Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 4
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NADA EN EL MUNDO

Céline odiaba los días lluviosos; hacía mucho frío y su cabello tendía a cobrar el aspecto de un nido de pájaros azotado por un viento afanoso.

—Más fuerte —ordenó.

Olee, mordiéndose el labio inferior, franqueó con brusquedad el cepillo por la intrincada cabellera. Céline gritó.

—¡Para! —dijo. Le arrebató el cepillo a la regordeta criada con un ademán brusco y le mostró cómo hacerlo con delicadeza, tomando la hebra desde la parte superior y peinando hacia abajo, desde la altura del agarre, con la mano siempre firme, inmóvil—. ¿Ves? Así.

Olee asintió, alegre e inmutable, y cogió el cepillo que Céline le tendía devuelta.

Siguiendo los pasos de la joven, peinó la cabellera tal y como se lo había solicitado.

Céline reposó la espalda contra el respaldo de la silla frente a la peinadora, viendo el diligente trabajo de la criada con la mirada distraída.

«Debería enviar un mensaje a Roland, sí —rumiaba—.

Y podríamos vernos esta noche. Aunque padre. ..»

Su padre se había estado comportando extraño estos últimos días; a duras penas abandonaba su lecho, la comida entraba y salía casi intacta de su alcoba, y su aspecto era demacrado rayano en lo enfermizo.

Y todo empezó aquella horrible noche en la que Darkling (en realidad Kenneth Hornwood hasta que se demostrara lo contrario, pensó) irrumpió en la mansión Katterblack.

—¿Qué dijo, señorita? —preguntó Olee.

Quizá había murmurado alguna idea en voz alta. A veces lo hacía.

—Nada, Olee —dijo desganadamente—. ¿Sabes si mi padre ha despertado?

—No lo sé, señorita. —Encogió los hombros, deteniendo su faena por un breve instante—. Sutr es quien lleva el desayuno al señor; le preguntaré si lo desea.

—No hace falta. ¿Sabes a qué hora regresó mi padre anoche?

El día anterior el Gremio se había reunido en el salón de los Viejos Conjuros para escuchar la confesión de Kenneth Hornwood, algo que causaba especial curiosidad en Céline.

Sentía escalofríos en la espalda cada vez que la asaltaba el recuerdo del rostro de Kenneth cambiando ante sus ojos en esa cosa espantosa, justo antes de cruzar la puerta y ponerle un cuchillo en el cuello.

Sin aludir los acontecimientos subsiguientes.

Todavía tenía pesadillas. Pesadillas efímeras.

De las que una apenas recordaba al día siguiente.

—Medianoche, señorita —contestó Olee. Miró a Céline a través del espejo que tenían en frente y sonrió; luego rodeó a la muchacha y dejó el cepillo en la peinadora—.

Sutr y yo estuvimos aguardando hasta muy tarde, pero el señor llegó con prisas: cruzó sin más el recibidor y desapareció en el tope de la escalera antes de que el viejo Sutr y yo siquiera tuviéramos ocasión de ver su cara.

Por un instante pensé que se trataba de aquel hombre. ..

—¿Te refieres a...? —preguntó a medias Céline. No podía decir el nombre. Más bien, no quería.

Y no fue necesario. Olee asintió.

—Sutr y yo subimos a su habitación y tocamos, señorita —continuó la mucama.

Por primera vez Céline reparó con claridad una expresión que no fuera una amplia sonrisa en el rostro de Olee.

Casi pudo ver aquellas emociones a través de sus ojos color jade, sombríos—.

No abrió la puerta. Así y todo, respondió con su voz para alivio de nosotros que estaba muy cansado. Y eso fue todo.

Céline se quedó pensativa. «Así que a medianoche. ¿Dónde habrá estado?»

—El señor está muy triste por la partida de la señora Alice —afirmó Olee.

En efecto; la señora Katterblack había partido a Nueva Orleans por una temporada después de que (por culpa de Céline) se revelara abruptamente la verdadera paternidad de Mary, un secreto que durante años le había ocultado su esposo—.

A quien sí vi fue a la señorita Mary —añadió la mucama, alzando sus cejas con suspicacia—. Y también parecía ir con prisas.

Céline arrugó el ceño.

—¿Mary?

—Sí. Salió de casa como alma que lleva el diablo un par de horas antes de que llegara su padre.

—¿Adónde iba?

—Quizá con el señorito Andrew —dijo Olee, que era buena para el cotilleo.

Volvía a sonreír y sus robustas mejillas se tiñeron de rojo manzana una vez más.

Con lujo de detalles contó a Céline que ya un par de veces había pillado por debajo de cuerda a Andrew visitando la alcoba de Mary entrada la noche—.

Creo que tienen un romance. ¿Puede creerlo? —Suspiró con una mirada risueña.

¿Mary y Andrew? ¿Quién se lo habría imaginado? En otras circunstancias se habría reído. O, más bien, sorprendido.

¿Qué pensaría su padre cuando lo supiera?

Céline se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Sabes si está en su habitación?

Olee parpadeó volviendo en sí.

—No, señorita. Creo que su prima ha pasado la noche en la cabaña de los hermanos Treddaway.

—Ya veo.

Céline apenas podía creer las afirmaciones de la mucama.

¿Debería preocuparse de que la virtud de su prima fuera mancillada?

¿Acaso, tenía decencia suficiente para cuestionar la actitud díscola de su prima después de que ella misma había estado el último año escabulléndose a espaldas de su padre para encontrarse en secreto con Roland Falahee?

¿Debería siquiera mencionar a su padre la situación de Mary?

¿Su prima se lo perdonaría tras la cena de la otra noche?

A todas estas preguntas, Céline creía saber la respuesta: «No».

Ya había hecho daño suficiente. Sobre todo a Mary. Ella misma no podría perdonarse si su padre tomase severas acciones contra Andrew Treddaway y su hermana.

Por otro lado, Céline habría apostado a que su prima acabaría enamorada de Philip Holbrooke.

En el fondo, sin embargo, debía admitir que sentía alivio de que este no fuera el caso; su hermana llevaba un par de años enamorada de Phil y ella se había propuesto, prosaicamente, acabar con sus esperanzas antes de darse cuenta de su error.

Con todo, apenas podía concebir que Mary fuera capaz de enamorarse de alguien como Andrew Treddaway. Sí, era guapo: el más guapo del pueblo. Blablablá (claro está, después de Roland). Pero era rústico, poco galante, y su familia no era de buena cuna. Y además...

Tocaron la puerta. Céline parpadeó, arrancada de sus ensoñaciones.

—Entra —dijo.

Se levantó del banco de la peinadora y se volvió hacia la puerta al tiempo que esta se abría despacio. Qué suerte que Olee había hecho un buen trabajo con su cabello.

—Señorita, abajo la aguardan su padre y su hermana —avisó la mucama personal de Elise, Tara, de pie junto la puerta abierta—. También el sheriff Sawyer. Parece traer noticias.

«¿Qué clase de noticias?», se contuvo de preguntar Céline.

Más tarde, tras la partida del sheriff, el señor Katterblack retornó a su habitación como una sombra rehuyendo de la luz del día ante la vista atónita de Céline y Elise.

Ambas cruzaron una mirada extrañada al ver a su padre subiendo a zancadas las amplias escaleras del recibidor.

Por un instante, Céline dejó de pensar en las terribles noticias que acababa de recibir mientras contemplaba esa escena.

Desterró el mal presentimiento que empezó a formarse en su pecho (su padre como posible autor de las muertes) y volvió en sí.

—Caroline está muerta —musitó, absorta.

La mayor de los Reedstter, con todo, había sido una de sus mejores amigas.

Sí, puede que no siempre se comportó como tal; y sí, puede que los negocios conjuntos de sus padres tuvieran muchísimo peso en su amistad, pero desde luego que no merecía el trágico final que obtuvo, según Sawyer, «por extrañas circunstancias».

Ni siquiera porque una vez la amenazó con contar a su padre sobre su furtiva relación con Roland si no accedía yacer con su hermano Ian.

(«Será su primera vez, querida. No la tuya —había dicho Caroline—.

No tiene por qué ser tan traumático»). A lo que Céline había accedido con la condición de que sólo fuera en una ocasión.

Céline parpadeó. En tanto, Elise se acercó a ella, descansó la cabeza en su hombro y dijo:

—Pobre Kenneth. —Suspiró—. ¿Crees que padre asista al funeral?

—Querrás decir «funerales» —corrigió Céline—.

Padre tiene negocios con Stephen Reedstter, además de una estrecha amistad.

—Aunque era probable que estuviera exagerando en esto último.

Más bien sería cordialidad a tenor de sus negocios en conjunto—.

Kenneth era el hijo de uno de los pocos hombres que ha dicho no a nuestro padre en cuanto a un trato bien remunerado.

—Es decir, un verdadero amigo —atajó Elise, arqueando una ceja.

Céline asintió.

—Sí. Seguro asistirá a ambos. —Al menos eso esperaba.

Se quedó pensando un momento en los lugares en los que pudo estar su padre la noche anterior.

Con gusto optaría por creer que fue a uno de los burdeles del pueblo (el de buena categoría, eso sí) en vez del lugar donde en realidad creía que estuvo: el ayuntamiento, en las celdas encantadas, estrangulando a Caroline y sacándole el corazón a Kenneth.

Al pensar en ello se estremeció. Entonces cayó en la cuenta del silencio que había sobrevenido a la habitación.

—Padre ha estado extraño —comentó Elise. Se llevó el dorso de la mano a la mejilla para enjuagarse una lágrima.

—Sí —convino Céline y evocó las palabras de Olee, hace un rato, mientras la peinaba: «Por un instante pensé que se trataba de aquel hombre...»

—Quizá solo echa de menos a nuestra madre. Tal vez deberíamos enviar un mensaje mágico a Nueva Orleans.

Buena idea. Su padre siempre estaba de buen humor cuando recibía correspondencia de Leonard.

—Tienes razón —convino Elise; Céline quiso de corazón confiar en ello—. Después de la comida enviaremos un mensaje mágico a nuestra madre y hermano en Nueva Orleans. —Y, hablando de la comida, preguntó—: ¿Has visto a Mary esta mañana?