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LUGAR DONDE PERTENECE
—Sam —dijo Mary, y por un instante pareció que el tiempo se detenía en el sombrío salón de la taberna.
—¿Quién? —preguntó Lloyd.
—Su hermano —dijo Abigail.
—Imposible.
Mary reprimió el impulso de girarse y decirle que aquel chico era su Sam.
Pero temía que al apartar la mirada de su hermano este se desvaneciera una vez más en una nube de hollín, o descubriera que solo se trataba de un sueño.
Porque si Sam no hubiera dicho su nombre hace un instante Mary fácilmente habría creído que era eso: un sueño.
Y, ciertamente, ella había soñado muchas veces con ese encuentro desde que fueron separados uno del otro.
Su corazón latía con fuerza mientras veía aquellos enormes ojos color jade que tan bien conocía, a la vez que lágrimas rodaban por sus mejillas y sonreía sin apenas darse cuenta.
—Mary —dijo Lloyd, con la voz sembrada de duda. Le puso una mano en el hombro—. ¿Estás segura?
Sin más, Mary se volvió. De súbito cayó en la cuenta de dónde estaban y el cometido por el que se encontraban en apuros en aquel momento.
También recordó que, antes de entrar en la taberna La Última Morada, había creído que su hermano podía estar entre el grupo de huérfanos que jugaba en el pueblo.
Entonces comprendió porque los demás, a simple vista, no daban crédito a su afirmación pese a que el chico junto a la tabernera acababa de decir su nombre.
«No es un sueño —pensó Mary—. Es Sam».
Abby alternaba la mirada entre ella y Grace, que tenía una expresión fiera mientras aferraba sus dagas daxarus y fulminaba al hombretón calvo que amenazaba con romperle el cuello a Ulises Witheford.
Ulises, que más parecía un muñeco de tela rodeado por los brazos del grandulón, había palidecido a tal punto que casi parecía brillar como una nuxus .
Mary se enjugó la cara con la mano (aún sin darse cuenta de sus lágrimas) y fijó a Lloyd, con la intensión de decirle que estaba segura del todo.
Al final, no hizo falta.
—Mary.
Esta miró a Sam, que, visiblemente asustado, intentó dar un paso hacia ella. Una mano rolliza cayó de rondón en su hombro.
—Newt —dijo Claudine, la voz baja casi en susurro. En sus ojos color jade intenso, irrigados en sangre, se podía advertir claramente una furia creciente. Entonces alzó la voz—. Su nombre... es... ¡NEWT! ¡Y no piensen que los dejaré llevárselo!
—Te equivocas —replicó Grace al instante—.
En realidad, se llama Samuel. Y vendrá con nosotros.
—Lo único que en ese momento impedía que la joven cargara contra los hijos de Claudine era que uno de ellos (Brutus, si mal no recordaba Mary; ¿o era Moray?) amenazaba con romper el cuello a uno de sus amigos.
Y bastaba con verlos para saber cuán sencillo, rápido, sería—.
De lo contrario, te aseguro que los seguidores de la luz en River Town vendrán a este tugurio a reclamarlo.
Claudine se la quedó mirando, sin expresión, durante casi un minuto. Al cabo, dijo:
—Pues, ¡qué vengan! —La mujer hadúna sonrió de oreja a oreja—.
El chico se quedará conmigo. Aquí es donde pertenece.
Es hijo de uno de nosotros. —Fijó sus ojos en Mary como si quisiera decir: «Ella sabe de qué hablo».
Pero Mary no tenía idea de qué estaba hablando.
O tal vez sí—. Los seguidores de la luz de River Town ya han estado antes en este pueblo y no han encontrado nada más que solo un montón de huérfanos de la peste desperdigados; entre ellos, los hombres al servicio de Richard Katterblack. .. y tú hermano.
—Andrew —dijo Abigail, con un hilo de voz.
«Andrew», pensó Mary al mismo tiempo. Y volvió a sentirse culpable.
Por no haber sido capaz de prever lo que se proponía el joven tras aquella mágica noche en el jardín Katterblack.
Cuando él dijo: «Y lo haría de nuevo. Mil veces más».
Pero, sobre todo, cuando se abstuvo de contarle de su cometido durante la despedida.
—Sí. —Claudine sonrió—. Ni siquiera él fue capaz de ver que en realidad se trataba del niño que estaba buscando, ¡y eso que estaba frente a sus narices! —Carcajeó a mandíbula suelta—. Ustedes tampoco lo hubieran descubierto si no fuera por ella...
De nuevo, fijó su mirada ponzoñosa e irascible en Mary.
—Solo uno de nosotros puede vislumbrar a través del hechizo...
— Memoriam delere —dijo Lloyd.
Claudine asintió.
—Una conjugación más etérea, sí —se ufanó—.
Apuesto a que el pobre se acordó más tarde del niño que vio en mi despacho y supo quién era en realidad al unir los cabos: esa es la mejor parte.
—Y, tras otra carcajada, añadió—: Claro está, si Mahlon West no lo asesinó antes de que su mente alcanzara tal lucidez.
—¿Qué quieres decir con que Mary es una de ustedes? —inquirió Abigail.
—Si te lo digo, tendré que morir. Y Mary también.
—Da igual lo que diga esta mujer hadúna —terció Grace, airada—. Vamos a por Andrew a la fábrica. Luego regresaremos por Sam...
Mary abrió la boca para negarse en rotundo. No estaba dispuesta a dejar a su hermano con la tabernera.
Claudine profirió otra carcajada.
—¿Y qué te hace pensar que seguiremos aquí cuando regresen? —dijo a continuación—. Si regresan.
—Pues regresamos.
—Ya veremos.
—O tal vez lo mejor sería quedarnos —terció Lloyd. Arqueó las cejas—. Y resolver por todas este asunto.
Entonces sobrevino un silencio. La atención de todos en el salón cayó sobre el joven Blackfell.
El aire se tornó, si cabe, más tenso que hace unos instantes.
Por un larguísimo momento —y por segunda vez ese día en la lóbrega taberna La Última Morada—, el tiempo pareció detenerse.
Mary sintió que su corazón empezaba a latir de prisa y corriendo, y que se quedaba sin respiración.
Quiso gritar. Quiso marchar hacia Sam. Sabía que en cualquier momento estallaría el caos.
Temía por lo que estaba a punto de pasar.
Si bien jamás habría podido prever de qué se trataba.
De nuevo, observó a Lloyd. Éste, sonriente, la miró devuelta y guiñó un ojo; acto seguido, se volvió hacia el hombretón que ceñía a Ulises por el cuello con enormes sus brazos, y alzó una mano. Claudine, frunciendo el ceño, gritó:
—¿Qué estás haciendo, bastardo ? ¡¿Qué haces?! —Emplazó la mirada con ojos abiertos como platos hacia su hijo—. ¡Asesínalo, Brutus! ¡Hazlo ya!
El tiempo se detuvo. Una vez más. No ocurrió nada.
Brutus siguió inmóvil, con sus enormes brazos como troncos en torno al cuello de Ulises.
Como si no hubiera oído la orden de su madre, o siquiera visto la expresión crispada en su rostro.
Por unos largos segundos pareció una enorme estatua de músculos que (podía verse el subir y bajar en su pecho) respiraba.
«¿Qué...? —pensó Mary, sin entender. Por el rabillo del ojo vio a Grace avanzando lentamente hacia el hermano de Brutos.
Entonces lo supo—. Lloyd está usando su donum lucis ». Cualquiera que este fuese.
—¡¿Qué le estás haciendo?! —rugía Claudine. Parecía sobremanera furiosa (o, más bien, asustada) mientras rodeaba el mesón con las manos extendidas del mismo modo que Mary hace unos minutos—. ¡¿Qué le estás haciendo?! Bastar...
¡Zum! Una flecha apareció en el centro del hombro de Claudine.
Era Abby, que en seguida tensaba una segunda flecha en su arco.
El tiempo, más que detenerse, pareció ralentizarse.
Claudine se desplomó sobre las rodillas, llevándose ambas manos a la herida.
Gritaba con fuerzas. Mary apenas tuvo tiempo de ver aquello: mientras sucedía echó a correr como alma que llevaba el diablo hacia Sam.
Ambos se fundieron por fin en un breve pero intenso abrazo a la par que, a sus espaldas, Grace saltaba sobre el dorso de Moray, invocando la luz de sus armas antes de clavárselas de lleno en el cuello.
Mary, con el rostro enterrado en los cabellos de Sam —entregada al abrazo, las lágrimas, la dicha—, a duras penas escuchó el sonido del acero mágico desgarrando carne y músculos; las salpicaduras de sangre; los gritos histéricos de Claudine; las flechas de Abby zumbando hacia Brutus, de las cuales dos acertaron al hombretón en el pecho y otra en el ojo derecho; las toses de Ulises, ya libre; o Lloyd sacando y hundido un par de dagas fraxs en el centro del pecho a Moray. ..
Mary y su hermano se mantuvieron ajenos al caos que acontecía en la taberna. De principio a fin estuvieron abrazos. Sólo el fuerte estruendo del pesado cuerpo de Brutus embistiendo el suelo fue capaz de cesar el abrazo entre los hermanos.
Claudine, de rodillas, seguía vociferando con la cara enrojecida e hinchada. Sangre borbotaba de su herida.
Con afán, Grace se acercó a la mujer hadúna, y le puso el filo de sus daxarus en el cuello.
—Dinos —exigió—, ¿Andrew sigue en la fábrica Cartwright?
Claudine escupió. Grace, terciando la cabeza, logró esquivar de perillas el esputo.
—¿De verdad crees que te diré...?
—Sí.
La voz de Sam, secándose las lágrimas con la mano, apenas fue un susurro.
Así y todo, bastó para interrumpir de súbito a Claudine, que puso su mirada entre herida e irascible en el chico.
Mary, enjugándose asimismo sus lágrimas, permaneció a un lado de su hermano, rodeando sus hombros con un abrazo.
Casi no podía quitarle la vista de encima.
La llenaba una sensación de júbilo. En tanto que temía que este fuera un sueño que terminaría tarde o temprano.
Vio a Abby y Lloyd, que enfundaba sus dagas, acercándose con ojos sombríos.
Lo mismo que Ulises, ileso, frotándose el gollete con una mano y el rostro contraído de dolor.
Mary echó un vistazo a los cuerpos de Brutus y Moray, tendidos bocabajo sobre crecientes chacos de sangre. No sintió nada por ellos. Apartó la mirada imperturbable al oír de nuevo la voz de su hermano.
—Sigue allí —abundó Sam—. Andrew. Estuve hace poco en la fábrica Cartwright. Apenas puedo recordarlo. Alguien me llevaba en brazos.
Grace, crispando los labios, apretó más las dagas en torno al cuello nervudo de la tabernera. De inmediato empezaron a manar hilillos de sangre.
—Habla —demandó Grace—. ¿Por qué llevaron al chico a la fábrica en ruinas?
Claudine sólo se limitaba a mirar a Sam. No contestó.
—No hablará —observó Lloyd—. Y nosotros no deberíamos seguir perdiendo el tiempo.
—¿Qué sugieres qué hagamos? —preguntó Grace, la voz tensa, sin mirarlo.
—Deberíamos pedir apoyo —propuso Ulises—. Al Gremio.
—¿Sabes cuánto tiempo les tomará llegar hasta aquí? El mismo que nos ha tomado a nosotros. Ni hablar. Debemos salvar a Andrew y al padre de Lloyd cuánto antes.
—Grace tiene razón —dijo Abby. Tenía la vista distante—. Mahlon West es un sádico que se alimenta del sufrimiento de otros antes de asesinarlos. Es probable que ahora esté torturando a Andrew, o algo mucho peor. Debemos.... —Entonces la voz se le quebró—. Nosotros...
Calló, ladeando la cabeza al tiempo que se llevaba las manos a la cara.
Lloyd intentó acercarse, pero Abby alzó una mano. En cambio, Grace no se movió ni redujo la presión en el cuello de Claudine; en su rostro se reflejaba profunda cólera. E impotencia.
—Entonces está decidido —indicó Lloyd, mirando a sus amigos—. Iremos a las ruinas de la fábrica Cartwright a por mi padre y Andrew.
Claudine, rodeando con sus manos la flecha que asomaba de su hombro, empezó a reír. Casi en seguida contrajo el rostro de dolor.
—Qué tontos —dijo—. ¿De verdad creen que podrán salir con vida de ese lugar? La antigua fábrica está infestada de argones y subordinados. No podrán...
—Conozco una entrada —soltó Sam—. Más o menos. Creo recordarlo de cuando estuve ahí; si van con cuidado podrán entrar en las ruinas sin ser vistos.
—¡Niño! —bramó Claudine, la cara roja de ira—. ¡Cierra esa boca! Eres un traidor. Cuidé de ti. Te acogí bajo mi techo. Te alimenté. Y así me pagas...
—Lo hiciste porque Mahlon West te obligó —dijo Mary—. O tal vez fue Darkling. No importa.
—Mentiste —dijo Sam—. Dijiste que mi hermana fue asesinada durante el baile de los Katterblack. Me prometiste que llegado el momento me llevarías a River Town, con mi familia, a cambio de una recompensa. Pero mentiste.
—Sí. —Claudine amplió una siniestra sonrisa. Sus ojos destellaron—. Todo era mentira. Quería acogerte. Como a un hijo. Eres especial. —Y, ladeando la cabeza hacia Mary, añadió—: Como tu hermana.
—¿Qué haremos con ella? —preguntó Lloyd.
—¿O con él? —habló Ulises desde la barra, apartando su mano del hombre con la cara achatada contra el llano de madera. Parecía dormido, pero había algo entraño sobre él (además del hecho de que no se despertó durante el caos de hace un instante).
—¿Está muerto? —preguntó Abby.
Ulises asintió. Abby se acercó, colgándose el arco en un hombro.
—Sí —confirmó tras un breve escrutinio—. Parece que se ahogó con su propio vómito hace un día o dos.
—Se llamaba Angus —dijo Sam.
Claudine se echó a reír. Y le dolió.
—Tengo un plan —enunció Lloyd, de pronto, con un entusiasmo evidente a pesar de las circunstancias—. Para conseguir que West y sus subordinados salgan de la antigua fábrica.
—¿Cuál? —quiso saber Grace.
Más tarde, a petición de Sam, sacaron de la taberna el cadáver de Angus, que nada tenía que ver con las oscuras confabulaciones de la tabernera.
Todos estuvieron de acuerdo con esto, excepto Grace, que accedió a regañadientes.
A continuación, Lloyd, Ulises y Grace se valieron de las portentosas reservas de licor (ron, whiskey y, mayormente, cerveza de raíz) de La Última Morada para la siguiente parte del plan de Lloyd.
Mientras rociaban licor dentro y fuera del local, en la parte de posterior Abby y Mary, precedidas por Sam, se hacían con un par de carretas del establo y con Cola y Ceniza, los alazanes de la propietaria de la taberna.
En cuanto a Claudine: cuando escuchó de qué se trataba el plan de Lloyd, empezó a gritar como posesa, e intentó ponerse en pie mientras se arrancaba sin contemplaciones la flecha del hombro.
Grace, al momento, avanzó hacia la mujer hadúna y le abrió la garganta como una segunda boca con un rápido tajo de sus daxarus .
—Haremos una fogata —había dicho Lloyd. E hizo un gesto teatral con las manos para abarcar todo el lugar—. Una enorme.