Encantada de olvidarte 34. «Enchanted (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #3
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34. «Enchanted (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #3

—No hay nada que recoger, Emma. Nuria me debía un favor por cierto secreto que fue contando por la oficina hace unas semanas.

—Me guiña un ojo. Me acaba de guiñar un ojo—.

Y yo... quería hablar contigo, pero no sabía cómo hacerlo, o si hacerlo, en realidad.

No creía que te hiciese gracia que te asaltara delante de todo el mundo.

—No te sigo —demando, algo más firme.

—No me has escrito en todo el fin de semana.

—Tú a mí tampoco —contesto, sin aterrizar del todo lo que esto significa.

—Hablé con Olivia el sábado por la noche, cuando te dejó de vuelta en casa.

Con cuerpo y todo. Quería... darte tu espacio.

Esperar a que estuvieses bien, porque imagino que bien bien no estabas.

Espero que no te importe. No te enfades con ella, por favor.

Han pasado muchas cosas estos días y yo no soy lo más importante.

No me sale hablar, pero sé que Iván es capaz de leerme. Quiero pensar que aún lo es.

—Me pediste hacer esto sin mí, y yo, aunque me carcomiera por dentro, quería respetarlo.

Además, hoy no... —Vuelve a despeinarse, echándose el flequillo hacia atrás—.

Llevo toda la mañana buscando alguna señal que me animase a acercarme a ti, a hablar contigo.

A descubrir si, después de todo, seguías confiando en esto. En mí.

—Mierda, Iván —sollozo, totalmente en contra de mi voluntad, y activo un mecanismo desconocido que lo atrae hacia mi cuerpo.

—Me acuerdo de todo, Emma, de absolutamente todo.

De lo pillado que estaba por la creativa de antes de la maldición y de lo enamorado que me has dejado después de romperla.

Solo ha sido una horrible coincidencia, pero ¡joder!

Esto tiene que ser real. Después de todo, tiene que serlo.

Al fin y al cabo, has roto el hechizo, ¿no?

Me rodea la cara con las manos, desesperado.

—Su-supongo, sí.

—Entonces prométeme que crees en mí, por favor. Me niego a que todavía pienses que no era yo.

—No lo hago.

Y sé que es verdad.

La última vez que estuvimos aquí abajo, no me atrevía a besarlo.

Ahora, calculo los centímetros que nos separan con su aliento y el mío, que solo tardan medio segundo en enredarse. Y me muero de ganas por quemarlos, pero antes...

—¡ EH !

Iván se queja cuando le doy el prometido puñetazo en el antebrazo y me alejo de él, poniendo los brazos en jarras y con una carcajada a punto de estallar.

—¿Se puede saber por qué no me has escrito en todo el fin de semana? ¡Pensaba que te habías olvidado de mí! Un simple mensaje tampoco hubiese sido la mayor falta de respeto, ¿sabes? ¡Estaba hecha un lío!

—¡Hostia, Emma! Tampoco hacía falta que me pegaras. Yo... ¡Joder! Estaba esperando a que pusieras en orden tus asuntos después de ser literalmente invisible durante más de veinticuatro horas.

—Tú eras el único asunto que quedaba por resolver.

—Pensé en ir a verte —confiesa—. Ayer. Pero se me fue el santo al cielo haciendo otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Asegurarme de que los chicos se acordaban de ti, de que sabían quién eras. Y lo hacían. Volví a…, bueno. Esto es un poco embarazoso. Tenemos un grupo, ¿sabes?

—No entiendo por qué te da vergüenza algo así. A no ser que lo uséis para pasaros vídeos de estoicos o...

—Lleva semanas un poco muerto —me corta, como si temiese perder la carrerilla y no poder seguir hablando—.

Desde que nos liamos, más o menos. Era...

No era un chat para hablar solo de ti, pero...

Sí que nació por eso. Beto y Nico eran los únicos que sabían lo mucho que me gustabas cuando empecé a trabajar aquí.

Si leyeses nuestras conversaciones, descubrirías que llevo meses siendo un cobarde que no se atrevía a acercarse a ti.

Mucho antes de tus primeros pinitos con la manifestación.

Lo usaban para darme ánimos y comentar mis nulos avances.

Pensé que... si volvía a hablarles de ti, si ellos se acordaban, sabría que lo que sea que tú y Olivia hubieseis hecho había funcionado.

Meses.

Llevaba meses detrás de mí. Hablando de mí. Viéndome .

—No... No tenía ni idea —admito con vergüenza.

—Por supuesto que no. Vamos, pero si no sabías ni cómo me llamaba. La idea era que no te enterases jamás y seguir observándote desde una distancia prudencial y segura.

—¿Y funcionó? —quiero saber.

—¿Lo del grupo? Sí, a las mil maravillas.

—Y vuelve a mí, a rodearme la cara con las manos.

Yo coloco las mías sobre su cintura—. Sin embargo, lo de que no te enterases...

Eso me costó más. Y, desde que me devolviste la mirada en el ascensor aquel día, por fin, supe que estaba perdido.

Quise confesártelo, ¿sabes? Pero me dejaste, Emma. Muy desconsiderado por tu parte.

Cuando sus labios por fin me encuentran, me permito expulsar todo el aire que me queda dentro y a deshacerme un poquito en él.

El nudo ya no está, ese que me susurraba que, en cualquier momento, iba a desaparecer. Solo escucho cómo se ríe entre beso y beso, en el silencio del garaje.

No necesito nada más para saber con certeza que, al menos hoy, no va a olvidarme.