Encantada de olvidarte 32. «Feel Something» – Clairo #2
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32. «Feel Something» – Clairo #2

—Tranquila, tita, me los llevo al jardín y los entretengo en lo que llega Emma, ¿te parece? Ve a secarte el pelo, que con estos cambios de temperatura...

—Me tienen la cabeza loca estos dos. Si no fuera por ellos, me moriría de aburrimiento aquí sola, pero vaya dos, ¡vaya dos! —Respiro tranquila, por fin, y sigo a mi prima al jardín de atrás, atravesando la casa—. ¿Quieres que te prepare un cafelito o algo?

—¡No, no, tita, me espero! Tú súbete y ahora nos ponemos al día.

Cuando nos llega el sonido del secador desde la planta de arriba, nos atrevemos a volver a hablar.

—¿Emma?

—Estoy aquí, detrás de ti.

Da un respingo.

—Espero no tener que acostumbrarme a esto. No sé si mi corazón tiene tanto aguante.

—Yo también lo espero. Vamos fuera, la ventana del baño da al otro lado. ¿Puedes coger…, no sé, una cuchara o algo? No sé con qué cavar la tierra sin montar un estropicio.

Mi recién recuperada corporeidad me permite abrir la puerta de atrás y salir al porche.

—¿Una cuchara? Por favor, Emma, vengo preparada.

Olivia y yo nos sentamos a la sombra, entre las dos hamacas que marcan el punto exacto donde enterré todo aquella noche.

El bolso abierto entre ambas revela la carga de mi amiga, que no es poca: una pala de jardinería, las cerillas de cocina, un vestido largo, una chaqueta y un paquete envuelto en una bolsa de supermercado.

Cojo la pala con una mano, lo que hace que levite en el aire de repente, y la sacudo frente a Olivia.

—¿De dónde has sacado esto? —Nunca hemos tenido plantas en casa. Ni siquiera de plástico.

—Lo compré hace un mes o así. Quería regalarle a mi madre un set de jardinería para que se entretuviese con sus plantas, pero me llegaron dos por error y ahí se quedó. Un trasto más que mira qué bien nos ha venido.

Removemos la tierra con delicadeza hasta que tocamos algo sólido: el bote de cristal de la vela.

Está intacto. Lleno de tierra, pero perfectamente conservado.

Al igual que los restos de papel, las flores y el montoncito de cenizas.

El vidrio brilla, la cera de la vela sigue desprendiendo olor, igual que las flores de lavanda.

Ni quemándolas han perdido el color violeta de los pétalos.

—¿Eran de plástico? —pregunta Olivia, perpleja, acariciando las ramas con los dedos y retirando la poca tierra que las mancha.

—No, no lo son. Y a la Emma del pasado no se le ocurrió pensar que era jodidamente sospechoso y que lo mejor sería volver a enterrarlas en el fondo del armario.

—¡Qué va! Mucho mejor montarse un ritual y quemarlas bajo el puñetero Portal de León, dónde va a parar.

—¿El qué?

—Puede que anoche no pudiera dormir y que leyese un par de artículos... o unos seis, quizás, sobre la manifestación. Al parecer, elegiste un malísimo día para probar inocentemente. El sol estaba en Leo y dicen que el universo responde con ironía si tu deseo no está bien planteado.

Me muerdo la lengua para no vomitar la sarta de insultos y maldiciones que me llenan la boca ahora mismo.

—Hasta para pedir deseos tengo mala suerte. Los leo sois lo peor —me quejo en lugar de explotar de ira.

—Voy a elegir no ofenderme por ese comentario. Además…, diría que es más bien un malentendido, como un espejo retorcido. Lo hiciste todo en el momento indicado; el mejor, de hecho, pero nada se obtiene gratis.

—Y me negué a pagar.

—Exacto.

Olivia saca el paquetito que guardaba en la bolsa, recubierto con plástico, y lo desenvuelve junto a los restos desenterrados.

Tengo la piel de gallina, no sé muy bien por qué, pero ha empezado a hacer frío. Unas nubes densas y pesadas bloquean la luz del sol que nos calentaba hasta ahora.

—¿Qué es eso?

No puede ser.

—Perdón, pensé que... —se excusa, y sigue dándole vueltas a la bolsa, extrayendo otra de tela (no: es de terciopelo) del interior, cerrada con unas cuerdas hechas un nudo—.

Pensé que a lo mejor nos servía de algo.

La otra noche, cuando te presentaste en casa, yo...

No me acordaba del hechizo, ¿sabes? Era un episodio de nuestra infancia que había borrado por completo, pero entonces recordé que guardamos el mío dentro de una caja de música.

Nos vi pegando la madera con pegamento, recordé la musiquita que sonaba...

Le tenía mucho cariño, y podría haber jurado que la metí en una de las cajas cuando me fui de casa.

Dentro de la bolsa hay un cuadrado envuelto con celo y papel marrón, abierto por uno de los extremos, y que desprende un fuerte olor a lavanda y café.

—No me digas que...

—Sí. Estaba en el trastero. Me pasé la tarde del viernes rebuscando entre polvo.

Necesitaba confirmarme a mí misma que había existido.

Lo siento, Emma, yo... No es que no te creyera, de verdad, pero...

Casi destrozo la caja cuando la encontré, se me cayó al suelo del susto.

Seguía funcionando y olía fortísimo a flores.

Tu mensaje o, bueno, el de Iván, llegó justo cuando bajé a casa y despegué la tapa con un cuchillo.

El papel, la lavanda... Seguían intactos después de diez años.

Le tiemblan las manos, la voz, hasta la respiración.

—¿Crees que...? —mascullo, echando una mirada a su espalda.

Los perros nos miran con expresión alarmada, olfateando el ambiente. Puede que a nosotras nos huela a flores, pero creo que ellos pueden notar muchas más cosas.

—Podemos probar, ¿no? Quiero decir... Si tuvo magia una vez, la tendrá una segunda. No sé qué hicimos, no funcionó entonces. Pero hasta sujetarlo me da mal rollo.

Se lo arrebato de las manos, porque no quiero que pase un mal rato, y lo sostengo en el aire solo un instante antes de volver a soltarlo en el suelo. Está caliente y me ha puesto los pelos de punta.

Al menos, poder para eso sí que tiene.

Sin embargo, no tengo ni idea de cómo usarlo.

—¿Y ahora, qué? ¿Se te ocurre algo? Tengo el cerebro frito.

—Emma, bastante que se me ha ocurrido traer esto y que mi corazón siga latiendo cada vez que tu voz suena en mi cabeza. No sé... Pensemos qué ha funcionado hasta ahora. Estás mejor que ayer por la mañana, eso seguro.

—Sí —admito—, desde luego. Creo que recuperar a la Emma de antes, sincerarme, es lo que ha provocado que podáis volver a escucharme.

E incluso sentirme. Con Iván fue eso, y con vosotras...

Si hablaba, si dejaba de esconderme de todo y de todos y confesaba lo que realmente sentía, simplemente, puf . Volvía a tener voz y cuerpo.

—Pero sigues siendo invisible.

—Pero sigo siendo invisible, sí.