Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 1 #3
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Fue maravillosa. Andrew nunca había vivido un auténtico romance.

Porque ciertamente sus encuentros con la Líder del Bosque no habían sido en absoluto románticos.

En cambio, su noche con Mary fue mágica; por fin creía conocer aquel sentimiento del que sólo había leído en libros y oído hablar a su hermana.

Enamorarse. Sonaba tonto. Pero era verdad.

Estaba enamorado. Porque esa era la única explicación de que se hubiera entregado así sin más a su propia perdición.

«Y lo haría de nuevo —había dicho a Mary—.

Mil veces más». Lo había dicho en serio.

Casi podía evocar el tenue fulgor de las luciérnagas poblando la noche.

La puerta tronó. Uno de los subordinados de West entró de pronto a la celda; llevaba en las manos un plato y una jarra de metal que esperaba contuviera agua. Andrew intentó levantarse, con afán, al tiempo que el subordinado se inclinaba a medias y sin más dejaba las cosas al suelo.

El subordinado se marchó. Si se hubiera quedado, Andrew no habría reparado en ello; se arrojó sobre los escasos alimentos vertidos en el suelo: pan duro, papilla y zanahorias trozadas.

El agua recorrió su barbilla como una pequeña catarata cuando la derramó ansiosamente en su boca.

¿Cuánto tiempo llevaba sin tomar agua? ¿O comer?

Era imposible saber si fuera era de noche o de día; si llovía o hacía un calor abrazador o siquiera cuánto tiempo llevaba encerrado.

Lo que quizá fuera un día y medio, para Andrew había sido una breve eternidad.

En su celda solo reinaba una oscuridad profunda, fría, silente.

El único consuelo que acogía era el recuerdo del suave roce de los labios de Mary.

«Confío en ti. Tú me has salvado la vida, en más de una ocasión».

Después ese breve paseo, ella y Andrew habían retornado a la mansión Katterblack.

Andrew había estado a punto de decirle sobre sus planes de encontrar a Sam, pero lo reconsideró.

«¿Y si no lo encuentro?», se preguntó entonces, mientras contemplaba los enormes y verdes ojos de la joven. «¿Y si es demasiado tarde?»

Andrew se había alejado de Mary, sin volver la mirada. Ojalá lo hubiera hecho. Al menos una última vez. «Pero entonces no sabía que sería la última». En algún punto entre sus reflexiones, sus párpados cedieron ante el sopor, y se durmió.

Soñó, aunque más tarde no sabría decir qué. Solo la voz levemente familiar que le habló en aquel sueño.

Ven, Andrew... Calló de súbito. ¿De dónde habría venido aquella voz?

Se acerca el amanecer... Andrew se preguntó qué ocurriría entonces. Quiso preguntárselo a la voz. Pero él no tenía la suya.

Se acerca el amanecer...

Se acerca...

Un intenso haz de luz. (Eso lo recordaba.) Andrew alzó el brazo hasta que sus ojos se habituaron a ella.

Una figura oscura apareció en un visto y no visto recortada delante de aquel resplandor.

Se parecía a su padre. Al menos el contorno.

Su rostro no se alcanzaba a distinguir. Estaba lejos.

En alguna parte. Andrew habría querido llamarlo por su nombre.

.. La luz cesó de pronto y cayó una vez más en la oscuridad.

—¿Quién eres? —preguntó a nadie.

Silencio.

Andrew intentó avanzar: era como estar en la oscuridad de su celda, pero sin las ataduras.

—¿Qué eres? —repitió—. ¿Qué ocurrirá cuando amanezca?

No esperó que alguien respondiera. Sin embargo...

Despertarás. La voz era un eco en su cabeza. ¿Quieres despertar, Andrew?

—¿Quién eres? —Andrew hacía lo posible por no tiritar. Hacía mucho frío en su sueño.

Resiste , dijo la oscuridad. Ellos ya vienen .

Andrew no supo qué decir. ¿De quiénes estaba hablando? Así y todo, era consciente de que estaba soñando. Suspiró hondo.

No tengas miedo, Andrew , siguió la voz en la oscuridad. Ellos vienen por ti .

—¿Quiénes?

Salva al muchacho...

—¿A quién?

Resiste. Se acerca el amanecer...

—¡¿Quién eres?! —profirió Andrew.

... y debes despertar .

Cuando despertó, fue como si no lo hubiera hecho. Seguía oscuro. Y hacía mucho frío.

Sus huesos crujieron al intentar moverse; el sonido de sus vértebras maltrechas y sus tripas rugiendo dentro de su cuerpo producían una extraña cacofonía.

Mahlon le había dicho que lo dejaría pensar en su propuesta: su cuerpo a cambio de la vida de Samuel Cartwright.

Pero cuánto tiempo más aguardaría. Quizá hasta que muriese de hambre.

Sin embargo, había enviado a uno de sus subordinados con comida en lo que parecía hará ya cien años.

Dolorido y cansado, se recostó contra la fría y dura pared, sintiendo un hilillo de humedad en la espina dorsal como el cosquilleo de unos suaves dedos.

De nuevo pensó en Loreen. «Olvida a la muchacha, la voz me lo ha dicho.

—Las doradas comisuras de sus labios se abrieron más y más—.

Sufrirás por su culpa, Andrew». Andrew apretó los párpados.

Contuvo el impulso de gritar hasta que se quedó sin respiración. Quería morirse. Quería...

«Salva al muchacho...». Se preguntó qué quiso decir con ello la voz.

¿Acaso se refería al hermano de Mary? Quizá había perdido la cabeza.

Aquello tal vez no fue más que un sueño.

Pero había resultado tan real. Además, y no podía dejar de pensar en ello: ¿qué habría querido decir la voz con «Ellos vienen por ti»?

¿Se refería a su hermana o a sus amigos? ¿El Gremio?

«Salva al muchacho...»

Andrew alzó el brazo y agitó las cadenas.

Un instante después, entró a la celda uno de los subordinados de Mahlon West.

—Así que ya tomaste una decisión —suspiró el nigromante cuando lo llevaron ante él.

La estancia (la única que quedaba de la antigua fábrica de textiles Cartwright) estaba menos ominosa que la última vez; quizá fuera era de día.

Mahlon se inclinó hacia adelante desde la silla de alto cabezal donde antes estuvo sentado y atado Andrew—. Dime, ¿qué has decidido?

—He decidido salvar la vida de Samuel Cartwright —respondió Andrew—. Pero quiero garantías de que cumplirás con tu parte.

West sonrió, complacido.

—Eliges bien, Andrew —dijo—. No puedo proporcionarte ninguna garantía más que mi palabra.

Andrew bufó.

—Entonces no hay trato. Yo muero.

—¿Y también Sam? —Mahlon alzó una ceja. Había dado en un punto sensible.

Su perdición también suponía la del hermano de Mary.

—Haré algo por ti —repuso Mahlon. Y se puso en pie—. De alguna forma debo deshacerme del cuerpo de Elio Blackfell, que ya está bastante hediondo en la celda. —Hizo una mueca de asco y agregó—: Enviaré el cuerpo de Blackfell a River Town en una carreta, ¿y adivina quién será el conductor?

—¿Cómo sé que lo harás? —quiso saber Andrew.

Estaba atado de las muñecas con una prieta cuerda de cáñamo y flanqueado por un par de subordinados que lo tomaban fuertemente por los antebrazos.

En otra circunstancia se habría sentido alagado de que lo consideraran una amenaza aun en su estado febril, demacrado.

.. Bueno, no tan febril. Si tuviera un par de nuxus al menos podría acabar con el par de subordinados que lo escoltaban.

—Lo haré. —West dio un paso hacia Andrew—. El chico de todas formas será descubierto tarde o temprano en la taberna de Claudine. Además —añadió el nigromante, haciendo un ademán para quitarle importancia—, el niño ya no sirve de nada para los propósitos de Darkling.

«Darkling». Andrew no había pensado en ese nombre en mucho tiempo.

—¿Dónde está él? —exigió saber sin albergar la más mínima esperanza de obtener una respuesta de West. Lo mismo que si le preguntara cuáles eran esos propósitos que tenía el extraño con la joven Cartwright.

—Aquí no, claro. —West sonrió—. Te has perdido de los últimos acontecimientos en River Town, Andrew.

—¿A qué te refieres?

—Eso no importa. —Como si fuera posible, Mahlon volcó aún más su atención en Andrew.

Extendió un brazo hacia adelante y le acarició el contorno de la mejilla con anhelo—.

Eres bellísimo, Andrew. Un sueño. —Su sonrisa fue casi un suspiro—.

Ya entiendo por qué la Líder del Bosque está tan cautivada por ti.

—¿Qué quiere Darkling de Mary? —preguntó Andrew tensando los labios. El tacto del nigromante le escocía allí donde lo rozaba.

Su pregunta debió disgustar a West, pues retiró bruscamente la mano.

—Quiere su vida —dijo secamente, y se apartó.

Su espalda era amplia y, por mucho, un mejor frente que su desfigurado rostro—.

Así como yo quiero la tuya. —Se sentó una vez más en la silla de alto cabezal y desde allí miró a Andrew un instante—.

No sabía si aceptarías —afirmó mientras hacía una seña hacia el extremo más oscuro del lugar—, por eso he ordenado que lo trajeran aquí.

Un subordinado emergió de las espesas sombras llevando en brazos lo que bien podría ser el cadáver de una persona.

«No es un adulto —pensó Andrew—. Es un niño».

Era Samuel Cartwright. El mismo chiquillo que había visto en el despacho de Claudine (a quien ésta había llamado Newt, si mal no recordaba).

—¿Qué le has hecho? —preguntó Andrew con voz queda.

—Nada —respondió Mahlon West—. Sólo está dormido.

Estará así hasta que cumplas con tu parte del trato, Andrew.

Si te resistes, él muere. Si intentas alguna tontada, él muere y tú también.

Cuando tú y yo acabemos, mis subordinados llevarán al chico nuevamente a la asquerosa taberna de Claudine con la orden de que sea enviado a River Town en una carreta junto al cuerpo de Elio Blackfell.

Mahlon West hizo un gesto con una mano. Uno de los subordinados liberó a Andrew de sus ataduras y, después, se marchó con los demás. El que llevaba a Sam en brazos también se desvaneció en las sombras. Entonces quedaron a solas Andrew y el nigromante.

Este se inclinó contra el respaldo de la silla y cruzó los brazos ante el pecho. Sonrió.

—Pues bien —dijo. Su único ojo tenía un brillo sombrío—. Comencemos.