32. «Feel Something» – Clairo #3
—Hay... —vacila Olivia, frotándose los brazos desnudos, arañándose la piel—, ¿hay alguien con quien crees que debas sincerarte aún más? ¿Confesarle algo? A lo mejor...
—¿A mí misma? —digo, terminando su frase.
—No pierdes nada intentándolo, ¿no? Siento ser tan franca, pero a la que más has mentido todo este tiempo ha sido a ti misma. A mí, a Gabi, a Loreto... nos has podido hacer daño, sí, aunque no era tu intención, ¿verdad?
—No, nunca.
—Pero a ti misma...
A mí misma siempre he querido hacerme daño.
Por ser demasiado, por jamás ser suficiente.
Por no tenerlo todo bajo control y nunca saber cómo comportarme, o qué decir, o cómo ayudar.
Me ponía límites diferentes, expectativas más altas que al resto.
—Supongo que quería... Bueno, no tener que ser yo.
Poder convertirme en otra persona, una a la que no juzgaría.
Quería, por una vez, reflejarme en el resto, y no al revés.
Encontrar ojos mirándome sin tener que buscarlos, sin tener que gritar lo que valgo hasta quedarme afónica.
Como si yo fuese el problema, ¿sabes? Como si no tuviese arreglo y solo me quedase morir y renacer dentro de otro cuerpo para solucionar todos los problemas.
Problemas que... No, ni siquiera ahora los veo. ¿Qué es lo que quería? ¿Perderme?
Creo que sí, que perderme es lo que quería. Olvidarme. Hacer invisible a la antigua Emma y fingir ser alguien nuevo. Mejor.
—Lidiar con el pensamiento de que eres una molestia es agotador, pero no era capaz de deshacerme de él.
—No eres una molestia, Emma, y mucho menos para la gente que te quiere. Lo que nos molesta es repetírtelo una y otra vez, y que no nos creas. Que no confíes en nosotros, desechar nuestros argumentos como si fuesen papel usado. Entonces, ¿es esto lo que realmente querías?
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba hablando en voz alta.
—Durante un segundo, sí. Quizás más —reconozco—.
Me sentía magnética, como si acabase de beberme una bebida energética o fuese el último día de trabajo antes de las vacaciones.
Sí, es lo que quería, porque no era yo. Era otra Emma, una que encajaba, que era capaz de reírse con la boca abierta, de levantar la cabeza y apartar la vista del suelo, de ser una puta borde si le apetecía y no flagelarse después.
Lo que... Lo que no quería era sacrificar nada.
Lo quería todo, y ni el universo puede conceder algo así sin requerir un alto precio a cambio.
Estaba... equivocada. No necesitaba nada de eso, solo era un capricho.
—¿E Iván?
No sé si ha sido Olivia la que ha hablado, o una voz desconocida. Tengo los oídos taponados y los ojos cerrados para tratar de contener las lágrimas.
—Al principio también lo fue. Solo quería probar cuántas piezas podía sacar de la torre sin que se cayese. Pero hay cosas con las que no se puede jugar y, cuando quise dejar de hacerlo, era demasiado tarde. Estaba demasiado implicada.
Al contrario de lo que esperaba, quitarme este peso de encima no ha hecho que me duela menos el cuerpo.
La gravedad cae con fuerza sobre mis hombros, que crujen cuando los desperezo, aún con los ojos cerrados.
Siento las piernas frías y el pelo pegado a la cara, sudado y grasiento después de dos días.
—No creo que haya funcionado, Olivia. Me siento peor que nunca.
Oigo cómo mi amiga exhala mucho aire de golpe y, cuando casi no le queda ni una mota de oxígeno dentro, consigue hablar.
—Emma.
—¡Anda! ¿Ya ha llegado la marquesa? Contenta me tienes. ¡Voy a dejar de pagarte el teléfono como no me contestes! Vas a ver qué rápido me mandas un mensajito. Díselo tú, Livi.
«¿Qué?».
Mi madre está asomada a la ventana de la cocina, con el pelo seco y recogido en una trenza baja. Tiene las manos apoyadas sobre el alféizar y solo le veo media cara; el resto lo tapa el cuerpo de Olivia y los barrotes que dan al porche.
Olivia tiene el gesto torcido, agrio, y levanta una mano para taparse la boca. Con la otra, agarra la mía y la pone delante de mi cara. De la suya. De mis ojos.
Una mano de piel clara entrelaza sus dedos con los de mi prima.
«¿Es... mi mano? ¿ES MI MANO? ».
Ambas pegamos un grito a la vez, sonoro, agudo y completamente sincronizado.
—Pero ¿qué os pasa, locas? No se os puede dejar solas, eh...
Olivia me lanza el bolso con todas las cosas aún dentro y casi me da en la cara, pero lo agarro con fuerza sobre mi pecho.
—¡Ya-ya vamos, tita! Es que... hemos visto un bicho enorme. ¿Nos vas haciendo un café, porfi? Ahora vamos a ayudar —grita mi prima y, en cuanto mi madre chista y se mete para dentro, se vuelve hacia mí y una carcajada me revienta los tímpanos—. En cuanto tu hija se ponga algo de ropa... ¿Eh, Emma?
Es entonces cuando pasan tres cosas, prácticamente a la vez:
Olivia se lanza hacia mí para darme un abrazo rápido, urgente, que dura más de lo que debería, pero ninguna de las dos se aparta.
Miro hacia abajo y veo mi cuerpo de vuelta. Real, tangible y erizado por el aire fresco.
Confirmo que, efectivamente, estoy casi desnuda sobre la hierba.