ella había estado semiinconsciente cuando su padre le clavó la Rhiptus a Darkling; había oído aquella risa impregnando la estancia cuando una misteriosa nube blanquecina lo anegó todo.
Céline pestañó.
—Debemos hacer algo —dijo con celeridad—. Me refiero a la desaparición de Mary y los Treddaway.
—Ahora que lo pienso, Lloyd no estuvo presente este día en la reunión del Gremio. —A ojos vista se contuvo de añadir: «Tu padre tampoco»—. El señor Witheford comentó, como de pasada al finalizar el cenáculo, que no había visto a su hijo Ulises desde el día anterior. Quizá...
Hubo una pausa.
—Es lo mismo que pienso yo —dijo Céline. Saltaba a la vista que Phil había llegado a la misma conclusión—. Han ido a por Andrew y Sam.
—¿Qué? —chilló Elise.
Se oyeron pasos acercándose en tropel. Los tres se volvieron la mirada.
Se trataba de Tara y Olee, que entraron al salón entre apresuradas y sonrientes como si las persiguiera el espíritu de la bienandanza.
Parecían tanto exhaustas como radiantes cuando se detuvieron frente a ellos mientras se cogían de las manos con evidente emoción.
—Es la señorita Mary —anunció Olee, rubicunda—. Está afuera. Y no viene sola.
La calurosa bienvenida estuvo llena de abrazos y regañinas a partes iguales.
Elise y Céline descubrieron hace unas horas que Mary y los Treddaway habían estado desaparecidos por más de un día (uno de ellos casi una semana), por lo que habían hecho acudir a Philip a la mansión Katterblack para que las ayudase en lo posible a encontrarlos.
Y a eso se disponían cuando ocurrió el inesperado arribo.
O al menos eso fue lo que le contaron a Mary cuando la llevaron a parte.
Mientras Olee preparaba una de las alcobas para Sam, Tara llevó al chico a la cocina para que comiera algún canapé porque parecía bastante hambriento.
Sam pareció a ojos vistas entusiasmado de por fin llenar la tripa tras un día entero de huidas y viajes (además de por explorar un poco la mansión).
El ambiente en la sala común, advirtió Mary, estaba cargado de un aura fría y tensa.
Sutr entró y dejó sobre la mesa de centro té, galletas de mantequilla y frutos secos.