Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 4 #2
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Elise levantó la cabeza y la miró a los ojos, frunciendo el ceño. No hizo falta que vocalizara su respuesta. Céline no había visto a su prima desde la lluviosa tarde anterior. Tal vez había llegado el momento de enviar a una de las criadas a la cabaña de los Treddaway. O de ir en persona.

—Ahora que lo pienso —dijo Céline—, hace días que no veo al insufrible de Andrew.

—Cierto —asintió Elise—. Tampoco estuvo aquí aquella noche.

«Es verdad —reflexionó Céline—. El Andrew que conocemos no se habría perdido una batalla como aquella por nada en el mundo».

La llama de la vela oscilaba ante el más leve soplo. Andrew debía mantener la respiración sosegada para no apagarla y sumirse de nuevo en aquella implacable oscuridad. «Pero ya estoy en ella —pensó con impotencia—. Nadie me salvará, o a Sam».

Por supuesto que no confiaba en que el nigromante cumpliría su palabra.

Había cometido suficientes estupideces por una vida.

Varías de ellas lo habían llevado hasta ese instante.

No volvería a hacerlo —al menos eso se proponía— en lo que le quedaba de ella.

Que, con un poco más de suerte, tal vez no sería demasiado.

Pensó que al menos no vería cómo asesinaban al chico con sus propios ojos.

¡Como si eso fuera un consuelo! Para nada.

Había fallado salvando la vida del señor Blackfell.

Esperaba como mínimo haber logrado salvar la de Sam.

Si no, sería incapaz de volver a mirar a los ojos a Mary.

.. Lo cual, de todos modos, sabía que no ocurriría. Nunca.

«Les he fallado. Les he fallado a todos».

Lo mejor sería resignarse, sí. A que no volvería a reunirse con Mary, o con su hermana, ni con Lloyd, o el resto de sus amigos. Ni siquiera llegaría a mirar otra luz más que la débil llama de aquella vela que tarde o temprano acabaría por extinguirse.

Y entonces allí estaba: la última luz de su vida, titilando.

Andrew sintió que le faltaba el hálito. En el fondo sabía que esta sensación era producto de aquel pensamiento sobre su inminente final.

Debía calmarse, se dijo. Faltaba poco para que todo terminara.

Con suerte no sentiría dolor cuando ocurriese.

Pero ¿dónde estaba la suerte cuando decidió infiltrarse en las ruinas de la fábrica para intentar rescatar a Sam Cartwright y Elio Blackfell?

¿Por qué no intervino en ese momento, o después, cuando se enfrentó a Mahlon West?

O antes, ya que estamos, ¿dónde estaba la suerte cuando su madre murió de parto y su padre huyó de casa sin explicación alguna?

Si dolía, no sería por la intervención de la suerte.

Inclinó la cabeza. Aspiró y espiró. Al cabo de algunos segundos, acaso minutos, consiguió aplacar aquella sensación de ahogo tanto como era posible.

Curioso, pensó Andrew. Desde que lo llevaron de vuelta a su oscura celda no había vuelto a evocar a la Líder del Bosque. ¿Acaso su sombra se había esfumado para siempre? ¿Se trataba de un último momento de paz antes del final?

El tiempo, fuera poco o no, lo diría.

Andrew no saldría en absoluto de aquel lugar; de manera que debía buscar la forma más cómoda de morir.

West le había dicho que acabaría con su vida, rápida e inesperadamente; a lo mejor enviaría a alguno de sus subordinados o lo haría en persona, la decisión más plausible en su opinión; y como fuera, entraría de forma imprevista a la celda y blandiría su arma oscura contra él.

Y ya está: el final de Andrew Treddaway.

Cómo lo ansiaba.

Habría preferido morir en alguna batalla como Lucas Holbrooke y tantos otros reconocidos seguidores de la luz, de pie y con un arma (preferiblemente con un par de nuxus ) en las manos.

Uno tenía que valerse con lo que tenía, decía el orador Greystar.

Allí no estaba en ninguna batalla, salvo contra sí mismo y la oscuridad que lo rodeada; tampoco tenía un arma, y con aquellas cadenas tan cortas que lo asían al suelo, lo único que podía hacer era sentarse, descansar la espalda contra la pared y cerrar los ojos. «Al menos así pareceré erguido».

Hacía lo posible por relegar el dolor. Hacía más, sobre todo, por apartar de su cabeza pensamientos aún más lacerantes que las heridas abiertas en su piel.

Memorias recientes. Temía que eso fuera lo último en lo que pensara cuando por fin la muerte irrumpiera por la puerta.

Estaba exhausto. Tenía los brazos y las piernas rígidas, los labios resecos y su estómago era un doloroso vacío.

Y sangraba. En alguna parte. En varias partes.

Pero prefería no pensar en eso, o fijarse demasiado.

En cambio, pensaba en su inminente final. «Pronto».

Abrió los ojos. Contempló la llama de la vela, que acariciaba sus mejillas.

Como su propia vida, estaba a punto de apagarse.

Al pensar en eso —y en el hecho de que estaba desnudo, salvo por una manta tosca que a duras penas le cubría la entrepierna—, sintió una punzada en el pecho y empezó a sollozar.

No pudo evitarlo. Ni siquiera lo intentó.

Sabía cuán precaria era su situación. Era consciente, aun sin mirarse, de las líneas rosáceas que tenía en el muslo y a lo largo de las piernas, también en el abdomen y la espalda, que le palpitaba dolorosamente.

El trasero lo sentía en carne viva. «No pienses en eso —se dijo con firmeza—. O solo empeorará».

—Si piensas en el dolor, dolerá —había dicho Mahlon. A la vez se acercó despacio a Andrew y puso una mano en su hombro. De esa manera hizo que se inclinara sobre la mesa—. Cierra los ojos, Andrew. Respira profundo...

En aquel momento el primer pensamiento de Andrew fue que deseaba su muerte; el segundo, que ojalá fuera pronto.

Andrew apretó los labios. Aún podía sentir las frías manos del nigromante presionando sus hombros.

—Si eso quieres —murmuró Mahlon, sonriente, después de haber obtenido su parte del trato—. Yo te habría mantenido vivo un poco más; eres un verdadero deleite, Andrew...

—¡No! —había protestado Andrew, que temblaba como una hoja de otoño agitada por un fuerte viento, mientras intentaba en vano cubrir su desnudez con las manos—. Ahora. Quiero morir ahora —se le quebró la voz—, por favor.

—¿Por qué? —quiso saber el nigromante. Hizo un vago intento por parecer ofendido.

En ese momento estaba tan desnudo como Andrew, sentado en la silla de alto cabezal, sin pudor alguno.

Andrew, de algún modo, sabía que los subordinados habían visto todo desde las sombras.

Percibía sus presencias como una idea abstracta más que como un montón de espectadores atentos a una macabra, grotesca, puesta en escena—.

¿Acaso no lo has disfrutado tanto como yo? —agregó con una risita.

—No —respondió Andrew, sin más—. Hazlo ya. Mátame. Pronto.

Andrew vio decepción —verdadera o no— reflejada en el rostro de West. Como una sombra aquella mueca momentánea cambió por una de regocijo, esta vez sin lugar a dudas; un brillo siniestro irradiaba en su único ojo.

Sonrió. Cruzó los dedos mientras reclinaba la espala contra el asiento sin quitarle de encima aquella infame mirada.

—Pues bien —dijo, por fin, el oscuro. Y se puso en pie—.

Haremos un trato, Andrew. El último. —Por su tono, Andrew advirtió que no se lo estaba preguntando, que no habría términos negociables, de modo que no sobrevino una pausa antes de continuar—.

Te prometo una muerte rápida e inesperada, puede que incluso indolora, para acabar con tu tortuosa existencia tal como lo deseas, a cambio.

.. —Esa vez hizo una pausa; bajó la mirada y sonrió como si hubiera recordado una broma interna.

Al cabo alzó la cabeza e hizo una seña a Andrew con la mano para que se acercara—. Ven aquí, Andrew —dijo—, y arrodíllate.

—¿Qué…? —murmuró Andrew, confundido. De pronto bajó la mirada y advirtió que el nigromante ya estaba dispuesto... otra vez. Entonces lo entendió—. No, no...

Empezó a retroceder.

—Mis subordinados están cerca —amenazó West—. Vendrán a un llamado y asesinarán al pequeño Sam frente a tus ojos. ¿Eso quieres?

Andrew no lo quería. ¡Claro que no! Entonces nada habría valido la pena, nada...

El corazón le martillaba el pecho. Vacilante, arrastrando los pies, se acercó a Mahlon West, se arrodilló y.

.. en aquel momento, de pronto, se dobló a la mitad y vomitó una flema verdosa.

Fue una breve sensación de liberación. Mahlon no se inmutó, a decir verdad, parecía más divertido que asqueado, y con una floritura con la mano lo instó a que continuara. Andrew acató.

Minutos después, Mahlon hizo llamar a los subordinados con un gesto y, como advirtió a Andrew, éstos acudieron con premura.

Se preguntó por qué no lo había asesinado allí mismo mientras, desnudo y a tientas, lo llevaban de vuelta a su celda.

No comprendió, hasta que el guarda cerró la puerta, que tal vez querría utilizarlo para chantajear al Gremio. O a Mary.

De nuevo, inclinó la cabeza hacia atrás y volvió a inhalar y exhalar despacio. «Pronto».

Al oír que la puerta se abría, Andrew dio otra bocanada de aire y apagó la vela. Sabía que había llegado su fin, que moriría en aquella oscuridad sin haber peleado por su vida hasta el último aliento. Se preguntó si conocería a su madre, o si volvería a ver a su padre.

«Pronto —repetía la voz en su cabeza—. Pronto, pronto, ¡pronto!»

La puerta se abrió, por fin, y un par de figuras entraron a su oscuridad, precedidas por un tenue haz de luz azul.

«No —pensó Andrew, impulsado por una fuerza inexplicable que le atenazó las entrañas.

Se movió y las cadenas tintinearon—. Esto no puede terminar así, ¡esto no puede terminar así! ». Oyó murmullos.

—Ven, infeliz —profirió Andrew—. Estoy indefenso; ven y acaba con esto de una vez, hijo de puta.

— nuxus —susurró una voz.

Una centella blanca lo cegó.

Un instante después, cuando el brillo arraigó un poco, dos rostros familiares emergieron de entre las sombras. Uno de ellos se adelantó.

—Cuida tus palabras —le dijo—. Y esa no es forma de llamar a nuestra madre.