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UN AUGURIO INTERMINABLE
Atardecía. El cielo había empezado a cobrar un tono entre naranja, rojo y gris opaco a medida que la pequeña comitiva avanzaba por el camino del bosque, justo a tiempo para ver cómo los postes de luz a gas comenzaban a encenderse mágicamente, uno a uno, a los costados de la senda.
Sam rio mientras sucedía. También Mary. Pero solo un instante antes de echar un vistazo hacia atrás por encima del hombro una vez más.
—Descuida —dijo Lloyd, en voz baja—. Ya estamos a salvo.
Ella lo miró sin entender; quiso peguntarle cómo estaba tan seguro, pero se limitó a asentir.
El recorrido de vuelta a River Town no resultó ni mucho menos más breve que el de partida.
De hecho, todo lo contrario. O al menos eso pensaba Mary.
Durante ese tiempo no dejó de mirar por encima del hombro temiendo que el nigromante apareciera de imprevisto, pisándole los talones, seguido por una hueste de subordinados a caballo.
Su temor aumentó cuando Abby consideró propicio seguir por el camino conocido una vez el grupo entró en los predios de los Hijos del Bosque, pero ni siquiera por eso bajó la guardia, o su corazón redujo sus latidos.
Y ahora, por fin, estaban de vuelta en casa.
«Sí, casa», pensó Mary. Volvió a sonreír.
En solo unas semanas River Town, el pueblo del que años atrás huyeron sus padres, se había convertido en eso para ella.
Esperaba que su hermano, con el tiempo, lo viera del mismo modo.
Pero ¡a quién engañaba!, estaba bastante segura de que Sam se adaptaría en un visto y no visto a esa nueva realidad.
Ya lo había demostrado. Lo confirmó al ver un resplandor especial en sus enormes ojos jades mientras atravesaban las calles de River Town.
En una ocasión, la señorita Atwood le dijo que el pueblo poseía una misteriosa fuerza que atraía a seres mágicos. Una especie de aura, tal vez. Tampoco Mary sabría decir a ciencia cierta lo que era, pero, fuera lo que fuese, era capaz de sentirlo.
Las calles del pueblo estaban poco concurridas.
Quizá la serie de brutales asesinatos de los últimos días —semanas, meses— tuviera que ver.
Y con razón. Primero, la muerte de Henry Hornwood.
Después, los hechos en el baile del solsticio.
Luego, la decapitación de Joseph Westwick en el mercado del pueblo.
Sobraban las razones para temer pese a que el presunto culpable de estos crímenes parecía haber sido detenido durante los acontecimientos en la mansión Katterblack.
Había una conocida frase entre los seguidores de la luz que se repetía con frecuencia en los pasajes de la enciclopedia, y que Mary encontraba particularmente adecuada para aquellas circunstancias.
«Tiempos oscuros están por venir», decía.
Y aun cuando incontables atrocidades habían ocurrido a la sazón, esta frase seguía repitiéndose.
Era un augurio interminable.
Eso sí, el viaje de regreso a River Town no fue tan escabroso como habían previsto, en parte, sobre todo, porque había transcurrido sin que Mahlon West les diera persecución o uno de los miembros de la comitiva de rescate hubiera acabado muerto.
Mary no podía creer aún que hubiese logrado su cometido, si bien no con el éxito que esperaban; la muerte del señor Blackfell y el estado contundido de Andrew empañaban cualquier dicha que pudiera embargarlos en ese momento.
Lloyd, con quien compartió la montura durante el trayecto de ida y vuelta, le narró los detalles de lo que sucedió en las ruinas de la fábrica Cartwright.
Sobre el enfrentamiento que tuvieron con los subordinados de Mahlon West, que los superaban en número.
Y cómo utilizó su donum lucis (que consistía en cegar los sentidos, explicó Lloyd, además de causar parálisis en los músculos) para inmovilizar a parte de estos del mismo modo que lo había hecho con los hijos de Claudine en la taberna.
Lloyd dijo:
—Al menos el nigromante estuvo como el sol este lóbrego día: sin aparecer.
Lo expuso sin alarde, sin alegrarse por ello o mostrar un ápice de orgullo. Por obvias razones.
—Como fuera —continuó diciendo—. No hubiéramos conseguido escapar sin Andrew.
«¿Andrew?», pensó Mary. Pero antes de que pudiera preguntar al respecto, Lloyd empezó a contarle cómo Andrew se había unido al combate blandiendo una de las dagas de su hermana, y cómo los había guiado con premura hacia la salida.
—Y luego, ¿qué ocurrió? —preguntó Mary, absorta. A duras penas pudo contenerse de echar un vistazo a Andrew.
—Salimos por la parte posterior —repuso Lloyd—. Pero cuando mi campo visual de los subordinados se interrumpió, también lo hizo mi donum lucis . Entonces empezaron a ir tras nosotros sin impedimentos. Corrimos lo mejor que pudimos y llegamos de perillas a las monturas. Lo demás, ya lo sabes.
Y más. Mary alanzó a oír cuando su hermano ordenó a Num , su argón, que atacase a los subordinados y, de esa forma, crear una distracción que les diera tiempo suficiente a la comitiva para reunirse y escapar, todos juntos, con una efímera ventaja contra sus perseguidores.
Mary, a la sazón, no pudo evitar fijarse en la preocupación que cubrió como una sombra la cara de su hermano una vez dejaron atrás Collin’s Meadow, las ruinas de la fábrica Cartwright, y a su único verdadero amigo temiendo que muriese mientras se enfrentaba a los oscuros.
«¿Quién lo habría pensado? —se dijo Mary—.
Un niño y un argón». ¿Acaso, su hermano sabría la historia sobre la conquista de Uron y sus argones del Imperio Umbrío? ¿Se la habría contado Claudine?
Pararon frente al hospital. Frederick Startclyde, quien presidía el recinto, no estaba en ese momento (menos mal).
En cambio, acudió otro de los médicos —Hiralm, se llamaba— cuya naturaleza hadúna Mary precisó casi enseguida.
Ojos color jade enormes y una sonrisa permanente que parecía esculpida.
Era apuesto, desde luego. Y, sobre todo, amable, nada que ver con la cualidad austera que caracterizaba al padre de Grace.
—Siento pesar por Hiralm —dijo Abby. Suspiró, cabizbaja—.
Cuando Andrew despierte... Odia este lugar.
Pero si lo hubieran sentido, estremeciéndose contra mí como un pequeño animalito con frío, habrían sabido que no hay mejor lugar donde pudiera estar que este.
—La voz se le quebró—. Apenas me reconoció cuando lo encontramos. .. y...
Al final, calló. Grace se acercó a ella, y permitió que la chica sollozara en su hombro mientras la rodeaba con sus brazos y le susurraba al oído palabras de consuelo como «Estará bien» y cosas parecidas.
Aquella muestra de cariño recibió algunas miradas de hastío de varias de las personas que colmaban el recinto de espera.
Minutos atrás, Ulises y Lloyd, conducidos por Hiralm, llevaron a Andrew, apenas consciente, a una de las habitaciones.
Mary escasamente pudo reparar en el aspecto demacrado del muchacho.
No había parado de pensar en eso. Tampoco en el hecho de que había evitado cruzar su mirada con ella como si temiera lastimarse o lastimarla.
Sentía un nudo en el pecho al imaginarse qué cosas terribles pudo haber vivido durante su cautiverio.
¿Qué le había hecho Mahlon West? A simple vista parecía no haber padecido torturas ni mutilación.
Tampoco estaba falto de fuerzas, según la historia de Lloyd de cómo Andrew había sido parte esencial durante su propio rescate al ayudarlos a salir de la guarida del nigromante.
Además, Andrew había llegado al bosque donde el resto esperaba por sus propios medios, y llevando en el hombro el cadáver del señor Blackfell (tal vez estaba sobremanera extenuado en ese momento).
El aspecto demacrado tan solo se reflejaba en su mirada. Algo oscuro había corrompido su alma.
«Y lo haría de nuevo. Mil veces más». Mary se estremeció. De pronto se fijó en que Grace la estaba mirando como si supiera exactamente lo que estaba pensando. No hacía falta ser adivino o tener el donum lucis de los Treddaway para saberlo, supuso ella; bastaría solo con ver su cara.
—¡GRACE!
La potente voz vino del otro lado de la sala. Todos los ojos se volvieron. El señor Startclyde, vistiendo una impecable bata blanca sobre un traje oscuro, caminaba hacia el grupo donde estaba su hija con una expresión entre absorto y enojado.
—Padre —dijo Grace. Ya entonces se había apartado de Abby, pero seguía manteniendo un brazo sobre sus hombros.
Y allí permaneció incluso cuando su padre se detuvo a escasa distancia de ella.
Pareció contenerse de abrazarla. Padre e hija cruzaron una tensa mirada.
Al cabo, Abby se apartó del lado de Grace—. ¿Qué ocurre, padre?
Startclyde arrogó más el entrecejo.
—¿Dónde has estado? —preguntó. Se percibía un tono entre preocupación, enfado, alivio en la voz.
Tomó a Grace con suavidad por los hombros antes de que esta tuviera oportunidad de responder, luego la estrechó contra sí con una ferocidad paternal que conmovió a Mary.
Al apartarse, repitió de nuevo con más calma—: ¿Dónde estabas?
Has desaparecida todo el día. Y Eloise dijo que no has vuelto a casa la noche anterior. .. Estaba preocupado... yo creí que...
Calló. ¿Acaso, iba a llorar?
—Padre —expresó Grace—. Estoy bien. Todos estamos bien. ¿Qué sucede?
Por primera vez el señor Startclyde fijó su atención en el grupo de los jóvenes que acompañaba a su hija.
—¿Todos? —repitió, sin entender. Frunció el ceño—. ¿Dónde han estado? —preguntó, en tono severo, mientras veía sus rostros uno por uno—. ¿Y por qué están aquí?
—Larga historia —dijo Grace—. Ya habrá tiempo de contártela. Estamos aquí por Andrew.
—¿Andrew? —preguntó Startclyde y puso sus duros ojos en Abby—. ¿Qué le ha sucedió a tu hermano?
—Mahlon West —contestó la joven; la furia que traslucían sus ojos era desbordante; apretaba los puños—. Eso fue lo que sucedió.