32. «Feel Something» – Clairo
Feel Something – Clairo
Marcos se ha asomado al salón antes de irse. He escuchado sus pasos justo a tiempo para taparme hasta la cabeza y que se pensase que era Iván durmiendo. Supongo que habrá colado, aunque yo soy mucho más bajita y menos corpulenta que él.
Olivia ha llegado un segundo después a despedirle y tampoco se ha dado cuenta.
Cuando el chico sale por la puerta y ella la cierra con cuidado, me destapo del todo, lo que provoca que se le escape un grito que sofoca rapidísimo, tapándose la boca con una mano.
—¿Em... Emma? ¿Estás ahí? Dios, cualquiera que me viese pensaría que estoy loca.
Mi amiga entra de puntillas en el salón, analizando todos los rincones, como si algo acechase por las esquinas.
«Quizás lo mejor sea tratar esto... ¿con normalidad?».
—Estoy aquí —enuncio, en un tono de voz normal, a un volumen normal y sin hacer nada raro.
Lo prometo.
— ¡AHH! Joder, JODER .
— ¿QUÉ PASA? —grito en respuesta.
—Que me has asustado, tía, ¿qué va a pasar? Te recuerdo que eres invisible. —Olivia se agarra al marco de la puerta, cerca de hiperventilar—. No sé por qué esperaba que todo lo de anoche hubiese sido un mal sueño y que ahora me escribieras para pasar el sábado juntas.
—Bueno —contesto, acercándome a tocar uno de sus brazos, cubierto por tela vieja y áspera del pijama—, si aún quieres, pasaremos el sábado juntas. Eso no ha cambiado.
—Sí, quiero. Necesito a mi amiga de vuelta.
—Olivia tantea para encontrar mi cuerpo y me da un abrazo—.
Vamos a desayunar, como en los viejos tiempos, y pensamos qué hacer.
Creo que Gabi tenía razón y deberíamos volver a casa de tu madre.
A lo mejor allí encontramos... Oye. —Antes de entrar a la cocina, echa un vistazo al pasillo, a la puerta del baño que solía compartir con Gabi, y ve que está vacío—. ¿Dónde está Iván?
—Se fue anoche. Yo... Se lo pedí yo.
—¿Por qué? —pregunta extrañada.
Para distraerme, vuelvo al sofá a recoger la manta y doblarla.
Aunque soy yo quien la está agarrando, veo cómo flota en el aire, haciendo coincidir sus esquinas.
—Prefería hacer esto sin él. Iván pertenece a todo este embrollo, es parte de la maldición. Si quiero escapar, tengo que dejarlo ir.
Cuando la manta está perfectamente doblada encima del brazo del sofá, me giro hacia mi amiga, que vuelve a tener cara de susto. La sorpresa no llega a su voz, pero sé que está haciendo todo lo posible para que no se note lo aturdida que está.
—¿Y vas a dejarlo ir? Del todo, me refiero. No sé si encontraremos una manera de romper el hechizo hoy, pero si lo hacemos... ¿Es que no quieres que esté en tu vida? ¿Celebrarlo también con él? Ayer me dio la sensación de, bueno, todo lo contrario.
—Claro que sí. Pero Iván no existía en el mismo plano que yo antes del hechizo, y si no lo suelto, a lo mejor no puedo volver. Es... Para mí tiene sentido, pero es difícil de explicar.
—No lo es. Para nada —dice, sonriendo de medio lado, mirándome con pena, pero de la buena—. Vamos, creo que tengo pan de sobra para las dos. ¿Quieres?
Sola de nuevo, me sereno y echo un vistazo a la habitación. Hoy saldré de esta casa y es la primera vez que no sé si regresaré, ni siquiera de visita.
Puede que no encontremos la manera de deshacer el hechizo y que este sea mi verdadero desenlace; ser una voz medio corpórea que solo un puñado de personas pueden escuchar.
No todas las historias tienen un final feliz. Algunas, ni siquiera tienen un final. El protagonista muere, desaparece durante tanto tiempo que todos dejan de esperar su regreso y aceleran el argumento para poder seguir adelante. El tiempo no se para nunca, ni siquiera el mío.
Terminarán por olvidarme, o por aceptar la idea de que ya no estoy.
Dolerá al principio, tanto o más de lo que me duele a mí ahora.
Pero pasará.
Una semana, luego otra, un fin de semana y un puente.
Llegará el otoño, Nochevieja y quizás lloren en mi cumpleaños, aquellos que se acuerden.
Loreto conseguirá otra dupla, nadie más en la oficina recordará mi existencia.
Iván volverá a enamorarse.
Mi madre no volverá a hacer nada, o nunca volverá a hacerlo con una sonrisa.
Prefiero no pensar en eso.
En un último examen al salón veo algo enganchado bajo el mueble de la tele, en el suelo. Es un papel de un rosa fosforito, doblado por la mitad.
Me agacho mientras escucho a Olivia trastear en la cocina. Es un sonido tan de este hogar, tan nuestro, que calma mis pulsaciones como una brisa fresca.
Cuando lo desdoblo, reconozco mi letra. O más bien, mi número de teléfono, algo más ininteligible que cuando lo garabateé deprisa y corriendo en la oficina e Iván se lo guardó en la funda del móvil.
El papel está manoseado, los bordes desgastados, como si lo hubiese abierto y cerrado varias veces.
Ha debido de caérsele esta mañana cuando recogía, y ahora... lo tengo yo.
Lo ha llevado encima todo este tiempo.
Pero ya no le queda nada mío. Solo mi recuerdo, el tiempo que dure.
—No quiero insistir con lo de Marcos, pero si necesitas desahogarte... Podemos cambiar de tema, ¿sabes? Seguiré siendo invisible, aunque hablemos de otra cosa.
Olivia ha mandado un escueto mensaje a mi madre para asegurarse de que estaría en casa esta mañana, se ha dado una larga ducha y ahora vamos de camino a Alcalá en coche.
—Lo sé —murmura sin apartar la vista de los espejos retrovisores—.
Está todo bien, más o menos. La convivencia...
no es un camino de rosas. Sé que suena a tópico, pero compartir todas tus rutinas con la misma persona, día tras día, las manías...
Es un reto difícil de superar, todo se magnifica. Y no hemos sabido comunicarnos bien.
—Pero ¿ha pasado algo más?
—No, no... Ese es el problema, que no ha pasado nada, y aun así hemos sentido que todo lo que hace el otro nos molesta.
Si se levanta tarde, me enfado; si quiero comer pronto, se enfada él.
Teníamos muchas ganas de dar el siguiente paso, de vivir juntos, y pensábamos que todo funcionaría de forma natural.
Nunca nos sentamos a ponernos de acuerdo, dimos por hecho que el otro se adaptaría. También es culpa mía.
—No es culpa de nadie, Olivia. Creo que es algo tan de los dos que las culpas se anulan.
—Ya... —Mi amiga toma la salida hacia mi urbanización y enfila la calle rodeada de casas bajas que tanto ha visto de mí y que tanto conozco—.
Pero todo está bien. En cuanto dejamos el ego y el orgullo de lado, y nos arriesgamos a tener una conversación incómoda, nos dimos cuenta de que estamos de acuerdo en más cosas de las que pensábamos.
Paramos el coche frente a mi casa, pero nos quedamos unos segundos sentadas dentro, atrasando un poquito más el momento en el que nos tengamos que enfrentar al mayor problema del día.
Esta vez es decisivo. Si esto no funciona, nos quedamos sin ideas.
—Piensa que, de no ser por estas semanas horribles, a lo mejor nunca hubieras aprendido el valor de hablarlo todo, hasta lo más desagradable. Y se ha solucionado, ¿no? —pregunto, a lo que responde con una mueca—. Está en ello, al menos. Bien está lo que bien acaba.
—Creo que no estoy del todo de acuerdo con eso —ríe—. Hay cosas a las que, definitivamente, no se puede aplicar.
—Una batalla tras otra, amiga, por favor. No podemos salvar el mundo desde tu coche.
—Desde luego que no. Además —añade, desabrochándose el cinturón y abriendo la puerta.
Damon y Klaus empiezan a ladrar y toda la calle se entera de que hemos llegado—, me llevaría yo todo el mérito porque, hasta que no solucionemos este follón en el que nos has metido, nadie puede verte.
Y me gustaría recuperar a mi amiga y compartir el reconocimiento.
No puede verme, pero sonrío con el corazón en un puño antes de salir del coche, y la sensación solo empeora cuando mi madre abre la puerta de casa con los brazos abiertos y el pelo mojado. Estoy segura de que se ha metido a la ducha en cuanto la hemos avisado de que veníamos.
—¡Livi, querida! ¡Qué guapísima estás! Estuve hablando anoche con tu madre, la pobre... Los dolores la tienen frita.
—Tita Rosario, ¡cómo me alegro de verte! ¿Cómo estás? —le pregunta, dándole un fuerte abrazo. Siempre ha sido su tía favorita; es su madrina al fin y al cabo.
Cierro la puerta del coche con cuidado para que no haga ruido y me acerco sin decir una palabra; no creo que mi madre pueda oírme, pero no quiero probar suerte. Todavía no.
—¿Has hablado con mi Emma? Ayer ni me contestó a los mensajes que le envié. ¿Llegó bien?
—Sí, sí, eh... —Olivia se acomoda el bolso en el hombro, ganando tiempo para encontrar las mejores palabras. Sé que no quiere mentir a mi madre, darle falsas esperanzas en el caso de que vuelva a salir de esta casa sola y yo... Y yo me quede en esta dimensión para siempre.
Como si quisieran salvar a Olivia, Damon y Klaus salen escopetados por la puerta, pero no se detienen a saludar a mi prima, sino que siguen corriendo hasta la puerta de latón que da a la calle, ligeramente entreabierta para que yo pueda entrar. Y se desata el caos.
—Shhhh, chicos, tranquilos. Soy yo, soy yo —susurro débilmente y me agacho para estar a su altura y que no se pongan a saltar como locos.
—¡Uy! Pero ¿y a estos qué les pasa? ¡Chicos!
Mi madre viene corriendo hacia donde estamos.
Me quedo pegada a la pared, porque Klaus ha subido sus patas delanteras a mis hombros y se ha quedado ahí.
Parece que, para ellos, sí que existo, pero sería rarísimo ver a un perro apoyado sobre el aire y lamiendo la nada .
Damon sigue apartado, ladrándome con cariño a mí... o a la pared de detrás.
—¡Venga, venga, para dentro! —vocifera mi madre, cerrando la puerta a mi espalda.
—Chicos, va, haced caso a mamá. Vamos dentro —musito yo, al mismo tiempo.
Ella no me escucha, definitivamente, pero Damon y Klaus sí, porque gimotean y saltan de un lado a otro, balanceando sus colas de pura felicidad.
Con cuidado, les acaricio el pelo, por detrás o en la barriga, para que no se note.