31. «Bloodstream» – Ed Sheeran
Bloodstream – Ed Sheeran
No sé cómo es posible que haya llorado, pero me noto la cara tirante, reseca de las lágrimas.
Sigo siendo transparente, pero tengo agarrada con fuerza la mano de mi amiga, los dedos entrelazados con los de ella, y la cabeza apoyada en su hombro. No hemos parado de hablar.
Iván ha salido un rato, a dar un paseo, comprar algo de cenar, no sé, mientras Olivia, Gabi y yo nos quedábamos en el salón que siempre fue nuestro hogar, más pegadas que nunca.
Para cuando vuelve, en realidad, no nos hemos movido del sitio, enfocadas en recuperar el tiempo perdido.
—Tienes que prometerme que no dirás nada en el hospital. No quiero convertirme en un experimento.
Nunca pensé que diría una frase como esta, pero tampoco se me había ocurrido jamás volverme invisible tras ver un vídeo en Internet.
—¿No vas a dejarme ni hacerte una pequeña analítica? Te juro que no lo dejo registrado en ningún sitio. Llevo algo de material en el bolso. Podría...
—Gabi, tronca, ¿llevas una aguja de sacar sangre en el bolso? ¿Qué tipo de patología psicológica tienes?
Mi prima se incorpora un poco para mirar a Gabi, como si mi cuerpo translúcido se lo impidiese.
—¡Nunca se sabe, Olivia! Cogí la manía en la universidad y no es tan fácil deshacerse de ella.
Pero... —insiste, masajeándose los ojos con los dedos que tiene libres—, chicas, en serio.
Emma, te creo. Lo estoy viendo, o no, más bien, con mis ojos.
Te estoy tocando, lo sé. Es... algo en mí necesita encontrar una explicación. La ciencia tiene unas reglas que...
—Y me encantaría que lo hicieses, no te creas —confieso, interrumpiéndola—. Pero ni siquiera sé por dónde empezar a ayudarte. Me temo que la ciencia poco tiene que hacer aquí.
—Además, tenemos que encontrar una manera de que Emma recupere su cuerpo. Su vida, sea la que sea después de todo.
Comemos algunas porciones de pizza en silencio.
De vez en cuando y sin venir a cuento, alguien comparte alguna idea completamente maniática que pierde todo el sentido que tenía en su cabeza antes incluso de que termine de verbalizarla.
—Quizás podríamos ir a una médium. A lo mejor sabe cómo enfrentar algo así.
—Claro que sí, Olivia, querida —replica Gabi con la boca llena—. Y que te saque los cuartos un engañabobos. Salimos de allí con cien euros menos y una amiga invisible.
—No me siento cómoda contándoselo a nadie más. No va a poder escucharme, sospecho, así que mejor que no.
Gabi vuelve a insistir un poco más con lo de colarnos en el hospital e intentar hacerme una radiografía.
—¡Que no voy a ir a ningún hospital y que esto se convierta en una secuela mala de X-Men ! Imagínate que salimos en las noticias. A mi madre le da un soponcio.
Por su parte, Iván insiste en no quitarme las manos de encima.
He vuelto a tener frío, así que me ha echado su sudadera marrón por encima y todos nos hemos quedado embobados mirando cómo flotaba en el aire, sobre mis hombros, pero sin tocar el suelo. Arrugándose de formas imposibles y perfectamente naturales.
Y así nos dan las doce de la noche, cuando escuchamos unas llaves girar en la cerradura y la puerta principal abriéndose.
—¿Ma-Marcos?
Olivia se levanta corriendo hacia la entrada.
—Olivia, ¿estás ahí? Llevas horas sin contestarme al teléfono. Estaba preocupadísimo y...
Ambos se funden en un cálido abrazo, como si llevasen años esperándolo, con mil guerras de por medio. Por lo que sé, podría ser justo eso.
—Perdona, cariño, es que... Estaba con las chicas. Si lo llego a saber, hubiera estado más pendiente —se disculpa—. De todos modos, ¿qué haces aquí? Pensaba que, o sea, íbamos a hablar el domingo, ¿no? Te hacía aún en Valencia.
—Lo estaba, hasta hace algo más de dos horas, lo estaba. —Marcos envuelve a mi amiga, acercándola a su cuerpo—. Cuando me he montado en el taxi y me ha vuelto a saltar el buzón de voz, yo... He dado la dirección de casa sin pensarlo. Lo siento, sé que quedamos en darnos un poco de espacio.
Hasta desde aquí podemos ver que lo último que quieren entre ambos es espacio.
Olivia se aleja y agarra su mano para darle un sonoro beso.
—Ve a la habitación. Voy a... gestionar esto, y hablamos, ¿vale?
—Claro, sí —masculla—. Buenas, yo... siento interrumpir.
Antes de que complete el giro hacia nosotros y enfoque la vista, me quito la chaqueta de un tirón y la lanzo sobre las rodillas de Iván.
«Salvada, por poco».
—Oye, ¿dónde está Emma? ¿Os ha dejado tiradas otra vez? ¿Y quién es este?
Gabi aprieta mi mano una vez. Es breve y casi imperceptible para cualquiera que no nos estuviese mirando fijamente, pero no para mí.
—No, no. Emma está... Ella...
—Está pachucha —se interpone Gabi, porque Olivia nunca ha improvisado demasiado bien y, ahora mismo, se ha quedado en blanco—. Hemos ido a verla hace un rato, a casa de su madre, sí. Lo mejor que ha podido hacer es volver a casa de su madre, ¿no creéis?
«Lo mejor que puedo hacer es volver e intentar arreglarlo donde todo empezó».
—¿Y si vamos mañana y desenterramos el hechizo? Quizás no sea el mejor, pero es un comienzo —susurro todo lo bajito que puedo, por si acaso.
Al contrario que mi amiga, que pega un grito distraído entre risas.
—Wow, Sherlock, ¿se te ha ocurrido a ti solita?
Aunque se lleve la mano a la boca, Marcos lo ha escuchado perfectamente y su cara se llena de desconcierto y sospecha cuando se gira hacia su novia.
—¿Con quién está hablando?
—Con nadie, cariño, olvídalo. —Olivia comienza a empujarlo hacia el dormitorio—. Está de saliente y cansada, y mañana tiene guardia otra vez. Creo que debería irse a casa a dormir antes de que empiece con los delirios. ¿No, Gabi?
—Sí, sí, uf. Es que la falta de sueño, ya sabes, me afecta mucho. Esto de los turnos de veinticuatro horas seguidas debería revisarse. No puedo cuidar ni de mí misma con dos horas de sueño en el cuerpo, imagínate del resto. En fin, sí, me voy a casa, y tú deberías...
Mi amiga se gira hacia Iván y su cara se tensa. La piel olivácea palidece un poco.
Tiene un encanto natural y se desenvuelve perfectamente con todo el mundo, pero se ha quedado congelado.
Llamo su atención apoyando la mano en su hombro.
—Podemos irnos a tu casa, o puedes volver tú solo. Así descansas. Yo...
—Deberías quedarte, Iván —interviene Olivia—. Es lo mejor. Mira qué tarde es, y si mañana vamos a volver a casa de Emma, para que no esté sola y todo eso, podemos salir desde aquí. Imagínate, no sé, que se despierta por la mañana y no podemos hablar ... Es más seguro que te quedes.
Iván capta el énfasis en las palabras de mi prima a la perfección. Marcos no, eso está claro, porque sigue con los ojos abiertos como platos y girado sobre sí mismo, reticente a avanzar del todo.
Yo también lo he entendido. ¿Y si mañana por la mañana Olivia no es capaz de escucharme? ¿Y si vuelvo a desvanecerme?
—Creo que tiene razón —digo, solo para sus oídos, con la mano aún sobre su hombro y quedándome atascada en varias palabras—. No sabemos qué pasará por la mañana, si volveré sobre mis pasos o... Me da miedo quedarme sola.
Iván se encoge y evita dirigir la mirada a un punto vacío de la habitación para contestarme, pero sí que se lleva la mano al hombro, como si le doliese y necesitase masajearlo, para tocar la mía.
—Si tengo que dormir en el sofá para que sepa que no está sola , lo haré. Todo va a ir bien. —Tras una breve pausa, añade—. Si no te importa a ti, Olivia, claro.
—Para nada —se apresura a añadir mi amiga—. En este sofá han dormido hasta dos personas, aunque no lo parezca. Ahora te traigo una almohada.
Gabi se despide con prisa, casi acusando a Iván y a Olivia con el dedo, porque «más les vale mantenerla informada de todo» y sale por la puerta. Cuando mi amiga y Marcos se encierran en su habitación, volvemos a quedarnos solos.
—¿Estás despierta?
El salón está sumido en la oscuridad, y lo único que puedo distinguir es la luz del móvil de Iván, que ha puesto a cargar cerca de la televisión. A veces, la pantalla se ilumina con una nueva notificación, seguramente algún mensaje de Loreto, pero hace rato que no nos levantamos a revisarlo.
Hemos estado hablado en voz baja. Nos daba miedo quedarnos callados y mancillar la intimidad de Olivia. Desde aquí es muy difícil escuchar lo que pasa a puerta cerrada en el dormitorio de mi amiga, pero por si acaso. Imagino que tendrían mucho de lo que hablar.
—No creo que pudiese dormir ni aunque me tomase veinte gominolas de melatonina —admito, dándome la vuelta para encararlo de frente.
Estamos apretados sobre el sofá, bajo una fina manta y solo enredados hacia cierto límite, pero sin romper nunca el contacto.
—Si pudiera, Emma, te ataría a este sofá para no dejar de tocarte nunca. Durante un minuto, pensé... —vacila—, pensé que nunca podría volver a hacerlo.
Una mano en mi espalda, las yemas de los dedos acariciándome el cuello. Es íntimo, desesperado; Iván se aferra a mí como si esperara que cayese al vacío de un momento a otro.
O que volviese a desaparecer.
—Por un minuto, algo más largo, yo también.
—Quería preguntarte algo.
Asiento, aunque no pueda verme. Espero que haya notado el movimiento.
En su nariz, en su pelo... Estamos así de cerca.
—Antes, en mi casa, cuando he vuelto a oírte, yo... He escuchado todo lo que les has dicho a las chicas, y ellas también, pero yo no tenía a nadie que me fuese traduciendo.
—Qué injusto, ¿verdad? —bromeo.
—Un poco, sí. —Iván sube la mano por mi cuello hasta llegar a cubrir mi mejilla con ella.
Cada vez soy más, lo siento más. Su palma ya no solo es un peso sobre mi piel; soy capaz de distinguir todos sus dedos, la pequeña cicatriz en uno de ellos que me raspa la cara, el pelo que se ha quedado enganchado entre medias.
Todo—. No sé lo que pasará mañana. Me da miedo olvidarme de ti.
—Por favor, no...
Un peso de toneladas se instala en mi garganta y no me deja hablar.
Iván me aprieta más contra su cuerpo, tensando el brazo que me rodea la cintura.
—No voy a soltarte, no vas a volver a desaparecer, pero si después de todo esto, yo... Si pierdo el control, necesito saber qué es lo que piensas. Qué me dijiste.
—Nada que no sepas, en realidad. O que no sospechases. Solo que... Me pareció más seguro huir antes de que decidieras irte, o antes de que el universo dejara de hacerte pensar que querías estar conmigo y recordases que nada de lo que sentías era real.
—Emma, joder, no... Lo sabía.
—No puedes asegurar que lo sea, Iván. No puedes, ni yo tampoco.
Inhala profundamente, y consigue pegar su frente a la mía. Apenas tiene que esforzarse.
—Pondría una mano en el fuego por lo que siento, Emma, te lo prometo. Por ti.
—Pero no porque esta... engorrosa y traicionera magia oscura haya tenido algo que ver, ¿verdad?
—No, no —niega rápidamente, apretando mi cara con un poco más de fuerza, acercando su frente un poco más—.
No es eso. A veces, siento tantas cosas por ti que no soy capaz de encontrarle explicación, por eso estoy asustado.
Por si... por si he sucumbido a la magia sin darme cuenta.
Cuando te veo, el ruido en mis oídos es tan fuerte, la temperatura tan alta que...
Temo que, cuando consigamos romperla, porque lo vamos a conseguir, todo lo que he vivido contigo se desvanezca.
Que la magia o lo que cojones sea esto me afecte a mí también. No tendría sentido, porque yo...
Tras meses temiendo, no, sabiendo que todo lo que estaba viviendo no era del todo real, este dolor... Es auténtico, verdadero, sólido, sin finas rendijas por las que se cuele ni una gota de lluvia.
—Creo que mañana debería volver a casa de mi madre sola —le interrumpo—. Si consiguiésemos encontrar la manera de romper la maldición, contigo allí... Dudo sinceramente que el miedo a perderte no me haga dudar llegado el momento, y no puedo permitírmelo.
Se le escapa una violenta exhalación, molesto. Pero es mejor así.
—Ni de coña, no pienso dejarte. No puedes pedirme algo así. Tú no te separaste de mí en mi paranoia, aunque no pudiera verte.
—Y yo sé que tú tampoco lo harías. Quiero pensar que seguirías conmigo, pasase lo que pasase —me lamento—.
Pero tengo que deshacerme de esta magia o de las garras del cosmos, que no me dejan respirar.
Me están ahogando, Iván. Y si mañana lo conseguimos y veo cómo esto se evapora delante de mis ojos, yo... No confío en ser capaz de dejarte ir.
Cuando sus labios tocan a los míos, casi me olvido de que soy invisible. De que, si alguien entrase y encendiese la luz del salón, vería a Iván solo, con la boca entreabierta, respirando gravemente, besando al mismísimo aire.
Pero lo beso igual, por si es la última noche que puedo hacerlo.
Se separa un instante, para sorber por la nariz, porque ha empezado a llorar, y para decir lo único que me haría llorar a mí también.
—No quiero despedirme de ti, Emma, joder.
Seguimos besándonos un minuto. Es húmedo y salado por las lágrimas.
Estoy cansada, agotada, siento que hasta tendré agujetas mañana, pero ninguno de los dos se detiene.
Creo que nos quedamos dormidos en mitad de un beso, buscándonos hasta en sueños.
Era imposible no despertarme cuando Iván se ha levantado del sofá, cuando ha desenmarañado su cuerpo y me ha dejado congelada y vacía.
Quiero gritarle que se despida, y a la vez espero que no lo haga. Rezo para que lo último que hayamos intercambiado, si tiene que ser lo último para siempre, haya sido un beso. Es el recuerdo que quiero conservar.
Iván forcejea con su teléfono y con el enchufe, que está demasiado escondido como para encontrarlo sin luz.
Un pequeño estruendo, un «claro que sí, cáete» susurrado, y pasos en todas direcciones.
Un minuto después sigo haciéndome la dormida, e Iván vuelve a mi lado.
Lo escucho respirar, vacilar en la oscuridad, palpar el aire con la mano hasta que da conmigo. Posa sus labios justo al lado, intentando dar con mi frente.
No lo consigue, pero besa el punto elegido igual. Y se queda ahí un rato largo, se aparta y vuelve a besarme, como si no fuese capaz de parar. Como si nunca fuese suficiente. Como si tuviera que decirme mil cosas y solo conociese ese idioma.
Apenas me da tiempo a soltar todo el aire que estaba conteniendo antes de escuchar cómo se cierra la puerta de la calle e Iván sale de mi vida por última vez.