Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 1 #2
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Mahlon West, sonriente, emergió de las sombras.

—Andrew Treddaway —suspiró el nigromante.

Lucía más impecable que después del combate, ciertamente; su cabello negro estaba brillante y bien peinado hacia atrás; su rostro casi tenía un aspecto humano, con un pálido rozagante que realzaba las curvas afiladas de sus mejillas y su nariz.

Vestía un elegante traje en tono ceniza y zapatos de piel de reptil; el parche de cuero parecía emular el brillo de su único ojo, que relucía insondable en su cuenca—.

Una vez más nos encontramos cara a cara, Andrew.

Andrew escupió a los pies del nigromante. El esputo salpicó el calzado de reptil de West.

—Guarda eso para más tarde, Treddaway —dijo—. Tal vez te hará falta.

—¿Qué quieres? —espetó Andrew. A la vez que pensaba: «¿Por qué sigo vivo?»

—Ya te lo dije. —Mahlon dio algunos pasos hacia el joven—.

Quiero divertirme contigo antes de que todo termine para bien o para mal.

—Sonrió—. O, mejor dicho, antes de que te corte la cabeza y la envíe con mis subordinados a la mansión Katterblack.

Imagina los rostros de tu hermana y, cómo no, la dulce Mary cuando la vean.

Y tú hermana... Oh, tu preciosa hermana.

.. apuesto a que sucumbirá ante el dolor de perder a su mellizo.

La conoces mejor que nadie. Dime, ¿crees que se corte las venas o que se ahorque en uno de los árboles del jardín Katterblack?

Andrew mantuvo la boca cerrada. Mahlon tenía razón en una cosa: conocía a Abby mejor que nadie, sí, y seguramente vendría a buscarlo en cuanto percibiera que algo había salido mal con la misión; en cambio, erraba en otra: Abby jamás acabaría con su propia vida por una promesa que se hicieron años después del repentino abandono de su padre ante la perspectiva de que alguno de los dos muriera.

Mahlon West no tenía por qué saberlo. Y, como fuera, su silencio pareció complacerlo sobremanera, pues ensanchó la sonrisa y levantó una ceja.

A continuación, se acercó a una mesa vacía que parecía adsorber todo el polvo del salón, y cogió una silla más sencilla que la que ocupaba Andrew.

Con un profundo suspiro, plantó la silla frente al muchacho y se sentó de lleno con un gesto dramático. Después, guardó silencio por un largo rato.

Al cabo, se irguió hacia adelante y dijo:

—¿Reconoces esto? —Desplazó con uno de sus largos dedos la línea blanca y escarpada de la cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente hasta la comisura de los labios y pasando por encima del ojo cubierto con el parche.

Sonrió—. Sabes quién hizo esto, ¿verdad?

Por supuesto que sí. Fue una Treddaway. Margot Treddaway.

Andrew bufó.

Mahlon no se inmutó; se enderezó y cruzó los brazos ante el pecho, aplastando un reluciente pañuelo escarlata que asomaba en el bolsillo de su chaleco. Un brillo oscuro resplandeció en su único ojo, con un fulgor soñador y maligno.

—Era una joven bellísima y prometedora, pero, por desgracia, se enamoró del insípido Frederick Startclyde. De verdad, ¿qué veía en ese necio?

—Bondad —sugirió Andrew—. Humanidad. Yo sé quién era Margot Treddaway y sé que estabas enamorado de ella, o más bien, obsesionado; todo el mundo conoce la historia: en River Town no hay lugar para los secretos.

—Se curvó hacia adelante tanto como pudo con una expresión de un perro amenazante—.

Vamos. Haz de una vez lo que vayas a hacer conmigo y acabemos con esto.

Esta vez, cuando escupió, el salivazo acertó la mejilla del nigromante.

Mahlon se mantuvo impasible. Al punto, sonrió, ampliamente complacido, mientras el escupitajo de Andrew le descendía con languidez por la mejilla. La cogió con sus dedos, que miró con regocijo un instante, y se los llevó a la boca dando un chupetón desagradable. Andrew contrajo el rostro, asqueado.

—¿Qué demonios quieres de mí? —preguntó. Y de nuevo se contuvo de decir: «¿Por qué sigo vivo?», temiendo oír la respuesta.

—A ti —respondió, por fin, Mahlon West—.

Te quiero a ti, Andrew. Me recuerdas mucho a Margot; incluso más que tu hermana o la propia hija de Margot, Grace Startclyde.

Te quiero de la única forma que jamás pude tenerla a ella.

—Volvió a inclinarse hacia adelante y acarició con sus largos dedos el muslo de Andrew—. Te deseo, Andrew Treddaway.

«No...», pensó Andrew, horrorizado, y sacudió la pierna donde West posaba la mano como si su tacto lo quemara.

—Tendrás que matarme —espetó Andrew—. Tendrás que matarme, solo así me tendrás. ¡Hazlo!

Mahlon se enderezó. De pronto aquella expresión soñadora que había enmascarado su espantosa cara hacia un momento desapareció como una sombra espantada por la luz.

Andrew, airado, inspiraba frenéticamente; había oído cosas terribles sobre el nigromante, cosas que poco tenían que ver con el asesinato de inocentes.

También torturas, violaciones, y más. Mucho más.

Mahlon West era un sádico. Andrew no había pensado en ellas hasta ese momento.

El nigromante terció la mirada.

—En ese caso —repuso—, me temo que primero tendré que asesinar al joven Samuel Cartwright. —Se puso en pie—. Créeme, Andrew, no quiero forzarte a entregarte a mí; quiero que lo desees...

—¿Dónde está? —atajó Andrew.

—A salvo —contestó el nigromante dándole la espalda— en La Última Morada.

«Newt», pensó Andrew, boquiabierto. La tabernera le había mentido; el niño que había encontrado en el despacho de Claudine era en realidad Samuel Cartwright.

—Veo que ya sabes de quién te estoy hablando —observó Mahlon.

Cuando Andrew enfocó otra vez la vista en el nigromante, vislumbró que éste se había girado una vez más hacia él y bosquejaba una sonrisa terrorífica que distorsionaba las sombras de su rostro—.

Claudine se ha encariñado mucho con el chiquillo, ¡hasta le ha puesto un nombre!

—Se echó a reír. Luego añadió—: La tabernera lo traerá a mí si te rehúsas, Andrew, así al menos tendré de ti el placer de ver tu cara cuando asesine al chico justo frente a tus ojos. ..

— ¡NO! —bramó Andrew.

Mahlon dio un paso hacia él.

—¿No? —inquirió seriamente—. ¿Y quién lo evitará? ¿Tú y cuántos más? Estarás sentado en esa misma silla mientras todo pasa frente a ti. Y no podrás hacer nada para evitarlo.

West se acercó tanto a Andrew, que éste casi se asfixió con el punzante aroma a hollín que desprendía el nigromante.

—Mírame, Andrew, te dejaré pensarlo si quieres.

—Mahlon lo tomó con firmeza por la barbilla mientras Andrew forcejeaba; los labios gélidos del nigromante le recorrieron despacio la mejilla hasta las comisuras de los labios, donde se detuvo e intentó meter su lengua.

Andrew prensó la boca férreamente. West inhaló hondo—. Incluso tu aroma me recuerda a ella.

Se apartó y se llevó dos dedos a la boca. Silbó.

De la nada cuatro subordinados emergieron de las sombras, desataron a Andrew y lo llevaron bruscamente a la misma celda donde Mahlon había confinado a Blackfell. Y allí había permanecido, cercado por una oscuridad absoluta, encadenado, solo.

«Olvida a la muchacha, la voz me lo ha dicho. —La visión de Loreen besó su mejilla—. Sufrirás por su culpa, Andrew».

¡Vaya, cómo quería...!

Quizá no fue culpa de la Líder del Bosque.

Para empezar, reflexionó, no debió haber ido a ese lugar.

No solo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

Si hubiese permitido que Abigail lo acompañara, entonces ella también habría acabado encerrada o, mucho peor, muerta por intentar protegerlo, como hizo Elio Blackfell.

(Sin mencionar que tal vez West habría hecho su propuesta a ella.) Tampoco se habría atrevido a involucrar a ninguno de sus amigos por miedo de que algo pudiera haber salido mal y tuviera que llevar sobre sus hombros la culpa de lo que pudiera pasarles.

Y pensó que si el Gremio hubiese sabido de sus intenciones a pie enjuto le habrían prohibido participar.

¡Qué estúpido! Probablemente el Gremio habría podido acabar con Mahlon West y sus subordinados.

Entonces Elio Blackfell estaría vivo; Sam se reuniría con su hermana y Andrew, con la suya y además de libre; Frederick Startclyde, incluso, habría podido vengar la muerte de su primera esposa asesinando a Mahlon West. «¿Qué he hecho?

—se preguntó. Aunque ya sabía la respuesta—.

He metido la pata. He sido egoísta. Debí prever que esto pasaría.

Debí salvar a Samuel cuando tuve oportunidad.

Debí cumplir mi promesa a Mary. —Una vez más se le anegaron los ojos—.

De nada sirve lamentarse. —Se agazapó tanto como se lo permitieron sus cadenas—.

Lo hecho, hecho está». Pero eso no era suficiente consuelo.

«Estoy perdido».

Nunca se había sentido tan solo como en ese momento.

Su hermana. Abigail... Quería creer que justo en ese instante estaba en su búsqueda.

Que pronto lo hallaría. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que eso ocurriera?

, ¿sería demasiado tarde entonces? Además, no quería que nadie arriesgase su vida para salvarlo; ya estaba perdido, perdido para siempre.

En aquella oscuridad solo quedaban él y su sombra.

«Sufrirás por su culpa, Andrew. Por culpa de Mary».

—Mary —murmuró.

El recuerdo de aquella noche en el jardín Katterblack seguía fresco en su cabeza. Como si hubiese ocurrido la noche anterior.