Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 6 #3
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—Kenneth era Darkling —comenzó Céline en voz baja—.

Y Kenneth estaba encerrado en una celda mágica en el ayuntamiento del pueblo.

¿Cómo podría estar vivo y libre al mismo tiempo?

Aún no sabemos qué ocurrió ayer en la reunión del Gremio.

No del todo. —«¿Y cómo lo sabríamos? Padre sigue sin salir de su habitación.

Sigue comportándose extraño desde aquella noche»—.

Quizá todo sea una pantomima de Mahlon West para hacernos caer en una trampa.

La carta dice que tiene a Andrew, y que Andrew halló a nuestro primo.

—Su voz sonaba más aguda de lo habitual—.

¿No lo ves? Está intentando que Mary vaya hacia él, provocándola, y por su repentina desaparición, lo más probable es que lo haya logrado.

Quizá... quizá... —Pensó, dándole la espalda a Elise.

Cuando tuvo una idea, se volvió en redondo—.

Quizá Philip pueda decirnos qué ocurrió ayer.

—¿Philip? —barbotó Elise.

Por lo visto aquel nombre tenía el don de devolverle la voz a su hermana.

—Sí —explicó Céline—. Philip ahora es miembro del Gremio de River Town. Él nos podría decir qué ocurrió la noche anterior.

—Aún temo que algo le haya sucedido a Mary. Y a Andrew.

—Yo también —dijo Céline. Lo decía en serio—. Pero debemos esperar un poco más.

—¿Cuánto? —insistió Elise.

Céline, por primera vez en muchísimo tiempo, no supo qué responder.

Mary se bajó la capucha y echó un vistazo al cielo. Una bandada de pájaros negros sobrevolaba formando una punta de flecha que apuntaba en la misma en la que el grupo a caballo se dirigía. Lloyd, con quien Mary compartía de nuevo la montura, también miró arriba.

—Vienen del norte —dijo.

—¿Eso qué significa?

—Probablemente nada. —Observó a Mary por encima del hombro. Pareció que se contenía de decir: «O puede que vengan tras nosotros». En cambio, dijo—: Por la línea de vuelo irregular, dan la impresión de que fueron espantados, ¿no te parece?

Mary se encogió de hombros. No era una experta en el vuelo de las aves.

—¿Quién pudo haberlas espantado? —A decir verdad, no quería saber eso.

Lo que quería saber era si el enemigo que habían dejado atrás estaba pisándole los talones en ese momento.

No puedo evitar volver la mirada. No había dejado de hacerlo sin darse cuenta desde que partieron de Collin’s Meadow.

Preguntó—: ¿Mahlon West? ¿Crees que venga tras nosotros?

Lloyd encogió los hombros.

—Es posible —dijo—. Tenemos que estar preparados.

No estaremos a salvo hasta que hayamos llegado a River Town.

—«E incluso allí nunca lo estaremos mientras el nigromante y Darkling intenten llevar a cabo sus oscuros planes, cualquiera que estos sean», pensó Mary—.

Como sea, llevamos cierta ventaja. A este punto, West y sus subordinados no podrán alcanzarnos sin que los avistemos.

Quizá se conforme con montar en cólera y aguantar la regañina de Darkling cuando este descubra que le hemos quitado de las manos a Andrew, a tu hermano y a. ..

No terminó la frase. «Mi padre», calló el muchacho.

Mary no necesitaba el don de la luz de los Treddaway para saber que eso era lo que había estado a punto de decir.

En una ocasión, la señorita Green le dijo que la primera fase tras la pérdida de un ser amado era la negación u omisión de esta pérdida.

En efecto, durante los meses que siguieron a la muerte de sus padres, Mary había omitido todo pensamiento sobre su pérdida con la esperanza de que el dolor redujera con el tiempo.

Pero el tiempo, descubrió, no hacía ese tipo de trabajo. Tan solo lo volvía más llevadero.

Tal vez Lloyd estaba experimentando esa primera fase: la negación.

Por eso exhibía un ánimo apacible pese a la funesta carga que los acompañaba a casa.

El cadáver del señor Blackfell, envuelto en una mortaja, iba a cuestas sobre el lomo de uno de los alazanes que tomaron del establo de La Última Morada.

«Al parecer, River Town no es solo un lugar sin secretos —dijo Mary para sus adentros—, también se ha convertido en un lugar para huérfanos».

Lo pensaba por ella y por Sam, por Philip y sus hermanos, Abby y Andrew, los hijos del señor Westwick y los del señor Hornwood, que también era sus hermanos. Todos huérfanos.

Lloyd, de pronto, la miró por encima del hombro brevemente antes de volver la vista al frente. Como si percibiera lo que ella estaba pensando.

Mary parpadeó y le devolvió la sonrisa. Después, echó un vistazo a Sam.

Su hermano iba en la carreta tirada por la montura de Lloyd, arrebujado hasta la cabeza con una gruesa manta de lana tejida que él mismo sacó de la taberna.

Ella no lograba ver desde ese ángulo si estaba dormido o solo contemplaba el camino que dejaban atrás, temiendo que el nigromante apareciera en el horizonte para llevarlo de nuevo consigo.

Apostaba por lo segundo. Y en efecto, así era, comprobó Mary, al ver que su hermano movía la cabeza, alerta, y la manta que la cubría se rodaba hacia atrás revelando a la lóbrega luz diurna su mata de cabello castaño oscuro.

Ella, sin darse cuenta, sonrió. No podía creer que por fin había vuelto a su lado.

Temía que en cualquier momento todo acabara como en un sueño.

«Ahora sé muchas cosas. Como tú».

¿Qué tanto le habría contado Claudine? ¿Y a qué se había referido esta con «hijo de uno de nosotros»? Desde luego estaba relacionado con su madre. Pero ¿acaso Sam tenía idea de lo que escondía detrás la afirmación de la mujer hadúna?

Con el tiempo lo descubriría. Eso esperaba.

Por ahora solo podía pensar en la felicidad que sentía por el regreso de su hermano, en lo mucho que ansiaba contarle sobre el mundo mágico, las partes reales de las historias de su madre, y las cartas de su padre.

«Sí, ¡las cartas!». La señorita Atwood tal vez le dé lecciones mágicas como a ella.

Mary esperaba que este nuevo mundo lleno de posibilidades infinitas —luz y oscuridad— no le resultara tan abrumador como lo había sido con ella.

Sonrió para sus adentros. De pronto el panorama sombrío del porvenir que había contemplado con la ausencia de sus padres y su hermano había adquirido un cariz más brillante, emocionante, optimista.

Ladeó la cabeza. Y así, esa momentánea felicidad se diluyó como azúcar en agua.

Esta vez, Ulises, sobre su pequeño alazán, cerraba la marcha de regreso; acarreaba a cada lado a los palafrenes que tomaron de la taberna de Claudine. Uno de ellos llevaba el cadáver amortajado del señor Blackfell.

Más adelante, Grace montaba a Sombra , que tiraba de la segunda carreta.

En ella viajaban Abigail y Andrew. Los hermanos daban la espalda a Mary, por lo que ella no podía ver sus caras.

Apenas se movían. Estaban abrigados hasta los hombros por una frisa gris de hilo grueso y sus características capas verdes oscuras.

Andrew reposaba la cabeza sobre el hombro de su hermana, que lo rodeaba con sus brazos.

«Mil veces más».

Todo sucedió muy rápido. La fuga. Abandonar Collin’s Meadow.

Escoger una senda al azar que pudiera llevarlos de vuelta a River Town a fin de evitar el camino conocido.

E invocar lo que Abby llamó « purgare viam »: un hechizo que deshacía cualquier rastro que dejaran tras de sí y pudiera revelar el rumbo que tomaron a Mahlon West. De esa forma, se cubrían las espaldas al impedir que el nigromante se apareciera de imprevisto a través de una nube de hollín.

Pero no sabrían si el hechizo funcionó hasta que estuvieran sanos y a salvo en River Town.

Por otro lado, estaba Andrew. El muchacho no había dicho una sola palabra desde que dejó atrás las ruinas de la fábrica Cartwright acompañado por Abby, Lloyd y Ulises, huyendo de una mesnada de subordinados.

«Ni siquiera me ha mirado —pensó Mary. O, más bien, había rehuido a la única breve mirada que habían cruzado antes de emprender la marcha como si tuviera miedo de ella.

Esto la inquietaba. Pero ya habría tiempo para eso—.

¿Debería agradecerle por intentar salvar a Sam, o abofetearlo por casi causarse la muerte? » Pronto lo descubriría.

Por ahora, y en eso no había discusión, lo más importante era regresar a casa.