Encantada de olvidarte 30. «Come Back When You Can» – Barcelona
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30. «Come Back When You Can» – Barcelona

Come Back When You Can – Barcelona

—¿Te puedo pedir un favor un poco raro?

Iván ha cogido una gorra y está poniéndosela frente al espejo de la entrada mientras intenta domar el flequillo que se escapa.

—¿Aparte de pasar mi viernes noche intentando romper tu maldición, quieres decir? —exclama justo antes de girarse hacia mí y guiñarme un ojo—. Es broma. Dime.

—Qué graciosillo... Pero ¿podrías coger una sudadera o algo así? Para mí.

—¿Tienes frío? Haberlo dicho antes, podría haberte prestado algo. —Iván agarra una chaqueta de chándal marrón que tiene colgada y la abre de par en par, esperando a que mi cuerpo invisible se acerque y se la ponga—. ¿Acaso sí que eres corpórea para la ropa?

—Lo dudo mucho —suelto mientras avanzo hacia la puerta—. Es para luego, por si acaso.

—¿Cómo que por si acaso? —pregunta Iván, echando la llave, no sin antes asegurarse de que no me ha encerrado dentro.

Olivia no vive demasiado lejos, a un par de paradas de metro, pero hemos decidido ir dando un paseo. Para despejar la cabeza y todo eso.

—A ver cómo te lo explico... No tuve tiempo, entre el ataque de pánico e intentar convencerte de que me dejases volverme invisible en paz, para ponerme nada por encima. Digamos que mi atuendo no es lo más apropiado para volver a ser visible.

—No recuerdo que te pusieras ningún pijama demasiado ridículo anoche —bromea, restándole importancia.

—Buena memoria. No me puse ningún pijama.

Iván se para en seco en medio de la calle, pero no me doy cuenta hasta pasados unos segundos, cuando escucho su voz más lejos de lo que esperaba.

—Emma, ¿estás desnuda ahora mismo? —pregunta con un nudo en la garganta que no puede tragar.

—Sí. Bueno, llevo bragas. Invisibles también. Pero te agradecería que guardases esa información en la cabeza y no hicieras nada con ella. —Iván tensa la mandíbula, buscando el origen de mi voz. Me coloco delante de él y le apunto con el dedo. No puede verlo, pero espero que lo sienta—. Nada, Iván.

—A la orden.

Y, entonces, traga por fin.

Caminamos en silencio un rato más. La calle está llenísima de gente, lo normal para ser viernes. Las terrazas están a rebosar, aferrándose como pueden a sus últimas noches de vida.

—¿Podemos repasar qué tienes pensado decir cuando mis amigas te abran la puerta y no puedan verme?

Estamos solo a un par de calles de mi antiguo piso.

—Hostia, Emma, pues no sé. Pensaba improvisar. Explicárselo.

—¿Pensabas improvisar y explicarles que su amiga, que acaba de escribirles un mensaje, en realidad es una voz en tu cabeza?

—Su-supongo —titubea.

—Iván, ¿no te parece una malísima idea?

—Si tienes una mejor, dispara.

Evidentemente, no la tengo.

Por suerte, Olivia ha debido de seguir mi localización, porque no pregunta quién es cuando llamamos al timbre. Simplemente abre, y sé que va a estar esperándome con la puerta entornada.

—¿Y tú quién eres?

Queda confirmado que tampoco puede verme.

—Di algo —le ordeno, y mi amiga ni se inmuta.

Dos de dos catástrofes confirmadas.

—Olivia, ¿verdad?

—¿Y tú quién cojones eres y por qué tienes el teléfono de Emma?

—¿Qué quién soy? Claro, sí... So-soy Iván. Un placer. Emma me ha hablado mucho de ti.

«Qué pelota es...».

—Pues a ti ni te ha mencionado. ¿A que no, Gabi? ¿Dónde está nuestra amiga?

—Eso es mentira, sí que les he hablado de ti —aclaro, porque siento la imperiosa necesidad de hacerlo.

Iván no sabe dónde meterse. Tendría que haberme hecho caso y preparar esto un poco, pero no seré ese tipo de persona que se lo recuerda en el peor momento.

Gabi aparece detrás de Olivia, que bloquea el hueco de la puerta con su cuerpo.

—¿Iván? —grita, y consigue aliviarme un poco. Gabi le ha reconocido y puede interceder por él. Sabe que es un buen chico, aunque yo no pondría a prueba su confianza ahora mismo—. ¿Qué haces tú aquí?

—Un poco de ayuda no me vendría mal, ¿sabes? —murmura Iván, no lo suficientemente bajito como para que mis amigas no le escuchen.

—Pero ¿con quién está hablando? —Gabi también está a punto de perder la paciencia—. Tía, esto me huele fatal, ¿y si le ha hecho algo?

—¡No, no, joder! No le he hecho nada. Emma está bien... Está... Es que no vais a creerme si os lo cuento.

—Inténtalo.

Es Olivia la que habla esta vez. Hay algo sólido en la forma en la que nos mira, o a él, y en la que agarra la mano de Gabi para que no le tumbe de un placaje en medio del rellano. Yo sigo entre ambos, como si pudiera separarles, aunque la intención es lo que cuenta.

—Olivia lo sabe, Iván.

—¿Qué?

—Que lo intentes —contesta mi amiga.

—Que Olivia lo sabe, más o menos —respondo yo a la vez, pisándole la frase y provocando una colisión que se refleja en la cara de Iván, aunque solo exista en su mente.

Me temo que va a implosionar. Sus pupilas se mueven a doscientos kilómetros por hora entre ella y el punto en el que cree que estoy yo.

Olivia, que no le da la oportunidad de seguir, abre la puerta un poco más y asoma la cabeza, buscando algo. Buscándome.

—Es por lo del otro día, ¿verdad? Por lo de su casera y lo del piso, ¿a que sí?

Dejo salir todo el aire que me estaba oprimiendo, e Iván también.

—¿Podemos seguir dentro? Os lo explicaremos todo, pero no sé si el descansillo es el mejor sitio para hablar de maldiciones a estas horas.

—¿Qué maldición ni qué niño muerto? ¿Es que nadie me va a explicar qué cojones está pasando aquí?

Olivia asiente y entra en casa, ignorando los gritos de Gabi, que seguro que han despertado a todas las vecinas. Siempre ha sido mucho más pragmática; es médica, después de todo. Y esto no le va a cuadrar bien.

Contra toda su lógica y sus valores, nos sigue hasta el salón. Iván está intranquilo, mirando en derredor.

—Estoy aquí —susurro solo para él, y asiente con la cabeza en respuesta.

Hay algo de este sinsentido que me está tocando vivir que hasta se siente gracioso.

Por una vez, no me siento sola, y si no me desintegro de aquí a unas horas y consigo sobrevivir, espero que se convierta en una anécdota compartida que recordar de vez en cuando.

Una broma interna tan potente que nos haga buscarnos en habitaciones repletas de gente.

Aunque no volvamos a hablar, aunque no sean capaces de perdonarme.

—Olivia, por favor, este tío puede tener secuestrada a Emma. Los que mejor pinta tienen suelen ser los peores. ¿Y tú le metes en casa?

—Gabi, no tengo secuestrada a tu amiga. Nunca le haría daño.

—Ajá, sí. Con el cuento a otra.

Iván se ha sentado en el sofá, junto a Olivia, que abraza un cojín sobre el vientre. Puedo escuchar cómo su cabeza intenta descifrar algo, pero este algo es demasiado grande.

Gabi, en cambio, se ha quedado a mi lado, en la esquina de la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se niega a acercarse. Los únicos movimientos que hace son ligeras sacudidas de cabeza, inquiriendo explicaciones con los ojos abiertos.

—Gracias por hacer esto, Iván. Son muy majas, te lo prometo. No sé qué haría sin ti.

Sabe que estoy lejos, pero está cogiendo práctica en esto de localizarme, porque curva los labios en una sonrisa torcida justo en mi dirección, que también es la de Gabi, a quien no le hace ninguna gracia.

—¿Y bien?

—Uf, vale —exhala el chico—. Voy a necesitar que tengáis la mente abierta. No... no sé muy bien por dónde empezar.

—Tú sí que te acuerdas de ella, ¿verdad?

Olivia lo mira con ojos graves y analíticos, los mismos que cuando tratábamos de llevarle la contraria con un tema del que ella ya llevaba semana y media investigando. E Iván lo entiende.

—Sí, yo sí. A Loreto y a mí no nos ha afectado, pero sí al resto de nuestros compañeros de la agencia Y a su casera, por lo que me ha contado.

—¿El qué no os ha afectado? —demanda saber Gabi.

—Tía, a ver... Emma se presentó aquí al borde de un ataque de ansiedad y con una maleta —narra Olivia, y menos mal que es ella.

Por muy bien que le cayese Iván en el pasado, sé que Gabi no va a escuchar ni una palabra que salga de su boca—.

Su casera la ha echado del piso. Literalmente se ha olvidado de que vivía allí, se la encontró dentro y...

—¿Que la ha echado del piso? ¿Pero eso es legal?

—No, claro que no, Gabi, pero ese no es el principal problema... Céntrate. —Olivia vuelve a girarse sobre el sofá, encarando a Iván—. ¿Tú sabes algo más? ¿Ha ido a peor? Me parece perfecto que hayamos decidido entre todos creernos que esto es fruto de una magia oscura, pero...

—¿Qué magia oscura, Olivia, qué mierdas estás diciendo? ¿Es que nadie va a explicarme qué está pasando? ¿Qué soy, invisible o qué? ¡¿ HOLA ?!

No puedo evitar estallar en la risa más estúpida que me ha sobrevenido en las últimas semanas, e Iván se une en una risa histérica que seguro que también se ha escuchado en todo el edificio.

He de confesar que, visto desde fuera, sí que parece un poco desequilibrado. Dos chicas mirándole tensas y con el ceño fruncido, y él descojonándose como en su vida, solo, con su única cómplice invisible a los ojos de todos.

Llegados hasta aquí, nada consigue extrañarme demasiado.

—Gabi, es... complicado. Porque ¿qué pasa si te digo que Emma se ha vuelto invisible y que, hasta hace unas horas, no era capaz ni de escucharla? ¿Qué harías si te dijera que está aquí, con nosotros, pero no puedes verla? De hecho, si no se ha movido, debería estar justo a tu lado.

No me he movido, sigo aquí y, aunque dudo que sea buena idea, pruebo a tocarle el brazo. Solo un roce, o ni siquiera, porque atravieso su piel con mis dedos, pero Gabi se sacude como si una araña peluda le estuviese trepando.

—Joder, joder. ¿Estás loco o qué? Deja de intentar sugestionarme. ¿Cómo que invisible? Olivia, no puedes pensar de verdad que está hablando en serio. Solo te lo voy a preguntar una vez más: ¿dónde está Emma?

Ignorándola por completo, Olivia se gira justo hacia donde estoy yo. Sé que no puede verme, pero también sé que lo está intentando, como si confiase a ciegas en Iván.

—¿Invisible? Ayer estaba bien. Estuvo aquí... Sentada justo donde estás tú ahora.

—Creo que empezó esta mañana...