Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 3 #2
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—Philip, ¿todavía recuerdas lo que pasó aquella noche en la mansión Katterblack?

—Sawyer se refería al instante en el que entraron al estudio del señor Katterblack: el aire denso, aquella nube blanca fantasmal que colmaba la estancia y, sobre todo, aquella risa maligna desvaneciéndose en lánguidos torbellinos.

Phil asintió—. Puede que Horace tenga razón, y Darkling halló un nuevo cuerpo que ocupar en alguno de los que estuvimos presentes esa noche.

—¿Quiere decir que la maldición se transfirió?

Philip se frotó las manos; las tenía heladas.

—Eso temo. —Sawyer inspiró profundo. Parecía cansado—.

Antes he visitado a otros posibles elegidos, pero empecé con alguien que no estuvo esa noche en la mansión Katterblack: el joven Clayton Hornwood, hermano menor de Kenneth.

Si el relato de Ken es cierto, entonces, al morir, la maldición pasa al siguiente varón de la familia.

Pero la señora Hornwood asegura que el joven Clay estuvo toda la noche trajinando en la taberna, y hay testigos (clientes, es decir) que pueden confirmarlo.

—Pero, si la maldición no se transfirió a Clayton, quiere decir que.

.. —Philip calló. No era capaz de decir lo que pensaba en voz alta.

De lo contrario no podría contenerse de mirar a su tío.

Estaba horrorizado, horrorizado de lo que podía estar haciendo parte.

El corazón le martillaba el pecho. No sabía cuánto más podría soportarlo.

Kenneth había sido confinado a una celda encantada después de los acontecimientos en la mansión Katterblack.

En parte para obligarlo a confesar los motivos de sus actos, en parte para evitar que hiciera daño a alguien más en el pueblo.

No obstante, en ese tiempo, Darkling nunca apareció.

Ni el menor indicio. Era sabido que la única manera romper una maldición era que la deshiciera quien la impuso, por voluntad propia o a la fuerza si era necesario.

La banshee que maldijo a los Hornwood hace casi cien años había sido asesinada por Frank Hornwood.

La única forma era que, tal como dijo Kenneth sobre la muerte de su padre, fuera traída a la vida a través de un hechizo nigromante del Grimorio para forzarla a deshacer la maldición.

Tal hazaña era imposible de lograr. La maldición era demasiado específica: no había otro modo de deshacerla.

El sheriff se levantó, tenso, pero conforme.

—Lamento haberlos molestado —se disculpó—.

Stephen está destrozado por la muerte de su hija y, cómo no, ha exigido que sea muy riguroso en cuanto a la investigación sobre el hecho.

—Encogió los hombros con lánguida soltura—.

Lo mismo espera la señora Hornwood, no menos destrozada por la muerte de su hijo.

Philip se puso en pie también.

—¿Qué hay del señor Katterblack? —dijo Philip sin pensar. No quería señalar al padre de Elise. Pero era una posibilidad que no se podía descartar dado el grado de participación que tuvo durante los hechos en su morada—. Fue él quien apuñaló a Darkling —añadió.

—Sí —dijo desganadamente el sheriff—. Ahora mismo voy a la mansión Katterblack. Richard y su hija estaban en el estudio cuando Darkling desapareció. También Mary. Y, como dices, fue Richard quien empuñó el arma que en apariencias acabó con Darkling.

Dicho lo cual, la conversación decayó, y Phil acompañó a Sawyer hasta la puerta. El hombre la cruzó y se volvió hacia Philip. El cielo estaba despejado y ya no llovía, observó el muchacho antes de centrar su atención en el sheriff.

—Algo más, Philip —dijo éste—. Se trata de Horace. ¿Está todo bien con él?

Phil no sabría decir a qué exactamente se refería Sawyer. Y, pensándolo bien, en el fondo tampoco quería saberlo. Esbozó una sonrisa.

—Todo bien, sheriff —dijo.

Esperó haber sido convincente.

Horace no estaba en el salón de estar cuando Philip regresó allí. No obstante, oyó un golpeteo férreo que provenía de la cocina, de manera que la enfiló.

—¿Qué haces? —preguntó en seco antes siquiera de cruzar el umbral.

—Quiero un poco de té. Debimos ofrecerle al sheriff, ¿no crees?

—¿De verdad quieres saber qué creo?

Horace, girando la palangana para llenar la cazuela con agua, se detuvo y miró a su sobrino de forma anecdótica.

—No puedo creerlo —dijo. Sonaba indignado.

—¿Qué?

Horace negaba con la cabeza.

—No pensé que fueras tan desconsiderado, y mucho menos, poco cortés. Sawyer ha venido hasta aquí a informarnos de las buenas nuevas...

—¿Buenas? —Era el turno de Philip de sonar indignado—. El sheriff vino a averiguar por qué dos jóvenes de buenas familias fueron asesinados tan cruelmente. Y uno de ellos, además, era mi amigo. ¿Qué tiene eso de bueno ?

Horace aguardó inmóvil como una estatua barbuda un largo instante; al cabo, encogió los hombros con soltura.

—Qué sé yo, muchacho —expresó. Y siguió con su quehacer: puso a hervir el agua y luego empezó a moler las hierbas para el bálsamo con un enorme mortero de hierro que bien podría usarse para aniquilar a un enemigo con un cachazo en la sien—.

Supongo que el pueblo estará a salvo ahora sin la presencia de ese joven endemoniado, y todavía más, de la joven Reedstter.

—¿Qué quieres decir?

Philip cruzó los brazos ante el pecho y levantó una ceja, aún parado en el umbral de la puerta. Tal vez, pensó, no habría mejor momento que ese para sonsacarle la verdad a Horace.

—La joven Reedstter... estoy seguro de que heredó la misma índole despreciable de los de su estirpe. Su padre no es buen hombre, recuerdo bien. Y ya conoces la historia del abuelo Reedstter y cómo incendió la fábrica de los...

—No —lo interrumpió Philip. Horace no había detenido su faena de machacar, pero se lo notaba más tenso—.

¿Me refiero a lo de «muchacho endemoniado»?

¿Cómo diablos te enteraste de la historia que Kenneth contó al Gremio?

Ciertamente no fui yo quien te la narró durante la cena.

—Alzó los hombros—. Y, ya que en éstas estamos, ¿quién te la dijo?

Horace blandió con fuerza el motero contra la mesa; el trueno habría sobresaltado a Philip si este no hubiera esperado esa reacción a través de la postura cada vez más tirante de su tío.

Sin embargo, nunca lo había visto enfadado.

El pecho de Horace subía y bajaba en respiraciones violentas, y sus ojos se habían tornado sombríos.

—Ahora soy yo a quien está siendo indagado —soltó Horace. Su voz no tenía un tono furioso o nervioso, como cabría esperar, y su mirada impertérrita parecía haber sido esculpida en hielo. Desvió sus ojos a la mesa y respiró profundo—. ¿Qué tratas de decirme, Philip?

Sin más, Philip dijo:

—Colaboras con Darkling.

No era una pregunta. Había reflexionado mucho al respecto. Mucho. Sobre todo, la noche anterior mientras volvía a casa de aquel cenáculo revelador con el Gremio y durante horas antes de sucumbir al sueño. Tras dar un profundo suspiro, continuó.

—Ya lo sé, Horace. Lo sé todo. O casi todo. Sé lo que estás haciendo en el ático: intentas crear un cuerpo para Darkling. Un cuerpo propio.

—Darkling está muerto —replicó Horace, mecánicamente.

—¿De verdad? —Phil avanzó un par de pasos hacia su tío—. ¿Cómo sabes lo que Kenneth reveló ayer en la reunión? Fue Darkling, ¿verdad?

La sombra de la duda cruzó por un momento los grandes ojos castaños de Horace.

—No —contestó, por fin, con una firmeza que no daba lugar a dudas.

Philip apenas pudo esconder su sorpresa. ¿Por qué seguía ocultándolo?

—No fue Darkling, Philip —afirmó Horace.

—Entonces ¿cómo?

Tío y sobrino se miraron largamente.

—Esta casa guarda muchos secretos —dijo Horace, y nada más.

Entonces oyeron el burbujeo del agua hirviendo. Y pasos.

De pronto, Phil se acordó de sus hermanos. Y que aún no había preparado el desayuno.

Lucas entró al primero, arrastrando los pies descalzos por el piso de madera y frotándose los ojos con los puños.

Al verlo, Phil reparó que había crecido considerablemente estos últimos días (era probable que gracias a los entrenamientos de combate con el orador Greystar).

El pequeño Lucas ya no era tan pequeño, estaba casi a la altura de Jason, y pocos centímetros por debajo de Philip.

A continuación, Jason entró.

Si alguno de sus hermanos notó el tenso ambiente que regía la estancia, ninguno dio muestra de ello. Se sentaron en la mesa de la esquina, esperando.

—¿Qué se supone que voy a comer? —espetó Jason al fijarse que su hermano no había dispuesto el desayuno—. ¿Y qué es eso?

—Té —contestó Horace con una sonrisa. Lo había preparado a una velocidad impresionante mientras los recién llegados se sentaban en la mesa—. ¿Quieres un poco?

—¡Puaj!

—Oh, no, muchacho, está bastante bueno —aseguró Horace; aunque aún estaba soplando la humeante superficie de la taza.

—Como sea —dijo Jason, haciendo un ademán, y clavó sus ojos en Philip—. Tengo hambre.

—Si tienes tanta hambre podrías hacer tu propia comida —señaló Philip—. Y, además —añadió en tono jocoso mientras se sentaba en la mesa junto a Lucas—, también podrías hacerle al resto.

—¿Qué? —El rostro de Jason traslució alarma, horror, confusión e ira—. Yo no... Yo no sé...

—Philip solo está tomándote el pelo, Jason —repuso Horace con otra radiante, aunque tensa, sonrisa—. Esta vez yo haré el desayuno.

—¿Ah, sí? —dijo Philip.

—Qué bien —soltó Jason, visiblemente aliviado.

—Sólo espera que acabe mi té y empezaré...

—¡Tengo hambre! ¡AHORA!

Horace, con calma, llevó la taza a sus labios y dio un sorbito. Luego sugirió:

—Si tienes tanta hambre podrías…

—Esperaré —lo cortó Jason, entornando los ojos y torciendo la boca.

Philip se habría reído si todavía no estuviera azorado por su reciente conversación con Horace.

Guardaron silencio. Cuando Horace terminó de beber su té, puso manos a la obra con una destreza que sorprendió a todos; empezó a freír unos huevos y a rociarle sal a unos trozos de cerdo fileteado antes de freírlo.

No era la primera vez que Horace se hacía cargo del desayuno, de modo que Philip no temía que el hombre causara un verdadero desastre.

.. o una bazofia. Horace se desplazaba con tal maestría de un lado a otro que casi hipnotizaba a sus jóvenes espectadores.

Philip pensó: Cualquiera que lo viese en ese momento pensaría que llevaba haciéndolo toda la vida.

—El sheriff Sawyer estuvo aquí hace poco —comentó Philip.

En parte para matar el tiempo en tanto esperaba el desayuno con sus hermanos, en parte porque quería ver la reacción de su tío mientras hablaba.

Además, claro está, de que sus hermanos acabarían por saberlo más temprano que tarde, y Phil prefería que supieran las buenas nuevas por él—.

Kenneth Hornwood y Caroline Reedstter fueron asesinados.

—Oh, vaya, uno más uno menos —dijo Jason, con tedio—. ¿Qué importa? ¿Y por qué Sawyer vino hasta aquí?

Philip soslayó a Horace, y descubrió a su tío echándole un vistazo por encima del hombro.

—¿Creen que fuiste tú? —bufó Jason—. Pero si eres incapaz de matar a una mosca.

Su tono, más que su afirmación, hizo enojar a Philip.

—Ahora soy miembro del Gremio de River Town —repuso éste a fin de poner el dedo en la llaga al ego de Jason—. Y debo estar al tanto.

Jason disimuló muy bien su irritación y entornó los ojos con un suspiro.

—Da igual —comentó con desgana—. No es la única visita inusual que hemos recibido últimamente

—¿De qué hablas? —inquirió Philip.

Aquello pareció elevar el ánimo de Jason. Se enderezó en el asiento.

—Oh, ¿acaso no lo sabes? —se ufanó—. Richard Katterblack estuvo aquí.

Algo se estrelló con estrépito contra el suelo.

Los ojos de los tres hermanos se clavaron en Horace, pálido e inmóvil como un fantasma en suspenso, junto a la mesa.

A sus pies estaba tirada la escudilla con huevos y pan de cebada.

Jason, enfurecido, cruzó los brazos y murmuró un improperio; Lucas se limitó a subir las cejas, y Philip se mantuvo impasible con la mirada puesta en su tío, que parecía avergonzado.

—Lo siento —masculló Horace, y se inclinó para recoger los restos del desayuno.