34. «Enchanted (Taylor’s Version)» – Taylor Swift
Enchanted (Taylor’s Version) – Taylor Swift
Volver a la oficina el lunes también se siente como volver de vacaciones: tengo miedo de olvidar cosas básicas, porque a duras penas recuerdo cómo era mi vida antes de los ojos en blanco.
Algo tan banal como escuchar el estridente sonido del telefonillo y no olvidar meter las llaves en el bolso, la cartera o los auriculares me abruma. Sorprendentemente, me sentía menos nerviosa cuando no sabía si iba a recuperar mi cuerpo alguna vez.
La normalidad me resulta más extraña que la mutación que he vivido estos meses.
—¿Por qué siento que hace meses que no te veo, amiga?
Loreto me espera en el portal, con su cara de dormida escondida tras unas enormes gafas de sol.
Acaba de amanecer, no le hacen falta todavía, pero su hermana se casó el viernes y entiendo que ha sido un fin de semana complicado para ella.
Volver a la oficina un lunes, indudablemente, también.
Y haber madrugado más de la cuenta para venir a buscarme, ya ni te cuento.
Hablamos ayer, muy brevemente. Ambas desde la cama, bastante bajas de batería.
Parecía que le estuviese contando la trama de una película de fantasía, y fingir desde esa perspectiva nos ayudó a las dos.
Sin embargo, también le confesé que me daba mucho miedo volver a salir a la calle.
Y aquí está, traicionando su hora de entrada para no dejarme sola.
Nos damos un abrazo que dura unos segundos más que la media, con una fuerza también superior, y dejamos escapar todo el aire contenido justo al final —de puro alivio ella, de profundo arrepentimiento yo.
Es pronto, así que decidimos, en silencio, dar un paseo y pararnos en el Starbucks que hay de camino. Ninguna de las dos ha dicho nada, pero la magia que no se ha roto, que ni el cosmos pudo romper, nos permite leernos la mente.
—Loreto, yo...
Tengo tantas cosas que decirle, tanto por lo que disculparme, que no sé por dónde empezar. Pero mi dupla levanta la mano para hacerme callar y habla por encima de mis palabras.
—Quiero pedirte perdón, Emma. Llego tarde, lo sé, y solo el hecho de que pueda verte y tocarte hoy hace que no me odie del todo. Pero siento mucho lo que te ha pasado, yo...
—¿Que sientes qué? Loreto, nada de esto es culpa tuya —la corrijo, enfadada, aunque egoístamente aliviada. Un poco. Quizás esto signifique que no me odiará hasta el fin de sus días.
—No, por supuesto que nada de esto es culpa mía, amiga. Fue mala suerte, una putada... Perdón —se disculpa antes de que le pegue un manotazo por hablar tan mal—. Decidiste meterte con el universo y las fuerzas del... ¿zodiaco? ¿Eso no era una serie de los noventa?
—Esto no tiene nada que ver con Los Caballeros del Zodiaco .
—Bueno —dice, agitando la mano para pasar página—, lo que sea. Manifestaste de más, y mal, en el momento más peligroso del año. Si me hubieses preguntado... ¿Cómo se te ocurre encender una vela el día ocho del mes ocho? ¿Es que no te he enseñado nada de numerología estos años?
Me da la risa, porque, a pesar de haber creído que podía vivir una historia de amor como la de mis libros, siempre he desconectado de lo esotérico.
—No te rías, va en serio. De todas maneras...
—Exhala y vuelve a adoptar ese tono de voz conciliador—.
Nunca me esforcé contigo, ¿entiendes? Sé que no era mi responsabilidad, y te he querido siempre tal y como eres.
Nunca deseé cambiarte. Pero también sabía que, en el fondo, tú sí querías.
No cambiar, no es eso. Yo también quería que siguieses siendo tú, pero te excluí rápido de esa parte más sociable de mi vida.
Tengo la sensación de que, si te hubiese tenido más presente fuera de nuestra burbuja, en la que estábamos solas, no te hubieses sentido solo «mi dupla».
No hubieses necesitado ser nada más. Me estoy explicando fatal...
—Qué va, Loreto —la freno—. Yo... Tampoco te lo puse demasiado fácil.
Tiene que ser verdaderamente frustrante estar a mi lado.
Y no, ¡no! —exclamo antes de que pueda llevarme la contraria—.
No me digas que no es así, porque lo era.
Pero intentaré que no lo sea a partir de ahora.
Salir del encarcelamiento, ser amigas de calidad fuera de esta oficina.
Lo realmente bonito de la amistad es seguir superando baches juntas, día tras día.
Cualquier relación que sea idílica de principio a fin no es de verdad.
Nos quedamos calladas un instante, frente a las puertas de Kuon.
Estoy de espaldas a los cristales giratorios, evitando ver quién sube, quién baja, quién entra o pasa por la calle, demasiado ilusionada por ver a Iván y temblando de miedo al mismo tiempo.
No le he escrito; ni el sábado, ni ayer.
Él... Él a mí, tampoco.
Mi dupla y yo nos agarramos de las manos, respiramos una, dos y tres veces antes de entrar en la oficina y emprendemos el camino de subida juntas.
Coincidimos con un becario del departamento de redes en el ascensor. Nos saluda educadamente y, acto seguido, se concentra en atusarse el pelo en el espejo.
No hay gritos ni emoción desmedida. No hay miradas nerviosas ni completamente opacas. Simplemente llegamos a la última planta sin sobresaltos.
«Chao» al salir del cubículo, y poco más.
—Buena señal, ¿no? —sugiere Loreto.
—¿A lo mejor es porque voy contigo? Nunca llegué a saber qué pasaba si estaba acompañada.
—Mejor que no nos enteremos nunca. Y, Emma —añade, enfilando el pasillo donde se apilan como hormigas los puestos de trabajo—, nunca tuviste que hacerlo sola. Es lo que elegiste, lo entiendo. Pero no era tu única opción.
—Ahora lo sé. Un poco tarde, sí.
Nos reímos, pero seguimos estando alerta, preparadas para que algún compañero nos aborde en el pasillo, para escuchar mi nombre a gritos o incluso para que, de repente, yo vuelva a desaparecer y sea Loreto la que avance sola sobre la moqueta.
Pero no pasa nada. Literalmente, nada.
Hago contacto visual con algunas chicas de la parte de comunicación, que levantan la mirada al sentirse observadas y me sonríen incómodas antes de volver a fijarla en sus portátiles.
Giramos en la esquina y dejamos nuestras cosas en dos escritorios contiguos.
No lo he visto. No ha debido llegar.
A lo mejor ni siquiera viene hoy a la oficina.
—¡Vosotras dos, a mi despacho! Ya.
Biel, nuestro jefe, abre la puerta de su cuartito de cristal y nos señala con el dedo, agitando la mano para que nos acerquemos.
Una vez dentro, nos sentamos en dos butacones al otro lado de su ordenador, que me apuesto mi sueldo a que tiene quinientas pestañas abiertas, de las cuales solo un par tienen que ver con el trabajo.
—¿Se puede saber qué pasó el jueves en Sitges? ¿Cómo que no apareció ninguno de los proveedores? ¿Ni la influencer ?
«Aquí es donde acaba todo, pero de verdad. Estáis despedidas».
No, me niego.
—Biel, verás... Tenemos los correos, los recordatorios, todo. Las confirmaciones estaban enviadas y todo bien gestionado, te lo prometemos.
—Ya, ya, eso ya lo sé. Hablé el sábado con Iván, que parece que hay que pedir una audiencia para encontrarle estos días. No necesito que me deis más explicaciones.
Se me encoge el corazón por tantos motivos que no sé dónde empieza uno y acaba el anterior.
—Lo que quiero saber —prosigue— es cómo os las ingeniasteis para grabar la campaña al completo. Tengo un mail de Erea, del mismísimo jueves por la noche, dándonos la enhorabuena a pesar de todos los inconvenientes. Y yo sin saber de qué me estaba hablando... Así que enhorabuena.
«¿Cómo que “enhorabuena”?».
Loreto y yo nos quedamos mudas. Ninguna de las dos pensábamos que Biel conociese siquiera esa palabra, y su energía tan autoritaria (déspota, en ocasiones) no nos había dado ninguna pista.
Pero ambas vemos cómo se desinfla en su silla y casi sonríe, aunque lo oculta tras la mano que se pasa por la cara para desperezarla.
—Fui-fuimos todos. Fue trabajo en equipo —susurro, lo que provoca que Loreto gire el cuello hacia mí como un suricato.
—No —prorrumpe Loreto.
—¿Ah, sí? Iván insistió mucho en que fue cosa vuestra. Tuya, niña, de hecho. Convencer a Lana Guo para que aceptara, la logística. Él dice que salvaste la campaña —me contradice también Biel.
—Y lleva razón —secunda Loreto—. Al final, todos pringamos. El cliente estaba allí y teníamos que minimizar las crisis, pero fue Emma quien cargó con todo el peso y la de las ideas de oro.
Parece mentira que ser el centro de atención vuelva a incomodarme de esta manera, aunque esta vez sea ante un público reducido.
La Emma que solía conocer no se hubiese permitido ni un ápice de alegría, era «lo que tenía que hacer».
Es el apretón de Loreto lo que me envalentona a hablar.
—Muchas gracias. El mérito, digáis lo que digáis, es de todos. Pero gracias, no... No fue fácil.
Biel chista, prácticamente despachándonos. Sí que se le han acabado rápido los elogios.
—Muy bien, chicas. En Kuon somos una familia, tenemos que remar todos hacia delante, ¿eh?
«Me ha llamado “niña” y ha usado la metáfora de los remos. Es tan ordinario que me dan ganas de bostezar».
No añadimos nada, solo asentimos y nos marchamos.
—¿Esto quiere decir que nos van a subir el sueldo por nuestra magnífica gestión? —bromea mi dupla.
Las dos caemos sobre las sillas y nos balanceamos agotadas. Y no son ni las nueve y media de la mañana.
—A nosotras, lo dudo. Seguro que a él sí que se lo suben por haber conservado la cuenta, aunque no haya movido un dedo por el proyecto.
—Qué asco de empresa, de verdad te lo digo —escupe Loreto entre risas consternadas.
En uno de estos giros, veo un pelo moreno enmarañado sentado en la butaca donde yo estaba hace unos minutos. Lo reconocería hasta en la habitación más repleta de gente. Ni siquiera lo he visto entrar.
Helada, espero. Y espero.
Loreto me deja sola y va a por algo de desayunar a la cafetería mientras yo sigo esperando.
No sé a qué, en realidad. A una mirada, blanca o no. A una pequeña interferencia que me dé esperanzas, o me las quite del todo. La incertidumbre es lo peor.