Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 6 #2
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El salón de los Viejos Conjuros quedó en silencio tras la confesión de Wallace Flint.

Un silencio abismal. Duró unos segundos que más parecieron una eternidad.

Una repentina mueca de arrepentimiento vistió el rostro del sepulturero.

Philip sentía los latidos de su corazón en la garganta.

«No digas nada, por favor —pedía para sus adentros—. No digas nada».

—¿Sabes dónde está Lloyd? —le susurró Lance al oído. Philip encubrió un sobresalto lo mejor que pudo, dadas las circunstancias. El orador Greystar se había situado a su lado después de interrogar a Flint, que en ese momento parecía una estatua de piedra.

—No lo sé —respondió Philip. Hasta entonces no había notado la ausencia de Lloyd en el salón. «Y no es el único que se ha ausentado misteriosamente —pensó, turbado, y volvió la vista al frente—. ¿Dónde diablos está Richard Katterblack?»

Startclyde, ceñudo y con los brazos cruzados ante el pecho, se acercó a Flint.

—¿Cómo sabes de lo ocurrido en las celdas encantadas, Wallace?

—preguntó, mordaz—. ¿Acaso, esta revelación no es evidencia de tú vínculo con Darkling y Mahlon West?

Hasta donde tengo entendido tu morada está a mucha distancia del ayuntamiento del pueblo, donde ocurrió el fatídico hecho la noche anterior.

Si estoy equivocado, entonces ¿cómo tienes conocimiento de las muertes de Caroline Reedstter y Kenneth Hornwood?

—Startclyde fulminaba a Flint con una de sus severas miradas—. Vamos, habla.

—¡Habla! —gritó Stephen Reedstter. Tenía los ojos rojos y los labios, temblorosos. Hizo otro intento en vano por abalanzarse sobre el sepulturero que fue impedido de perillas por Startclyde y el sheriff Sawyer. Lo apartaron mientras gritaba y lanzaba puntapiés al aire—. Habla, bastardo. Habla...

La voz de Reedstter se quebró y brotó una serie de sollozos descontrolados.

Startclyde no tuvo otra opción que cederle su hombro como paño de lágrimas.

Philip, estupefacto, no creyó que llegaría el día en que sentiría pesar por el antipático de Stephen Reedstter, o por ningún Reedstter en particular.

Y allí estaba el pobre hombre, llorando a lágrima viva en el hombro de Startclyde por la muerte de su querida hija, y no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo quedaba para que todo saliera la luz.

—Yo... no... —empezó Wallace.

Philip se adelantó.

—Yo sé cómo el señor Flint se ha hecho con esa información —se oyó decir.

«¿Qué diablos estoy haciendo? —se reconvino—.

Si abro la boca, Wallace dirá la verdad sobre Horace».

Sin embargo, otra vez decidió confiar en la palabra de su tío y esperó que aquel hombre no hablara, aunque lo cerraran cien años en las celdas encantadas—.

Todos sabemos cuán propensos son los cementerios en convertirse en nidos de sombras.

—Se fijó en que tenía la atención de todos; Reedstter incluido.

Hubo un gesto de asentimiento general. Philip pensó bien sus siguientes palabras evitando a toda costa la punzante mirada del sepulturero.

En aquel instante, Wallace ya debía saber que era de su entero conocimiento el pacto que tenía con Horace para la causa de Darkling. «Maldita sea, espero que tengas razón».

—¿Adónde quieres llegar con eso, muchacho? —inquirió el viejo Greystar.

—Sí, Philip —lo secundó su hijo. Lance Greystar, el orador de combate de Philip, tenía una expresión tan ambigua como el resto de los miembros del Gremio—. ¿Qué quieres decir?

—Wallace tiene confidentes —alegó Philip.

Y empezó a contar la historia del día que siguió a su tío al cementerio de River Town.

Por supuesto, con algunos ligeros cambios.

Para empezar, no incluyó a Horace en su relato con el fin de no volcar la atención en su tío en lo más mínimo—.

Un día fui al cementerio River Town a llevar flores a mis padres —dijo—.

Cuando estaba por partir, ya había anochecido, y advertí que una presencia me seguía. ..

Cuando acabó la farsa, Phil echó una larga mirada a Flint.

Para dar autenticidad, supuso. No sabría nunca cómo fue capaz de sostener la vista al sepulturero durante casi un minuto tras finalizar su falsa alocución; los turbios ojos de Flint, como dos profundas lagunas, lo reflejaron con imperturbable quietud.

Horace tenía razón: aquel hombre no iba a decir nada sobre Darkling o su participación en su causa del ente creado por la maldición de Hornwood.

Fuera cual fuese la razón de esto, Philip no tenía ningún interés en descubrirla.

Los ojos de Wallace Flint, justo antes de apartarse de los suyos, parecieron decir: «Has cavado tu propia tumba, muchacho».

—¿Es cierto lo que acaba de contar Philip? —preguntó Oscar Witheford.

—¿Por qué mentiría el muchacho, Oscar? —dijo Eudoxio Belwolf con el ceño arrugado.

«Para salvarle el pellejo al desgraciado de Horace Holbrooke, por eso». Philip se mantuvo firme mientras todas las miradas del Gremio lo escrutaban desde las sombras.

—Solo intento asegurarme de que Philip no haya omitido un detalle de su historia. —Witheford se volvió hacia el sepulturero—. ¿Es cierto?

Wallace Flint confirmó la historia con un simple asentimiento. Al final de la reunión, el sheriff Sawyer y varios de sus hombres se lo llevaron detenido a las celdas encantadas del pueblo. Ya no había vuelta atrás, pensó Philip. Estaba perdido.

—¿Debemos entregársela al Gremio?

—Todavía no.

Elise no dejaba de mirar la carta de Darkling como si se tratara de un objeto envenenado o algo parecido.

—¿Por qué? —quiso saber, y volvió la vista hacia Céline.

Esta resopló y torció los ojos. Se podía imaginar el revuelo que causaría el contenido de aquella carta en el Gremio y en la comunidad mágica del pueblo que había respirado aliviada al saber que la oscura criatura que los acechaba había muerto o, cuanto menos, estaba aislada en las celdas encantadas de River Town.

«Entrégate, Mary, y sé su salvación... y la mía». ¿Qué habría querido decir Darkling con aquello?

—Quiere a Mary —contestó Céline. Fijó la mirada en su hermana—.

Eso ya lo sabíamos. Pero tú leíste lo que pone en la carta sobre «ser su salvación»; no sabemos lo que quiere decir con eso.

El Gremio puede que lo interprete como una amenaza que involucra a Mary.

Quizá piensen que Mary es la clave del plan de Darkling.

—Al menos eso era lo que pensaba ella. Puso una mano en el hombro de su hermana—. Debemos actuar con cuidado, Elise.

Elise la miraba como si se hubiera vuelto loca. Al mismo tiempo traslucía miedo porque tuviera razón. ¿Qué acciones tomaría el Gremio si llegaba a la misma conclusión que Céline? ¿Exiliarla? ¿Asesinarla? ¿Entregarla al enemigo como ofrenda de paz?

Céline vio todas aquellas cuestiones en los brillantes ojos de su hermana. También ella se las hacía.

Guardaron silencio.

Acababan de regresar de la cabaña Treddaway.

Su intento por hallar respuestas sobre el paradero de su prima había arrojado un resultado sobrecogedor.

Y tanto. La carta de Darkling había avivado de nuevo aquel profundo terror que creyeron haber dejado atrás la noche en la que Kenneth Hornwood irrumpió en la misión Katterblack.

«Pronto nos reuniremos —escribió Darkling—, y serás una reina de las sombras, como debió ser tu madre».

Al recordar estas palabras, Céline se estremeció.

—¿Qué haremos? —preguntó Elise; tenía los ojos abiertos como platos.

Céline meditó un instante.

—Por ahora —contestó, al cabo—, lo mejor será entregar la carta a padre. Él sabrá qué hacer.

Aunque tenía serias dudas sobre esto dado su extraño comportamiento de los últimos días.

—¿Y qué hay de Mary? —atajó Elise, nerviosa, asustada—. Se supone que estaría con Abby y Andrew. Pero no es así. Deberíamos, al menos, dar aviso al Gremio de la desaparición de Mary, Andrew y Abigail. Si Darkling está vivo y libre... ellos quizá...

Se interrumpió con un estremecimiento. Empezó a llorar en silencio.

Céline, conteniéndose de consolarla, arrugó el entrecejo y se volvió hacia la ventana.

—Pero... ¿está realmente libre? —dijo, despacio.

Un énfasis, bastante marcado en la pregunta, detuvo los sollozos de Elise.

—¿Qué quieres decir? —dijo ésta, sorbiendo por la nariz y enjugándose los ojos con el dorso de la mano.

«Andrew es cautivo de Mahlon West, quien tiene afición por dar de comer presas vivas a sus argones».

Céline sentía una intensa aprensión en el pecho.

No podía creer que también estaba preocupada por los hermanos Treddaway.

Andrew y Abby no eran de sus personas favoritas en el mundo en absoluto.

Pero no podía evitar sentir una punza de temor por lo que pudiera pasarles; habían perdido a sus padres y tenido que hacerse cargo de sus vidas siendo apenas unos niños. Habían pasado por mucho. Y ahora esto.

Respiró hondo. Procuraba no derrumbarse.

Alguien tenía que ser la fuerte. Y esa debía ser ella.

Era la hermana mayor. Enfocó la mirada. Al parecer, el pasillo de las habitaciones y Elise esperaban, expectantes, su respuesta.

Céline echó un vistazo furtivo a los lados, luego tomó a su hermana por el codo y la condujo hacia su habitación. Cerró la puerta.