34. «Enchanted (Taylor’s Version)» – Taylor Swift #2
Si Iván se acuerda de mí, le daré un puñetazo en el brazo por tenerme en vilo todo el fin de semana, pero la angustia se pasará, y va veremos qué viene después.
Y si no se acuerda, si rompiendo la maldición lo acabamos por romper todo... Tengo un plan. No importa, lo arreglaré.
No sé cuándo ni si funcionará, ni si encontraré la valentía para plantarme delante de él, aquí, frente a todos los demás, y confesarle lo que siento. Pero tengo que hacerlo.
He conseguido enfrentarme al universo entero, al poder de la luna sobre las mareas y sobre mi vida. Un chico de veintipico años, por muy guapo que sea, y del que estoy profunda e irrevocablemente enamorada, no tiene que ser mucho más difícil.
Ya lo perdí una vez, y solo quiero intentar no hacerlo una segunda.
Ensimismada, es el sonido de la puerta de cristal cerrándose tras él lo que me avisa de que está ahí, en línea recta con mi mesa.
Me está mirando, pero no sé si lo que veo en sus ojos es duda o reconocimiento, si está intentando leerme o si, directamente, puede ver a través de mí (en sentido figurado, por favor) porque vuelvo a ser una desconocida en su vida.
El único movimiento que hace es apretar la mandíbula.
Después, se marcha.
Quizás, en algún momento, tuve la ilusión de que eran mis amigos.
Pero nada más lejos de la realidad. Nico y Beto se han limitado a ocupar sus sitios a nuestra espalda y a asentir un par de veces en la reunión de equipo de todos los lunes.
Ni saludos efusivos ni preguntarme si soy nueva; se han limitado a compartir el mismo espacio-tiempo. Punto.
Leire, en cambio, sí que me ha saludado al pasar con un vaivén de la mano acompañado de una sonrisa sincera.
No he vuelto a ver a Iván.
Bueno, mentira; sí que lo he visto. Claro que lo he visto: trabajamos en la misma oficina y esto tampoco es muy grande. Pero he mantenido la distancia, observándolo de hito en hito, siempre de lejos. Y, al contrario que en otras ocasiones, no lo he pillado mirándome.
Hubiera pagado millones por hacerlo, por encontrar algo que me llenase del coraje que necesito y me falta. Para levantarme y acercarme a la mesa que ha elegido hoy. No es la de siempre; suele sentarse más al fondo, oculto tras la esquina.
No me costaría llegar hasta allí. Quizás dudaría un poco al principio. Sí, sin duda lo haría. Me quedaría parada a su lado, esperando a que levantase la cabeza de su ordenador para ver quién le está tapando la luz del sol. O del fluorescente del techo.
Le diría: «Hola. ¿Te-te puedo robar un minuto?».
Con cara de sorpresa, me respondería algo como: «Sí, claro. ¿Necesitas que reserve una sala? Pero tengo reunión en media hora».
Yo le contestaría con un: «Tranquilo, no... No nos llevará mucho. Confía en mí, no voy a secuestrarte».
Tenía pensado llevarlo al garaje. Es el sitio más privado que conozco en todo el edificio y cabe la posibilidad de que desbloquee algún recuerdo.
Aunque lo más probable es que pulse el botón de emergencia del ascensor y, yo qué sé, me denuncie a Recursos Humanos o se cambie de agencia, con una orden de alejamiento que me entregarán dos policías guapísimos en la puerta de mi casa.
«¿Y si me voy del país?».
Seguiré dándole vueltas al plan, porque no me convence del todo.
El irritante tinín de un mensaje nuevo me distrae de mi película mental.
Es... Es un mensaje de Nuria.
NM
Hola, soy Nuria, de cuentas
«Bravo».
NM
Necesito que bajes a valijas a por un paquete de Erea con muestras
Son para el shooting de producto
Estoy muy liada, me las traes a la mesa?
Estoy en la 34
Tarda unos segundos en escribir el siguiente mensaje.
NM
Gracias
—Estoy flipando. ¿Qué se cree esta tía?
Loreto se asoma a mi pantalla cuando me escucha maldecir en voz alta.
—El perfecto ejemplo de «cómo ser una puta borde de mierda».
¿Están a tu nombre?
Por preguntar, que los chicos a lo mejor no saben quién soy
Pasan dos, tres, y hasta seis minutos. Lo ha visto, sé que lo ha visto. Y no contesta, la muy sinvergüenza.
Me levanto con la peor de las ondas, dando un golpe sobre la mesa y guardándome el móvil y la tarjeta de identificación en el bolsillo de atrás de los vaqueros.
—Queda dicho: no pienso volver a lavarle la taza a la tía esta hasta que aprenda un poco de educación.
—¡Así se habla, amiga! —exclama mi dupla, levantando el puño en el aire para que se lo choque, aunque no se da ni cuenta de que no lo hago, porque ya estoy de camino al ascensor.
La Emma de siempre —o la de antes— le perdonaría hasta la jugarreta más profunda jamás cometida. Pero ¿yo? Ah-ah, ni una más.
Ese más es la clave. Esta es la última.
El cuartito de mensajería está en el sótano y, al igual que los chicos de la cafetería, la gente que trabaja aquí es extremadamente agradable. Al menos, con los que somos majos con todo el mundo, que es algo que, por desgracia, no puede aplicarse al completo de la plantilla de Kuon.
Paso la tarjeta por el lector para abrir la puerta una vez abajo y saco el móvil del bolsillo, que vibra con alguna notificación que, seguramente, no me importe.
La clase de pilates a la que quería ir se ha quedado sin huecos. Genial. No ha debido de sonarme la alarma.
Hace más frío del que esperaba, no lo recordaba así. La última vez que estuve aquí abajo fue con él, y cada célula de mi cuerpo estaba ardiendo. ¿También se habrá olvidado de aquello, de este sitio?
La incertidumbre durará lo que yo quiera, todo lo que yo le permita, todo el tiempo que la condene a ir haciéndose más y más...
—¿Y tú quién eres?
Me quedo petrificada en el sitio, rezando porque esto sea un déjà vu y que la voz que he escuchado a mi espalda no sea una ilusión. Aunque me cuesta creer que una ilusión pueda oler como él.
Se está colocando las gafas cuando por fin decido darme la vuelta. Sip, él está ahí, y yo completamente en blanco.
Iván lleva unos vaqueros anchos y un polo de rayas remangado, dejando a la vista sus antebrazos y algún que otro tatuaje. Una mariposa, una constelación, el sol, el corazón...
Es evidente que no importa si mi plan o yo aún no estamos listos. Es ahora o nunca.
—Em-Emma —digo, y me traiciona la voz. Tiembla, y no quiero que tiemble. Así que carraspeo y vuelvo a empezar—. Soy Emma, la dupla de...
—Loreto. La del pelo rizado, ¿no? Sé quién es. Pero tú no eres la que va detrás. Siempre os he visto caminando una al lado de la otra.
Es todo un poco confuso, otro bucle. Infinito y profundo.
No se acuerda de mí, es obvio, y ni siquiera sé si es buena idea contárselo todo o si debería, no sé, acercarme como él lo hizo conmigo y ver qué pasa.
Disimular y pedirle el teléfono, o proponerle salir a tomar algo, o a desayunar en su pueblo con su familia...
No, eso sería engañarlo. Fingir, otra vez. Sé tantas cosas sobre él que no quiero que, si la persona de la que creo que podría llegar a enamorarme del todo también se enamora de mí, sea sobre más mentiras.
Quizás ni la persona que conocí fue la de verdad, solo una versión adulterada por la magia.
—No. Iván, yo...
—¿No eres la dupla de Loreto? —se extraña.
Mete las manos en los bolsillos al tiempo que se va aproximando, poco a poco.
—¡No! O sea, sí, sí que lo soy. Uf —suspiro. No sé cuántas veces voy a poder volver a empezar . Espero que esta sea la última—. Soy Emma y, por lo que veo, no... No me conoces. Pero yo a ti sí. Dios, eso ha sonado fatal...
—Emma.
—Déjame terminar, por favor. Te prometo que no estoy mal de la cabeza, aunque a lo mejor es lo que terminas pensando después de... Concédeme un minuto. Solo eso.
Iván asiente, serio, concentrado plenamente en mí.
—Verás... Yo sí que te conozco. Hemos coincidido alguna vez últimamente, por ahí, en la despedida de Jacobo o...
algún que otro viernes —murmuro, bajando la voz, porque casi se me escapa lo de nuestra cita saltando el muro de mi casa.
No puedo contarle algo así sin arriesgarme a que me meta en un manicomio o no vuelva a dirigirme la palabra—.
No te acordarás, a lo mejor, no lo sé. Pero yo sí que te recuerdo.
He pasado unas semanas algo raras, dudando hasta de quién era, pero tú...
Tú has sido una de mis constantes. Dios, es que ¿cómo voy a explicarte todo lo que ha pasado si para ti es un borrón?
Disculpa, yo... No me he preparado bien.
—¿Qué es lo que no te has preparado bien, Emma? Pensaba que la improvisación te parecía una pésima idea.
Cada fibra de mi cuerpo está librando una batalla interna por no explotar, ponerse a gritar y a llorar y mandar todo a la mierda.
—Esto, Iván —vocifero, señalando el espacio que nos separa, a él y a mí—. He tenido que enfrentarme a fuerzas terroríficas este fin de semana, ni te lo imaginas. Y, contra todo pronóstico, esta es la que más miedo me daba, y con la que estoy a punto de perder los nervios. Contigo.
Mi cuerpo amenaza con desinflarse del todo. El aire tira de mis hombros hacia abajo, de mi pecho, curvando la espalda hasta que, dentro de poco, acabe besando el suelo.
—¿Puedo preguntarte algo?
Derrotada y reconciliada con la idea de que voy a volver a la oficina con las manos vacías, excepto por la caja de Nuria, entrelazo mis dedos unos con otros para tranquilizarme y le doy permiso con un simple pestañeo.
—Claro —exhalo.
—¿Tú crees que Nuria desaprovecharía una oportunidad para pavonearse por la oficina y ofrecer muestras gratis?
Iván se acerca un poco más, solo lo justo. No invade mi espacio, pero sí que me roba el aire.
—¿De qué estás hablando?