Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 1
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Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2)

Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2)

Por B. J. Castillo

© inepub.com

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SALVAR EL ALMA

Estaba perdido. En todos los sentidos se había entregado a su propia perdición en cuanto puso un pie en aquellas ruinas calcinadas tiempo atrás sin haber elaborado un plan de respaldo o por lo menos haber estimado mejor sus posibilidades de salir con vida.

Puede, incluso, que hubiese cavado su propia tumba en cuanto zanjó emprender aquella loca misión de rescate por sí solo. Tanto daba.

«Estoy perdido».

Densas sombras anidaban a su alrededor y amenazaban con tragarlo.

Al menos esa era la sensación que tenía.

Un silencio gélido pululaba en su diminuta celda solo impedido del todo por un leve torbellino ominoso que parecía rasguñar quedamente las paredes.

¿Acaso eran sus demonios? Todos los hombres tenían demonios internos, bien sabía, aunque en su mundo los llamaban sombras .

Si tal era el caso, pensó Andrew, la suya debía tener un rostro blanco inmaculado, enormes ojos color jade, y labios carnosos cuyas comisuras eran vetas doradas que se ensanchaban a su largo en una siniestra sonrisa.

«Si continúas con las mismas intenciones —repetía incansablemente su sombra—, su marca se corroerá hasta ti».

Inhaló, exhaló hondo. Percibió el regusto amargo de su propia bilis descendiéndole como una candelilla por la garganta.

«Olvida a la muchacha, la voz me lo ha dicho... Sufrirás por su culpa, Andrew».

Andrew desoyó la advertencia. ¿Acaso, se arrepentía?

Se hacía esa misma pregunta una y otra vez, sin hallar una respuesta. Había ido a ese lugar con un cometido: encontrar a Samuel Cartwright y a Elio Blackfell y salvarlos. Y, en efecto, había logrado encontrar a ambos. Nada más.

Tras hallarlo mientras intentaba liberar a Blackfell, Andrew y Mahlon West se habían enfrentado en combate uno a uno.

Sin intervenciones de los servidores de West, por orden del propio nigromante.

Acto seguido, Mahlon cerró la puerta de la celda.

Blackfell yacía en el piso, rehuyendo a Mahlon West como un animal asustadizo.

Del hombre que alguna vez Andrew conoció solo quedaba su sombra.

Entonces, salvo por Blackfell, en la celda únicamente quedaron Andrew y el nigromante de la cicatriz y el parche.

Andrew ya empuñaba sus dagas nuxus ; en cambio, Mahlon se había hecho de un momento a otro con una adamantus .

El choque del acero contra el acero fue inevitable; saltaron chispas doradas y se profirieron gruñidos, maldiciones y una risita en siseo que provino del nigromante.

West luchaba sin dejar de sonreír; golpeó a Andrew en un costado con una rodilla.

Andrew se curvó hacia un lado. Maldijo. Si bien adolorido, esto no impidió que previera el siguiente ataque del nigromante: casi de inmediato, reculó, esquivando de perillas la hoja del sable que empuñaba oscuro.

Mahlon reía. Su risa era insonora casi siempre (lo cual, si cabe, era aún más insoportable que cuando sonreía a bocajarro) y desfiguraba su rostro a tal punto que el parche y la cicatriz daban la impresión de cobrar vida.

Andrew, jadeando, se irguió y arremetió una vez más contra Mahlon; primero con dagas, después con puños.

«Pero antes, nos divertiremos tú y yo», había dicho el nigromante.

Y Andrew pensó: «¿Qué tan divertido te parece esto?

» Gruñó, arremetió con las dagas, esquivó ataques.

El nigromante anulaba con agilidad sus acometidas con su adamantus , el mismo con el que tiempo atrás asesinó a Margot Treddaway, la madre de Grace, después de que ella lo hiriera gravemente en el rostro, o eso contaban; era de esperar que fuera un combatiente extraordinario.

Abby solía decir que el triunfo de Mahlon West ante Margot había sido solo cuestión de suerte.

No así opinaba Andrew. Ni durante ni después de su combate contra el nigromante.

Cabeceó. El sueño lo estaba venciendo. Intentaba resistirse tanto como podía en sus condiciones.

Una vez más intentó moverse, pero las piernas le flaquearon.

West, tras el combate, había ordenado que lo encadenaran con grilletes de hierro —hierro común, no mágico, por alguna razón— que le impedían levantarse o, siquiera, estirar las piernas.

Cada que se movía, sus cadenas tintinaban y las argollas le mordisqueaban la piel, haciéndolo sangrar.

Y si hacía un movimiento considerable, el sonido de las cadenas atraía a uno de los subordinados de West quien procedía propinarle tres fuertes porrazos a diestra y siniestra en la oscuridad con un palo de madera o un tablón. Daba igual.

En efecto, conocía varios hechizos, entre otros métodos, para liberarse de los grilletes.

Al fin y al cabo, no eran de hierro forjado por los gnomos.

Gruñó. Otro espasmo de dolor cruzó su espina dorsal como una centella de fuego rasgándole el hueso.

Debía moverse. Debía hallar una forma de salir de allí, pensó.

Una voz dentro de su cabeza le decía que ya no había esperanzas para él.

«Estás perdido».

«Pero antes, nos divertiremos tú y yo...»

Andrew volvió a cerrar los ojos; su campo visual era tan negro como el provisto por sus párpados cerrados. Siguió recordando.

Andrew había atacado con sus dagas; Mahlon lo había contrarrestado, despojándolo de ellas, aunque no del todo; aún tenía otro par de nuxus atadas en cada tobillo.

Esperaba el momento apropiado para desenfundarlas.

«Pero ya no hay más tiempo —se dijo—. Es demasiado tarde».

Se sentía sobremanera cansado, agotado física y mentalmente; tenía la cara perlada de sudor y la respiración, aligerada casi hasta el punto del ahogamiento; le ardía la mejilla donde el sable del nigromante había trazado una línea de fuego apenas visible, y también en el pecho, por encima del corazón.

El corazón le pulsaba con fuerza, amenazando con estallarle.

Al final cayó de rodillas ante el nigromante, rendido; habría rezado, pero prefirió que sus últimas palabras fueran una sarta de maldiciones sobre el desgraciado de West. Pero ni siquiera tenía fuerzas para abrir la boca.

Así pues, cerró los ojos y aguardó la estocada final. ..

Nunca llegó.

Un rugido...

Cuando Andrew abrió de nuevo los ojos vio al señor Blackfell atacando por la espalda al nigromante.

Elio Blackfell nunca se había interesado en el arte del combate; es más, había permitido que Lance Greystar enseñara a su primogénito en las disciplinas de combate y dominación cuando esta tarea, por tradición, correspondía al padre.

Con todo, de algún lugar, Blackfell había sacado las fuerzas para arremeter contra el nigromante cuando este bajó la guardia.

Andrew se había puesto en pie para ayudarlo pues sabía que aquella pugna no duraría mucho.

Cuando hizo ademán de avanzar, sin embargo, la puerta de la celda se abrió con estruendo, y Nycro, uno de los vástagos del último Spicer, entró precipitadamente y atravesó a Blackfell por la espalda con un sable.

Elio Blackfell embistió el suelo como un pesado saco de patatas, la mirada puesta en Andrew. «Lloyd», fue lo último que pronunciaron sus labios.

Tras eso, Mahlon se acercó a Andrew a una velocidad impresionante, y lo golpeó en la parte de atrás de la cabeza con el pomo de la adamantus .

El mundo se oscureció para Andrew Treddaway.

Ese golpe era el que ahora le causaba la punzada en el cráneo cada vez que viraba el cuello para seguir el sonido de un corretear entre las sombras.

Su celda estaba dotada de oscuridad, una que emulaba un cielo nocturno sin luna o estrellas, o la negrura de sus párpados cerrados.

Ese, sin embargo, no fue el primer lugar en el que despertó después de aquel golpazo que lo dejó inconsciente.

La primera vez que Andrew despertó, estaba postrado en una silla de madera de alto cabezal con las manos y los pies atados a los brazos y patas del incómodo asiento.

Después de un largo y tortuoso descanso, percibió un hormigueo reptándole por las vértebras.

Pensó en cucarachas. Pensó en arañas enormes.

Quiso gritar. Pero entonces varias preguntas vinieron a su cabeza: ¿Dónde estaba?

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Elio...?

Al menos sabía la respuesta de aquella última pregunta: «Está muerto».

Una vez entendió que era imposible zafarse de las ataduras que lo mantenían inmóvil contra el asiento, Andrew respiró hondo y terció la vista, intentando vislumbrar dónde estaba.

Las ruinas de la fábrica Cartwright; lo supo con seguridad casi de inmediato.

Su corazón latía con rapidez. Le dolía el pecho.

Ya estuvo en ese lugar, pensó, antes de enfilar el pasillo de las celdas.

Allí había presenciado, desde las sombras, la discusión entre Mahlon West y Nycro.

Estaba vacío. Aparentemente. Los nigromantes ni los subordinados estaban a la vista.

Tenuemente iluminada por lo que bien podría tratarse de una quebradiza luz matutina penetrando el techo, la estancia parecía escalofriante.

Andrew alcanzó a auscultar el goteo de una filtración y el corretear de insectos, empero, casi todo a su alrededor estaba cubierto por densas sombras.

Pensó en Loreen. No por primera ni por última vez desde que partió en su arriesgada misión de rescate, aunque sí la primera vez que lo hacía desde un profundo sentimiento de odio.

Imaginó su hermoso rostro nacarado emergiendo de entre las densas tinieblas que lo rodeaba.

«Si continúas con las mismas intenciones, su marca se corroerá hasta ti».

Apretó los puños y ahogó un bramido. «Maldita seas —había pensado con los ojos nublados por lágrimas ardientes.

Ahogó un gemido—. Siempre lo supiste. Maldita seas.

Acaso, ¿así es como quieres castigarme por no amarte? »

Oyó pasos que venían de la franja más oscura justo delante de él, y se tensó como una tabla.