Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 5 #2
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Ya sobre el mediodía el cielo empezaba a despejarse, y el sol se mostraba con timidez.

El frío, sin embargo, no cedía. Mary, sobrecogida por el sombrío panorama y la zozobra, no paraba de tiritar, rodeada entre sus propios brazos.

Su hermano, observó, parecía incólume ante las inclemencias del tiempo; tenía la cabeza inclinada hacia atrás y miraba con una fina sonrisa las copas de los árboles.

— ¡Ya vienen! —gritó Grace. Y apuntó con una de sus dagas las sombras que avanzaban a toda prisa hacia ellos.

El corazón de Mary dio un bote en su pecho.

Despacio, Grace bajó el brazo; su pálido rostro reflejaba excitación, rabia, osadía, y una evidente satisfacción por el peligro que se acercaba.

Mary no compartía ninguna de esas emociones; había reconocido en seguida la naturaleza de aquellas mortíferas sombras que avanzaban raudamente, y con destreza, gruñendo como caninos infernales a través del claro. Contuvo un grito.

Eran argones.

Abby y Ulises, aferrando sus armas, precedían la marcha a través del oscuro pasadizo desguarnecido que les había indicado Sam Cartwright; Lloyd la cerraba, dándoles la espalda; se valían del silencio sepulcral que imperaba en el ambiente para llevar a cabo su furtiva misión de rescate.

El tiempo urgía. Mahlon West no tardaría en descubrir que el incendio en la taberna era solo una añagaza.

El nigromante había partido de la fábrica en ruinas, según lo previsto, llevando consigo gran parte de sus subordinados.

Pero podían regresar en cualquier momento.

«¿Dónde estás? —pensó Abby—. Sé que estás aquí. En alguna parte. Te percibo».

El pasillo estaba a oscuras. Varias aberturas en el techo mantenían a raya la completa oscuridad, y les permitía ver el camino a seguir.

Reinaba un aroma a hollín persistente. Abby se preguntó si se trataba de un vestigio del incendio que ocurrió allí hace medio siglo, o porque hubo presencia nigromante hace poco.

Más de uno. Los seguidores de la luz podían percibir a sus enemigos naturales por esta distintiva cualidad.

¿De quién podía tratarse? Y, en éstas, ¿dónde estaban los subordinados?

Habían esperado toparse al menos uno o dos a ese punto.

Entonces, como por obra del destino, dieron con uno de ellos antes de doblar la esquina.

El subordinado casi pareció sorprendido; abrió los ojos de par a par.

Abigail los había enfrentado en dos ocasiones en toda su vida —durante el intento de rapto en el camino del bosque, y en el baile del solsticio— y en ninguna de ellas le había parecido ver emoción alguna en los rostros impertérritos de los subyugados humanos.

El subordinado llevó ambas manos a los lados para empuñar su arma, pero Ulises fue más rápido: trazó una línea horizontal con su hoz — frax — a una velocidad impresionante, sin invocar su luz, y la cabeza del subordinado cayó al suelo como un pesado melón.

Continuaron.

«Estás cerca». Abby podía sentir a su hermano en alguna parte detrás de esos muros renegridos.

Como si la condujera. Casi podía estrecharlo entre sus brazos y sentirse completa otra vez.

Estaba ansiosa. Y al mismo tiempo sentía un miedo cortante de que lo pudiera encontrar más adelante.

Su corazón latía de bote y boleo: golpes impetuosos que amenazaban con abrirle un boquete en el pecho.

Pasaron de largo por un umbral que daba a lo que (quizá) alguna vez fue la sala de producción: era un espacio amplio, sobrecogedor, y en parte tan oscuro como las fauces de un lobo.

Había varios tragaluces en el techo, aunque ninguna luz natural parecía atravesarlos, observó Abby.

Fuera dominaba un albor blanco refulgente.

Dentro un aura profusa e ininteligible que frenaba a la oscuridad.

«Hay algo oscuro sobre este lugar —pensó—. Algo muy, muy oscuro». Se estremeció.

«Debo encontrarte».

Había seis o siete subordinados, puede que más, en el centro de la sala de producción, sumidos en las sombras a los lados del recinto; se movían en un perímetro de cinco metros a la redonda dando pasos firmes como soldados desalmados o algo parecido.

Abby estaba armaba con un par de nuxus y su arco y flechas, que le pendían de los hombros; Lloyd y Ulises aferraba cada uno un par de fraxs , que eran, básicamente, guadañas de bastón corto.

Los tres siguieron por un pasaje más angosto que los anteriores.

—Puertas —indicó Ulises en un murmullo, como si ella no se hubiera dado cuenta.

En efecto: había puertas flanqueando los laterales de aquel estrecho pasadizo.

—Qué olor —dijo Lloyd, arrugando la nariz.

También Abby lo percibió. Aquel fétido aroma parecía condensado en la estrechez de los muros. Y no se trataba de hollín ni nada por el estilo. Abby se estremecimiento al pensar en lo que ese olor podía significar. Un cadáver.

—Ulises —dijo—. Espera en el umbral. Vigila la sala de producción. Lloyd y yo revisaremos las puertas.

Ulises asintió.

La primera puerta, de hierro reforzado, estaba cerrada a cal y canto; Abby murmuró un hechizo.

Aperta cincinno . La cerradura se despendió de la puertezuela y Abby se precipitó al interior, empuñando sus dagas.

No había nadie dentro. Tampoco en la siguiente.

En la que seguía, Abby acercó la oreja y oyó un leve sonido que probablemente fuera un sollozo.

No estaba segura. Empezó a temer que su hermano y el señor Blackfell estuvieran realmente allí.

En ese momento, Lloyd, cabizbajo, emergió de una celda que acababa de inspeccionar.

Negó con la cabeza al cruzar una mirada con Abby.

Volvió a escuchar un sonido que venía del otro lado de la puerta que tenía próxima. En efecto, un sollozo.

«Andrew», pensó. Se inclinó y susurró el hechizo a la cerradura como si de un secreto se tratase. Hubo un chasquido, y la puerta se abrió.

Dentro reinaba la oscuridad. Sombras profusas se arraigaban tanto al interior de la celda que por un instante —uno bastante largo— Abby no pudo apreciar si esta estaba tan vacía como las anteriores.

Entonces escuchó un tintinear de cadenas y distinguió una figura, aún más oscura, entre las sombras.

Lloyd estaba a su lado, se fijó. Y también miraba el interior.

A la figura. Abby pensó que podía tratarse de una criatura encadenada; un argón, tal vez; eso la detuvo de susurrar el nombre de su hermano.

Lloyd masculló algo ininteligible en voz baja. Abby desenfundó una de sus dagas.

—Ven, infeliz —gritó una voz en las sombras—. Estoy indefenso, ven y acaba con esto de una vez, hijo de puta.

— nuxus —murmuró Abby.

Y las dagas se encendieron en sus manos con un resplandor blanco, cegador, en medio de la basta oscuridad. Abby se adelantó.

—Cuida tus palabras —espetó a su hermano en tanto el brillo inicial de las dagas empezaba a arraigar—. Y esa no es forma de llamar a nuestra madre.

Andrew la observó desde abajo con sus ojos azules surcados de ojeras.

Por un momento pareció no reconocerla (o negarse a hacerlo).

Ella bien pudo haber tenido la misma impresión sobre su hermano, pues, cuando se acercó, el brillo de sus dagas reveló un aspecto apenas reconocible del Andrew que recordaba de la última vez que se vieron.

Parecía que había pasado un decenio desde entonces.

«¿Qué le ha hecho?», pensó, atónita. Su hermano lucía sobremanera demacrado.

Abigail ni siquiera intentó encubrir su conmoción (no habría podido de todas maneras): quedó tan tiesa como una de las estatuas del jardín de Katterblack.

—¿Abby? —dijo su hermano.

Abby parpadeó. Y de pronto fue como si despertara de la más horrible pesadilla.

—Andrew —musitó, entregando sus dagas a Lloyd e inclinándose frente a su hermano.

Sintió que el corazón se le encogía en el pecho.

Tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para dominar sus sentimientos.

Esbozó una sonrisa—. Sí, soy yo. Abby. —Apartó un mechón de cabello de su cara—. Hemos venido a por ti.

—Debemos irnos ahora —apremió Lloyd. Andrew lo miró como si recién cayera en la cuenta de su presencia, lo cual no sería de extrañar en su estado. Una sombra cruzó sus ojos.

Abby escuchó el pensamiento de su hermano.

Se trataba del señor Blackfell. No fue demasiado revelador.

Abby pudo hacerse una idea propia. Mientras ayudaba a su hermano a levantarse, la manta raída que le cubría las piernas cayó al suelo descubriendo su desnudez.

Andrew ni siquiera intentó cubrirse. Abby tuvo que hace tripas corazón (una vez más) para contener sus emociones, instar a Lloyd a que hiciera lo mismo, inclinarse para recoger la manta raída y abrigar a su hermano.

—Vamos —dijo, rodeando sus hombros con el brazo.

Andrew, encorvado, no se movió. Miró a Abby y Lloyd, alternadamente, con una expresión dolida a la vez que distante. Abby le preguntó qué ocurría. Pero en vez de mirarla a ella, Andrew fijó sus ojos en Lloyd.

—Tu padre... —dijo con voz rasposa. Y sus ojos se anegaron.

Sobrevino un segundo de silencio. Lloyd, impasible, sostenía la mirada a Andrew.

—¿Dónde está el señor Blackfell? —preguntó Abby.

—Está... él...

«Está muerto», eso quería decir. Abby por fin escuchó en su pensamiento. También Lloyd.

—Lo sé, Andrew —afirmó Lloyd, y puso una mano en el hombro de su amigo—. Te sacaremos de aquí.