Encantada de olvidarte 33. «The Prophecy» – Taylor Swift #2
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33. «The Prophecy» – Taylor Swift #2

Sé que me está preguntando muchas más cosas de las que deja entrever.

Cualquier protagonista de cualquier libro lo tendría claro: habría aprendido la lección durante su arco y pasaría de un pasado imperfecto a un presente perfecto, con todo atado, plenamente reconciliada con su trama.

Por no decir que su historia de amor estaría en su punto álgido y todas sus amistades, más fuertes que nunca.

No es mi caso, ni de lejos. Ya me gustaría.

Pero espero que sí que sea el final.

—De momento, evitar enfrentarme a las consecuencias lo máximo posible.

—Emma... —me riñe—. Es tu vida, la de siempre. No tienes que huir de ella, ni arreglar nada, si me apuras. No hay nada que esté mal, ninguna parte que necesite que la repares.

—Esta no va a ser mi vida de siempre. Más bien, como el regreso de unas vacaciones.

Tras quince días de puro furor, toca volver a la realidad, pero nada de lo que ha pasado se borra, ¿sabes?

Ni la noche de borrachera, ni haber escrito a tu ex de madrugada, ni la piel abrasada por el sol.

Es como que, todo eso, tiene que convivir contigo mientras vas a la oficina y te levantas a las seis de la mañana.

—Lo entiendo. —Olivia me agarra de la mano y la pone encima de sus rodillas, donde la deja descansar, acariciándome el dorso, como si ella tampoco se creyera que existe de nuevo—.

Es una referencia un poco rebuscada, pero lo entiendo.

Aunque, siento descubrirte que, hasta esa dicotomía insoportable que está a punto de tirarte por un precipicio hacia la depresión postvacacional, solo dura una o dos semanas.

Te acabas olvidando y todo vuelve a su sitio.

Te pelas, pones tres lavadoras y vuelves a archivar la conversación que nunca debiste abrir.

Y ya está. De repente, es octubre y toca esperar las vacaciones de Navidad. Esto es lo mismo.

Se me escapa una sonrisa torcida que intento esconder, pero que mi amiga sabe que está ahí.

—Odio cuando usas mis propias metáforas contra mí, ¿te lo he dicho alguna vez?

—Cientos —responde—, pero lo que más odias es que lleve razón, ¿a que sí?

Asiento con la cara, pero no con el resto del cuerpo.

—Es tu trabajo seguir levantándote por las mañanas, sea la hora que sea. —Otra vez el apretón en mi mano, otra vez los pequeños golpecitos sobre el dorso—. Y no dudes que nosotras estaremos en la cocina esperándote para desayunar.

Me sale un mohín, porque no estarán. Ya no. Pero sé que, aunque sea metafóricamente, me esperarán.

Escuchamos los ladridos en el piso de abajo antes que los gritos de mi madre.

— EMMA HURTADO RUS, ¿TE PUEDES CREER LO QUE ME HA DICHO LA SEÑORA CELES? Menuda mujer, está senil.

Alarmadas, ambas nos tapamos la boca. No para guardar silencio, sino porque, como la manifestación no haya funcionado y la maldición siga en pie, dudo que lo que le haya dicho la que era mi casera hasta hace un par de días le haya hecho ninguna gracia.

A ver cómo se lo explico.

No nos movemos del sitio, esperamos a que los sólidos pasos terminen de subir por las escaleras y que la puerta de mi habitación se abra de golpe.

—¿Cómo no me has dicho que la señora esta te había echado del piso?

«Esto pinta fatal, fatal, fatal ».

—Eh, yo... O sea...

—Tita, no te preocupes, te lo podemos...

«Olivia tampoco es que te gane en elocuencia».

—¿Tú te crees que me ve en un soportal, la sinvergüenza, con la que estaba cayendo, y se me pone como una loca a chillar?

Que si no sabe qué le ha dado en la cabeza, que cómo se le ocurre echarte, que si va a ir al médico el lunes...

Yo no entiendo nada. ¿Los perros? Vamos, es que casi la tiran al suelo.

—¿Qué es lo que te ha dicho, exactamente? —pregunto, cauta.

—¿Dónde has dormido esta noche? —inquiere mi madre, ignorando mi pregunta, como cualquier madre.

—Ha estado en mi casa, tita, tranquila —interviene mi prima—. Íbamos... Íbamos a contártelo ahora, a ver si podías, no sé, hablar con ella.

—Vamos que si voy a hablar con ella, ¡me va a oír! Y vosotras también, golfas. Anda que me decís nada. Estaré mayor, pero la cabeza la tengo perfectamente en su sitio.

—Mamá, no estás mayor, no digas eso. —Me levanto del suelo y entrelazo su brazo con el mío. Está calada hasta los huesos y huele a perro mojado.

—¡Y la otra! Que si lo sentía mucho, que se le fue la cabeza y que te echó a patadas, con lo que te quiere, dice... ¿Se puede saber qué pasó?

No le cuento tanto como para que pueda calificarse como «la verdad», pero sí la parte en la que me echó con la maleta al rellano, amenazándome con llamar a la policía. Como me iba de viaje al día siguiente, preferí no preocuparla, y todo eso.

Olivia me lanza una mirada. Ella también piensa que esto son buenas noticias, pero no quiero hacerme ilusiones.

—Ay, hija, lo que no te pase a ti. Tienes para escribir un libro, ¡te lo dice tu madre!

Toma. —Echa mano de su bolso, también algo húmedo por la lluvia, y saca mis llaves.

Las mías, las mismas que creí perder aquella noche, con más llaveros que llaves.

Las agita ruidosamente en el aire y las deja en la mesa—.

Ya le diré que te llame y que se disculpe.

Las llevaba en el bolso. Dice que esta mañana se ha acordado de repente y se las ha echado por si podía pasarse por aquí a dejármelas. Es que me huele a trola...

Mi madre nunca ha sido demasiado desconfiada, pero esta situación la supera.

—Tita Rosi, no la tomes con la pobre señora. Seguro que no lo hizo con mala intención. Bien está lo que bien acaba, ¿no?

No sé si estoy del todo de acuerdo, pero no me queda más remedio que asentir.