30. «Come Back When You Can» – Barcelona #2
—Anoche, Iván, empezó anoche antes de acostarme, antes de que viniera a verme. Por eso me hice la dormida. Dile eso —le interrumpo, corrigiéndola. Solo yo podría saber algo así, y espero que Olivia lo entienda.
Iván sigue mis instrucciones, palabra por palabra, y Olivia se tapa la boca con una mano.
La otra está estirada hacia Gabi, y la agita apremiando a nuestra amiga a que se acerque y se la sostenga.
Tras un rato en el que Iván se deshace en detalles de nuestro viaje, añadiendo todas las indicaciones que le voy dando, se hace el silencio.
—Joder... ¿Y qué podemos a hacer? ¿Cómo arreglamos esto?
Iván intenta mirarme, me pregunta con los ojos cómo seguir, y me pierdo en ellos. Me distraigo porque no tengo ni idea de qué contestar.
Es inútil seguir así, no vamos a conseguir nada. Siguen sin poder escucharme, y no puedo vivir a través de Iván para siempre. Convertirme en una voz en su cabeza no es la solución, no es el final de la historia.
Una vez más, si Olivia y Gabi no vuelven a escucharme nunca, si este es el final, necesito pedirles perdón una última vez.
—Iván, ¿puedes decirles que...? ¿Puedes dejarnos solas? Quiero disculparme y... despedirme. Me da vergüenza que me escuches.
—Emma, no te vas a despedir de nadie. Vamos a conseguir que vuelvas, solo necesitamos tener alguna idea o entender...
—¿Qué, qué? ¿Qué está diciendo? ¿Despedirse de quién? Emma, no me jodas, no te vas a morir —vocifera Olivia, pero vuelve a hacerse un ovillo en el sofá poco después—. Dios, no sé ni con quién estoy hablando.
—Esto parece un puto episodio de Entre fantasmas , en serio.
Soy una persona de ciencia y me estáis intentando convencer de que mi amiga está aquí, en este salón, invisible y desnuda —«Ese detalle, en realidad, podría habérselo ahorrado»—, y que solo este puede escucharla porque alguien le ha echado una maldición encima. Es de locos...
—¡Gabi, por favor! Si es verdad y no volvemos a verla, no nos lo perdonaremos nunca.
Me siento un pelele en medio de esta pelea, zarandeada de un lado a otro.
Iván no sabe dónde meterse. Gabi lo mantiene vigilado en su campo de visión, mientras que Olivia otea el ambiente de forma constante, buscando una irregularidad en el aire, un destello.
Cualquier indicio sobre el que sostenerse.
Es demasiado.
—Iván, diles que solo necesito un minuto con ellas y luego nos iremos.
«Esta maldición no será eterna. Si no consigo que nadie me escuche ni me vea, acabaré por desaparecer del todo. No quiero darme por vencida tan pronto. A menos que...».
—Emma, no vamos a irnos a ninguna parte.
Su voz me reconforta, pero tenía más poder dentro de la burbuja, cuando solo éramos él y yo.
—Confía en mí —musito solo en su cabeza—. Contigo funcionó.
Tras expulsar toda la frustración, acepta y pega un grito para cortar los de mis amigas, que han ido ganando volumen en el fondo.
—¡Eh, EH ! Ya está bien, joder. Parad, las dos.
Podéis elegir creerlo o no —escupe hacia Olivia y Gabi—, pero necesitamos ayuda.
Emma ha estado todo el día sola, olvidada por la gran mayoría e incapaz de comunicarse con los pocos que nos acordamos de ella.
Dudando incluso si podría volver a hacerlo alguna vez.
Vuelvo a sentirme indefensa. Y es un sentimiento que jamás he tenido entre estas paredes. Es algo desalentador, sinceramente.
—Olivia, en el fondo, sabes que es verdad. No es precisamente lógica, pero es la única explicación que hay. Y Gabi... Sé que nada de esto tiene cabida en tu mente científica, pero finge que sí durante un rato. Por ella.
—Diles... Diles que sé que no he sido el mejor ejemplo de amiga estas semanas, que soy plenamente consciente —susurro cerca de su oído.
Iván pega un respingo. Creo que no se esperaba que me hubiese acercado tanto—.
Al principio fue inesperado. Ni siquiera relacioné la manifestación o la tormenta con lo que me estaba pasando.
Simplemente me permití disfrutar de todo aquello que nunca antes había experimentado: la atención, que los días de trabajo no fuesen solo reuniones y presentaciones, los planes improvisados, el aire fresco.
Era abrumador a veces, sí, pero si era lo que siempre había querido, tenía que...
estaba obligada, de alguna manera, a darle la bienvenida, ¿no?
Si la Emma con la que toda esta gente quería compartir su tiempo tenía que ser ligeramente diferente a la anterior, que así fuera.
Iván no discute nada de lo que le digo, se limita a vomitarlo todo. No añade matices, aunque parece que todo su cuerpo se lo pide.
Las expresiones de mis amigas siguen viajando de la incredulidad, la alerta, a la más sincera pena, y vuelta a empezar.
—Cuando me di cuenta de que no era casualidad, pensé...
—continúo—, pensé que lo mejor era tratarlo como un juego.
Es lo que me decíais siempre cuando me daba miedo una película o que nos entrase un espíritu en casa.
«Emma, no te creas tan protagonista. En España no pasan esas cosas, y con toda la gente que hay en Madrid, ¿crees que justo el asesino en serie más sanguinario del país va a elegirnos a nosotras?
Hay más posibilidades de que nos toque la lotería sin echarla».
Siento deciros que estabais equivocadas.
Porque aquí estoy, o, bueno, no estoy . Le he fallado al cosmos, a las fuerzas del universo, a las que prometí que sacrificaría todo por convertirme en, eso, protagonista de mi propia vida, y cuando quiso reclamar su pago, me negué.
Estaba empezando a sentir cosas de verdad, a temer echar de menos algo que nunca fue mío, y estuve a punto de perder a aquellas personas que siempre me habíais visto, para las que no tenía que fingir.
Para las que podía ser una simple bombilla apagada al final del día y no una bola llena de cristalitos que buscan desesperadamente reflejar la luz para que su existencia continúe teniendo sentido.
No... no sé ni lo que estoy diciendo, Iván, perdón. Eso no lo digas.
Pero lo hace igualmente.
No lo supe hasta que estaba a punto de perderlo, pero si el precio a pagar por un minuto bajo el foco es no tener a nadie con quien compartirlo, no lo quiero. Y me siento una inmadura por no haberlo tenido claro desde el principio.
—Supongo que hay errores más grandes que otros, ¿no? Y que no son los errores en los que caemos los que nos definen, sino cómo decidimos enfrentarlos.
Es justo en esa última palabra cuando Olivia escupe un sonoro «shhh» a Iván para que deje de hablar, pero nos callamos los dos.
—¿Emma?
—¿Ho-hola?
«Sip, porque eso es precisamente lo que quieres decirle a tu mejor amiga después de casi perder la capacidad de hablar con ella para siempre».
Al contrario que Iván, que casi sufre de un paro cardiaco, Olivia rompe a llorar. Gabi ahoga un grito. Y yo, con lágrimas en los ojos y moqueando, decido seguir hablando.
—Chicas, lo... lo siento tanto. De verdad que lo siento. Os quiero muchísimo. Todo esto lo he provocado yo. Solo yo. Por ser una desagradecida y una egoísta y estar terriblemente ciega. ¿Quién en su sano juicio querría...?
—Emma, Dios mío, cállate. Deja de culparte por todo. Que te haya pasado a ti no quiere decir que... No eres responsable de todo en el universo, solo... Joder, amiga, ¿estás bien? ¿Te duele? ¿Dó... dónde estás?
—Está justo a mi lado —responde Iván, alargando la mano hacia el punto en el suelo en el que me encuentro.
—¿Cómo lo sabes?
Gabi sigue recelosa. No me ha dirigido la palabra, no ha intervenido en ningún momento desde que han vuelto a escucharme. Pero tampoco suelta la mano de mi prima, ni un segundo, y la aprieta con una fuerza que le pone los nudillos blancos.
Sospecho que los míos también lo estarían.
—Después de todo el día, ya soy experto en localizar su voz.
Esperaba que la piel de Iván me traspasara cuando baja la mano hacia el suelo, que todo se quedase en un espasmo leve, una corriente eléctrica que solo conduce su cuerpo y no el mío.
Pero cuando los dedos de Iván encuentran mi hombro y se posan encima, es mi corazón el que está a punto de reventar.