5 #3
Emergieron de la celda, los tres. En aquel momento, oyeron un grito.
Ulises corría hacia ellos por el sombrío pasillo, agitando las manos, con una mueca de pavor en la cara.
«¡Ya vienen! —gritó con más claridad—. ¡Subordinados!
» Abby lo escuchó antes que verlos. Al menos una veintena de los subyugados de Mahlon West avanzaba como una mareada oscura a espaldas de Ulises.
Sus ojos dispares, propio de los de su clase, relucían tenebrosamente como el reflejo mortal de sus armas.
No hacía falta contarlos. Saltaba a la vista incluso en esas sombrías condiciones que los superaban en números.
Abby y Andrew recularon unos pasos en tanto la primera intentaba echar mano a sus armas.
Lloyd se adelantó a ellos cuando Ulises pasó por su lado.
Los subordinados avanzaban implacables, silentes, y Lloyd se interpuso entre estos y sus amigos con el rostro impertérrito.
Abby le preguntó a voz en grito qué estaba haciendo mientras el sonido atronador de las pisadas del enemigo acercándose aumentaba.
Pero ya lo sabía. Planeaba valerse de su donum lucis para inmovilizarlos como había hecho horas atrás en la taberna con los hijos de Claudine.
Pero ¿funcionaría esta vez? Abby tenía sus dudas.
A diferencia de los hijos de Claudine, los subordinados eran humanos corrompidos por la oscuridad, vinculados al poder vital de un nigromante, quienes eran inmunes al don de la luz de los seguidores.
Echó un vistazo a su hermano, que tenía una mirada distante.
El Andrew que ella conocía le habría pedido una de las nuxus para sumarse a la contienda, pero, al parecer, aquel Andrew no estaba allí en ese momento. ¿Qué le habían hecho?
Abby volvió la vista hacia Lloyd. El muchacho tenía una mueca de extrema concentración y extendía sus brazos hacia adelante como si se preparara para recibir con un abrazo a los subordinados. Pero estos ya estaban casi sobre ellos, aferrando puñales.
Funcionó. De improviso la miríada de subordinados se detuvo en el acto a unos cinco pasos del grupo de rescate mientras alzaban sus afiladas cuchillas.
Sin embargo, el donum lucis de Lloyd no surtió el mismo efecto ni en la misma medida en todos los subordinados.
Los de atrás, con muecas fieras o estoicas, se abrieron paso a duras penas hacia el frente entre sus pares inmovilizados.
Abby soltó su primera carga. Ulises extrajo sus fraxs : cercenó el cuello al primer subyugado que intentó acometer contra Lloyd; al segundo, ambos brazos.
Lloyd empezó a retroceder poco a poco; en su rostro se percibía que no podría contenerlos por mucho tiempo.
El resto del grupo también comenzó a retroceder.
Quizá podrían salir por el mismo acceso por el que entraron, pensó Abby.
En tanto disparaba una segunda carga y disponía la tercera, echó una mirada a su hermano por encima del hombro.
No estaba a su lado. Andrew... Andrew emergió de pronto de unas de las celdas de aquel sombrío pasillo llevando un pesado bulto sobre el hombro: el señor Blackfell.
Su hermano iba vestido con unos pantalones mustios y una camisa desgarrada.
En una mano aferraba una nuxus . «¿Dónde.
..? —empezó a preguntarse Abby. Entonces cayó en la cuenta de que la daga que llevaba asida a la altura del muslo izquierdo había desaparecido—.
¿Cuándo...?» No importaba. Alzó la mirada, llena de esperanza.
Por lo visto, el Andrew que conocía no estaba perdido del todo. En ese momento, gritó:
—¡Por aquí!
El grupo siguió resistiendo a los subordinados mientras enfilaba la salida.
Andrew también luchó con la única arma que tenía en tanto llevaba a cuestas el cadáver del señor Blackfell.
A medida que se acercaban a la luz, la opacidad dentro de la fábrica en ruinas se iba enraizando más y más.
Casi hacia el final, todo era sombras y siluetas.
—Ve con tu hermano —gritó Grace—. ¡Ahora!
Mary acató. Por encima del hombro, mientras corría, echó un vistazo atrás.
Grace se adelantaba al encuentro con los argones empuñando sus daxarus .
Había invocado su luz y arrojaban bellos destellos a medida que la joven se acercaba a las bestias.
Estas eran tres. Mary no alcanzó a ver el enfrentamiento.
En ese momento llegó junto a su hermano.
Sam, con la cabeza ladeada y los ojos como rendijas, como si intentara divisar algo en la distancia, apenas se inmutó cuando ella, exaltada, se detuvo a su lado detrás de la carreta donde estaba sentado.
Parecía desconcertado. De pronto se oyó un reverberante gruñido.
Mary terció la cabeza. «¿Qué fue eso?» Su corazón latía arrebatadamente. Aferró la mano de Sam. Las tres monturas empezaron a inquietarse; Sombra más que ninguna.
El argón emergió detrás de uno de los árboles cercanos.
Daba la sensación de que llevaba oculto en ese lugar todo este tiempo, acechándolos, esperando el momento indicado para revelarse.
Y tanto más. Mary, presa del miedo, tuvo que hacer tripas corazón para no echarse a gritar (sabía en el fondo que nada sacaría con eso).
El argón estaba a una corta distancia de la carreta en la que estaban ella y su hermano.
Demasiado cerca. Sam la miró. Mary hizo un gesto con las manos, que temblaban.
«Calma», gesticuló. El gruñido contenido de la criatura aventajaba el murmullo de las hojas de los árboles azotadas por la brisa impetuosa.
Era la primera vez que Mary admiraba a uno de los hijos de Isidora a plena luz del día.
Si bien había visto ilustraciones de ellos en la enciclopedia, y tenido algunos encuentros bastante espantosos en el pasado, nada se comparaba con eso.
El argón medía la mitad que cualquiera de las monturas.
Era alargado con el dorso encorvado. Tenía un letal anzuelo de escorpión en la punta de la cola, cuatro patas con garras tan largas como puñales, y ojos negros como la brea.
Su coraza oscura parecía hecha con escamas de vidrio quemado y el bosque se reflejaba perfectamente en ella.
Gruñía. El sonido quedo parecía manar de sus entrañas: era una mezcla entre un ladrido canino y un oso de enormes proporciones (o de esa forma lo había descrito su madre en sus historias). Su cola trazaba un arco invertido. El aguijón tenía un brillo mortífero.
Mary sabía mejor que nadie cuán peligrosas eran aquellas criaturas.
Había sido herida por una de ellas la noche del baile del solsticio.
Y si bien había sobrevivido a la picadura gracias a la sangra hadúna que corría por sus venas, nada habría garantizado que, de tener más tiempo con ella, el argón la habría destripado en la sala común de Katterblack como había sucedido con algunos de los invitados.
El argón la miraba detenidamente; el gruñido que surgía de su hocico chato aumentaba.
Mary palpó el pliego de su falda, a la altura de la cintura, allí donde tenía oculta una daga.
El argón debió prever lo que hacía; acto continuo dio un salto de advertencia hacia ella y bramó con estruendo.
Mary retrocedió y levantó ambas manos. Procuró calmarse y pensar.
Sabía que no tenían mucho tiempo. De pronto, Sam bajó de la carreta, y avanzó directamente hacia la criatura ante la vista atónita de Mary.
Esta gritó.
Lo que sucedió después fue impredecible.
Mary sintió que iba a desfallecer al ver que la criatura se detenía frente a su hermano y lo olisqueaba de arriba abajo.
Sam, en tanto, sonreía y le acariciaba la parte superior de la aterradora cabeza como si de un chucho callejero se tratase.
Mary no sabía si reír o desmayarse. El argón parecía complacido por el gesto.
—Tranquilo, amigo —decía Sam—. Nadie te hará daño. Estamos a salvo. ¿Verdad, Mary? —Y ladeó la cabeza hacia su hermana con una enorme sonrisa.
—¿Sam? —Mary tenía una mano en el pecho; su corazón aún latía de bote y voleo—. ¿Sabes lo que es?
Sam la miró con una leve arruga en el entrecejo.
—Por supuesto —afirmó él, riendo—. Ya te lo dije: ahora sé muchas cosas.
Como que este es un argón. Se llama Num .
Que, según Claudine, quiere decir «fuego negro» en la lengua de las hadas.
—Le hizo un gesto con la mano—. Acércate, Mary —dijo—.
No te hará daño ahora que sabe que estás conmigo. Te lo prometo.
Mary no daba crédito a lo que venían sus ojos. No sabía si sería capaz.
—¿Estás seguro? —preguntó. Advirtió que las monturas ya no estaban tan inquietas como hace un instante.
Salvo Sombra , que tenía un brillo despavorido en la mirada.
Y el alazán de Ulises, que se sacudía como si intentara zafarse de las riendas que lo mantenían asegurado a uno de los árboles.
Las demás lucían tan apacibles como antes.
«Deben sentir que ya no hay peligro. ¿Debo yo también? »
No estaba tan segura. Con todo, se acercó.
Un paso a la vez. Solo para estar junto a su hermano en caso de que aquella ilusión se rompiera como un cristal.
Tuvo que hacer tripas corazón. Aún tenía vívidos, perturbadores, recuerdos de su último encuentro con argones.
Así y todo, respiró profundo y dejó que Sam llevara su mano hasta el escamoso dorso de la criatura, que se tensó tanto como ella al sentir su tacto. Era estremecedoramente frío y liso.
—¿Siempre es tan dócil? —preguntó Mary a Sam, dando algunas caricias inseguras al argón, que le olfateaba los pies.
—No. Únicamente conmigo. Y con Claudine. Antes. Estamos ligados, ¿sabes? Hay un vínculo de sangre entre nosotros.
—¿Qué quieres decir? —Mary lo miró con el entrecejo fruncido—. Y si sabías que no era peligroso, ¿por qué te asustaste?
—Porque por un instante pensé que era uno de ellos —dijo Sam. Y señaló con la mirada a los argones que en ese momento cargaban contra Grace—. Ellos sí que son peligrosos. Están vinculados al hombre de la cicatriz.
«Mahlon West», pensó Mary.
De súbito, Sam se irguió como un resorte y levantó una mano, apuntando hacia las ruinas de la fábrica Cartwright. Mary sintió que el corazón le daba un vuelco al ver de qué se trataba.
—Ya vienen —murmuró.