Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 3
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POR LA MAÑANA

River Town

La mañana era álgida, lluviosa, con un cielo que emitía un vasto haz de luz a través de la ventana.

Philip, que acababa de despertar, podía ver con claridad cada rincón de su habitación gracias a aquel albor matinal; también podía oír el repiquetear desigual de las gotas de lluvia contra el cristal de la ventana.

Le pareció extraño sentirse tan plácido dado que a duras penas había podido conciliar el sueño la noche anterior.

Frotó sus ojos con los puños cerrados y se levantó bostezando.

El suelo estaba gélido, y se estremeció al rozarlo con la planta desnuda de los pies.

De pronto tocaron la puerta: golpes fuertes, acelerados, que agitaron el cortinaje de la ventana. Philip contuvo un sobresalto.

—Philip —dijeron al otro lado de la puerta. Una voz grave—. ¿Estás despierto?

—Sí. ¿Qué ocurre?

—Tenemos un visitante.

Philip, confundido, se calzó unas zapatillas, avanzó hasta la puerta y abrió.

—¿Quién? —preguntó a Horace.

Christian Sawyer, el sheriff de River Town, era un hombre de cuarenta y tantos de mediana estatura; tenía pronunciadas entradas en el cabello y, según Vallery Atwood, una de las mejores barbas del pueblo: copiosa, pero bien cortada, de color bermejón oscuro salpicado de hebras grises.

Si bien poseía un semblante adusto, era gentil al trato y de sonrisa fácil.

Como muestra, cuando Philip abrió la puerta, Sawyer se volvió trazando una de aquellas fáciles sonrisas suyas.

La lluvia había salpicado sus hombros y el ala de su sombrero.

—Sheriff —saludó Phil. Con un gesto con la mano, y haciéndose a un lado, dejó entrar al sheriff.

El álgido aire de la mañana se coló en la casa.

Philip apenas pudo dominar un estremecimiento.

Acto continuo cerró la puerta y condujo al recién llegado al salón de estar.

Allí aguardaba Horace, de pie junto al largo sillón.

Phil no sabría decir qué era más extraño: si la imprevista visita del sheriff a la casa Holbrooke, o la mucho menos imprevista presencia de su tío ermitaño en el salón.

¿Acaso, Horace sabía el motivo por el que esa mañana eran honrados con una de las figuras de mayor autoridad del pueblo?

Imposible. No había forma de que lo supiera, ¿verdad?

De cualquier modo, saltaba a la vista que estaban a punto de entrarse de qué se trataba, y Philip vería con sus propios ojos si era cierto.

El sheriff cruzó una mirada ceñuda con Philip.

No hacía falta tener la doble vista de los Treddaway para adivinar la pregunta que pasó por la cabeza de Sawyer en ese preciso instante: «¿El hombre en el salón es quien creo que es?

» Philip asintió. Luego, sin más, tomaron asiento.

En la estancia estar reinaron una sensación friolenta y un silencio que se antojaba abismal.

En ausencia de hogueras —sus antepasados habían preferido calentar la casa usando hechizos para este fin—, Horace había encendido las lámparas de gas, quizá en un intento por armonizar el ambiente mientras Phil recibía a Sawyer en la puerta.

El silencio se prolongó. Al parecer, supuso Philip, la inusitada presencia del tío Horace hizo olvidar por completo al sheriff el motivo de su visita.

Sawyer no dejaba mirar ceñudo a Horace. Horace no parecía inmutarse: más bien parecía tranquilo y fingía distraerse viendo esto y aquello. Pasaron más o menos dos minutos.

Al cabo, Philip se aclaró la garganta y preguntó:

—Dígame, sheriff, ¿en qué podemos ayudarle?

Sawyer parpadeó y fijó su atención en Philip.

—Ha sucedido un hecho terrible —empezó—.

Anoche. —Aunque no fue hasta esa madrugada cuando los guardas de la prisión del River Town hicieron el espantoso descubrimiento.

Al oír de qué se trataba Philip quedó atónito.

Por un breve instante sintió que los cimientos de la casa Holbrooke se agitaban sobre su cabeza.

A duras penas pudo dominar el impulso de echar una mirada a Horace, sentado a su lado, aparentemente tranquilo, si bien fingiendo sorpresa.

—¿Kenneth y Caroline? —articuló Philip, al cabo de unos segundos, aún sin creerlo.

—Sí, Philip —abundó, templado, Sawyer—. Kenneth Hornwood y Caroline Reedstter fueron hallados esta madrugada en la celda donde estaba recluido Ken.

Creemos que el muchacho y Caroline tenían un amorío.

Por supuesto, Stephen lo niega rotundamente.

Hay quien asegura haber visto a los hermanos Reedstter (sí, también a Ian) en el local de Hornwood en días previos a los sucesos en la mansión Katterblack.

—¿Piensan que ha sido Darkling? —preguntó Phil al mismo tiempo que apretaba las manos para no girar la cabeza hacia su tío, que no había dicho una sola palabra.

Sawyer suspiró y asintió.

—Es probable, sí —dijo—. Caroline fue estrangulada: su cuello quedó tan reducido y fracturado que es imposible que hubiera sido causado por un humano común o un seguidor de la luz.

En cuanto a Kenneth... —Calló un instante.

Tomó aire. Siguió—: Le sacaron el corazón del pecho.

Lo que puede tratarse de otra prueba de que el culpable posee una fuerza sobrehumana.

—Pero —dijo Phil, sin entender— ¿por qué querría Darkling asesinar a su forma corpórea?

—Lo mismo me pregunto —convino Sawyer—. ¿Por qué?

Philip, hasta ese momento, no había vuelto a pensar en el relato sobre la maldición de los Hornwood.

Su mente estaba más ocupada pensando en otro asunto de carácter más familiar.

Entonces se le ocurrió una razón de porqué habría asesinado Darkling a Kenneth.

Sin embargo, no fue él quien la expresó en voz alta.

—Quizá encontró uno nuevo —intervino Horace. Era la primera vez que hablaba desde que el sheriff entró en la casa. Philip reparó en la postura de su tío: rígida como una tabla—. Un nuevo cuerpo, quiero decir —añadió, aclarándose la garganta.

Sawyer levantó una ceja.

—Philip me contó sobre la confesión del joven Kenneth —se apresuró en añadir Horace.

Lo dijo con tanta naturalidad que incluso el involucrado casi se tragó la mentira—.

Podré estar aislado día y noche, sheriff, pero estoy al corriente de los últimos acontecimientos en el pueblo gracias a mis sobrinos.

Sawyer echó una mirada inquisitiva a Phil, que asintió una vez con firmeza. Philip, no obstante, apenas pudo disimular su estupefacción: desde luego que no le había referido a Horace sobre las declaraciones que dio un día antes Kenneth.

El día anterior, al llegar a casa tras la reunión en el salón de los Viejos Conjuros y la turbadora confesión de Kenneth, Philip apenas se mantenía en pie.

Casi resbaló de las escaleras subiendo a la primera planta.

Una vez allí, enfiló su dormitorio, aunque su inicial intención había sido confrontar a Horace Holbrooke aquella misma noche sobre lo que estaba ocultando en el ático.

De haber hecho eso no habría acabado nada bien.

¿Por qué no ahora? Podía valerse de la presencia de Sawyer, que además era miembro activo del Gremio de River Town, para acorralar a su tío.

Podía descubrir Horace, allí mismo, y con eso pondría fin al misterio en torno a Darkling.

.. y también a lo que el hombre ermitaño escondía en el ático.

No obstante, había una fuerza inexplicable que detenía a Philip.

Esta fuerza tenía su origen en la noche en la que el propio Phil presenció subrepticiamente el encuentro entre Horace y Wallace Flint, el cuidador del cementerio.

La noche en la que Philip descubrió quién era el hombre de la mortaja, Horace le había hecho prometer que no mencionaría nada sobre dicho encuentro y su siniestra naturaleza (la cual Philip no tenía del todo clara); le pidió que confiara en él del mismo modo que años atrás había confiado la difunta Regina Holbrooke al dejarle el cuidado de sus tres hijos. Phil accedió a regañadientes.

«Porque anhelo que hayas heredado al menos eso de tu madre», había dicho su tío.

De nuevo, Philip contuvo el impulso de mirar a su tío y se centró en mantenerse sereno tanto como fuera posible para no levantar sospechas.

Le resultaba difícil. Ken había muerto, pensó.

Caroline Reedstter estaba muerta. Y en ese momento estaba junto al hombre que podía saber el verdadero motivo de estos crímenes.

«Y, en éstas —se preguntó el muchacho en su fuero interno—, ¿cómo sabía Horace de la confesión de Kenneth? »

Si Darkling estaba vivo, después de todo, tal vez visitó a Horace no hacía mucho.

—¿Dónde estuviste anoche, Philip? —preguntó Sawyer.

Phil parpadeó.

—¿Qué?

—¿Fuiste a algún otro lugar después de la reunión en el salón de los Viejos Conjuros?

Hubo un instante de silencio, un silencio acusador. Horace lo rompió.

—¿Acaso, piensa que mi sobrino tuvo algo que ver con aquellas muertes?

—No —afirmó Sawyer. Después reformuló, cuadrando los hombros; su miraba se alternaba gradualmente entre Philip y su tío—. No fue eso lo que quise decir. O, más bien, no quise decirlo de ese modo. Solo estoy intentando encajar las piezas.

—Pues, en ese caso, sheriff —repuso Horace con enfado—.

Le puedo asegurar que mi sobrino estuvo en esta casa toda la noche, y sus hermanos pueden dar fe de ello.

—Le echó una mirada de indignación a Phil—.

¿Puedes creerlo? —Philip, absorto, encogió los hombros.

Horace se volvió hacia el sheriff y añadió—: Pero si le interesa tanto saber, sheriff, anoche mi sobrino preparó la cena y nos contó la historia de la maldición de los Hornwood hasta bien entrada la noche.

Por último, cada quien se retiró a su habitación.

Phil estaba impresionado; la seguridad con la que Horace hizo aquella afirmación era inquietante.