33. «The Prophecy» – Taylor Swift
The Prophecy – Taylor Swift
—¿Crees que la hemos roto del todo? La maldición, digo.
Mi madre sigue parloteando desde la despensa, ajena a nuestra conversación. Está preparando un platito con pastas de mantequilla, aquellas reservadas para las visitas y que nunca repuse.
No habíamos planeado el siguiente paso demasiado bien; creo que, en el fondo, nunca creí que fuésemos a conseguirlo.
Así que he subido corriendo a mi antiguo cuarto, para que mi madre no me viera descalza y con un vestido que claramente no es de mi talla, y me he inventado una excusa para poder meterme en la ducha sin levantar sospechas. He bajado al comedor media hora después, con un chándal y el pelo mojado.
—Lo dudo mucho. Podríamos hacer una prueba, pero no me apetece nada enfrentarme a algo así ahora mismo.
Estoy destrozada, me duelen los huesos, los músculos y hasta el pelo, pero sigo maldita. Estoy casi segura.
¿Tengo idea de qué hacer? No, pero se nos acaba el tiempo. Siento que estamos ya en el descuento.
—Manifiesta cosas buenas, por favor, Emma —me reprocha Olivia, pero se da cuenta rápido de lo que ha dicho y se disculpa.
«¿Y si...?».
Mi madre se ha extrañado cuando no ha escuchado a los perros ladrar a mi llegada, y ahora tengo a los dos encima. El hocico de Damon descansa sobre mi pierna, que está cruzada sobre la silla del comedor, y Klaus duerme a mis pies, echado en la alfombra.
—Estos dos están de raros... ¿No os parece? —pregunta, echándoles un vistazo por debajo de la mesa.
—A lo mejor quieren ir a dar un paseo, mamá. Se les ve aplatanados, y se está nublando. ¿Por qué no los sacas un rato y Olivia y yo preparamos algo de comer?
—Sí, tita—interviene mi prima, meneando la mano como quitándole importancia a todo—. Imagínate que se pone a llover más tarde y os quedáis sin salir.
No nos hace falta mucho más para convencerla; eso y que las dos bestias se han puesto como locas al escuchar la palabra «paseo».
Tras el portazo, nos hemos puesto en marcha.
Tal vez, y solo tal vez, necesitemos revertir el hechizo —maldición, manifestación o cualquiera que sea su nombre— deseándolo muy fuerte, ¿no?
Lo cierto es que no tengo ni idea, pero por algún sitio tendremos que empezar. Y, ahora mismo, es lo mejor que tenemos.
Corro a mi habitación, en busca de papel y boli, y Olivia sale al jardín y destapa el pequeño hoyo que hemos cavado antes.
Sentadas una frente a la otra, con las piernas cruzadas y la ropa mojada por la humedad del suelo, esparcimos todo lo que tenemos entre nosotras.
Dos de todo. O de casi todo.
Dos papeles envejecidos con café de cuando éramos pequeñas, llenos de deseos inmaduros que no pienso volver a leer.
Dos ramilletes de flores de lavanda: uno, intacto y brillante; el otro ennegrecido por la ceniza, parcialmente chamuscado, pero aromático y vibrante.
Y dos chicas, las mismas que entonces, pero completamente diferentes.
Por otro lado, solo hay una vela, llena de tierra y ceniza, con la mecha doblada y la cera manchada. Y solo un papel a rayas, nuevo, chamuscado, con un borrón de tinta justo al borde y otro puñado de palabras que tampoco quiero leer, pero que mis ojos escudriñan sin pedirme permiso.
Gracias por haberte hecho hueco, porque desde ese día, fuiste imparable.
... tuviste la oportunidad de vivir un montón de cosas...
Gracias por no dejar que nada te frenase...
... mereció la pena.
Me río por esa chica que de verdad pensaba que todo merecería la pena. Que ser protagonista de su propia vida significaba ser el centro, ser más, brillar más. Que todo lo demás no valía.
—¿Cómo lo hacemos? ¿Qué hiciste la última vez? —pregunta Olivia, arrancándome de mis pensamientos.
Soplo el vaso de cristal con la vela para despejar el polvo y, con una cerilla, dos (nunca se me ha dado bien esto), la enciendo. El olor es muy intenso; el calor y el viento que se levanta, también.
Nos miramos con los ojos abiertos y decidimos no comentar nada.
—Primero me escribí una carta a mí misma, como hablando desde el futuro, ¿sabes? Encendí la vela, empezó a tronar y luego me entró miedo. Intenté quemarlo todo y lo enterré. Más o menos, fue así.
—¿Empezamos con las cartas?
— ¿Las? —pregunto, descolocada.
—Sí, las cartas, en plural. Ya que estoy aquí...
Y si se me concede un deseo, quiero usarlo en esto.
Tenemos que proteger a la familia, y más cuando lo que acecha es magia oscura.
—Olivia se lleva una de las libretas al regazo y agarra un boli del suelo—.
Nunca pensé que diría algo así. Aunque, bueno, tampoco me hubiese imaginado, ni en un millón de años, que el ex de mi mejor amiga iba a aparecer en mi puerta con ella, desnuda y completamente invisible.
—No tengo nada que rebatir al respecto —digo mientras agarro el otro cuaderno—, excepto que Iván no es mi ex.
Aún no hemos empezado a escribir, pero Olivia levanta la cabeza del papel para mirarme:
—¿Y qué es, entonces?
—No sabría decirte, supongo que lo descubriré pronto. Solo si, después de que rompamos este hechizo del demonio, sigue acordándose de mí.
—¿Crees que no lo hará?
—Quiero pensar que sí —escupo exhalando todo el aire que me queda en los pulmones y apoyando la espalda en una de las tumbonas—. Pero él también llegó con la tormenta, y no sé si desaparecerá cuando consigamos que lo haga la magia.
Olivia no me consuela, no me dice que todo va a estar bien, porque no lo sabe. Y nosotras no nos mentimos, así que nos refugiamos en un cómodo silencio y nos ponemos a escribir.
En agosto, aquella noche, escribía por aburrimiento, porque no tenía nada mejor que hacer. Las palabras me salían solas, como si estuviera escribiendo una lista de deseos o haciendo clic sobre productos carísimos que sé que no puedo permitirme. Por pedir, ¿verdad? Que no quede.
Reconocimiento.
Carisma.
Una historia de amor.
Lo quería todo. Podía tenerlo todo.
Pero hoy solo quiero una cosa. Una sola, y la quiero con todas mis fuerzas.
Por eso las palabras se pelean entre ellas por salir, se amontonan en mi garganta y la taponan, como un atasco en hora punta. Ni siquiera puedo respirar con normalidad sin pensar cada movimiento, sin obligarme a inhalar, a retener el aire unos segundos y a expulsarlo pesadamente.
—Ya he terminado —me anuncia Olivia, arrancando la hoja y doblando su papel por la mitad una vez, y otra.
—¿Qué has escrito?
—Si te lo cuento, no se cumplirá. Además, esto no es un examen, no intentes copiarme.
Sé que quiere tranquilizarme. Cuando lo hace siempre adopta su papel de hermana mayor, de sabia del concilio, de profesora.
—Nunca he copiado en un examen, Livi —espeto en su dirección, y le saco la lengua.
Ella me la saca de vuelta.
Garabateo seis palabras, solo seis, en mi hoja en blanco y la arranco del cuaderno. Se rompe por debajo, pero da igual, porque me las apaño para doblarla en un perfecto cuadradito del mismo tamaño que el de mi prima.
Cuando lo suelto, podría jurar que escucho un trueno a lo lejos. El cielo se ha nublado un poco más, no demasiado, pero el aire trae olor a lluvia, a tierra mojada.
—Creo que es la hora.
Me prohíbo hablar, o los nervios lo hacen, pero asiento con la cabeza.
—¿Qué hacemos? ¿Lo quemamos?
—No lo sé —acabo diciendo—. La otra vez empezó a llover antes.
—Seguro que fue por el Portal de Leo. Si él no nos ayuda esta vez, tendremos que intentarlo nosotras.
Y eso hacemos.
Con la pala, ampliamos un poco el agujero en la tierra y, cuando está listo, sujetamos los papeles y las flores encima de la mecha.
El calor me quema un poco, o eso me digo cuando aparto la mano del fuego y dudo en si volver a acercarla.
Si sigo adelante, si esto funciona, será el final.
El final de todo el miedo y las dudas, pero también de todo lo que me atreví a desear.
Es agridulce. Aunque sepa que no es para mí, que nunca lo fue, que tenerlo en mi vida me hace más mal que bien, cuesta desprenderse.
Noto un tirón en la muñeca, porque no estoy sola, y Olivia la empuja hacia el fuego.
Esta vez, juntas, dejamos que las llamas lo consuman casi por completo.
Una gota.
También juntas, dejamos caer los papeles, aún ardiendo, sobre la tierra húmeda. Se apagan nada más tocar el suelo.
Otra gota, esta vez sobre la ropa. De reojo, veo la mancha que deja.
Las flores, los hechizos, todo va al agujero.
La vela se apaga. Le ha caído agua encima, justo sobre la mecha.
También la enterramos. Con cristal y todo.
No hemos terminado de aplanar la tierra, a pequeños golpecitos, cuando se desata la cuarta tormenta.
—¿Qué hacemos ahora?
Olivia está tirada en el suelo de mi habitación cuando vuelvo de mi segunda ducha del día, intentando secarme el pelo con una toalla. Nos hemos empapado ahí fuera, y aún no ha parado de llover, aunque ya lo hace con menos agresividad.
Mi madre nos ha mandando un mensaje: ha tenido que cobijarse un rato en el pueblo; no iba con ropa apropiada para la lluvia y los perros se han puesto muy nerviosos.
Mi prima lleva otro de los albornoces que se quedaron aquí en la mudanza . Tengo como cuatro más. Mi madre me los regalaba por Navidad, aunque yo pidiera cualquier otra cosa. Según ella, «son la mar de útiles».
—No lo sé. Esperamos, ¿no? —respondo, y me encojo de hombros.
He sido invisible veinticuatro horas, a lo sumo, pero el tacto del algodón del albornoz sobre la piel se me antoja milagroso.
Igual que no tener ningún mensaje de Iván.
Es algo tarde y la casa está en penumbra por el cielo encapotado. Si nuestro plan no hubiese funcionado, ya le habríamos avisado. Pero lo ha hecho, ¿no? Eso creo. O eso elijo creer.
Aun así, tampoco le he escrito.
No estoy preparada para comprobar si la lluvia también se ha llevado consigo todos nuestros recuerdos juntos. Ni siquiera para asegurarme de que no lo ha hecho.
Acompaño a Olivia en el suelo, abrazándome las piernas, como cuando éramos adolescentes. Pasábamos horas sentadas en esta misma habitación.
—Ya, pero ¿tú qué vas a hacer?