6
CENÁCULO DE MENTIRAS
Céline no recordaba la última vez que estuvo en la cabaña de los Treddaway.
En realidad, nunca. Solo se había permitido mirarla un par de veces desde la distancia durante sus paseos por el jardín.
Nada más. Respiró profundo y se recolocó un mechón de cabello tras la oreja antes de cogerse la falda para que el borde no se empapara con la tierra lodosa.
Elise, menos cuidadosa, le llevaba ventaja.
—Vamos, Céline —apremió, ya frente a la puerta de la cabaña—. Un poco de suciedad no te hará daño.
—Me gusta mucho este vestido —se quejó Céline.
Le faltó añadir que era nuevo. Casi nuevo, querría decir, pues era la segunda vez que lucía aquel modelo.
Pero eso su hermana no lo hubiera notado aunque lo llevara puesto todos los días durante un mes.
Resopló y continuó, crispada por el húmedo calor que se percibía en el ambiente.
Finalmente llegó. Elise aplaudió, sardónica. Céline le sacó la lengua.
—Parece que no hay nadie —dijo Elise, volviéndose—. Ya he tocado un par de veces.
—¿Estás segura?
Elise asintió.
—Déjame intentar. —Céline se aproximó y, con delicada firmeza, golpeó la puerta.
Esperaron. Y nadie respondió.
—Extraño —comentó Céline. Y luego de otro par de golpecitos, arrugó el ceño y dijo—: ¿Dónde pueden estar?
—No tengo idea —repuso Elise, encogiendo los hombros. Echó una mirada alrededor y se estremeció—. No debimos venir aquí solas.
El bosque en torno a ellas brillaba por el rocío; abundaba una luz clara y álgida, saturada de olores que hablaban de tierra mojada, flora, naturaleza en su más vivo esplendor. El silencio y la quietud, sin embargo, eran sobrecogedores, apreció Céline, y sintió que se le podía la piel de gallina.
Elise tenía razón: no debieron ir solas a ese lugar.
Mucho menos sin avisar a nadie en la mansión.
Recordó de pronto, y con un escalofrío en la espalda, la aterradora historia que hace años había contado Leonard a sus hermanas sobre el antiguo jardinero de los Katterblack, el cual había sido destripado por un argón en aquel mismo bosque.
«Solo era eso: una historia para asustar a las chicas», se dijo para sosegar su repentino temor.
Y en un arranque de bríos, empujó la puerta.
—¿Qué haces? —inquirió Elise, sobresaltada.
—Tranquila.
—Pero...
—No hay nadie. Dentro tal vez haya alguna pista de adónde han ido.
Sin más, Céline giró sobre sus talones y entró a la cabaña. Arrugó la nariz. «¿Qué huele así?» Se preguntó cuándo fue la última vez que los Treddaway hicieron labores de baldeo en aquel cuchitril maloliente y polvoriento. Elise, a ojos vistas temerosa de lo que le pudiera depararles dentro.
—¡Abigail, Andrew! —llamó Céline, dirigiendo su voz hacia el corredor contiguo que muy seguramente conducía a las habitaciones—. ¿Hay alguien?
Nadie contestó.
—¿Dónde puede estar ese par? —preguntó Céline a nadie en concreto.
—Y Mary —añadió Elise.
«Sí —pensó Céline—. Y Mary». Por ella se habían aventurado a ir a ese lugar. Empezaba a inquietarse de verdad.
Céline exploró un poco la cabaña; parecía sacada de un tétrico cuento de hadas, pensó en determinado momento.
Al cabo, cuando se volvió hacia Elise, esta se encontraba leyendo una hoja de papel que, probablemente, tomó de la mesita del comedor.
Una carta. Céline se acercó a Elise. Ésta estaba tan inmersa en el contenido de la carta que no advirtió su aproximación.
Céline se fijó que leía una y otra vez las palabras en el fino papel desplegado.
Al cabo, lo bajó, miró a un lado, y tomó el sobre en el que a pie enjuto había sido entregada.
Elise unió las partes del sello lacado que en otrora había cerrado el sobre; se lo mostró a Céline, que vio las letras «MW» estampadas en el lacre negro. Estaba intentando adivinar qué podría querer decir cuando oyó exclamar a su hermana.
—¡No puede ser! —Y le entregó la carta a Céline; estaba pálida y tenía una mueca de profundo espanto en la cara—. Ya sé dónde están.
—¿Dónde? —quiso saber Céline.
—Léelo tú misma.
Céline empezó.
—«Querida Mary» —leyó en voz alta—. «He pasado los últimos días pensando las palabras correctas para expresarte mi profundo pesar por lo de la otra noche.
Comprendí, en cierto momento, que lo ocurrido no tuvo que ver contigo ni conmigo.
La culpa ha sido de los enemigos de Richard Katterblack quienes manipularon e indujeron al pobre Kenneth Hornwood a cometer aquel acto deleznable.
Y, por tanto, la culpa también recae en el señor Katterblack. ..».
Continuó para sus adentros.
«... Entrégate a mí, y salvarás la vida de tres inocentes; de lo contrario, cada día recibirás una rosa negra junto a algún miembro mutilado de tu pequeño hermano, del joven Treddaway o el señor Blackfell, que está en sus últimas. Entrégate, Mary, y sé su salvación... y la mía. Tuyo...»
—Darkling —terminó Céline con un hilo de voz.
—¿Sabes por qué te hemos convocado aquí hoy? —preguntó Felix Oakwater.
—No —contestó Wallace Flint. Se encogió de hombros con indiferencia—. Pero me hago la misma pregunta.
—Pues bien —siguió Oakwater. Su mirada severa escrutaba al sepulturero. Este estaba de pie en el centro del círculo de seguidores de la luz que formaban el Gremio de River Town—. Te aviso que no se trata de nada bueno.
Wallace bufó una risita.
—No esperaba que lo fuera.
—¿Conoces a Darkling? —soltó Frederick Startclyde sin más preámbulos.
—No. ¿Quién es?
—¡Miente! —gritó el señor Reedstter, enrojecido de furia.
Se lanzó hacia el sepulturero, pero el sheriff Sawyer le cerró el paso y lo obligó a regresar a su lugar, a menos que quisiera dejar el salón de los Viejos Conjuros prematuramente.
Stephen acató, no sin escupir—: Habla, bastardo.
¿Quién es el hombre que te ha pedido los cadáveres?
—¡Stephen! —le espetó Arnold Greystar, con voz vibrante, poderosa.
Por primera vez, Philip se arrepentía de formar parte del Gremio.
Apenas podía mantenerse en pie, temeroso de lo que el sepulturero pudiera decir.
«Calma, Philip —le había dicho Horace—. Flint no soltará una sola palabra.
Así lo encierren cien años en las celdas encantadas del pueblo».
Respiró hondo. Su corazón amenazaba con abrirle el pecho a martillazos.
Se había fijado en la cara de su tío cuando dijo aquello, y su expresión era tan serena como la de un cadáver en su lecho. O la del mismísimo Flint.
«Si el sepulturero habla de más —pensó Phil—, Horace no será el único que habite un lecho en el cementerio de River Town».
—Bien, Wallace —continuó el alcalde Oakwater en tono solemne—.
Disculpa el exabrupto de nuestro estimado Stephen, que, quizá aún no lo sepas, acaba de sufrir una terrible pérdida.
—Stephen bufó airado. Felix prosiguió—: En fin.
El motivo por el que estás aquí, Flint, es un asunto de una naturaleza indigna; se te acusa de traición.
—¿Traición? —Wallace parecía más divertido que sorprendido.
—Sí. Pero eso ya lo sabes, ¿no? —habló Eudoxio Belwolf—. Has traicionado a los seguidores de la luz y a los buenos pobladores de River Town. Todo este tiempo has actuado en complicidad con la infame criatura que ha perpetrado tan horribles crímenes en los últimos días. Darkling.
El sepulturero profirió una carcajada seca, carrasposa. Acabó tosiendo.
—Entonces, ¿traición? —dijo Flint con falsa indignación; tenía entre labios una espiga de maíz—. Sigo sin entender.
Oscar Witheford, con un semblante tan enrojecido como el de Reedstter, se adelantó.
—Se te acusa de profanar las tumbas de nuestros familiares y amigos y de robar sus... eh... restos con el fin de proporcionarlos a una causa abominable —expresó—. ¿Cómo te declaras?
El sepulturero, si bien no se encogió, torció sus rígidos labios en una mueca despectiva.
—Inocente, por supuesto —dijo.
—Eso ya lo veremos —afirmó Frederick Startclyde con una sonrisa seca—.
El Gremio ha decidido exhumar los cuerpos de los seguidores de la luz que han muerto en el último año.
Sabemos, aunque lo niegues, que has estado suministrando partes de estos cuerpos a uno de los lacayos de Darkling para que haga uno propio. ¿Quién es ese hombre, Wallace?
—No lo sé.
—¿De verdad?
—No sé de qué están hablando. —Miró al señor Reedstter—. Supongo que querrá ultimar los detalles fúnebres para la sepultura de su querida hija, una vez esto termine.
—Maldito infeliz... —empezó Reedstter.
—De manera que ya lo sabías —observó Lance Greystar.
—Por supuesto, nuestro estimado alcalde acaba de decirlo —replicó Flint. Su voz condensaba ácido.
El joven Greystar se adelantó un par de pasos hacia el sepulturero. Philip, tardíamente, comprendió el error que había cometido Wallace.
—No es así —dijo Lance—. Lo que dijo Felix es que Stephen acaba de sufrir una terrible pérdida. Sin declarar quién. ¿Cómo sabes que se trata de su hija? —Acompañó esta pregunta con un alzamiento de hombros. No esperó respuesta del sepulturero—. Habla, Wallace. Y te aseguraremos tu libertad.
—Mi libertad ya está asegurada, muchacho —respondió Wallace—.
Yo no he cometido ninguna traición, como aseguran, señores.
No podrán acusarme de nada. Nada. Y si profanan las tumbas de sus pares, no habré sido yo quién cometió una grave falta contra las buenas costumbres.
—Y escupió al suelo la espiga de maíz antes de añadir—: Además, este pueblo es muy pequeño.
Y ya sabemos lo que se dice de River Town.
Aquí no hay lugar para los secretos. En efecto, sabía de la muerte de la señorita Reedstter antes de que hallaran su tierno cuerpecito en la misma celda que el del hijo de Hornwood.