5
VÍNCULO DE SANGRE
El frío arreciaba. Al menos eso pensaba Mary, sin poder evitar estremecerse como la cuerda de un tendedero cada vez que la gélida brisa soplaba en torno a su cuello y brazos descubiertos. En el fondo sabía que aquello no era solo por el frío.
A su espalda, la brisa hacía tañer con fragor las copas de los árboles.
En otra época, quizá, aquel sonido la hubiera inquietado y advertido sobre un peligro que se avecinaba.
Piel de gallina, latidos acelerados, respiración acompasada: todo eso indicaba que algo malo estaba por suceder (o que estaba sucediendo).
Sin embargo, Mary, rodeándose con sus propios brazos para combatir el frío, se limitaba a mantener la vista al frente.
A la distancia. Allá, donde las ruinas de la fábrica Cartwright, abrasada hace más de medio siglo, despuntaban como la amenazadora figura de dos pares de incisivos mordiendo el cielo nublado.
Su quietud, a simple vista, parecía absoluta.
Grace se movía de un lado a otro entre dos árboles, a ojos vistas intranquila, sosteniendo una daxarus en cada mano.
—¿Estarán bien?
Sam balanceaba los pies, sentado en el borde de la carreta, la mirada baja.
—Sí —dijo Mary, confiando en que fuese cierto. Ya los había visto luchando, en más de una ocasión. Sin la presencia del nigromante en las ruinas, tenían una valiosa oportunidad de conseguirlo. Miró a Sam—. Solo se trata de subordinados —apuntó—. Ellos...
No acabó la frase. De pronto cayó en la cuenta de lo que estaba a punto de decir, y a quién estaba a punto de decírselo.
Sam alzó la mirada, pero mantuvo el rostro inexpresivo.
Habían transcurrido casi dos semanas desde que fueron separados uno del otro durante el aciago incidente —o intento de rapto fallido a medias— en el camino del bosque.
En este tiempo, un nuevo mundo lleno de posibilidades infinitas se había abierto a Mary.
Puede que hubiese ocurrido lo mismo a su hermano.
¿Cuánto le había contado la tabernera sobre la magia, sobre su verdadera naturaleza?
¿Ya sabía que las historias que solía contarles su madre antes de dormir eran reales?
Fuera cual fuese el caso, advirtió Mary, estaba por descubrirlo.
—Subordinados —repitió Sam. Arrugaba el entrecejo.
Sin embargo, su tono no reflejaba confusión por aquel término.
Solo interés—. Sé qué son los subordinados, Mary —añadió después, sonriendo—.
Ahora sé muchas cosas. Como tú. —Paró de balancear los pies—.
Las historias de madre son reales, ¡siempre lo supe!
—Sí —asintió Mary. Y sonrió, a pesar de las circunstancias: habían perdido a sus padres, habían sido arrebatados del único hogar que conocían y fueron separados uno del otro sin saber si volverían a verse.
Y ahora estaban juntos de nuevo, pero a mitad de una peligrosa contienda que podía acabar mal en cualquier instante.
Volvió la vista hacia la antigua fábrica, y su dicha se desvaneció.
También Sam debió tener pensamientos turbadores en ese momento, pues, cuando ella volvió la mirada, este había dejado de sonreír y se miraba las manos, cogidas sobre el regazo.
Mary sintió un nudo en la garganta; quería preguntarle si tenía que ver con lo ocurrido en La Última Morada.
Con Claudine. Pero ese no era el momento ni lugar más adecuado, pensó Mary.
Ya habría tiempo para ello. Eso esperaba.
Miró a Grace Startclyde. La febril luz de la mañana arrancaba letales destellos de las daxarus cada vez que la chica iba de un lado a otro entre la separación de dos enormes árboles.
No llovía. Si bien el día era nublado y el frío redoblaba fuerzas, tal parecía, con el pasar de los minutos.
Mary se sentía sobremanera exhausta. Ni siquiera era mediodía, pero este ya estaba resultando el día más largo de toda su vida.
Grace y el resto de la comitiva de rescate, estaba segura, opinarían lo mismo.
A la vez, y en igual medida, estaba satisfecha por haber encontrado finalmente a su hermano (o, más bien, ¿él la había encontrado a ella?).
Y nada más podría acrecentar su dicha que el regreso de Andrew, sano y salvo.
De solo pensar que algo terrible le pudo haber pasado, sentía una fuerte opresión en el pecho que le quitaba el aliento.
«Mil veces más...»
No. Meneó la cabeza. No quería pensar más en ello. En esa estúpida promesa que tal vez ninguno de los dos jamás cumpliría.
Mary respiró profundo, cerrando los ojos.
Al abrirlos, se fijó en que Grace, con una postura firme rayana en tensión máxima, se había detenido en medio de los dos árboles, con el cuello enarbolado y la mirada puesta en las ruinas de la fábrica.
Mary miró en la misma dirección. Salvo por el del pasto crecido que se mecía con el viento en la extensión que separaba las ruinas del bosque colindante, no había ningún movimiento.
Nada. La calma que reinaba era por sí sola inquietante.
Grace, plegando el ceño, extendió las dagas a los lados, sin invocar su luz. Permaneció inamovible. Mary se acercó a ella, la hierba crujía bajo sus pies. Grace volvió la vista.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mary.
—Ya lo saben —dijo Grace, en voz baja. Fijó una vez más sus fieros ojos en la fábrica.
—¿Quiénes?
—Los subordinados. —Apuntó con una de sus dagas—.
Ahí, ¿ves? —Mary observó el sitio que le indicaban y asintió.
Veía pequeñas siluetas entrando como una reducida mesnada por el flanco izquierdo de la ruinosa estructura.
Grace agregó—: Antes había otros tres subordinados montando guardia en el lado contrario, pero se esfumaron hace unos instantes. Creo que ya saben que estamos aquí.
—¿Y qué haremos?
Grace la miró.
—Esperar.
—Pero, pueden estar en apuros.
—¿Y qué propones que hagamos? Tú no sabes luchar. Además, solo son un montón de subordinados. Confío en que Abby, Lloyd y Ulises podrán con ellos.
Hablaba con convicción. Mary se preguntó si tal vez estaba exagerando.
Abby y sus compañeros la habían salvado de un montón de subordinados en una ocasión —sin aludir lo ocurrido en el baile del solsticio—, de modo que puede que sí estuviera exagerando un poco.
Además, Mahlon West no estaba cerca. Lloyd había tramado un plan para distraer la atención del nigromante, el cual consistió en incendiar la taberna La Última Morada tras el sangriento enfrentamiento que tuvo lugar allí.
Mary preveía que por un buen tiempo no dejaría oír los sonidos de aquel caos que su mente había relegado a medias durante el reencuentro con Sam: embates, estallidos de cristal, zumbidos de flechas, golpes ahogados, y, sobre todo, los enloquecidos gritos de la mujer hadúna.
O lo que ésta había dicho: «¡Tú! Eres uno de nosotros».
«Solo uno de nosotros puede vislumbrar a través del hechizo...»
¿Qué había querido decir con eso? ¿A quiénes se refería con «nosotros»?
Mary habría querido hacer esas preguntas a Claudine.
Y algunas más. Pero Grace segó esa posibilidad con sus dagas antes de que ella tuviera ocasión de poner en orden las interrogantes en su cabeza.
Tampoco se engañaba al creer que la mujer hadúna le habría dado con gusto las respuestas que anhelaba saber.
Claro que no. Así y todo, seguía pensando, sobre todo ahora, que la esperanza era lo último en perderse.
La enorme fogata, en palabras de Lloyd, despedía hacia arriba una gruesa columna de humo negro que podía divisarse desde la posición donde habían detenido las carretas, a buen resguardo de la fábrica.
La comitiva de rescate había tenido que adentrarse en el bosque cercano, tomando un camino al azar, para evitar un posible encuentro con el nigromante y sus sirvientes.
Mary alzó la mirada y sintió un potente escalofrío al fijarse de nuevo en la humareda que ascendía hacia el cielo, en la distancia.
El plan había funcionado; dieron con una posición segura a tiempo para ver partir de la fábrica a Mahlon West y a una docena de subordinados a caballo.
En seguida, una vez estos se perdieron de vista, la comitiva de rescate puso manos a la obra: Abby, Lloyd y Ulises irrumpirían en la antigua fábrica por el acceso que les indicó Sam, y salvarían a Andrew y al señor Blackfell antes de que el nigromante y sus sirvientes retornaran.
Entretanto, Grace aguardaría con Mary y Sam, en la posición segura, algo que en absoluto complació a la joven Startclyde.
—¿Por qué yo? —había protestado—. Puedo acabar con los subordinados dentro de la fábrica sin que los de afuera se den cuenta. Y nunca bajo la guardia. Mejor que se quede Ulises.
Lo que realmente enfurecía a Grace era evitar un posible encuentro con el asesino de su madre.
—En efecto —dijo Abby, y puso sus manos en los hombros de Grace—. Y es por eso que debes ser tú quien se quede a protegerlos, Grace. Volveremos pronto con mi hermano y el señor Blackfell, y todo debe estar preparado para huir con mucha premura. ¿Entiendes?
Grace asintió a regañadientes.
Y varios minutos después, seguían aguardando el regreso de la comitiva de rescate con los salvados.
.., o la aparición de Mahlon West y sus subordinados; lo que ocurriera primero.
Si era lo segundo —y Mary esperaba con todas sus fuerzas que no fuese así—, Grace debía preparar todo para huir incontinenti del lugar en cuanto hubiera la menor señal de West y los suyos, sin los demás.
Tan solo escaparía con Mary y Sam, una de las dos carretas y una montura, Sombra .